Teología de la prosperidad y neoliberalismo: la construcción del «hombre providencial»


Laura Fernández actual presidenta de Costa Rica junto a Rodrigo Chaves expresidente y actual ministro de Fernández. Ambos del partido conservador y neoliberal Pueblo Soberano.


La teología de la prosperidad no es simplemente un fenómeno religioso que coexiste con el neoliberalismo: es su complemento perfecto, su aparato de legitimación más eficaz. El éxito del mercado como señal de la gracia divina, y la gracia divina como garantía del éxito del mercado.


James Dirarte


Hace unos días circuló en redes sociales costarricenses una imagen que merece más atención filosófica de la que usualmente se le concede a este tipo de materiales. En ella aparece Laura Fernández, nuestra presidenta, declarando que lo que Rodrigo Chaves hizo por Costa Rica «fue un milagro» y que fue «un hombre que se dejó usar por Dios». La declaración es notable no porque sea excepcional, sino precisamente porque no lo es. Que un político invoque la providencia divina para legitimar su gestión —o la gestión de su correligionario— es un fenómeno tan antiguo como la política misma. Lo que sí merece atención es la estructura de pensamiento que subyace a esa invocación, y el modo particular en que esa estructura articula, en el mundo contemporáneo, dos dimensiones que aparecen como distintas pero que en realidad operan en perfecta continuidad: la religiosa y la económica.

Vale la pena comenzar con una advertencia metodológica. Hay una tentación fácil frente a declaraciones como la de Fernández: la de atribuirlas al cinismo, a la calculada manipulación de los creyentes por parte de quien sabe perfectamente que Dios no administra economías ni ejecuta presupuestos. Esta lectura, aunque tiene su atractivo, es filosóficamente insatisfactoria, y no sólo por una razón de caridad interpretativa. Es insatisfactoria porque asume que la mentira consciente es más peligrosa que la creencia sincera, cuando ocurre exactamente lo contrario. Un discurso que su emisor sabe falso es un discurso que puede ser desmontado desde adentro, que contiene en sí mismo su propia vulnerabilidad. Un discurso genuinamente creído, en cambio, cierra ese flanco: quien lo pronuncia no miente, y por tanto no hay contradicción interna que explotar. La creencia sincera es mucho más resistente que el cinismo. Conviene, pues, tomar en serio la declaración de Fernández: no como retórica vacía, sino como expresión auténtica de una forma de pensar la política que tiene raíces profundas y consecuencias concretas.

El teólogo y exégeta Rafael Aguirre Monasterio ha documentado con rigor cómo la Biblia ha sido utilizada políticamente en contextos tan distintos como la fundación de los Estados Unidos, el apartheid sudafricano, el conflicto israelí–palestino y las políticas de las iglesias evangélicas en América Latina. La tesis central de su trabajo no es que tales utilizaciones sean necesariamente fraudulentas, sino que son inevitablemente selectivas: cada actor político extrae de la Biblia el fragmento que confirma su posición, y esa extracción está condicionada por el contexto social desde el que se lee. La Biblia, insiste Aguirre, es un libro profundamente político —la cruz era un instrumento de ejecución reservado a subversivos políticos, el Reino de Dios no era un asunto meramente individual sino una propuesta de transformación social radical— y precisamente por eso puede ser leída en sentidos diametralmente opuestos. El mismo texto que inspiró la teología de la liberación en Centroamérica inspira hoy, en los mismos países, la llamada teología de la prosperidad, que bendice la acumulación individual como señal de la gracia divina.

Este último punto es decisivo para entender la declaración de Fernández. La teología de la prosperidad, que ha penetrado con fuerza extraordinaria en el mundo evangélico latinoamericano, propone una equivalencia simple pero poderosa: el éxito material es evidencia de la bendición de Dios; la pobreza, de su ausencia o de algún pecado no resuelto. Quien prospera lo hace porque Dios lo ha elegido para prosperar. Quien gobierna con éxito —al menos según ciertos indicadores— lo hace porque Dios lo ha ungido para gobernar. Dentro de este marco, decir que Rodrigo Chaves fue «un hombre que se dejó usar por Dios» no es una hipérbole retórica: es una declaración teológica completamente coherente. Y es precisamente esa coherencia interna lo que la hace políticamente eficaz. El creyente que acepta este marco no necesita evaluar la gestión de Chaves con criterios económicos, sociales o éticos autónomos. La evaluación ya está hecha desde arriba, y cualquier cuestionamiento humano de ese veredicto corre el riesgo de parecer una impugnación a la voluntad divina.

Pero hay una segunda dimensión en este fenómeno que el análisis puramente bíblico no alcanza a capturar, y para ello es necesario recurrir al trabajo de José Luis Villacañas. En su libro Neoliberalismo como teología política, Villacañas desarrolla una tesis que, leída junto a Aguirre, adquiere una iluminación inesperada. Su argumento central es que el neoliberalismo no es simplemente una doctrina económica: es la última tentativa histórica de realizar lo que él llama una «teología política», es decir, la absorción de todos los ámbitos de la vida —la subjetividad, la motivación, la obediencia, la identidad— bajo un único principio rector que se presenta como verdad natural e incuestionable. Las grandes teologías políticas del pasado —el Estado–nación, el fascismo, el estalinismo— fracasaron en este intento porque exigían sacrificio, porque apelaban abiertamente a la coacción soberana y dejaban al descubierto su dimensión de poder. El neoliberalismo resolvió elegantemente ese problema: en lugar de exigir obediencia, produce libertad. En lugar de imponer sacrificio, ofrece oportunidades. En lugar de un soberano visible que demanda sumisión, despliega un gobierno pastoral difuso que forma al individuo desde adentro, convirtiendo la racionalidad del mercado en el principio organizador de toda la existencia.

