Imperios liberales. Estados Unidos y Francia





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La perspectiva de fondo de este libro busca destacar un aspecto esencial: el imperialismo, el colonialismo y el neocolonialismo en los casos de Estados Unidos y Francia, tienen relación con sistemas democráticos y liberales occidentales modernos.

Tal como señala el historiador y filósofo italiano Domenico Losurdo (2005) en su Contrahistoria del liberalismo, toda acción imperial euronorteamericana moderna, «lejos de ser impedida o bloqueada por el mundo liberal, se ha desarrollado en estrecha conexión con él». E, incluso, impulsada a la fecha por aquel, se agrega y remarca aquí. Algo que parecería impensado bajo el supuesto de que los sistemas republicanos/democráticos y liberales occidentales, tienen por objetivo expandir la libertad y el autogobierno por el mundo y salvarlo de los flagelos de la tiranía y la violencia entre Estados, o de estos contra los pueblos. O, al menos, por definición, estarían en las antípodas de procesos sistemáticos de dominación militar, explotación económica, esclavismo y trabajos forzados, asesinatos y deportaciones masivas, etc.

Más allá de los supuestos, las malas lecturas, la condescendencia o hasta de cierta ingenuidad, es un hecho que el complejo liberal por excelencia compuesto por la democracia liberal y el capitalismo de mercado, ha sido el protagonista de la moderna barbarie imperialista y colonial euronorteamericana. Y, a la fecha, lo sigue siendo de diversos casos de su neocolonialismo. Para nadie debería ser una sorpresa que las promesas de la Modernidad no se hayan cumplido fuera de Europa Occidental y Estados Unidos… y otras tantas veces ni siquiera allí se han materializado para los estratos inferiores, minorías o grupos oprimidos de la población (incluso, si son alrededor de la mitad de esa población, como es el caso de las mujeres).

Sin embargo, ese incumplimiento no ha obedecido a una traición o doble discurso. Como aquí se expondrá, los sistemas ilustrados y modernos se originaron como propuestas exclusivas y excluyentes apoyadas de manera explícita en el clasismo, el racismo y hasta en el cristianismo. Ni en su letra ni en su espíritu fueron proyectos universales. Ya en su origen se negó de plano esa posibilidad o solo se permitió cierta inclusión y, además, de forma limitada. Herencia que, sin duda, aún pervive.

Primero, la Ilustración fue explícitamente un piadoso movimiento de élite. Sus autores no hablaban por nadie externo a su grupo aristocrático y burgués, ni tampoco buscaban interpretarlos. E, incluso, al interior de aquella élite quedaban fuera las mujeres[1]. Luego, los movimientos revolucionarios de los colonos norteamericanos y de la burguesía francesa del siglo XVIII, replicaron ese elitismo al asumir las ideas iluministas. Lo hicieron fundados en esos pensamientos exclusivos y excluyentes, en la cultura clasista y racista de la época o en una síntesis de esos elementos. Sobre todo, en el caso estadounidense, esas actitudes se sintetizaron con la interpretación puritana del cristianismo. Además, a ambos lados del Atlántico, de nuevo no se consideraron a las mujeres.

La posterior Modernidad vino a operacionalizar, por así decirlo, la postura ilustrada en el mundo real. Uno donde los pecadores o condenados, las razas inferiores, los trabajadores, las mujeres y pobres en general, no tenían cabida en términos de igualdad legal, moral, intelectual ni en dignidad.

Si la Modernidad triunfante, fruto del Iluminismo, es la liberal, ¿qué es, entonces, el liberalismo? De esta duda inicial se derivan, por lo menos, otras dos preguntas: ¿puede haber imperios liberales? y ¿es conceptualmente correcto hablar de imperios liberales?[2]

La primera duda se puede contestar siguiendo de nuevo a Losurdo. En su libro antes citado emprende un recorrido por el primer liberalismo euronorteamericano a través de citas originales de sus ideólogos y protagonistas. Lo que el autor expone son afirmaciones sincera y descarnadamente racistas, clasistas, imperialistas y colonialistas. Al tenor de aquellas, con toda razón señala el filósofo e historiador italiano que es obvia la necesidad de replantearse qué es el liberalismo. Porque al tomar en cuenta esas expresiones y las acciones de las potencias liberales, no queda ninguna duda de que dicha ideología nunca buscó la liberación, el autogobierno y la protección de la esfera individual del género humano en su conjunto. De tal modo, y para ser sinceros, este libro no ofrece al mundo descubrimientos extraordinarios. Simplemente se recogen hechos… los porfiados hechos que siempre han estado ahí para quien los quiera tomar en cuenta.

