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Teología de la prosperidad y neoliberalismo: la construcción del «hombre providencial»


Laura Fernández actual presidenta de Costa Rica junto a Rodrigo Chaves expresidente y actual ministro de Fernández. Ambos del partido conservador y neoliberal Pueblo Soberano.


La teología de la prosperidad no es simplemente un fenómeno religioso que coexiste con el neoliberalismo: es su complemento perfecto, su aparato de legitimación más eficaz. El éxito del mercado como señal de la gracia divina, y la gracia divina como garantía del éxito del mercado.


James Dirarte


Hace unos días circuló en redes sociales costarricenses una imagen que merece más atención filosófica de la que usualmente se le concede a este tipo de materiales. En ella aparece Laura Fernández, nuestra presidenta, declarando que lo que Rodrigo Chaves hizo por Costa Rica «fue un milagro» y que fue «un hombre que se dejó usar por Dios». La declaración es notable no porque sea excepcional, sino precisamente porque no lo es. Que un político invoque la providencia divina para legitimar su gestión —o la gestión de su correligionario— es un fenómeno tan antiguo como la política misma. Lo que sí merece atención es la estructura de pensamiento que subyace a esa invocación, y el modo particular en que esa estructura articula, en el mundo contemporáneo, dos dimensiones que aparecen como distintas pero que en realidad operan en perfecta continuidad: la religiosa y la económica.

Vale la pena comenzar con una advertencia metodológica. Hay una tentación fácil frente a declaraciones como la de Fernández: la de atribuirlas al cinismo, a la calculada manipulación de los creyentes por parte de quien sabe perfectamente que Dios no administra economías ni ejecuta presupuestos. Esta lectura, aunque tiene su atractivo, es filosóficamente insatisfactoria, y no sólo por una razón de caridad interpretativa. Es insatisfactoria porque asume que la mentira consciente es más peligrosa que la creencia sincera, cuando ocurre exactamente lo contrario. Un discurso que su emisor sabe falso es un discurso que puede ser desmontado desde adentro, que contiene en sí mismo su propia vulnerabilidad. Un discurso genuinamente creído, en cambio, cierra ese flanco: quien lo pronuncia no miente, y por tanto no hay contradicción interna que explotar. La creencia sincera es mucho más resistente que el cinismo. Conviene, pues, tomar en serio la declaración de Fernández: no como retórica vacía, sino como expresión auténtica de una forma de pensar la política que tiene raíces profundas y consecuencias concretas.

El teólogo y exégeta Rafael Aguirre Monasterio ha documentado con rigor cómo la Biblia ha sido utilizada políticamente en contextos tan distintos como la fundación de los Estados Unidos, el apartheid sudafricano, el conflicto israelí–palestino y las políticas de las iglesias evangélicas en América Latina. La tesis central de su trabajo no es que tales utilizaciones sean necesariamente fraudulentas, sino que son inevitablemente selectivas: cada actor político extrae de la Biblia el fragmento que confirma su posición, y esa extracción está condicionada por el contexto social desde el que se lee. La Biblia, insiste Aguirre, es un libro profundamente político —la cruz era un instrumento de ejecución reservado a subversivos políticos, el Reino de Dios no era un asunto meramente individual sino una propuesta de transformación social radical— y precisamente por eso puede ser leída en sentidos diametralmente opuestos. El mismo texto que inspiró la teología de la liberación en Centroamérica inspira hoy, en los mismos países, la llamada teología de la prosperidad, que bendice la acumulación individual como señal de la gracia divina.

Este último punto es decisivo para entender la declaración de Fernández. La teología de la prosperidad, que ha penetrado con fuerza extraordinaria en el mundo evangélico latinoamericano, propone una equivalencia simple pero poderosa: el éxito material es evidencia de la bendición de Dios; la pobreza, de su ausencia o de algún pecado no resuelto. Quien prospera lo hace porque Dios lo ha elegido para prosperar. Quien gobierna con éxito —al menos según ciertos indicadores— lo hace porque Dios lo ha ungido para gobernar. Dentro de este marco, decir que Rodrigo Chaves fue «un hombre que se dejó usar por Dios» no es una hipérbole retórica: es una declaración teológica completamente coherente. Y es precisamente esa coherencia interna lo que la hace políticamente eficaz. El creyente que acepta este marco no necesita evaluar la gestión de Chaves con criterios económicos, sociales o éticos autónomos. La evaluación ya está hecha desde arriba, y cualquier cuestionamiento humano de ese veredicto corre el riesgo de parecer una impugnación a la voluntad divina.

Pero hay una segunda dimensión en este fenómeno que el análisis puramente bíblico no alcanza a capturar, y para ello es necesario recurrir al trabajo de José Luis Villacañas. En su libro Neoliberalismo como teología política, Villacañas desarrolla una tesis que, leída junto a Aguirre, adquiere una iluminación inesperada. Su argumento central es que el neoliberalismo no es simplemente una doctrina económica: es la última tentativa histórica de realizar lo que él llama una «teología política», es decir, la absorción de todos los ámbitos de la vida —la subjetividad, la motivación, la obediencia, la identidad— bajo un único principio rector que se presenta como verdad natural e incuestionable. Las grandes teologías políticas del pasado —el Estado–nación, el fascismo, el estalinismo— fracasaron en este intento porque exigían sacrificio, porque apelaban abiertamente a la coacción soberana y dejaban al descubierto su dimensión de poder. El neoliberalismo resolvió elegantemente ese problema: en lugar de exigir obediencia, produce libertad. En lugar de imponer sacrificio, ofrece oportunidades. En lugar de un soberano visible que demanda sumisión, despliega un gobierno pastoral difuso que forma al individuo desde adentro, convirtiendo la racionalidad del mercado en el principio organizador de toda la existencia.

Esta forma de gobierno, a la que Villacañas —siguiendo a Michel Foucault— denomina biopolítica neoliberal, opera sobre la subjetividad de un modo que cualquier Estado soberano habría envidiado: no necesita convencer porque ya ha formado. El individuo neoliberal no siente las reglas del mercado como imposiciones externas sino como expresiones de su propia naturaleza, como la lógica misma de la realidad. El homo economicus no obedece al mercado; es mercado. Y lo que resulta filosóficamente fascinante —y perturbador— es que esta forma de gobierno necesita, para completarse, algún mecanismo de legitimación que conecte sus imperativos con algo que el sujeto reconozca como absoluto. El mercado puede producir disciplina, pero no puede, por sí solo, producir devoción. Para eso necesita algo más.

Aquí es donde las dos lecturas convergen con una precisión que no parece accidental. La teología de la prosperidad no es simplemente un fenómeno religioso que coexiste con el neoliberalismo: es su complemento perfecto, su aparato de legitimación más eficaz. Provee exactamente lo que Villacañas identifica como la necesidad estructural de todo sistema de gobierno pastoral: una «aleturgia», una manifestación de verdad que conecta el poder con algo sagrado, con algo que el gobernado acepta no por coacción sino por convicción. Cuando Laura Fernández dice que Chaves se dejó usar por Dios no está simplemente añadiendo un barniz religioso a un discurso político secular. Está articulando la fusión entre dos sistemas de legitimación que, en el mundo evangélico latinoamericano contemporáneo, se han vuelto prácticamente indistinguibles: el éxito del mercado como señal de la gracia divina, y la gracia divina como garantía del éxito del mercado. El hombre providencial es, simultáneamente, el buen administrador neoliberal. Gobernar bien, en este esquema, significa dejar que las fuerzas del mercado operen sin obstáculos, y eso es exactamente lo que Dios quiere.

Lo que hace a esta estructura particularmente inquietante, desde el punto de vista filosófico, es el modo en que desactiva la crítica política antes de que pueda formularse. En una democracia liberal clásica, un gobernante puede ser evaluado por sus resultados, cuestionado por sus decisiones, reemplazado por sus fracasos. La legitimidad es funcional y revocable. Pero cuando la legitimidad se ancla en la providencia divina adquiere una dureza diferente. No es que se vuelva imposible criticar a Chaves —evidentemente se puede, y muchos lo hacen. Es que para quien acepta el marco teológico–político descrito, esa crítica queda contaminada desde el inicio: impugnar al ungido es, en algún sentido, impugnar a quien lo ungió. El sujeto político que opera dentro de esta lógica no ha perdido la capacidad de razonar, pero ha redefinido el campo dentro del cual el razonamiento es legítimo. Y esa redefinición es silenciosa, prerreflexiva, aceptada con la misma naturalidad con que se acepta el aire que se respira.

Aguirre documenta este mecanismo con precisión al analizar cómo el mismo paradigma del Éxodo ha servido históricamente para legitimar proyectos políticos contradictorios: los colonos puritanos que veían en América su tierra prometida y los esclavos negros que veían en la misma Biblia la promesa de su liberación. La versatilidad política de la Biblia no reside en su ambigüedad sino en su riqueza: contiene efectivamente narrativas de liberación y narrativas de dominación, y cada comunidad de lectura extrae aquella que confirma su posición. Lo que ha cambiado en el mundo evangélico latinoamericano contemporáneo es que esa lectura ha sido sistemáticamente orientada, a través de redes de iglesias, plataformas mediáticas y estructuras organizativas transnacionales, hacia una interpretación que naturaliza la desigualdad, sacraliza el éxito individual y convierte al mercado en el escenario donde Dios despliega su providencia. No es una conspiración: es una hegemonía, en el sentido preciso que Villacañas recupera de Antonio Gramsci a través de Foucault. Una hegemonía no se impone por la fuerza; se vive como sentido común.