Esta forma de gobierno, a la que Villacañas —siguiendo a Michel Foucault— denomina biopolítica neoliberal, opera sobre la subjetividad de un modo que cualquier Estado soberano habría envidiado: no necesita convencer porque ya ha formado. El individuo neoliberal no siente las reglas del mercado como imposiciones externas sino como expresiones de su propia naturaleza, como la lógica misma de la realidad. El homo economicus no obedece al mercado; es mercado. Y lo que resulta filosóficamente fascinante —y perturbador— es que esta forma de gobierno necesita, para completarse, algún mecanismo de legitimación que conecte sus imperativos con algo que el sujeto reconozca como absoluto. El mercado puede producir disciplina, pero no puede, por sí solo, producir devoción. Para eso necesita algo más.

Aquí es donde las dos lecturas convergen con una precisión que no parece accidental. La teología de la prosperidad no es simplemente un fenómeno religioso que coexiste con el neoliberalismo: es su complemento perfecto, su aparato de legitimación más eficaz. Provee exactamente lo que Villacañas identifica como la necesidad estructural de todo sistema de gobierno pastoral: una «aleturgia», una manifestación de verdad que conecta el poder con algo sagrado, con algo que el gobernado acepta no por coacción sino por convicción. Cuando Laura Fernández dice que Chaves se dejó usar por Dios no está simplemente añadiendo un barniz religioso a un discurso político secular. Está articulando la fusión entre dos sistemas de legitimación que, en el mundo evangélico latinoamericano contemporáneo, se han vuelto prácticamente indistinguibles: el éxito del mercado como señal de la gracia divina, y la gracia divina como garantía del éxito del mercado. El hombre providencial es, simultáneamente, el buen administrador neoliberal. Gobernar bien, en este esquema, significa dejar que las fuerzas del mercado operen sin obstáculos, y eso es exactamente lo que Dios quiere.

Lo que hace a esta estructura particularmente inquietante, desde el punto de vista filosófico, es el modo en que desactiva la crítica política antes de que pueda formularse. En una democracia liberal clásica, un gobernante puede ser evaluado por sus resultados, cuestionado por sus decisiones, reemplazado por sus fracasos. La legitimidad es funcional y revocable. Pero cuando la legitimidad se ancla en la providencia divina adquiere una dureza diferente. No es que se vuelva imposible criticar a Chaves —evidentemente se puede, y muchos lo hacen. Es que para quien acepta el marco teológico–político descrito, esa crítica queda contaminada desde el inicio: impugnar al ungido es, en algún sentido, impugnar a quien lo ungió. El sujeto político que opera dentro de esta lógica no ha perdido la capacidad de razonar, pero ha redefinido el campo dentro del cual el razonamiento es legítimo. Y esa redefinición es silenciosa, prerreflexiva, aceptada con la misma naturalidad con que se acepta el aire que se respira.

Aguirre documenta este mecanismo con precisión al analizar cómo el mismo paradigma del Éxodo ha servido históricamente para legitimar proyectos políticos contradictorios: los colonos puritanos que veían en América su tierra prometida y los esclavos negros que veían en la misma Biblia la promesa de su liberación. La versatilidad política de la Biblia no reside en su ambigüedad sino en su riqueza: contiene efectivamente narrativas de liberación y narrativas de dominación, y cada comunidad de lectura extrae aquella que confirma su posición. Lo que ha cambiado en el mundo evangélico latinoamericano contemporáneo es que esa lectura ha sido sistemáticamente orientada, a través de redes de iglesias, plataformas mediáticas y estructuras organizativas transnacionales, hacia una interpretación que naturaliza la desigualdad, sacraliza el éxito individual y convierte al mercado en el escenario donde Dios despliega su providencia. No es una conspiración: es una hegemonía, en el sentido preciso que Villacañas recupera de Antonio Gramsci a través de Foucault. Una hegemonía no se impone por la fuerza; se vive como sentido común.

Cabe entonces plantear la pregunta que este análisis deja abierta, y que constituye su verdadero núcleo filosófico. ¿Qué le ocurre al juicio político cuando delega su criterio último en la providencia? La respuesta no es que el juicio desaparezca, sino que se desplaza: ya no se trata de evaluar políticas sino de discernir voluntades divinas, y el criterio para ese discernimiento es, en el marco de la teología de la prosperidad, el resultado visible. El éxito confirma la misión. El fracaso la niega. Pero este criterio es precisamente el criterio del mercado: la rentabilidad como veredicto. Lo que la teología de la prosperidad logra es hacer que ese criterio aparezca no como una opción política entre otras, sino como la lectura correcta de la realidad trascendente. Dios quiere que prosperemos, y prosperar significa tener éxito en los términos que el mercado define como éxito.

El hombre providencial, entonces, no es solamente un recurso retórico de campaña. Es la figura en la que se cristaliza la alianza entre dos formas de gobierno que Villacañas analiza por separado pero que en la Costa Rica del siglo XXI operan juntas: una interpretación de las iglesias evangélicas y el gobierno biopolítico del mercado. Ambos trabajan sobre la subjetividad, ambos producen individuos que se sienten libres precisamente porque han interiorizado sus imperativos, ambos necesitan de una verdad que se presente como natural e incuestionable. Cuando Laura Fernández declara que Chaves fue un milagro, no miente: expresa, con sinceridad y con la coherencia interna de un sistema de pensamiento bien articulado, la lógica de esa alianza. Y es esa sinceridad, como se señaló al inicio, lo que la hace filosóficamente más interesante —y más preocupante— que cualquier cinismo calculado.





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Einstein, Arendt y Freud: del apoyo al sionismo a denunciarlo por fascista




No necesitaron ver el actual genocidio del pueblo palestino para darse cuenta, hace un siglo, que aquel proyecto sionista de “un hogar para los judíos” incluía un plan de limpieza étnica en la Palestina Histórica.


Roberto Montoya


El sionismo ha reivindicado muchas veces haber contado desde su origen con el apoyo de renombrados personajes públicos internacionales de origen judío, y entre ellos no podían faltar ni Albert Einstein, Hannah Arendt o Sigmund Freud, ocultando una parte de la historia, el desengaño que ellos experimentaron pronto, al comprobar el carácter xenófobo y extremadamente violento de esa corriente del judaísmo.