La revolución de las trece colonias británicas de Norteamérica, los futuros Estados Unidos de América, fue un proceso encabezado por las élites coloniales que se fundamentó en la ideología y valores clasistas, racistas y religiosos de la época. En tal sentido, el autogobierno se entendió como una política de y para los varones propietarios blancos (los elegidos del dios puritano); y la libertad y la protección de la esfera individual se asumió en términos limitados al ligarse a la raza, al estatus socioeconómico y al género masculino. Por su parte, el proceso revolucionario francés y la consecuente Primera República puede homologarse en gran medida –en cuanto a clasismo, racismo y perspectiva patriarcal–, a esa experiencia anglosajona en América del Norte. Asimismo, las acciones y políticas hacia el exterior de ambas repúblicas liberales siguieron un derrotero similar.

En términos generales, y en tanto un filósofo arquetípicamente liberal, como se verá más adelante, John Locke no tendría mayores reparos con las experiencias revolucionarias y republicanas racistas y clasistas de Estados Unidos y Francia. Ni menos con el fundamental componente religioso del proceso norteamericano[3].

Debe quedar en claro que, en sentido estricto, el primer liberalismo del siglo XVIII fue liberador tan solo para ese pequeño grupo de varones blancos propietarios que conformaban la burguesía y la aristocracia progresista (léase anti feudal o anti Antiguo Régimen). La lenta ampliación de los principios liberales en la práctica sociopolítica no debe ocultar tres cuestiones: la renuencia de esas élites a dichas concesiones, las cruentas luchas emprendidas por sectores subalternos para que ello sucediera y todos los grupos que iban quedando por fuera de ese ámbito liberal republicano ampliado lentamente. En tal sentido, el clasismo y el racismo fueron una fuerza poderosa y todavía lo son tanto en la Unión norteamericana como en Francia.

La libertad económica y la política liberal euronorteamericana se unieron para llevar adelante el proyecto organizado de explotación y opresión de pueblos atrasados, bárbaros, paganos, no occidentales o de las razas inferiores. Conformaron un sistema hacia fuera de su club exclusivo y excluyente que tenía su sede central en las metrópolis. Tal sistema nunca pretendió la liberación y el autogobierno del género humano, ni la protección de la esfera individual de todos sus miembros. Es más, la explotación de los otros, sostenida en un marco de violencia institucionalizada, era lo que posibilitaba reproducir la estructura exclusiva y excluyente. El imperialismo permitía al colonialismo (y luego al neocolonialismo) la acumulación de capital a partir de la explotación de territorios y pueblos lejanos; y, en un doble juego, igualmente se explotaban los territorios y a las clases bajas de la propia nación.

Esas clases bajas de las metrópolis, beneficiadas por la libertad civil y la igualdad jurídica impuestas por las repúblicas liberales, se veían en lo material favorecidas por el imperialismo y el colonialismo en algún grado siempre limitado: la idea de las élites era que ese beneficio material fuera lo más pequeño posible (por el «chorreo» del mercado y no por redistribución vía política fiscal). Se puede suponer que, en realidad, se encauzaba principalmente a través de mecanismos emocionales: el orgullo chovinista por pertenecer a una raza superior que había construido un imperio que difundía/imponía la civilización –léase, la cultura occidental moderna– alrededor del mundo.

Los indignantes acontecimientos, frutos del imperialismo, el colonialismo y el neocolonialismo, nunca deben ser olvidados, ni debieran repetirse. Y, se insiste, deben ser reparados tal como lo fueron, en algunos casos, las atrocidades nazis; por más que la historia oficial, moderna y modernizada, nunca relacione ni compare el imperialismo nazi con el de otras naciones occidentales liberales. El punto, tal como con acierto señaló Aimé Césaire (2006), poeta y político caribeño-francés, es que el nazismo se atrevió a hacer lo impensado para la mentalidad racista euronorteamericana. El Tercer Reich tuvo un desprecio absoluto por la vida de otros blancos y los trató como ellos estaban acostumbrados a tratar a los pueblos atrasados, bárbaros, paganos, no occidentales o a las razas inferiores:
…lo que no [se] le perdona a Hitler no es el crimen en sí, el crimen contra el hombre, no es la humillación del hombre en sí, sino el crimen contra el hombre blanco, es la humillación del hombre blanco, y haber aplicado en Europa procedimientos colonialistas que hasta ahora solo concernían a los árabes de Argelia, a los coolies de la India y a los negros de África (Césaire, 2006: 15. Cursivas del original)[4].
En tal sentido, ¡se insiste con majadería para que nunca se olvide!, ambos casos aquí expuestos se tratan de repúblicas liberales. Tanto Estados Unidos como Francia han llevado a cabo sus proyectos imperiales, coloniales y neocoloniales al alero de procedimientos democráticos en cada metrópoli y de una ideología de la libertad y de la supremacía del estado de derecho (un marco legal legítimo porque, justamente, emana de un pacto democrático).