Cabe entonces plantear la pregunta que este análisis deja abierta, y que constituye su verdadero núcleo filosófico. ¿Qué le ocurre al juicio político cuando delega su criterio último en la providencia? La respuesta no es que el juicio desaparezca, sino que se desplaza: ya no se trata de evaluar políticas sino de discernir voluntades divinas, y el criterio para ese discernimiento es, en el marco de la teología de la prosperidad, el resultado visible. El éxito confirma la misión. El fracaso la niega. Pero este criterio es precisamente el criterio del mercado: la rentabilidad como veredicto. Lo que la teología de la prosperidad logra es hacer que ese criterio aparezca no como una opción política entre otras, sino como la lectura correcta de la realidad trascendente. Dios quiere que prosperemos, y prosperar significa tener éxito en los términos que el mercado define como éxito.

El hombre providencial, entonces, no es solamente un recurso retórico de campaña. Es la figura en la que se cristaliza la alianza entre dos formas de gobierno que Villacañas analiza por separado pero que en la Costa Rica del siglo XXI operan juntas: una interpretación de las iglesias evangélicas y el gobierno biopolítico del mercado. Ambos trabajan sobre la subjetividad, ambos producen individuos que se sienten libres precisamente porque han interiorizado sus imperativos, ambos necesitan de una verdad que se presente como natural e incuestionable. Cuando Laura Fernández declara que Chaves fue un milagro, no miente: expresa, con sinceridad y con la coherencia interna de un sistema de pensamiento bien articulado, la lógica de esa alianza. Y es esa sinceridad, como se señaló al inicio, lo que la hace filosóficamente más interesante —y más preocupante— que cualquier cinismo calculado.





¿El filantrocapitalismo hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres?




Linsey McGoey


La primera vez que Bill Gates conoció a Puff Daddy, el rapero y empresario de la moda, el encuentro fue tenso. La reunión tuvo lugar en Nueva York, donde Gates había estado en la parte trasera de un bar con Bono y otros amigos. Puff Daddy se acercó a Gates y su camarilla. Se paró ante Gates y asintió diciéndole: "Eres un hijo de puta". Los ojos de Gates se lanzaron hacia el hombre. Es dudoso que el filántropo más generoso del mundo escuche comentarios como este con demasiada frecuencia. Daddy continuó su línea de argumentación: "Eres un hijo de puta. ¿Qué está haciendo sobre inmunización en Botswana? Hijo de puta.".Gates se reclinó en su silla y se relaja, dándose cuenta de que Puff Daddy le estaba ofreciendo un gran cumplido... Este encuentro es informado por Matthew Bishop y Michael Green en su libro Philanthrocapitalism: How the Rich Can Save the World.

Publicado por primera vez en 2008, este libro se ha convertido en una especie de Biblia para una nueva generación de filántropos que prometen remodelar el mundo dirigiendo fundaciones filantrópicas más como negocios con fines de lucro. En este mundo, Gates es aclamado como el "MacDaddy" de la nueva filantropía. Bishop y Green ofrecen una cita de Bono sobre el atractivo del trabajo caritativo de Gates: "Jay-Z, todos los chicos del hip-hop, lo adoran. Porque no es visto como una figura romántica, bueno, quizás romántico en el sentido de que Neil Armstrong es romántico, un científico pero no un poeta. Hace una mierda [es algo muy bueno]."

Haciendo la mierda. Es posible que escuche otras frases para ello. Los nuevos filantrocapitalistas afirman estar más orientados a los resultados y ser más eficientes que los donantes filantrópicos anteriores. Quieren revolucionar el último ámbito que no ha sido tocado por el mundo hipercompetitivo y orientado a las ganancias del capitalismo financiero: el mundo de las donaciones caritativas. En lugar de atolladeros burocráticos, planean hacer la mierda.

Los defensores del filantrocapitalismo a menudo afirman que un enfoque empresarial de la filantropía es algo completamente nuevo. Inspirados en frases como "valor compartido", acuñadas por los teóricos de la administración Mark Kramer y Michael Porter, los nuevos filántropos argumentan que lo que establece su enfoque a partir de modelos más antiguos es un énfasis novedoso en la medición de los resultados de las donaciones caritativas para asegurarse de que la filantropía genera la mayor cantidad de beneficios sociales posibles de la manera más eficiente: lo que importa es hacer el cálculo correcto de costo-beneficio.

En 1999, por ejemplo, Kramer y Porter publicaron un artículo en Harvard Business Review afirmando que muy pocas fundaciones filantrópicas "piensan estratégicamente sobre cómo pueden crear el mayor valor para la sociedad con los recursos que tienen a su disposición. Se dedica poco esfuerzo a medir los resultados. Por el contrario, las fundaciones a menudo consideran que la medición del desempeño no está relacionada con su misión caritativa".

Solo hay un problema con esta sugerencia. Es demostrablemente falso. En realidad, un enfoque de la caridad similar al de los negocios y orientado al impacto ha sido dominante dentro de la filantropía a gran escala durante al menos 120 años, desde que industriales como Carnegie y Rockefeller se comprometieron a aplicar técnicas comerciales al ámbito de la filantropía. Basta con mirar al principal asesor filantrópico de Rockefeller, un ex clérigo bautista llamado Frederick T. Gates. Gates dejó el ministerio bautista a fines de la década de 1880 y pasó las siguientes décadas asesorando primero a Rockefeller padre, y luego a su hijo, John D. Rockefeller Jr., sobre la mejor manera de desembolsar sus participaciones filantrópicas. Un fanático sincero del Movimiento de la Eficiencia,

William Schambra, un reconocido experto en filantropía del Hudson Institute, me reiteró este punto durante una entrevista: "La noción de que deberíamos organizar nuestras filantropías de la forma en que organizamos nuestras corporaciones, esa fue la idea original de John D. Rockefeller. Que establezcamos una especie de estructura corporativa con burocracia y cuidadosa toma de decisiones. [Filantrocapitalismo] es solo más de eso".

Cuando los defensores del filantrocapitalismo afirman que la "nueva" filantropía está más orientada al impacto o al negocio que los enfoques del pasado, están ignorando descaradamente el legado de movimientos como la Escuela de la Eficiencia. El historiador Stanley Katz ha señalado este punto sin rodeos. "Gran parte de la actual retórica promocional de las fundaciones", ha escrito, "me parece que indica una preocupante falta de conocimiento sobre la historia de las grandes y grandes fundaciones estadounidenses".

Mirando más atrás, al siglo XVIII, los paralelos entre los filántrocapitalistas de hoy y las generaciones anteriores se vuelven aún más sorprendentes. A primera vista, el carácter contradictorio de un concepto como "filantrocapitalismo" parece bastante pronunciado. Muy pocas cosas parecen más incongruentes que la filantropía, el ámbito del altruismo, y el capitalismo, el ámbito de la búsqueda de beneficios privados. Y, sin embargo, visto históricamente, la supuesta novedad de la idea desaparece.

Una afirmación clave de la "nueva" filantropía es que los mercados y la moral no son fenómenos distintos, sino bienes proporcionales. Al aprovechar el poder del mercado, el filantrocapitalismo contribuye inevitablemente al bienestar de una comunidad más amplia. Esta es una idea poderosa, pero difícilmente es nueva. Muy por el contrario, se hace eco de supuestos arraigados sobre las ventajas sociales de la empresa privada. De hecho, se podría decir que es el núcleo fundacional de la economía política moderna, aparente al menos desde los escritos de Bernard Mandeville y Adam Smith, economistas políticos que propusieron la idea de que los individuos que trabajan para alcanzar sus propios objetivos económicos egoístas contribuyen naturalmente al bienestar común. Bien público.

El filósofo Slavoj Žižek es uno de los pocos observadores críticos que señala la extraña sensación de déjà vu que impregna la retórica de los entusiastas del filantrocapitalismo. Ha señalado que sus máximas son como una "versión posmodernizada de la mano invisible de Adam Smith: el mercado y la responsabilidad social no son opuestos, sino que pueden reunirse para beneficio mutuo ... su objetivo no es ganar dinero, sino cambiar el mundo (y como subproducto, ganar aún más dinero)".

Žižek tiene un buen punto. Pero dos cosas son nuevas acerca de la nueva filantropía. Uno es la escala. La otra es la forma franca en que los donantes celebran en lugar de ocultar la capacidad de utilizar la filantropía para el enriquecimiento privado.

Cuando se trata de escala, aunque los números sólidos son esquivos, está claro que la filantropía global se encuentra en una fase dorada. Casi la mitad de las 85.000 fundaciones privadas solo en los Estados Unidos se crearon en los últimos quince años. Cada año se crean miles de fundaciones filantrópicas más privadas.

Los expertos difieren sobre si este florecimiento de fundaciones individuales realmente representa un aumento significativo en las donaciones caritativas en general en comparación con décadas anteriores. Ray Madoff, profesor de derecho en Boston College, ha señalado que dentro de los EE.UU. las donaciones caritativas en general se han mantenido en aproximadamente el 2 por ciento del producto interno bruto desde la década de 1970, y que las contribuciones de individuos se han mantenido relativamente iguales durante 40 años que asciende a alrededor del 2 por ciento de la renta disponible.

Ampliando la mirada más allá de los EE.UU., Es más fácil hacer pronunciamientos claros sobre aumentos en la filantropía global. Los estudiosos de la filantropía David Moore y Douglas Rutzen sugieren que la filantropía global ha aumentado drásticamente en los últimos años, un crecimiento que "se ha correspondido con un aumento de la riqueza privada en Brasil, India, China y otros países".

Este aumento de la filantropía mundial tiene sus raíces en la creciente concentración de la riqueza y la creciente desigualdad económica, algo que ha enriquecido la capacidad de los ricos para regalar sumas deslumbrantes. La muy aclamada oferta de 2006 de Warren Buffett de $ 30 mil millones para la Fundación Gates es solo un ejemplo reciente.

Pero, ¿con qué fin?

Lo notable del creciente número de fundaciones filantrópicas en las últimas dos décadas es que el aumento de las donaciones no ha hecho mella en la reducción de los crecientes niveles de desigualdad económica. De hecho, parece ser el caso contrario. ¿Qué hacer con el hecho de que la creciente filantropía y la creciente desigualdad parecen ir de la mano? ¿Realmente la filantropía hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres?