Albert Einstein (1879–1955), alemán de origen judío, Premio Nobel de Física 1921, se entusiasmó en los años 20 y 30 del siglo pasado con el proyecto judío de crear un hogar en Palestina tras ver el avance imparable del antisemitismo en su país y en Europa, pero creía ver en el sionismo algo muy distinto a lo que realmente fue. Decía en 1931, en Mi visión del mundo, una recopilación de artículos:
“Nuestro objetivo no es la creación de una comunidad política, sino que conforme a la tradición del judaísmo, es una meta cultural en el sentido más amplio de la palabra. Para lograrlo debemos resolver con nobleza, abierta y dignamente, el problema de la convivencia con el pueblo hermano de los árabes (…) Especial atención merecen nuestras relaciones con el pueblo árabe. Fomentándolas podremos evitar en el futuro la formación de tensiones peligrosas, que podrán ser utilizadas para provocar ataques de nuestros enemigos”
En 1932 el científico se fue a vivir a Estados Unidos, un año antes de que Adolf Hitler llegara al poder en Alemania. En otra de sus intervenciones sobre el sionismo, en 1938, Einstein dejaba clara su posición en contra de la formación de un estado judío con fronteras y ejército:
“Dejando a un lado las consideraciones prácticas, mi concepción de la naturaleza esencial del judaísmo se opone a la idea de un estado judío con fronteras, ejército y un grado de poder temporal, por modesto que fuera. Estoy espantado al pensar en el daño interno que sufrirá el judaísmo, sobre todo por el desarrollo de un nacionalismo estrecho en el interior de nuestras propias filas, contra el cual hemos estado siempre obligados a luchar enérgicamente, aun sin un estado judío”
La postura de Einstein fue aun mucho más crítica con el sionismo al comprobar el auge que iban teniendo las organizaciones terroristas judías, que tanto atacaban a la población autóctona árabe como a las fuerzas del Mandato Británico que controlaban todavía en la década de los 40 el territorio de la Palestina histórica, e incluso a sectores de la comunidad judía que no compartía sus ideas.

El 22 de Julio de 1946 comandos paramilitares sionistas del Irgún Tzvaí Leumí, del Lehi y de la Haganá, atacaron el Hotel King David, en Jerusalén, sede entonces de la Comandancia Militar del Mandato Británico de Palestina y de la División de Investigación Criminal, matando a 91 británicos.

¿La razón? Que el Gobierno británico del conservador Venille Chamberlain había aprobado un Libro Blanco preparando el proceso de independencia de Palestina, en el cual se proponía que como paso previo a ella se incorporaran al propio gobierno del Mandato Británico representantes judíos y palestinos. Se planteaba esa fórmula como una experiencia para que en el nuevo estado que se creara pudieran convivir ambos pueblos.

Para facilitar ese plan el Libro Blanco planteaba también que se fijara un límite a la inmigración judía en Palestina para que esta no supusiera más que un tercio de la población local total, a menos que los propios habitantes árabes lo consintieran expresamente. Pero el sionismo no podía consentir un cambio tan brusco de la postura británica y del espíritu colonialista de la Declaración Balfour de 1917.

En Abril de 1948, unidades del Irgún Tzvaí Leumí y de Lehi cometían otra matanza, esta vez en la aldea palestina de Deir Yassim asesinando a 120 personas. Einstein quedó conmocionado al conocer la matanza, y el 9 de Abril escribió una carta a Shepard Rifkin, director de la organización estadounidense Amigos americanos de los combatientes por la libertad de Israel, quien le había pedido que se manifestara públicamente a favor del sionismo y de la creación del Estado de Israel:
“Estimado señor: Cuando nos sobrevenga una catástrofe real y definitiva en Palestina, los primeros responsables de ella serán los británicos y los segundos responsables serán las organizaciones terroristas creadas dentro de nuestras propias filas. No quisiera ver a nadie asociado con esa gente descarriada y criminal”
Un mes más tarde, el 14 de mayo de 1948, las fuerzas judías, con consentimiento de Naciones Unidas, declaraban en Tel Aviv la creación de un nuevo estado al que llamaron Israel, apoderándose no del 56% del territorio de Palestina, tal como estaba previsto inicialmente, sino del 77%. David Ben-Gurion, de origen polaco y presidente de la Agencia Judía, fue nombrado primer ministro y se convirtió en el artífice de la expulsión de Palestina por la fuerza de 750.000 palestinos, éxodo conocido como la Nakba (desastre en árabe).

Una de las primeras medidas de Ben-Gurion fue la creación de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI, o Tzáhal, su acrónimo en hebreo). El núcleo central con el que se puso en marcha la FDI —una de las instituciones más respetadas por la población israelí y ejecutora del actual genocidio en Gaza— fue la propia estructura y militancia de la Haganá y otras organizaciones terroristas sionistas.


Arendt, la activista sionista que cambió de opinión

Hannah Arendt también fue inicialmente una entusiasta activista del movimiento sionista, primero en su país natal, en Alemania, en los años 20 e inicios de los 30, y a partir de 1937 en Estados Unidos, país en el que se refugió huyendo del nazismo.

Al igual que Einstein ella era una fervorosa partidaria de que se creara un lugar en Palestina para los judíos, pero no a costa del desalojo de los palestinos, y criticaba también que el movimiento sionista se olvidara del resto de judíos de la diáspora, de judíos como ella o Einstein que vivían en otros países y no querían vivir en Palestina.

Los registros de la emigración judía hacia Palestina antes de la creación del Estado de Israel muestran que de los cerca de 40.000 que migraron entre 1904 y 1914 más del 80% decidió no quedarse finalmente. El destino preferido era mayoritariamente Estados Unidos.

Arent creó en EE UU el Grupo Joven Judío en 1942 en un intento por ampliar el debate interno dentro del movimiento sionista. Ella criticaba que el movimiento dependiera tanto de banqueros como los Rothschild y otros magnates. Sostenía que esa dependencia era su “segunda opresión”.

Hannah Arent se distanciaba de los que mantenían una creencia bíblica, la que el pueblo judío era el “pueblo elegido”, con la que se justificaba todo. Sus diferencias con el proyecto sionista se acentuaron tras comprobar que las tesis del sionismo más extremista y chauvinista se imponían en la Conferencia Baltimore de ese año.