Es importante remarcar un punto esencial: los imperios que aquí nos ocupan, los civilizados y progresistas Estados Unidos y Francia, no desconocían ni desconocen las ideas/valores de libertad, autogobierno, derechos y autonomía individual, dignidad humana, estado de derecho, y más recientemente, la doctrina de los derechos humanos. Incluso, esas naciones contribuyeron al desarrollo de tales ideas/valores y fueron activos agentes de su difusión. Por desgracia esas ideas/valores fueron elaborados y han sido aplicados en un sentido limitado. Hay que tomar en cuenta la diferencia establecida entre los que en su momento eran los verdaderos humanos y hoy son los humanos que importan con respecto a las poblaciones que fueron, y son todavía, calificadas como semi o subhumanas o humanos de menor importancia[5].

Esos eventos atroces, sistemáticos y organizados pueden repetirse, y por cierto, que algunos de ellos siguen ocurriendo. Por fortuna, por ahora, no a la escala de tiempos pasados. Por eso siempre es bueno tener presente lo que significan el imperialismo, el colonialismo y el neocolonialismo para sus víctimas, de modo que ese «por ahora» se extienda por el mayor tiempo posible.


NOTAS:

[1] La participación, preferentemente en el caso galo, de algunas mujeres en los círculos intelectuales ilustrados no se tradujo en su inclusión en la realidad social y política.

[2] El marxismo, en tanto otra expresión de la Modernidad, es tan heredero de la Ilustración en términos de sus fundamentos como el liberalismo. Cuando se comprende desde la filosofía y la antropología la confrontación del liberalismo con las ideas de Marx (o con sus diferentes interpretaciones) durante el siglo XX, se constata que fue un conflicto occidental exportado al resto del mundo. El propio Ho Chi Ming, líder comunista vietnamita, lo expresa con claridad: «Marx ha construido su teoría sobre cierta filosofía de la historia, pero ¿cuál historia? La historia europea. ¿Y qué es Europa? No representa a todo el género humano» (Yen, 2013. Texto electrónico. Traducción nuestra).

[3] Si el cristianismo sigue presente de forma implícita en los sistemas de la Modernidad, lo que incluye a Francia, en Estados Unidos es un factor explícito y de primer orden en su cultura y política (Monares, 2012).

[4] Donny Gluckstein (2013) describe a la Segunda Guerra Mundial como un conflicto entre dos proyectos imperialistas: el de los Aliados y el del Eje. De tal manera, el historiador distingue entre: (i) una guerra promovida por los primeros como «antifascista» y las luchas de diferentes pueblos contra el fascismo; y (ii) las guerras de liberación de diferentes pueblos contra el imperialismo de los Aliados y del Eje.

[5] Esa diferencia se puede encontrar a propósito de la investigación de la Corte Penal Internacional (CPI) sobre el genocidio en Gaza. Karim Khan, fiscal jefe de la CPI que lleva el caso, declaró haber sido presionado por un líder occidental en defensa de Israel: le aclaró que la Corte fue pensada «para África y matones como Putin», no para perseguir a occidentales. En el mismo caso, la inteligencia israelí ha acosado y espiado a miembros de la CPI, puntualmente respecto de una exfiscal jefa, considérense la tranquilidad de un agente por esas acciones: «Con [Fatou] Bensouda, ella es negra y africana, entonces, ¿a quién le importa?» (Davies, McKernan, Abraham y Rapoport, 2024). Incluso, entre la gente común, se sabe que una tragedia en la esfera euronorteamericana impactará mucho más que una situación similar en el Tercer Mundo.



* Fragmento de la Presentación del libro Imperios liberales. Estados Unidos y Francia. Colección ETHICS. Santiago. 2025.

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