Es difícil hacer afirmaciones directas de causalidad, ya que múltiples factores contribuyen a ampliar las divisiones de riqueza. Pero hay una serie de razones por las que los crecientes niveles de filantropía podrían exacerbar la creciente desigualdad en lugar de mitigarla.

Una es que las donaciones caritativas privan a las tesorerías de los ingresos fiscales que podrían gastarse en políticas de bienestar social redistributivas. La segunda es que una proporción sorprendentemente pequeña de las donaciones de fundaciones está orientada a ofrecer un alivio económico a las personas de bajos ingresos. Los informes anuales de organizaciones como el Giving Institute muestran que solo un pequeño porcentaje, generalmente menos del 10 por ciento cada año, se gasta en iniciativas etiquetadas como "beneficio de la sociedad pública" en contraste con un gasto mucho mayor en actividades religiosas o regalos a los ricos y universidades.

Otra preocupación es que la filantropía se utiliza para frustrar las demandas de impuestos más altos, protegiendo y expandiendo los activos en lugar de redistribuir la riqueza. La filantropía a menudo abre mercados para las multinacionales estadounidenses o europeas que se asocian con organizaciones como la Fundación Bill y Melinda Gates para llegar a nuevos consumidores. Dar más es una estrategia para obtener más, ayudando a concentrar la riqueza en un núcleo cada vez más reducido de agentes de poder con una influencia cada vez mayor en el establecimiento de políticas en organizaciones como la Organización Mundial de la Salud.

Los propios filántropos son a menudo los primeros en admitir que su filantropía tiene como objetivo preservar más que redistribuir la riqueza. Carlos Slim es, quizás, el más sincero sobre este hecho, resumiendo su propio enfoque de la caridad con el comentario, "La riqueza es como un huerto. Tienes que compartir la fruta, no los árboles".

El comentario de Slim repite una creencia que sustentaba la generosidad de benefactores anteriores como Andrew Carnegie, el barón del acero. En sus influyentes ensayos sobre el valor de las donaciones caritativas, publicados hasta finales de la década de 1880 y 1890, Carnegie tenía claro que los gestos filantrópicos eran cruciales para permitir que los ricos consolidaran la riqueza y garantizar que los procesos de fabricación no se vieran amenazados por una clase trabajadora cada vez más militante que exigía un cambio organizativo.

En 1889 sugirió que la filantropía permitiría "resolver el problema de los ricos y los pobres":
"Las leyes de la acumulación quedarán libres, las leyes de la distribución libres. El individualismo continuará, pero el millonario no será más que un fideicomisario de los pobres, confiado durante una temporada con una gran parte del aumento de la riqueza de la comunidad, pero administrándolo para la comunidad mucho mejor de lo que podría o hubiera hecho por sí mismo".
Carnegie estaba escribiendo en un momento de disturbios laborales masivos en suelo estadounidense. Pocos de sus trabajadores se dejaron influir por la sugerencia de que las llamadas "leyes de la acumulación" debían dejarse intactas para que él y un puñado de otros pudieran controlar la riqueza ilimitada para donar a sus causas seleccionadas.

Varios novelistas victorianos y de principios del siglo XX escribieron sátiras de esta mentalidad de Carnegie y sus compañeros benefactores. The Ragged Trousered Philanthropists de Robert Tressell, una novela ambientada entre un grupo de pintores de casas, extendió satíricamente la etiqueta de "filántropos" a un grupo de trabajadores que acceden dócilmente a las demandas de sus jefes. Con ingenio astuto, Tressel sugirió que su disposición a regalar su trabajo a bajo precio era el acto filantrópico definitivo.

Hoy en día, la filantropía ha saneado en gran medida las asociaciones satíricas anteriores. Desde conciertos como Live Aid, hasta la popularidad de programas como The Secret Millionaire, un exitoso programa de televisión británico donde los benefactores se esconden encubiertos en las comunidades pobres para encontrar destinatarios dignos de su caridad, la filantropía ha alcanzado una prominencia popular que hace que los actos de donación sean difíciles de criticar o cuestionar.

La aclamación pública, incluso la reverencia, para los filántropos de hoy en día se enciende en los medios de comunicación en gran medida deferentes, propensos a abrazar y perpetuar la afirmación de que hay algo sin precedentes en la nueva filantropía "estratégica" en organizaciones como la Fundación Gates.

Ciertas técnicas de medición pueden ser nuevas, como los ensayos controlados aleatorios que datan de la década de 1920, pero que han ganado preeminencia en los círculos del desarrollo durante los últimos 20 años. Pero el esfuerzo por evaluar el impacto no lo es.

Y, sin embargo, una y otra vez, los filantrocapitalistas de hoy tienden a ignorar a sus precursores históricos. Un buen ejemplo es un artículo reciente del cofundador de Napster, Sean Parker, en el Wall Street Journal. Parker sugiere que eso es lo inusual de la nueva élite global es su mentalidad de "hacker". En sus palabras, "la élite de hackers recién creada es una aberración en esta historia de creación de riqueza". Como evidencia, cita la juventud de la élite actual: el hecho de que muchos multimillonarios de la tecnología lograron el éxito antes de cumplir los 40. Luego, contrasta las nuevas élites "hackers" con las fundaciones filantrópicas tradicionales "anticuadas" que, según él, no están interesadas en medir su efectividad.

Ambos puntos son falsos. Carnegie y Rockefeller acumularon cada uno una riqueza considerable a los treinta y cada uno habría sido el "pirata informático" de su época, desesperado por distanciar sus propias donaciones de las limosnas, que veían la caridad como virtuosa en sí misma, independientemente del efecto práctico. Contrariamente a la sugerencia de Parker en el artículo, su argumento de que "la juventud y la filantropía no se han mezclado históricamente", Rockefeller y Carnegie dieron generosamente a lo largo de sus vidas y no simplemente en su edad. Rockefeller comenzó a entregar sistemáticamente una parte significativa de sus ingresos cuando aún era un adolescente.

Muy poco del reciente artículo de Parker en el Wall Street Journal es históricamente exacto, algo que señalan los sitios web especializados como HistPhil, un sitio dedicado a la historia de las donaciones a gran escala. Y, sin embargo, Parker fue alabado en la prensa principal, incluida una reseña entusiasta en Intercept, un foro en línea financiado por Pierre Omidyar, como si el enfoque de Parker fuera realmente tan innovador o sin precedentes como sugiere.

Omidyar, el fundador de eBay, es inusual entre los filantrocapitalistas al reconocer la relevancia de los primeros economistas políticos para su propio enfoque de la filantropía y los negocios; a menudo elogia a Smith por encender su creencia de que la empresa privada, bajo las condiciones adecuadas de laissez-faire, conducirá a beneficios colectivos.

Pero esta es una imagen parcial del trabajo de Smith. En las raras ocasiones en que los nuevos filántropos hablan de sus predecesores históricos, tienden a seleccionar convenientes fragmentos de escritura que propagan convenientes caricaturas de los primeros economistas políticos.

Tomemos los escritos de Mandeville, un filósofo holandés nacido en 1670 que pasó la mayor parte de su carrera en Inglaterra. Mucha gente le da crédito a Adam Smith por haber originado la idea de que los individuos, trabajando para satisfacer sus propias necesidades y deseos económicos, impulsarán los beneficios públicos colectivos. Pero una génesis anterior de esa idea se encuentra realmente en Mandeville. Está resumido en su influyente ensayo La fábula de las abejas.

En este ensayo, Mandeville adopta la metáfora de una colmena de abejas. Dentro de la colmena, escribe, prospera una masa de abejas industriosas e ingeniosas, muchas de las cuales parecían inmorales --eran engañosas, vanidosas, inconstantes-- y, sin embargo, sus necesidades ayudaron a hacer de "toda la masa un paraíso". Su ingeniosa intriga, aunque arraigada en el vicio, ayudó a impulsar una industria dinámica, creando tales comodidades que "los pobres vivían mejor que los ricos antes".

En otras palabras, el progreso se basaba en la codicia económica más que en la abstinencia. En el deseo de conseguir; en lugar de limitarse a tomar. La idea de que el interés propio cumple una función económica y moral importante es visible en un linaje directo que se deriva de Mandeville y Smith, pasando por industriales del siglo XIX como Carnegie y Rockefeller, hasta los defensores del filantrocapitalismo actual.

Tomemos el ejemplo de hombres y mujeres descritos por la antropóloga estadounidense Karen Ho en sus estudios sobre los jóvenes banqueros de inversión de Wall Street. Los banqueros con los que se encuentra muestran un desconcierto genuino y profundamente sentido por el hecho de que tantas personas ajenas a su campo perciban una ausencia de moral en sus acciones. Lejos de eso, confían en que están realizando un servicio público esencial. Consideran que la adopción de las formas schumpeterianas de "destrucción creativa" es esencial para garantizar que las empresas más pequeñas puedan prosperar y competir. Como Mandeville, insisten en que las ganancias privadas generan recompensas públicas.

Pero hay un aspecto importante del argumento de Mandeville que a menudo se descuida. En La fábula de las abejas, escribe el siguiente verso:

Entonces el vicio es beneficioso encontrado

Cuando es por la Justicia, atado y atado.

En otra sección, insiste en que "el vicio privado mediante la hábil dirección de un político hábil puede convertirse en beneficios públicos". El homenaje de Mandeville al interés económico propio, en otras palabras, hizo hincapié en la necesidad de la gestión gubernamental y las restricciones legales para garantizar que la especulación pública conduzca, de hecho, a recompensas públicas.

Lo que falta en el entusiasmo lleno de vida de los filantrocapitalistas de hoy es un reconocimiento suficiente de las luchas históricas por las ganancias privadas y públicas que han dado forma a las relaciones laborales al menos desde la época de Mandeville. Cuando reconocen la historia, lo cual no es frecuente, los filantrocapitalistas de hoy elogian una versión bastarda de la economía política temprana, una que ignora el énfasis que Mandeville y más tarde Adam Smith pusieron en la necesidad de una regulación gubernamental.