En escritos como La crisis del sionismo que publicó ese año y en trabajos posteriores Arendt se distanciaba cada vez más de aquellos que ya no hablaban de un ‘hogar judío’ sino de un ‘Estado judío’ y mostró su preocupación por el desprecio con el que se hablaba de la población originaria palestina con la que no se contaba en ningún plan.

Su escrito Sionismo reconsiderado provocaría una gran polémica en el seno del movimiento sionista. En él denunciaba al “nacionalismo radical”:
“El movimiento nacional judío social–revolucionario acabó como la mayoría de los movimientos de este tipo: dando su más firme apoyo no ya a reivindicaciones nacionales, sino a reivindicaciones chauvinistas que en realidad no estaban en contra de los enemigos del pueblo judío, sino de sus amigos potenciales y de sus vecinos reales”
Ella hablaba así de los árabes, ‘amigos potenciales’, ‘vecinos reales’, e igual que Einstein abogaba por un estado binacional judío–palestino, y en 1951, tres años después de la fundación del Estado de Israel denunciaba frontalmente la expulsión por parte del nuevo estado de cientos de miles de los habitantes originarios de Palestina:
“Después de la guerra resultó que la cuestión judía, que había sido considerada la única insoluble, estaba desde luego resuelta, principalmente gracias a un territorio primero colonizado y luego conquistado, pero esto no resolvió el problema de las minorías y de los apátridas. Al contrario, como virtualmente todos los demás acontecimientos de nuestro siglo, la solución de la cuestión judía produjo una nueva categoría de refugiados, los árabes, aumentando por el número de apátridas y fuera de la ley con otras 700.000 u 800.000 personas”
Hannah Arendt, que tanto había luchado por el sionismo tuvo que soportar agresivas críticas del sionismo radical, que la terminaron acusando de antisemita y hasta de colaboracionista por su libro Eichman en Jerusalén. En ese libro ella hablaba sobre la banalidad del mal, pretendía ir más allá de una condena frontal al Holocausto, intentaba desentrañar la mente de un personaje como el jerarca nazi, cómo se transformaba un ciudadano alemán normal en un monstruo que en su juicio llegó a reivindicar ser un buen funcionario, haber cumplido a rajatabla con las órdenes recibidas. Obediencia debida.

Menájem Begin, un prócer para los sionistas, como Ben-Gurion, también nacido en Polonia y líder del Irgún, el grupo terrorista más radical, viajó a Estados Unidos en 1948 tras crearse el artificial estado de Israel siendo recibido con todos los honores por el gobierno del demócrata Harry Truman,

Fue entonces cuando un grupo de 27 destacados intelectuales judíos residentes en Estados Unidos, filósofos, rabinos y científicos, entre los que se encontraban Albert Einstein y Hannah Arendt, enviaron una carta a los editores de The New York Times el 2 de diciembre de ese año, repudiando su visita y el proyecto que representaba. Fue publicada por el diario neoyorkino dos días después:
“Uno de los fenómenos políticos más inquietantes de nuestro tiempo es la aparición en el recién creado Estado de Israel, del Tnuat Haherut (Partido de la Libertad), un partido político muy parecido en su organización, métodos, filosofía política y atractivo social a los partidos nazi y fascista. Se formó a partir de los miembros y seguidores del antiguo Irgun Zvaí Leumí, una organización terrorista, derechista y chauvinista de Palestina (…) Es inconcebible que quienes se oponen al fascismo en todo el mundo, si se les informa correctamente sobre el historial político y las perspectivas del Sr. Begin, puedan sumar sus nombres y apoyo al movimiento que representa”
En la carta, firmada también por otros intelectuales judíos, como Isidore Abramovitz, el rabino Jessurun Cardozo, Sidney Hook, Samuel Shuman, o Irma y Stefan Wolfe, denunciaban la intolerancia de Begin y los grupos terroristas que él representaba, que llegaban a aterrorizar a la propia población judía que no se unía a ellos:
“Los profesores fueron golpeados por hablar en su contra y los adultos fueron fusilados por no permitir que sus hijos se unieran a ellos. Mediante métodos de gánsteres, palizas, ruptura de ventanas y robos generalizados, los terroristas intimidaron a la población y le exigieron un fuerte tributo”
Tras otras consideraciones los intelectuales judíos terminaban así su carta:
“Por lo tanto, los abajo firmantes utilizamos este medio para presentar públicamente algunos hechos destacados sobre Begin y su partido, y para instar a todos los interesados a no apoyar esta última manifestación del fascismo”
Begin crearía en 1973 el partido Tnuat Haherut, liderando el proceso de fusión de este con otras formaciones de la derecha israelí que daría lugar al nacimiento del Likud, el partido que hoy lidera Benjamin Netanyahu y el Gobierno ultraderechista israelí. En 1979 Begin recibía el Premio Nobel de la Paz.


Freud, crítico con el fanatismo sionista

El caso de Sigmund Fred fue distinto al de Einstein o Arendt. El padre del psicoanálisis, austriaco de origen judío pero declaradamente ateo, abordó en Moisés y el monoteísmo en los años 30 el proyecto de crear un ‘hogar judío’ en Palestina preguntándose:
“Qué lleva a los judíos a considerarse como ‘el pueblo elegido’? ¿Cuáles son las consecuencias de mantener tal narcisismo?
El 26 de febrero de 1930 Freud escribía una carta al doctor Chaim Koffer, quien, en nombre de la Fundación para la Reinstalación de los Judíos en Palestina le pedía un pronunciamiento a favor del sionismo y de la migración hacia Palestina:
“No puedo hacer lo que usted desea. Mi reticencia a interesar al público en mi persona es insalvable y creo que las circunstancias críticas actuales no me incitan para nada a hacerlo (…) Pero, por otro lado, no creo que Palestina pueda algún día ser un Estado judío ni que tanto el mundo cristiano como el mundo islámico puedan un día estar dispuestos a confiar sus lugares santos al cuidado de los judíos”
Freud mencionaba también en esa carta su rechazo a considerar al Muro de las Lamentaciones como el lugar sagrado más importante para el judaísmo:
“No puedo experimentar la menor simpatía por una piedad sionista mal interpretada, que hace de un trozo del muro de Herodes una reliquia nacional y a causa de ella, ofende los sentimientos de los nativos”
El padre del psicoanálisis, que en muchas ocasiones criticó el nacionalismo y la xenofobia mencionaba también en esa carta su recelo sobre el apoyo interesado de magnates judíos a la idea de crear el ‘hogar judío’ en Palestina:
“Me hubiera parecido más prudente una patria judía en un suelo históricamente no cargado; en efecto, sé que, para un propósito tan racional, nunca se hubiera podido suscitar la exaltación de las masas ni la cooperación de los ricos. Concedo también, con pesar que el fanatismo poco realista de nuestros compatriotas tiene su parte de responsabilidad en el despertar del recelo de los árabes”
En 1939, cuando las organizaciones terroristas sionistas atacaban diariamente las aldeas palestinas advirtió: “La mayor calamidad sería un enfrentamiento permanente con el pueblo árabe”, recordando que:
“...en tiempos pasados ningún pueblo mostró mayor amistad con los judíos que los antepasados de estos árabes”