La empresa privada puede obtener beneficios públicos. Pero solo si los actores estatales, a través de una 'gestión hábil', pueden administrar la riqueza de una manera que garantice que se sirven tanto los intereses públicos como los privados. Mandeville, el héroe original y anónimo del filantrocapitalismo, fue en realidad un campeón de gobiernos intervencionistas poderosos. No es de extrañar que los filántrocapitalistas de hoy tiendan a ignorarlo.



* Este artículo fue publicado en Evonomics. The next evolution of economics, 23.03.16. Linsey McGoey es profesora de sociología y directora del Centro de Investigación en Sociología e Innovación Económicas (CRESI) de la Universidad de Essex.

El crecimiento personal nos idiotiza




Los mensajes de crecimiento personal nos rodean, un eco constante que nos «idiotiza». La precarización emocional se banaliza y se mercantiliza.


Carlos González Serrano


Son abundantes e insidiosos los mensajes que, a diario, ya sea subrepticia o explícitamente, recibimos en nuestro entorno invitándonos a adquirir y desarrollar nuestra autonomía subjetiva a través de ejercicios de crecimiento personal, coaching emocional, técnicas de superación, diversos métodos de autoayuda de dudoso calado o, sin tapujos, distintas vías esotéricas o «sanadoras» (astrología, taichí, terapia floral, terapias energéticas…) que nos prometen la realización individual en el ámbito exclusivo de nuestra esfera privada.

Las directrices son melosas y embaucadoras, pero también idiotizantes y, lo más preocupante, emocionalmente disciplinantes: «despliega tu amor propio», «sé tu propio universo», «tú fraguas el absoluto que eres», «abraza tu ser y el ser te abrazará» y otras patrañas y pamemas similares.

Este tipo de apotegmas, que pretenden alzarse como herederos de la Ilustración (cuyo lema kantiano –sapere aude!– intentaba dotar al individuo de herramientas intelectuales para alcanzar la independencia de juicio) o del estoicismo, esconde una peligrosa y desmembradora deriva (a)política. Mediante la banalización y mercantilización de la precarización emocional de la ciudadanía, sumergida en una narcotización intelectual causada por diversos malestares contemporáneos que se han hecho endémicos, esta clase de máximas del crecimiento personal nos desapropian de uno de los elementos más esenciales de una sociedad sana en términos de comunidad: la capacidad para sentirnos afectados por los demás.

La autoayuda de la superación personal patrocina, bajo la salvífica y almibarada capa de la autodeterminación y de la autosuficiencia, una moralidad subordinada a la negación de los cuidados mutuos, es decir, expropiada de la responsabilidad por el bienestar común, en tanto que nos condena al ostracismo de nuestra esfera personal, a la soledad autoinfligida del privatismo emocional («si yo estoy bien, todo estará bien»): sujetos aislados que pujan por su propio bienestar en una insalubre incomunicación.

Desde la perspectiva del más estupidizante crecimiento personal y de la autoayuda del pensamiento mágico («si quieres, puedes») se ofrecen variados viáticos para liberarnos de la «toxicidad» que nos provocan ciertas relaciones (personales, laborales e incluso con nosotros mismos) o para encontrar a nuestras «persona vitamina» (aquellas que nos hacen más fácil nuestro camino).

Es decir, se promueve, de continuo, la eliminación de cualquier rastro de contingencia, ambigüedad o problematicidad en nuestras vidas. Todo debe «fluir» en un cómodo transitar por la existencia, en un cándido e indolente resbalar por ella que nos permita eludir los disgustos, las contrariedades, los obstáculos y, en general, cualquier elemento potencialmente oneroso que pueda presentársenos.

Este género de estafas pseudoterapéuticas –que cobran paulatinamente un mayor protagonismo, potencian la enajenación emocional y menosprecian nuestra inteligencia– nos hacen olvidar que vivimos y sobrevivimos por y gracias a la dimensión política de los cuidados mutuos, de las relaciones intersubjetivas que trazamos mediante la capacidad para ser afectados por los otros en toda la insoslayable e inevitable pluralidad de sus manifestaciones. 

En cada una de nuestras acciones, en cada una de nuestras palabras proferidas –e incluso pensadas–, somos agentes morales y políticos que confeccionan un tipo de mundo en función de ese hacer, que es intransferible.

Muy al contrario, al desplazar la vulnerabilidad al ámbito meramente individual y privado, estas técnicas pseudoterapéuticas someten al sujeto a la presión de tener que ser el único forjador de su propia felicidad (o desdicha) y le hace relegar su compromiso cívico en pos de su bienestar individual. 

Sujetos que se piensan ultra autónomos pero que, justamente a la inversa, se vuelven del todo dependientes de técnicas que los despojan de su inteligencia e incluso de sus afectos, lo que deriva en la «irresponsabilidad de los privilegiados», como ha denunciado en las últimas décadas con gran lucidez Joan Tronto, profesora de Teoría Política en la Universidad de Minnesota (en Moral boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care, libro de 1993, o en Contre l’indifférence des privilégiés, de 2013). 

Una irresponsabilidad que tiene que ver con ignorar formas de adversidad que esos privilegiados no tienen que afrontar. Sumirnos en nuestro universo privado, y ceñirnos a nuestro bienestar personal, hace el mundo más mezquino, provoca que eludamos la dimensión relacional y contextual de nuestra existencia y reduce los cuidados y la atención a un onanismo emocional en virtud del cual el sujeto no se permite encontrar ninguna traba para la satisfacción de sus deseos, intenciones y anhelos. 

Los mensajes más arriba expuestos, melifluos y de amplia difusión, llegan a cada vez más niños y adolescentes que, cuando han de enfrentarse a alguna dificultad, no saben cómo plantar cara a cualquier atisbo de frustración, en tanto que han sido adoctrinados en la jerigonza del «si quieres, puedes».

La ética de los cuidados, que es una ética de la atención por y con el otro, es sustituida por una dulzona moralidad de la autosuperación, entendida como una salvación de todo aquello que resulta amenazante, inquietante o desafiante. Mientras, por otra parte, nos invitan de continuo a «dejar nuestra zona de confort»: porque, ya lo sabemos, a estas técnicas les va el negocio en ello. Es decir, en el hecho de que precisamente nos vaya mal, y no hay nada como abandonar un confort alcanzado con esfuerzo y largos años de denuedo para necesitar, de nuevo, las herramientas del chamán de turno que nos ayude a «crecer personalmente».

En definitiva, la idiotización a la que nos exponen los gurús del crecimiento personal está consiguiendo que rehuyamos nuestra responsabilidad comunitaria, que depositamos por entero en los agentes políticos institucionales (con el consiguiente peligro que esto supone), de manera que cada sujeto ha de ser el exclusivo garante, y por tanto el exclusivo culpable, de su dicha o desgracia, sin tener que preocuparse de lo que sucede en su contexto más cercano.

Ya no hay que prestar atención a las desventuras del otro, desoyendo el dictado, tan bello como certero, de Simone Weil en sus Cuadernos (publicados en Trotta, 2001):
«Contemplar la desgracia ajena sin apartar la mirada, no sólo la mirada de los ojos, sino la mirada de la atención, es hermoso. Es detenerse».



* Publicado en Ethics, 29.08.23.

El fantasma de los Chicago Boys




Esta columna establece similitudes entre el proceso de los Chicago Boys en los primeros años de la dictadura y lo que hoy ocurre con el Plan de Reconstrucción. Lo que está ocurriendo no es nuevo ni aislado. Entender nuestra historia, lo que se prometió antes, lo que costó y quiénes pagaron ese costo, es fundamental para dimensionar lo que se avecina.


Carola Fuentes


La noche del miércoles 25 de marzo, volvimos a hacer cola. A lo largo de todo Chile muchos de nosotros tuvimos que esperar más de una hora para cargar bencina, antes de que al día siguiente entrara en vigor un alza histórica en el precio de los combustibles. La gasolina de 93 subió $372 por litro, un 32%. El diésel, $580, un 62%. El recién inaugurado gobierno de José Antonio Kast había modificado el Mepco -el mecanismo creado para amortiguar estos cambios bruscos- y trasladado el costo íntegro del aumento del petróleo directamente a los consumidores. La justificación técnica fue atribuida a una incapacidad fiscal para absorber el abrupto incremento generado por la guerra en Irán. La justificación ideológica se puede trazar en el tiempo… hasta 1973, cuando el objetivo declarado fue lograr que el Estado fuera “lo más chico posible”.

Es la misma lógica que atraviesa el llamado Plan de Reconstrucción Nacional. Que también tiene un antecedente en el pasado. Mi abuela Olguita llevó hasta el fin de sus días un anillo de cobre en su dedo anular, que le dieron a cambio de su argolla de matrimonio, cuando días después del golpe la dictadura llamó -especialmente a las mujeres- a donar sus joyas para apoyar al Fondo de Reconstrucción Nacional.

Han pasado 53 años y el gobierno de Kast ha desempolvado el mismo llamado ideado por los publicistas de Pinochet. Solo que en esta versión del plan lo único que objetivamente se debe reconstruir son las casas de los afectados por los incendios de Valparaíso, Ñuble y el Biobío. El resto de las medidas, como la rebaja del impuesto corporativo del 27% al 23%, la invariabilidad tributaria por 25 años para grandes inversiones, las restricciones a la gratuidad universitaria, la flexibilización de normativas ambientales, no reconstruye nada que haya sido destruido. Es un programa de transformación estructural empaquetado bajo el eslogan de una emergencia.

Más riesgoso aún, el Consejo Fiscal Autónomo, organismo técnico independiente, aseguró ante la Comisión de Hacienda el pasado 5 de mayo que el plan genera déficit fiscal al menos hasta el 2031. Que los costos son “más ciertos y predecibles” mientras que los beneficios son “inciertos, graduales y condicionales”. Y que la rebaja del impuesto corporativo le costará al fisco 0,44% del PIB anual de forma permanente hasta 2050.

Si a lo anterior se suman todos los recortes, incluidos los polémicos anuncios con respecto a la menor inversión en ciencias, es evidente que el gobierno está buscando achicar el Estado, apelando a los estímulos a la inversión privada, como receta para el crecimiento económico. Una receta que también es de larga data y cuyas consecuencias estuvieron lejos de ser las esperadas, tal como sabemos por experiencia propia todos los que crecimos bajo las sombras del modelo de El Ladrillo… la biblia de los Chicago Boys.

“El efecto Ladrillo” es el nombre del documental que dirigimos con Rafael Valdeavellano y estrenamos el 2022. Filmada durante el estallido social, la película revisa los efectos en el largo plazo de la apuesta neoliberal. Siete años antes habíamos estrenado “Chicago Boys”. Fue para este proyecto que entrevistamos a Sergio de Castro, conocido como “el arquitecto del modelo”. Recuerdo claramente cuando nos dijo:
 “Cuando uno le saca dinero a un contribuyente, está impidiendo que ese contribuyente gaste ese dinero en la forma en que a él le gustaría gastarlo. Si uno da los incentivos para que el país pueda producir libremente lo que se le ocurra, gran parte de esa plata seguramente va a ir a inversión”
Y también recuerdo la respuesta de Ricardo Ffrench-Davis, conocido como “El Chicago Boy bueno”:
“Se usan esas expresiones: si el problema es el Estado, si le corto las alas al Estado y le doy el espacio libre al sector privado, esto va a renacer, va a renacer bien. El caso extremo de eso fue la aplicación de las políticas económicas del ‘73 al ‘82, que fueron un ejemplo pionero en el mundo de extremismo neoliberal”
Ese extremismo tuvo consecuencias en el corto plazo. En 1982, el modelo colapsó arrastrado por la crisis del dólar y la excesiva confianza en la autorregulación del mercado, el PIB cayó un 14,3%. El desempleo superó el 30% en 1983. El Estado tuvo que inventar el PEM y el POJH —programas de emergencia que pagaban una miseria a cambio de trabajo manual— para sostener a una masa de población que había quedado sin ingresos. Las mismas reformas que prometían generar prosperidad nos llevaron a una de las peores crisis económicas desde la Gran Depresión. Fue entonces cuando Rolf Lüders, biministro de Hacienda y Economía de Pinochet, habló en cadena nacional:
“Con todo, el camino que aún tenemos por delante exige esfuerzos y sacrificios adicionales. Habrá también un costo que, como en otras ocasiones, deberá soportar la colectividad”
La colectividad, esa masa anónima de personas integrada por millones que -como mi abuela Olguita- partieron de buena fe entregando sus joyas y luego asumieron con estoicismo la dureza de una vida sin estado de bienestar, en la que nos acostumbraron a sobrevivir rascándonos con nuestras propias uñas.

La misma colectividad que hizo cola para echar bencina el 25 de marzo, pagando el pato por una guerra iniciada por Trump, cuyos coletazos nos siguen pegando con el alza de los costos de las compras del día a día.

Pero el contexto de los 70 era muy distinto al de hoy. Llegamos a ser un país estable, en crecimiento, reconocido internacionalmente por sus instituciones, con políticas públicas cada vez más sólidas. ¿Por qué arriesgar todo con la amenaza de un “estrés fiscal estructural” como acaba de advertir JP Morgan? ¿A dónde nos podría llevar esta fe ciega en las ideas de El Ladrillo?

Hay una anécdota que describe Juan Gabriel Valdés en su libro Los Economistas de Pinochet. Cuando este grupo fue a presentarle su programa a Jorge Alessandri en 1969, el candidato de derecha los escuchó y respondió: “Sáquenme a estos locos de aquí…”. Alessandri entendió que medidas tan radicales no se podrían aplicar en una democracia.

Pero el escenario fue distinto tras el golpe.

Investigando para “Chicago Boys” descubrimos un video de archivo en que el propio Sergio de Castro recuerda sus inicios: 
“El programa de recuperación económica empezó bastante modesto en su uso y en su objetivo. Y de repente, vino como una revolución de decir, puta, a la chucha, hagamos una hueá realmente realmente con garra. Y me atrevo a decir que casi fue un poquito como pasado…. (Para la punta)…”
Carlos Massad, el “Chicago Boy de la DC”, complementa:
“Las políticas que se empezaron a aplicar eran tan duras que el gobierno tenía que apretar fuertemente la mano para hacer esas políticas tolerables”
Apretar fuertemente la mano es un eufemismo para hablar de la represión y las violaciones a los derechos humanos.

El único que se atrevió a decirlo con todas sus letras fue Orlando Letelier, quien en agosto de 1976 publicó “The ‘Chicago Boys’ in Chile: Economic Freedom’s Awful Toll” (“Los ‘Chicago Boys’ en Chile: El terrible precio de la libertad económica”) en la revista The Nation, en Estados Unidos. El exembajador, excanciller y exministro de Defensa de Salvador Allende, argumentó algo que en esa época resultó incómodo para quienes aplaudían el modelo: que la libertad económica para unos pocos y la represión política para las mayorías no eran fenómenos separados. Eran dos caras del mismo modelo: 
“Los Chicago Boys estuvieron profundamente involucrados en la preparación del golpe. Convencieron a los generales de que ellos podrían complementar su brutalidad con los talentos intelectuales de que carecían… Es absurdo, en consecuencia, que aquellos que inspiran, apoyan o financian esa política económica pretendan presentar sus acciones como restringidas a consideraciones técnicas, mientras aparentan rechazar el sistema de terror que tal política necesariamente requiere para su puesta en práctica”
Veinticuatro días después de publicado el artículo, Orlando Letelier fue asesinado por la DINA en Washington. El próximo 21 de septiembre se cumplen 50 años.

Los Chicago Boys, cuyo apodo vino tras haber sido educados en la Universidad de Chicago por Milton Friedman, prepararon El Ladrillo antes del golpe de Estado. El 14 de septiembre de 1973 ya estaban instalados en la Junta. Ellos mismos reconocen en el documental que lo mejor que les pudo haber pasado fue la crisis de la UP: “Si hubiera ganado Alessandri, estaríamos más atrás que Argentina”. Necesitaron las armas, como admitió Massad, para hacer tolerables políticas que de otra manera la sociedad no habría aceptado.

Ya han pasado 36 años desde que en Chile logramos recuperar la democracia. La duda que se pasea como un elefante entre La Moneda y Hacienda es qué pasará si estas políticas tienen los efectos que los técnicos están advirtiendo. ¿Cómo reaccionará la población, y cómo las autoridades? Los que hoy gobiernan son, en su mayoría, herederos ideológicos de quienes en el pasado consideraron que una crisis económica justificaba una salida armada. Algunos de ellos defienden el golpe, relativizan la gravedad de las violaciones a los derechos humanos e incluso, emulan a Pinochet.

Aquellos que se preguntan de qué sirve “seguir pegados en el pasado”, minimizan la importancia de entender los procesos históricos. Lo que está ocurriendo no es nuevo ni aislado. Entender nuestra historia, lo que se prometió antes, lo que costó y quiénes pagaron ese costo, es fundamental para dimensionar lo que se avecina.

Porque Milton Friedman tenía razón en una cosa: las políticas se juzgan por sus resultados, no por sus intenciones. Los resultados de El Ladrillo los conocemos. Los del Plan de Reconstrucción los estamos empezando a sentir.



* Publicado por Ciper, 14.05.26.

Reagan, Thatcher y la creación de un mito




El gobierno de José Kast, desde su ortodoxia económica, ha planteado la necesidad de un duro ajuste fiscal. Ha anunciado que pretende bajarle impuestos a las grandes empresas al tiempo que proponen recortar diversos programas sociales y transferirle todo el costo de la subida del precio de los combustibles (que implica la subida del precio de todos productos que dependen de la cadena de distribución que utiliza dichos combustibles) a la población.

Mientras tales anuncios han despertado entusiasmo entre el gran empresariado, a su vez, han sido criticados por un amplio abanico de economistas libremercadistas. La causa es simple y es técnica; no política ni ética: la literatura especializada no da cuenta de experiencias en que la baja de impuestos a los más ricos se refleje en un aumento de la inversión y de puestos de trabajo.

El equipo económico de Kast no tiene problema para reemplazar el mundo real y sus complejidades por el irreal y ramplón "enfoque económico" ortodoxo. Para ellos y sus codiciosos fans del gran empresariado, la fantasía del ajuste automático se cumple como inexorable consecuencia del predeterminismo mecanicista al que creen que está sometida la especie humana.

Por si no fuera suficiente, a ese craso error se le suma que los ortodoxos asumen su voluntarismo como "ciencia" sin siquiera darse cuenta de lo ideologizados que son... Y ni hablar de pensar en las consecuencias sociales de sus políticas.


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Chile hoy no es la economía que algunos siguen imaginando. Es más concentrada, más financiera y más incierta. Pretender que una rebaja tributaria producirá el mismo efecto que en otro contexto no es análisis económico.


Jessica Cuadros


Hay ideas que sobreviven no porque funcionen, sino porque sirven. La más resistente en la política económica chilena es esta: bajar impuestos a las empresas genera crecimiento.

No es una hipótesis. Es un reflejo.

Y, sin embargo, los dos ejemplos que se invocan para sostenerla —Ronald Reagan y Margaret Thatcher— dicen otra cosa cuando se los mira sin devoción.

En Estados Unidos, las rebajas tributarias de Reagan no se autofinanciaron. Los ingresos cayeron en el corto plazo, el déficit se expandió y la deuda creció. El repunte económico que siguió tuvo tanto que ver con el ciclo monetario posterior a la recesión como con la política tributaria. Dicho sin rodeos: no fue la prueba de que bajar impuestos genera crecimiento, sino de que puede transferir recursos al sector privado mientras el Estado se endeuda.