* Publicado en El Salto,  20.08.25.

¿El filantrocapitalismo hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres?




Linsey McGoey


La primera vez que Bill Gates conoció a Puff Daddy, el rapero y empresario de la moda, el encuentro fue tenso. La reunión tuvo lugar en Nueva York, donde Gates había estado en la parte trasera de un bar con Bono y otros amigos. Puff Daddy se acercó a Gates y su camarilla. Se paró ante Gates y asintió diciéndole: "Eres un hijo de puta". Los ojos de Gates se lanzaron hacia el hombre. Es dudoso que el filántropo más generoso del mundo escuche comentarios como este con demasiada frecuencia. Daddy continuó su línea de argumentación: "Eres un hijo de puta. ¿Qué está haciendo sobre inmunización en Botswana? Hijo de puta.".Gates se reclinó en su silla y se relaja, dándose cuenta de que Puff Daddy le estaba ofreciendo un gran cumplido... Este encuentro es informado por Matthew Bishop y Michael Green en su libro Philanthrocapitalism: How the Rich Can Save the World.

Publicado por primera vez en 2008, este libro se ha convertido en una especie de Biblia para una nueva generación de filántropos que prometen remodelar el mundo dirigiendo fundaciones filantrópicas más como negocios con fines de lucro. En este mundo, Gates es aclamado como el "MacDaddy" de la nueva filantropía. Bishop y Green ofrecen una cita de Bono sobre el atractivo del trabajo caritativo de Gates: "Jay-Z, todos los chicos del hip-hop, lo adoran. Porque no es visto como una figura romántica, bueno, quizás romántico en el sentido de que Neil Armstrong es romántico, un científico pero no un poeta. Hace una mierda [es algo muy bueno]."

Haciendo la mierda. Es posible que escuche otras frases para ello. Los nuevos filantrocapitalistas afirman estar más orientados a los resultados y ser más eficientes que los donantes filantrópicos anteriores. Quieren revolucionar el último ámbito que no ha sido tocado por el mundo hipercompetitivo y orientado a las ganancias del capitalismo financiero: el mundo de las donaciones caritativas. En lugar de atolladeros burocráticos, planean hacer la mierda.

Los defensores del filantrocapitalismo a menudo afirman que un enfoque empresarial de la filantropía es algo completamente nuevo. Inspirados en frases como "valor compartido", acuñadas por los teóricos de la administración Mark Kramer y Michael Porter, los nuevos filántropos argumentan que lo que establece su enfoque a partir de modelos más antiguos es un énfasis novedoso en la medición de los resultados de las donaciones caritativas para asegurarse de que la filantropía genera la mayor cantidad de beneficios sociales posibles de la manera más eficiente: lo que importa es hacer el cálculo correcto de costo-beneficio.

En 1999, por ejemplo, Kramer y Porter publicaron un artículo en Harvard Business Review afirmando que muy pocas fundaciones filantrópicas "piensan estratégicamente sobre cómo pueden crear el mayor valor para la sociedad con los recursos que tienen a su disposición. Se dedica poco esfuerzo a medir los resultados. Por el contrario, las fundaciones a menudo consideran que la medición del desempeño no está relacionada con su misión caritativa".

Solo hay un problema con esta sugerencia. Es demostrablemente falso. En realidad, un enfoque de la caridad similar al de los negocios y orientado al impacto ha sido dominante dentro de la filantropía a gran escala durante al menos 120 años, desde que industriales como Carnegie y Rockefeller se comprometieron a aplicar técnicas comerciales al ámbito de la filantropía. Basta con mirar al principal asesor filantrópico de Rockefeller, un ex clérigo bautista llamado Frederick T. Gates. Gates dejó el ministerio bautista a fines de la década de 1880 y pasó las siguientes décadas asesorando primero a Rockefeller padre, y luego a su hijo, John D. Rockefeller Jr., sobre la mejor manera de desembolsar sus participaciones filantrópicas. Un fanático sincero del Movimiento de la Eficiencia,

William Schambra, un reconocido experto en filantropía del Hudson Institute, me reiteró este punto durante una entrevista: "La noción de que deberíamos organizar nuestras filantropías de la forma en que organizamos nuestras corporaciones, esa fue la idea original de John D. Rockefeller. Que establezcamos una especie de estructura corporativa con burocracia y cuidadosa toma de decisiones. [Filantrocapitalismo] es solo más de eso".

Cuando los defensores del filantrocapitalismo afirman que la "nueva" filantropía está más orientada al impacto o al negocio que los enfoques del pasado, están ignorando descaradamente el legado de movimientos como la Escuela de la Eficiencia. El historiador Stanley Katz ha señalado este punto sin rodeos. "Gran parte de la actual retórica promocional de las fundaciones", ha escrito, "me parece que indica una preocupante falta de conocimiento sobre la historia de las grandes y grandes fundaciones estadounidenses".