En el Reino Unido la historia fue distinta, pero la conclusión no. Thatcher no bajó impuestos en bloque: cambió quién los paga. Redujo tasas directas, subió el IVA y otras contribuciones. El resultado no fue un Estado más pequeño, sino un sistema menos progresivo. El crecimiento no despegó de forma excepcional; la desigualdad, sí.

Entonces, ¿qué quedó de ese experimento? El mito.

Un mito útil porque simplifica. Porque convierte una discusión sobre poder económico en una ecuación de incentivos. Porque permite afirmar que basta mover una tasa para que el sistema responda.

El problema es que el sistema no responde así.

Desde Karl Marx hasta Hyman Minsky, la idea es consistente: el capital no invierte porque tenga más dinero, invierte cuando tiene motivos para hacerlo. Y esos motivos no son tributarios; son estructurales: competencia, demanda, expectativas.

Cuando esas condiciones no están —y en Chile muchas veces no están— la rebaja tributaria no activa inversión. Activa otra cosa: el excedente.

Ese es el punto que el debate evita. Toda rebaja de impuestos produce un efecto inmediato —aumenta el excedente— y uno eventual —podría aumentar la inversión—. Entre ambos hay un salto que la política presenta como automático, pero que en la práctica depende de factores que no controla.

Y en el capitalismo actual ese salto rara vez ocurre como se promete.

Porque no estamos en economías ideales. Estamos en economías concentradas, donde no hay urgencia por expandir capacidad, y financiarizadas, donde el excedente puede rentar sin pasar por la producción. Margen, dividendos, activos: el menú es amplio.

Nada de esto es una anomalía. Es la regla.

Por eso, cuando Chile repite el libreto de Reagan y Thatcher, no está replicando un modelo exitoso. Está repitiendo una lectura parcial que omite lo esencial: que Reagan expandió el déficit, que Thatcher redistribuyó la carga y que ninguno demostró que bajar impuestos genera crecimiento sostenido.

Lo que sí demostraron —y esto casi no se dice— es otra cosa: que bajar impuestos redistribuye poder económico de inmediato.

Aquí entra un factor que la discusión técnica suele ignorar: el comportamiento. La economía conductual muestra que las decisiones no responden solo a incentivos, sino a percepciones y confianza. Cuando el sistema se percibe como desigual, la disposición a contribuir cae. Menos legitimidad, más evasión, menos Estado para financiar lo que sí empuja el crecimiento.

Es decir, la política tributaria no solo mueve recursos. Moldea el terreno en que la economía funciona.

Y, en ese terreno, los economistas no son espectadores. Son quienes definen el lenguaje en que se decide. Si el problema se reduce a incentivos, la respuesta será bajar tasas. Si se reconoce la estructura de poder, la discusión cambia.

Chile hoy no es la economía que algunos siguen imaginando. Es más concentrada, más financiera y más incierta. Pretender que una rebaja tributaria producirá el mismo efecto que en otro contexto no es análisis económico.

Es persistencia ideológica.

Por eso, la pregunta relevante no es si bajar impuestos genera crecimiento. La pregunta es más incómoda: ¿qué pasa con el excedente cuando se bajan los impuestos?

Porque hay algo que no admite interpretación. La inversión es incierta. El excedente, no.

Y seguir confundiendo ambos no es un error técnico. Es una elección.



* Publicado en El Mostrador, 03.05.26.

Debe haber límites para la riqueza




La economista y filósofa belga Ingrid Robeyns propone un mundo donde la acumulación de la riqueza tenga un límite y donde los súper ricos sean vistos como un problema. No busca emparejar la cancha al final del proceso productivo --como hacen los impuestos--, sino hacer que el proceso entero sea parejo.


Marcela Ramos


Durante décadas ha dominado la idea de que los súper ricos triunfan porque trabajan duro y son inteligentes. El economista de la Universidad de Harvard Gregory Mankiw lo sintetizó en un artículo de 2013, titulado "En defensa del uno por ciento": “el grupo más rico ha hecho una contribución significativa a la economía y en consecuencia se ha llevado una parte importante de las ganancias”.

De esa mirada se derivan dos ideas que están muy presentes en la discusión pública: que la riqueza es un premio justo al esfuerzo (de lo que se sigue que el rico se merece su riqueza y los pobres tienen responsabilidad por su situación); y que el rico es un actor valioso para nuestra sociedad, porque estos “altamente educados y excepcionalmente talentosos individuos”, como los describe Mankiw, generan su propio bienestar y el del resto.

Tras la crisis financiera de 2008 esas ideas han sido puestas en duda. Investigaciones en el área de la educación han mostrado que los ricos no son excepcionalmente inteligentes sino, más bien, personas normales que por el azar de nacer en familias adineradas, accedieron a una educación que les garantizó pertenecer al 10% de más altos ingresos (ver entrevista al economista de la UCL, Francis Green en CIPER); otros autores no solo cuestionan el “excepcional” talento del rico, sino también la calidad de la educación que reciben, afirmando que lo que realmente aprenden en la escuelas de elite es a comportarse como privilegiados: interiorizan los gustos, las maneras y los contactos que permiten ser reconocidos como parte de un club. Es decir, aprenden a “encarnar” el privilegio (ver entrevista al sociólogo de Columbia Shamus Khan, en CIPER). En otras palabras, no serían personas de inteligencia sobresaliente o muy bien preparadas, sino seres normales con una excepcionalmente buena red de contactos.

Otra importante fuente de cuestionamiento viene de las investigaciones que examinan la forma en que se genera esa riqueza que termina en sus manos en forma creciente. La economista Mariana Mazzucato ha mostrado que incluso en las áreas tecnológicas, donde domina la idea del ingeniero genio haciendo maravillas en su garaje, el financiamiento del Estado ha sido el actor central (Apple, dice Mazzucato, le puso diseño “cool” a tecnología que se generó en programas financiados por el Estado norteamericano para ganar la Guerra Fría).

En el caso chileno, la idea de que estas fortunas se han construido a partir de una dura competencia, fue puesta en duda por Ben Ross Schneider, que describe un capitalismo jerárquico manejado por pocas familias. El descubrimiento de cuán frecuente han sido las colusiones (ver columna de Claudio Fuentes), ha hecho que la idea del rico como el triunfador de una competencia justa sea cada vez más difícil de aceptar. Paralelamente, una serie de trabajos han mostrado cómo los más ricos usan su dinero para que la democracia funcione de acuerdo a sus intereses y les dé más dinero: cómo usan el lobby y los contactos para pagar pocos impuestos (ver Tasha Fairield, Carlos Scartascini y Martín Ardanaz, o Francisco Saffie); como financian ilegalmente la política y consiguen leyes hechas a la medida de sus intereses. En una entrevista con CIPER, la economista Andrea Repetto destaca también cómo los más ricos logra manejar el debate público, fijando los estándares de qué es razonable y qué es inaceptable: “Si tienes mucho dinero puedes comprar muchas cosas, entre otras, thinks tanks, medios y académicos”, dijo.

Para enfrentar algunos de estos problemas las sociedades modernas intentan generan regulaciones que ponen cortafuegos entre la política y la riqueza y aumentan la fiscalización. La economista y filósofa belga Ingrid Robeyns dice que esos cortafuegos no han funcionado ni funcionarán porque las grandes fortunas son un poder demasiado grande para las democracias. Sostiene que la extrema riqueza no genera problemas, sino que “es” el problema.

Antes de seguir hay que aclarar que Robeyns no es marxista. Tampoco envidia a los ricos. Si hay que ubicarla en algún lugar, tal vez el más adecuado sea la economía del bienestar, una propuesta de nuevo sistema económico que plantea que el modelo actual es insostenible ecológicamente e injusto; y que propone nuevos indicadores para evaluar y pensar el desarrollo. En lugar de poner el énfasis en el crecimiento económico, sus principales preocupaciones son el bienestar de las personas y el desarrollo sustentable.

Robeyns es doctora en Economía en la Universidad de Cambridge y hoy hace investigación en el área de la Filosofía. Trabaja en el instituto de Ética de la Universidad de Ultrecht, Holanda. Es la investigadora principal de “The Fair Limits project” (Límites Justos), un proyecto financiado por el Consejo Europeo de Investigación con 2 millones de Euros para problematizar las formas actuales de distribución de recursos económicos y ecológicos.

Un paper de 2017 titulado “Tener demasiado” resume bien sus ideas. Su planteamiento central es que, en el mundo real, el cielo no puede ser el límite. En el mundo real con democracias que requieren equilibrios de poder y con recursos naturales sobreexplotados, el límite tiene que estar mucho antes. Así como hay una línea de la pobreza bajo la cual nadie debiera estar, Robeyns propone una línea máxima de riqueza.

La teoría de Robeyns se denomina “limitarianismo” y arranca de un esfuerzo por pensar cómo repartir los recursos escasos de una manera ética y justa, para proteger la igualdad en política y enfrentar los desafíos que impone el cambio climático y la pobreza. No entiende la riqueza como algo negativo; pero sí su acumulación excesiva, es decir la codicia. Robeyns no es la primera que dispara contra la acumulación sin límite (ver recuadro). Pero probablemente es una de las que más ha avanzado en desarrollar estas ideas en el contexto actual.


El cielo no es el límite

En Chile, los economistas Ramón López y Gino Sturla, usando datos de CreditSuisse y el Boston ConsultingGroup, identificaron 140 súper ricos (que suman un patrimonio total US$150.000 millones) y 5.700 ricos, cada uno con un patrimonio de entre US$ 5 y US$ 100 millones.

-¿Cuál debiese ser el límite de la riqueza?