Mirando más atrás, al siglo XVIII, los paralelos entre los filántrocapitalistas de hoy y las generaciones anteriores se vuelven aún más sorprendentes. A primera vista, el carácter contradictorio de un concepto como "filantrocapitalismo" parece bastante pronunciado. Muy pocas cosas parecen más incongruentes que la filantropía, el ámbito del altruismo, y el capitalismo, el ámbito de la búsqueda de beneficios privados. Y, sin embargo, visto históricamente, la supuesta novedad de la idea desaparece.

Una afirmación clave de la "nueva" filantropía es que los mercados y la moral no son fenómenos distintos, sino bienes proporcionales. Al aprovechar el poder del mercado, el filantrocapitalismo contribuye inevitablemente al bienestar de una comunidad más amplia. Esta es una idea poderosa, pero difícilmente es nueva. Muy por el contrario, se hace eco de supuestos arraigados sobre las ventajas sociales de la empresa privada. De hecho, se podría decir que es el núcleo fundacional de la economía política moderna, aparente al menos desde los escritos de Bernard Mandeville y Adam Smith, economistas políticos que propusieron la idea de que los individuos que trabajan para alcanzar sus propios objetivos económicos egoístas contribuyen naturalmente al bienestar común. Bien público.

El filósofo Slavoj Žižek es uno de los pocos observadores críticos que señala la extraña sensación de déjà vu que impregna la retórica de los entusiastas del filantrocapitalismo. Ha señalado que sus máximas son como una "versión posmodernizada de la mano invisible de Adam Smith: el mercado y la responsabilidad social no son opuestos, sino que pueden reunirse para beneficio mutuo ... su objetivo no es ganar dinero, sino cambiar el mundo (y como subproducto, ganar aún más dinero)".

Žižek tiene un buen punto. Pero dos cosas son nuevas acerca de la nueva filantropía. Uno es la escala. La otra es la forma franca en que los donantes celebran en lugar de ocultar la capacidad de utilizar la filantropía para el enriquecimiento privado.

Cuando se trata de escala, aunque los números sólidos son esquivos, está claro que la filantropía global se encuentra en una fase dorada. Casi la mitad de las 85.000 fundaciones privadas solo en los Estados Unidos se crearon en los últimos quince años. Cada año se crean miles de fundaciones filantrópicas más privadas.

Los expertos difieren sobre si este florecimiento de fundaciones individuales realmente representa un aumento significativo en las donaciones caritativas en general en comparación con décadas anteriores. Ray Madoff, profesor de derecho en Boston College, ha señalado que dentro de los EE.UU. las donaciones caritativas en general se han mantenido en aproximadamente el 2 por ciento del producto interno bruto desde la década de 1970, y que las contribuciones de individuos se han mantenido relativamente iguales durante 40 años que asciende a alrededor del 2 por ciento de la renta disponible.

Ampliando la mirada más allá de los EE.UU., Es más fácil hacer pronunciamientos claros sobre aumentos en la filantropía global. Los estudiosos de la filantropía David Moore y Douglas Rutzen sugieren que la filantropía global ha aumentado drásticamente en los últimos años, un crecimiento que "se ha correspondido con un aumento de la riqueza privada en Brasil, India, China y otros países".

Este aumento de la filantropía mundial tiene sus raíces en la creciente concentración de la riqueza y la creciente desigualdad económica, algo que ha enriquecido la capacidad de los ricos para regalar sumas deslumbrantes. La muy aclamada oferta de 2006 de Warren Buffett de $ 30 mil millones para la Fundación Gates es solo un ejemplo reciente.

Pero, ¿con qué fin?

Lo notable del creciente número de fundaciones filantrópicas en las últimas dos décadas es que el aumento de las donaciones no ha hecho mella en la reducción de los crecientes niveles de desigualdad económica. De hecho, parece ser el caso contrario. ¿Qué hacer con el hecho de que la creciente filantropía y la creciente desigualdad parecen ir de la mano? ¿Realmente la filantropía hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres?

Es difícil hacer afirmaciones directas de causalidad, ya que múltiples factores contribuyen a ampliar las divisiones de riqueza. Pero hay una serie de razones por las que los crecientes niveles de filantropía podrían exacerbar la creciente desigualdad en lugar de mitigarla.

Una es que las donaciones caritativas privan a las tesorerías de los ingresos fiscales que podrían gastarse en políticas de bienestar social redistributivas. La segunda es que una proporción sorprendentemente pequeña de las donaciones de fundaciones está orientada a ofrecer un alivio económico a las personas de bajos ingresos. Los informes anuales de organizaciones como el Giving Institute muestran que solo un pequeño porcentaje, generalmente menos del 10 por ciento cada año, se gasta en iniciativas etiquetadas como "beneficio de la sociedad pública" en contraste con un gasto mucho mayor en actividades religiosas o regalos a los ricos y universidades.

Otra preocupación es que la filantropía se utiliza para frustrar las demandas de impuestos más altos, protegiendo y expandiendo los activos en lugar de redistribuir la riqueza. La filantropía a menudo abre mercados para las multinacionales estadounidenses o europeas que se asocian con organizaciones como la Fundación Bill y Melinda Gates para llegar a nuevos consumidores. Dar más es una estrategia para obtener más, ayudando a concentrar la riqueza en un núcleo cada vez más reducido de agentes de poder con una influencia cada vez mayor en el establecimiento de políticas en organizaciones como la Organización Mundial de la Salud.

Los propios filántropos son a menudo los primeros en admitir que su filantropía tiene como objetivo preservar más que redistribuir la riqueza. Carlos Slim es, quizás, el más sincero sobre este hecho, resumiendo su propio enfoque de la caridad con el comentario, "La riqueza es como un huerto. Tienes que compartir la fruta, no los árboles".

El comentario de Slim repite una creencia que sustentaba la generosidad de benefactores anteriores como Andrew Carnegie, el barón del acero. En sus influyentes ensayos sobre el valor de las donaciones caritativas, publicados hasta finales de la década de 1880 y 1890, Carnegie tenía claro que los gestos filantrópicos eran cruciales para permitir que los ricos consolidaran la riqueza y garantizar que los procesos de fabricación no se vieran amenazados por una clase trabajadora cada vez más militante que exigía un cambio organizativo.

En 1889 sugirió que la filantropía permitiría "resolver el problema de los ricos y los pobres":
"Las leyes de la acumulación quedarán libres, las leyes de la distribución libres. El individualismo continuará, pero el millonario no será más que un fideicomisario de los pobres, confiado durante una temporada con una gran parte del aumento de la riqueza de la comunidad, pero administrándolo para la comunidad mucho mejor de lo que podría o hubiera hecho por sí mismo".
Carnegie estaba escribiendo en un momento de disturbios laborales masivos en suelo estadounidense. Pocos de sus trabajadores se dejaron influir por la sugerencia de que las llamadas "leyes de la acumulación" debían dejarse intactas para que él y un puñado de otros pudieran controlar la riqueza ilimitada para donar a sus causas seleccionadas.

Varios novelistas victorianos y de principios del siglo XX escribieron sátiras de esta mentalidad de Carnegie y sus compañeros benefactores. The Ragged Trousered Philanthropists de Robert Tressell, una novela ambientada entre un grupo de pintores de casas, extendió satíricamente la etiqueta de "filántropos" a un grupo de trabajadores que acceden dócilmente a las demandas de sus jefes. Con ingenio astuto, Tressel sugirió que su disposición a regalar su trabajo a bajo precio era el acto filantrópico definitivo.

Hoy en día, la filantropía ha saneado en gran medida las asociaciones satíricas anteriores. Desde conciertos como Live Aid, hasta la popularidad de programas como The Secret Millionaire, un exitoso programa de televisión británico donde los benefactores se esconden encubiertos en las comunidades pobres para encontrar destinatarios dignos de su caridad, la filantropía ha alcanzado una prominencia popular que hace que los actos de donación sean difíciles de criticar o cuestionar.

La aclamación pública, incluso la reverencia, para los filántropos de hoy en día se enciende en los medios de comunicación en gran medida deferentes, propensos a abrazar y perpetuar la afirmación de que hay algo sin precedentes en la nueva filantropía "estratégica" en organizaciones como la Fundación Gates.

Ciertas técnicas de medición pueden ser nuevas, como los ensayos controlados aleatorios que datan de la década de 1920, pero que han ganado preeminencia en los círculos del desarrollo durante los últimos 20 años. Pero el esfuerzo por evaluar el impacto no lo es.

Y, sin embargo, una y otra vez, los filantrocapitalistas de hoy tienden a ignorar a sus precursores históricos. Un buen ejemplo es un artículo reciente del cofundador de Napster, Sean Parker, en el Wall Street Journal. Parker sugiere que eso es lo inusual de la nueva élite global es su mentalidad de "hacker". En sus palabras, "la élite de hackers recién creada es una aberración en esta historia de creación de riqueza". Como evidencia, cita la juventud de la élite actual: el hecho de que muchos multimillonarios de la tecnología lograron el éxito antes de cumplir los 40. Luego, contrasta las nuevas élites "hackers" con las fundaciones filantrópicas tradicionales "anticuadas" que, según él, no están interesadas en medir su efectividad.

Ambos puntos son falsos. Carnegie y Rockefeller acumularon cada uno una riqueza considerable a los treinta y cada uno habría sido el "pirata informático" de su época, desesperado por distanciar sus propias donaciones de las limosnas, que veían la caridad como virtuosa en sí misma, independientemente del efecto práctico. Contrariamente a la sugerencia de Parker en el artículo, su argumento de que "la juventud y la filantropía no se han mezclado históricamente", Rockefeller y Carnegie dieron generosamente a lo largo de sus vidas y no simplemente en su edad. Rockefeller comenzó a entregar sistemáticamente una parte significativa de sus ingresos cuando aún era un adolescente.

Muy poco del reciente artículo de Parker en el Wall Street Journal es históricamente exacto, algo que señalan los sitios web especializados como HistPhil, un sitio dedicado a la historia de las donaciones a gran escala. Y, sin embargo, Parker fue alabado en la prensa principal, incluida una reseña entusiasta en Intercept, un foro en línea financiado por Pierre Omidyar, como si el enfoque de Parker fuera realmente tan innovador o sin precedentes como sugiere.

Omidyar, el fundador de eBay, es inusual entre los filantrocapitalistas al reconocer la relevancia de los primeros economistas políticos para su propio enfoque de la filantropía y los negocios; a menudo elogia a Smith por encender su creencia de que la empresa privada, bajo las condiciones adecuadas de laissez-faire, conducirá a beneficios colectivos.

Pero esta es una imagen parcial del trabajo de Smith. En las raras ocasiones en que los nuevos filántropos hablan de sus predecesores históricos, tienden a seleccionar convenientes fragmentos de escritura que propagan convenientes caricaturas de los primeros economistas políticos.

Tomemos los escritos de Mandeville, un filósofo holandés nacido en 1670 que pasó la mayor parte de su carrera en Inglaterra. Mucha gente le da crédito a Adam Smith por haber originado la idea de que los individuos, trabajando para satisfacer sus propias necesidades y deseos económicos, impulsarán los beneficios públicos colectivos. Pero una génesis anterior de esa idea se encuentra realmente en Mandeville. Está resumido en su influyente ensayo La fábula de las abejas.

En este ensayo, Mandeville adopta la metáfora de una colmena de abejas. Dentro de la colmena, escribe, prospera una masa de abejas industriosas e ingeniosas, muchas de las cuales parecían inmorales --eran engañosas, vanidosas, inconstantes-- y, sin embargo, sus necesidades ayudaron a hacer de "toda la masa un paraíso". Su ingeniosa intriga, aunque arraigada en el vicio, ayudó a impulsar una industria dinámica, creando tales comodidades que "los pobres vivían mejor que los ricos antes".

En otras palabras, el progreso se basaba en la codicia económica más que en la abstinencia. En el deseo de conseguir; en lugar de limitarse a tomar. La idea de que el interés propio cumple una función económica y moral importante es visible en un linaje directo que se deriva de Mandeville y Smith, pasando por industriales del siglo XIX como Carnegie y Rockefeller, hasta los defensores del filantrocapitalismo actual.