-El límite debe definirlo cada sociedad a través de sus procesos políticos. Pero la idea es preguntarse qué necesitamos para alcanzar una vida plena en términos de acceso a salud, educación, transporte, alimentación. En el caso de Holanda, en conjunto con sociólogos económicos, evaluamos si la idea de establecer un límite a la riqueza le hacía sentido a las personas, si la entendían. En una encuesta representativa de la población total, encontramos que un 96,5% de los holandeses piensa que debe haber un límite a la cantidad de dinero que una persona debe tener. Esa cantidad está vincula con un determinado estándar de vida. Las personas piensan que pasado ese nivel, el dinero no contribuye a la prosperidad[1] ni a la calidad de vida. El cálculo que hicimos para Holanda fijó la línea de la riqueza entre 2 y 3 millones de euros para las familias (entre $1.700 y $ 2.700 millones). Actualmente un equipo liderado por Tania Burchard de la London School of Economics está investigando una línea de riqueza para Inglaterra.

Sin embargo, me parece que más importante que fijar un límite ahora, es avanzar en contestar la pregunta: ¿debe el cielo ser el límite? Lo que me interesa es promover una discusión sobre las razones por las cuales el cielo no debe seguir siendo el límite, y por qué debemos imponernos límites más bajos.

-¿Por qué es un problema “tener demasiado”?

-Cuando vives dentro del marco ideológico del Neoliberalismo parece equivocado pensar que algunos tienen demasiado. Ello más bien puede significar que eres envidioso. El limitarianismo cuestiona esa mirada y considera que tener demasiado es problemático por distintas razones. En primer lugar, la investigación académica sobre concentración de riqueza en Estados Unidos y también en economías mixtas como Holanda, muestra que los súper ricos manipulan o influyen en el sistema político para que las reglas los favorezcan. Su fortuna entonces puede ser resultado de la elusión tributaria o de que contrataron lobistas para tener leyes favorables y por lo tanto tener muchas más ganancias que la mayoría de las personas. Esto es lo que hemos visto.

Frente a esto la gente contra-argumenta que súper ricos como Bill Gates hacen donaciones y filantropía. Pero esa es una forma equivocada de analizar las cosas, porque la pregunta debiera ser ¿cómo llegaron a tener tanto? En un mundo justo, todos aquellos que son súper millonarios no podrían serlo. Si llegaron a acumular tal nivel de riqueza es porque torcieron la ley, o porque esa riqueza fue resultado de procesos de colonialismo, explotación de mano de obra u otras razones.

-¿No es posible una extrema riqueza bien obtenida?

-El caso más complejo para discutir es el de aquella persona que se vuelve rica en un contexto de mercado, pero que lo hace, por ejemplo, produciendo música y bajando sus costos de distribución y difusión casi a cero. En ese caso, me podrías decir que no hay problema, pues esta persona está acumulando riqueza no como consecuencia de su poder sino de su talento y no explota a sus trabajadores, sino que está siendo muy eficiente y obteniendo todas las ganancias posibles. Esta persona entonces se hace rica en un proceso que es política y moralmente correcto. No podemos objetar su riqueza a nivel de procesos, pero desde una perspectiva de resultados podemos argumentar contra su nivel de acumulación. Es decir, aún en los casos en que se trata de una gran fortuna acumulada de manera limpia, igualmente tener mucho dinero permite influir en la política de diversas formas: puedes financiar un partido, influir en la agenda política, contratar lobistas. Políticamente entonces es un problema. Y esa es otra razón por la cual no debiésemos permitir que las desigualdades sean tan grandes en contextos democráticos.

-Una desigualdad muy visible hoy es la diferencia de salarios. La economía ha justificado por años esas diferencias en razón de la productividad ¿es esa una explicación plausible?

-Los modelos económicos asumen que los salarios reflejan la productividad. Pero eso es un supuesto. En las grandes empresas los salarios altos no son definidos sobre la base de la relación oferta/demanda en el mercado laboral, sino que los definen los directorios. Es decir, son definidos por amigos para otros miembros de la elite. La idea de que los sueldos reflejan la productividad marginal es un supuesto que funciona como un dato empírico hasta cierto nivel. Pasado cierto límite, lo que muestran esos salarios es colusión entre los individuos. Por supuesto podemos encontrar ejemplos donde las diferencias salariales se justifican por las diferentes características y tipos de empleos. Pero eso es sobre todo un supuesto teórico. Y tenemos muchos casos para mostrar que eso no es verdad. La crisis financiera de 2008, por ejemplo, mostró que algunos bancos hacían un trabajo de muy mala calidad. Si fuese verdad que el salario está de acuerdo al nivel de productividad, algunos de los gerentes de esos bancos no debieron haber recibido más sus pagos, pero aún están en el grupo de los mejor pagados.

-¿Cuál es la explicación entonces para estas enormes brechas salariales? En Chile un estudio del economista Ramón López mostró que cada uno de los cinco hombres más ricos de Chile en 2011 ganaba lo mismo que un millón de chilenos. Uno se pregunta cómo se puede trabajar más duro o ser más productivo que un millón de personas.

-Una de las características del Neoliberalismo es que pone mucha presión sobre las responsabilidades individuales. Las personas deben felicitarse por sus triunfos pero también son los responsables de sus fracasos. Pero hay otras perspectivas que hemos empezado a discutir en la filosofía política contemporánea, y que plantean que un componente central del éxito es resultado de la suerte. Entonces tus talentos, la salud que tienes, la familia y el país en que naciste, todo eso es resultado de la suerte, y eso significa que tenemos que ser mucho más modestos a la hora de felicitarnos por nuestros éxitos. Esto por supuesto cuestiona la posición de aquellos que se consideran con el derecho moral de tener salarios altos y fortunas. Estas personas dicen ‘yo me merezco esto’, pero la perspectiva correcta sobre lo que nos merecemos es más bien que buena parte de nuestro éxito económico es suerte o es resultado de un contexto construido por otros y sobre el cual podemos sacar algunas ventajas. Si tomamos en cuenta que buena parte de lo que somos es resultado del azar, del lugar donde nacimos, de nuestra salud, no debiese ser tan simple mirarse al espejo y decir ‘bueno, está muy bien que yo gane lo mismo que un millón de mis conciudadanos”.


La economía y el poder

Robeyns empezó a pensar en el limitarianismo en 2012, cuando la discusión sobre desigualdad en economía se alimentaba de investigación sobre la pobreza, buscando entender en lo que hacían y no hacían los pobres, las causas de su situación.

“Insistentemente me preguntaba por que no estábamos estudiando a los ricos. Al comenzar las discusiones sobre el limitarianismo, recuerdo que en las primeras conversaciones con mis colegas del instituto de Filosofía y Economía en Amsterdam, la reacción de ellos era reírse. Me preguntaban, “¿qué quieres hacer? ¿quieres disparar a los ricos?” Para ellos era muy difícil pensar que este tema podía investigarse. La gran diferencia la hizo la publicación del libro El capital en el siglo XXI de Thomas Pyketty, porque allí mostró que estábamos volviendo a una época de aumento sostenido de la desigualdad. Hasta entonces, teníamos la idea de que las tasas de desigualdad del siglo XIX, las más altas en la historia, eran una cosa del pasado, y que vivíamos en un contexto de igualdad de oportunidades. Pero Piketty mostró que eso no era verdad. Ese libro vino a cambiar el juego, a patear el tablero”.

Robeyns dejó la economía porque la forma dominante de entender el mundo en esa disciplina --matemática y estilizada-- no le permitía hacer preguntas sobre el poder.

-Y en el mundo real, si actúas como si el poder no existiese, no puedes entender lo que está pasando. Lo que no considera la economía es que en el mundo real las personas poderosas tienen los números celulares de los Presidentes. Si quieren algo, simplemente llaman por teléfono y ejercen presión. En el caso de los ciudadanos comunes y corrientes, podemos pedir una reunión con el Primer Ministro, pero no tenemos su número de teléfono. En Holanda, un país que lo ha hecho bastante bien en temas de corrupción y transparencia, puedes encontrar ejemplos recientes sobre cómo las grandes empresas influyen en la política a través de formas que las personas comunes y corrientes no pueden. Eso es porque son poderosos, porque el dinero da poder. Además hay que tomar en cuenta que la economía, que es la que prepara gente para implementar políticas neoliberales, es una disciplina fundamentalmente tecnocrática. Les gusta pensar que el conocimiento está libre de valores e ideología. Esa es la razón por la cual yo dejé la economía como disciplina de estudio, porque no reconocen el punto de vista normativo que adoptan frente a este tipo de problemas.

-¿Cree que esta falta de consideración y problematización de la concentración de la riqueza es responsabilidad de los economistas y el tipo de modelo que han sustentado?

-En este tema creo que hay cosas que nos deben preocupar y otras que nos deben hacer sentir optimistas. El lado preocupante es cuando ocurren cosas como las siguientes. Cuando Tomas Piketty publicó su primer libro, El capital en el siglo XXI, muchos economistas dijeron ‘bueno, esto es historia económica’. De hecho, Debra Satz, entonces directora del Centro de Ética para la Sociedad de la Universidad de Stanford, me contó que, cuando ellos lo invitaron a Piketty a presentar su libro, los economistas no asistieron. Piensan que el libro es muy político y eso los pone nerviosos; porque lo que Pikkety muestra es que el emperador está desnudo, lo que es algo muy desestabilizador para los economistas. Esto da cuenta lo profundamente problemática que la disciplina económica puede ser. En el lado optimista, hay que reconocer que hay muchos economistas en posiciones de poder, como Dani Rodrik y Paul Krugman, que han comenzado a cuestionar las ideas dominantes. Hace unas semanas Rodrik publicó una columna donde decía que la opción por la globalización era eso, una opción; y que podemos elegir otro tipo de acuerdos de comercio internacional que pongan la salud y el cambio climático en el centro de las preocupaciones. Esto muestra que un economista que es respetado por sus pares, reconoce que hay opciones y que éstas no están libres de valores. Lo que es frustrante para los filósofos de las ciencias, los filósofos políticos y quienes nos dedicamos a la ética, es que por muchos años hemos mostrado en detalle que la economía no puede estar libre de valores y que el razonamiento económico tiene incorporadas decisiones éticas e ideológicas. Pero la economía se pone un escudo frente a otras disciplinas. Yo creo que un tema importante, pensando en el futuro, es que la economía no sea enseñada solo por economistas, sino por historiadores, filósofos políticos, sociólogos. No hay que dejar la economía a los economistas, eso es crucial. Una vez que ésta disciplina se abra, vamos a poder tener conversaciones nuevas, diferentes.


Contra-narrativas económicas y de sociedad

-Si hemos crecido en un contexto en el que tener dinero significa éxito y poder, y nos felicitamos por nuestros resultados, ¿de qué manera podemos movernos a otras formas de pensar y a otros valores?

-Yo creo que tenemos que elaborar contra-narrativas. El limitarianismo es una de ellas. Está la red de economistas por el bienestar y el Centro para el Estudio de la Prosperidad Sustentable, que propone dar una mirada ecológica al desarrollo y cuyo modelo plantea también que la economía debe estar al servicio de las personas. La economista Mariana Mazucatto de UCL también ha desarrollado una contra-narrativa, al plantear que buena parte de la innovación más determinante ha sido resultado de la inversión estatal. Entonces si pones sobre la mesa todas estas contra-narrativas puedes ver que está emergiendo una perspectiva alternativa al Neoliberalismo. También creo que hay cada vez más voces que se dan cuenta de que el Neoliberalismo nos falló. Antes que el coronavirus, la crisis climática es el ejemplo más claro de que, aún cuando estamos ganando mucha plata, eso es a costa de destruir nuestro planeta. O sea, no es un modelo económico bueno.

-¿Tiene usted ejemplos donde se estén efectivamente impulsando otro tipo de políticas y no sea solo teoría?

-Tengo dos ejemplos. Hay una ley en Holanda que establece un límite a los ingresos de los directivos de las instituciones públicas. Entonces, si eres el rector de una universidad, no puedes ganar más que el salario que recibe el Primer Ministro. Ese es un ejemplo de una política limitarianista, aunque tiene la limitación que solo se aplica al sector público. Otro ejemplo ocurrió recientemente, cuando comenzó la crisis del coronavirus: la primera compañía que pidió apoyo gubernamental en Holanda fue la aerolínea KLM. Pocas semanas después, se publicó que los directores de esta empresa habían pedido un aumento en el monto de los bonos que iban a recibir, los cuales constituyen una parte importante de sus ingresos. Se generó una crítica pública muy fuerte contra KLM, por lo que la empresa negó la solicitud hecha por los directores. En 2008, a propósito de la crisis financiera, vivimos una situación similar. Entonces nos enteramos por la prensa que, un año después de recibir un salvataje gubernamental, el dueño de un banco estaba solicitando aumentar el monto de compensación que le iba a pagar a uno de sus directivos. Esto generó mucha rabia, por lo que el banco retiró la propuesta y su máximo directivo reconoció en una entrevista que no se había dado cuenta lo sensible que eran estos temas para la sociedad. Estos ejemplos dan cuenta también de otro problema: que en general los ricos y las elites viven en un mundo aparte, en su burbuja; y lo que les tiene que quedar claro es que, aun cuando crean que se merecen esos sueldos y paquetes de compensación, desde una perspectiva de bien común e interés público, no es justificable.

Hay cada vez más voces en esta línea. Por ejemplo en Estados Unidos hay un grupo que se denomina Millonarios Patrióticos y su líder, que es una de las dueñas de Disney, plantea que deben pagar más impuestos. Estos ejemplos muestran que hay voces entre los super ricos que se dan cuenta que esto es ridículo. Me parece que hay mucho debate sobre hasta qué punto pueden aumentar las desigualdades. Y estos llamados tienen en común el buscar establecer límites.

-¿El limitarianismo implica aumentar la tasa de impuestos a los súper ricos?

-En Filosofía pero también en otras disciplinas dividimos el espacio posible de aplicación de estas políticas en dos áreas: pre-distribución y redistribución. El primero se refiere al diseño y características de instituciones económicas del mercado laboral, como el salario mínimo o el salario máximo, si es que hay; el poder de negociación que tienen los trabajadores al interior de una empresa. Es posible tratar de limitar la desigualdad en este espacio, poniendo en marcha medidas para adecuar el mercado laboral; o puedes optar por dejar al mercado en su estado salvaje y usar, entonces, en el espacio de la redistribución, instrumentos fiscales como los impuestos. Creo que es mejor adaptar las instituciones del mercado en el espacio productivo, pre-distributivo, por dos razones. Primero, porque allí puedes tener discusiones fundamentales para la sociedad. Por ejemplo, cómo divides entre directivos y trabajadores los resultados productivos de una compañía. O la fijación del salario mínimo; o cuán democrática es la relación entre trabajadores y dueños. Segundo, porque al aplicar impuestos lo que se busca es corregir las desigualdades en la fase económica de la post-producción. Y los capitales globales son fluidos, se mueven por el mundo, lo que hace más fácil para los súper ricos eludir impuestos. Además existen razones sicológicas. Hay más resistencia a pagar impuestos si tuviste la plata y por lo tanto sientes que es tuya. La idea entonces es usar las instituciones económicas para evitar que las brechas aumenten antes de las etapas de producción, lo que puede ayudar a poner el foco en un espacio concreto de medidas.

-En este espacio de medidas pre-distribución ¿podría situarse también la implementación de un ingreso básico universal?

-Ciertamente es una medida que dialoga con estas narrativas alternativas en relación a la economía y el contrato social, entendiendo esto último como el conjunto de reglas a través de las cuales decidimos organizar nuestra sociedad. Pero hay una gran diferencia: el ingreso básico es un ingreso incondicional que se da a todas las personas mensualmente. El monto depende de decisiones a nivel nacional, algunos dicen que debe ser el monto de la línea de pobreza, pero hay literatura académica que muestra que esto no es sostenible, por lo que debiese ser más bajo. Pero lo que es importante es que el ingreso básico universal puede ser financiado de múltiples maneras. Puedes financiarlo aplicando impuestos a los ingresos, a los altos sueldos, impuestos ecológicos. A la perspectiva limitarianista lo que le preocupa es de dónde pueden salir los recursos para financiar ese tipo de medidas; pues el eje está puesto en reducir las desigualdades aplicando medidas en la parte alta de la distribución.


La economía del bienestar

La acumulación sin límites es un asunto que ningún tipo de gobierno parece haber resuelto en la historia. Así lo sugiere el cientista político Jeffrey Winters en su libro Oligarquía, quien nota que desde la antigüedad la enorme riqueza personal “ha logrado construirse ideológicamente como algo injusto de corregir, a pesar de los significativos avances que han hecho retroceder otras fuentes de injusticia en los recientes siglos”. Winters argumenta que dictaduras, monarquías, sociedades agrarias y sociedades postindustriales, coinciden en que es un error forzar una radical distribución de la riqueza. “No ha ocurrido lo mismo con la forma en que se juzga la esclavitud, la exclusión racial o el dominio de género”, afirma.

Winters explica que la democracia tampoco ha logrado enfrentar ese problema, pese a que “la riqueza extrema en manos de una pequeña minoría crea ventajas de poder significativas en el terreno político, incluso en las democracias. Sostener lo contrario es ignorar siglos de análisis político explorando la íntima relación entre riqueza y poder”, concluye.

Robeyns cree que para avanzar en este problema hay que revisar los supuestos que ponen la libertad económica de los individuos en el centro de la economía. Para ella, la pregunta que hay que hacer es ¿por qué tenemos que dar por sentado que las personas tienen el derecho a acumular riqueza?

-Es la ideología del Neoliberalismo la que nos ha convencido que hay un derecho infinito a acumular. Hace mucho tiempo también se aceptaba como derecho el tener esclavos y en un momento de la historia la mayoría de los norteamericanos no cuestionaron el ser dueños de otras personas. Visto desde hoy, sin embargo, pensamos que esto es moralmente repulsivo. Desde una perspectiva económica, pienso que la línea de la riqueza no debe ser muy baja, para no poner límites a la actividad empresarial; pero también considero que las personas deben imponerse a sí mismas estos límites para vivir una vida más virtuosa y tener menos desigualdad global. Está muy bien que las personas quieran tener más, pero rechazo de base la idea de que tenemos un derecho infinito a acumular riqueza.

Creo que el tema central hoy es clarificar la relación entre los individuos y la economía. La ideología neoliberal tiene como valor central la libertad económica de los individuos y su foco es que las personas puedan ejercer esa libertad. Pero hay otros modelos.

-¿Cuáles?

-Por ejemplo, el de la economía del bienestar, que no pone en el centro la libertad económica sino a las personas y los valores públicos. Hoy este modelo está presente en Nueva Zelanda, Escocia, Costa Rica, Islandia y hay gente investigándolo y dirigentes políticos que lo apoyan. Yo diría que el país que más ha avanzado es Nueva Zelanda, que identificó el bienestar de los individuos como una meta central de sus políticas y diseñó su presupuesto económico en función de nuevos indicadores. En la economía del bienestar se pone al centro la equidad, el desarrollo ecológico sustentable, la justicia económica. En ese contexto, medidas limitarianistas como poner un límite a la riqueza son justificables, porque no se trata de la libertad económica individual sino de la calidad de vida y otros valores. Entonces la discusión de fondo es sobre el objetivo de la economía. En un modelo neoliberal las personas sirven a la economía. En el modelo de la economía del bienestar, es la economía la que está al servicio de las personas.


NOTA:

[1] En el estudio se les preguntó a los holandeses qué consideraban extrema riqueza. Un 67% estuvo de acuerdo en que una familia que tiene una casa grande con piscina privada, dos autos de lujo, otra propiedad en el sur Francia y 500 mil euros (alrededor de 450 millones de pesos) en bienes (propiedades, inversiones), está por sobre la línea de la riqueza.



* Publicado en CIPER, 17.05.20.

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