Tomemos el ejemplo de hombres y mujeres descritos por la antropóloga estadounidense Karen Ho en sus estudios sobre los jóvenes banqueros de inversión de Wall Street. Los banqueros con los que se encuentra muestran un desconcierto genuino y profundamente sentido por el hecho de que tantas personas ajenas a su campo perciban una ausencia de moral en sus acciones. Lejos de eso, confían en que están realizando un servicio público esencial. Consideran que la adopción de las formas schumpeterianas de "destrucción creativa" es esencial para garantizar que las empresas más pequeñas puedan prosperar y competir. Como Mandeville, insisten en que las ganancias privadas generan recompensas públicas.

Pero hay un aspecto importante del argumento de Mandeville que a menudo se descuida. En La fábula de las abejas, escribe el siguiente verso:

Entonces el vicio es beneficioso encontrado

Cuando es por la Justicia, atado y atado.

En otra sección, insiste en que "el vicio privado mediante la hábil dirección de un político hábil puede convertirse en beneficios públicos". El homenaje de Mandeville al interés económico propio, en otras palabras, hizo hincapié en la necesidad de la gestión gubernamental y las restricciones legales para garantizar que la especulación pública conduzca, de hecho, a recompensas públicas.

Lo que falta en el entusiasmo lleno de vida de los filantrocapitalistas de hoy es un reconocimiento suficiente de las luchas históricas por las ganancias privadas y públicas que han dado forma a las relaciones laborales al menos desde la época de Mandeville. Cuando reconocen la historia, lo cual no es frecuente, los filantrocapitalistas de hoy elogian una versión bastarda de la economía política temprana, una que ignora el énfasis que Mandeville y más tarde Adam Smith pusieron en la necesidad de una regulación gubernamental.

La empresa privada puede obtener beneficios públicos. Pero solo si los actores estatales, a través de una 'gestión hábil', pueden administrar la riqueza de una manera que garantice que se sirven tanto los intereses públicos como los privados. Mandeville, el héroe original y anónimo del filantrocapitalismo, fue en realidad un campeón de gobiernos intervencionistas poderosos. No es de extrañar que los filántrocapitalistas de hoy tiendan a ignorarlo.



* Este artículo fue publicado en Evonomics. The next evolution of economics, 23.03.16. Linsey McGoey es profesora de sociología y directora del Centro de Investigación en Sociología e Innovación Económicas (CRESI) de la Universidad de Essex.

Reino Unido: #MeToo a menos que seas palestina




La deliberada indiferencia hacia el extenso daño sexual y reproductivo infligido a las mujeres palestinas por el ataque israelí es preocupante, especialmente porque se podría suponer que se trata de una preocupación primordial del feminismo.


Maryam Aldossari


Inmediatamente después del 7 de octubre [de 2023], antes de que el polvo se hubiera asentado y hubiera comenzado la destrucción generalizada de Gaza, las feministas occidentales rápidamente difundieron en los periódicos denuncias de agresión sexual y violación.

Personalidades de alto perfil escribieron artículos sobre no creer en las mujeres judías y sobre el debilitamiento del movimiento #MeToo, con la denuncia de "violaciones sistemáticas" aceptada por gobiernos, funcionarios militares israelíes y sectores de medios de comunicación poco perspicaces por igual.

Establecer los hechos de violencia sexual durante la guerra es un desafío, especialmente porque el gobierno israelí enturbia deliberadamente las aguas modificando las narrativas, presentando testigos con vínculos no revelados con el gobierno y suspendiendo las prácticas investigativas normativas.

Pero aunque siempre debemos creer a las mujeres y permanecer indignados por las violaciones, está claro que la denuncia de "violación sistemática" fue utilizada como arma por el gobierno israelí para justificar la masacre de palestinos.

La pregunta principal es entonces por qué las agresiones sexuales a mujeres palestinas no han provocado una indignación similar.

En los últimos diez meses, la empatía selectiva de feministas y organizaciones feministas de alto perfil en el Reino Unido se ha hecho cada vez más evidente.

Si bien abundan las declaraciones rápidas en las redes sociales y los artículos de apoyo a las mujeres israelíes, hay un notable silencio respecto de las terribles condiciones de las mujeres palestinas.

La deliberada indiferencia hacia el extenso daño sexual y reproductivo infligido a las mujeres palestinas por el ataque israelí es preocupante, especialmente porque se podría suponer que se trata de una preocupación primordial del feminismo.

Desde el 7 de octubre, cientos de mujeres palestinas han sido detenidas bajo custodia israelí y sometidas a un trato inhumano, incluida tortura sexualizada, palizas desnudas, amenazas de violación y, en dos casos verificados, violación.


Las feministas occidentales hacen la vista gorda

Incluso si las dos violaciones verificadas documentadas en el informe de la ONU del 19 de febrero de 2024 se pasaran de alguna manera por alto, ¿cómo se puede ignorar la historia de décadas de violencia de género infligida a mujeres palestinas por el ejército israelí durante los últimos 76 años?

Hay numerosos informes que detallan esta violencia contra mujeres y niños palestinos, mucho antes del 7 de octubre, y que son fácilmente accesibles en línea.

Estos informes proceden de importantes grupos israelíes de derechos humanos, como el Comité Público Contra la Tortura en Israel, el Centro de Mujeres para Ayuda Legal y Asesoramiento con sede en Jerusalén , y B'Tselem (un informe de 2009 entre muchos otros), además de varios informes de la ONU.

Todos estos informes, basados ​​en protocolos utilizados en audiencias legales, denuncias legales, documentación de abogados y testimonios de detenidos, describen violencia sexual, tortura y otros tratos crueles, inhumanos y degradantes contra palestinos detenidos en Israel.

Supongamos que el discurso feminista realmente busca abordar la violencia de género en la guerra. En ese caso, las atrocidades que se cometen contra las mujeres palestinas deberían haber sido incluidas en todos esos artículos para defender la integridad del movimiento.

A pesar de la abrumadora evidencia de los últimos 10 meses —40.000 palestinos asesinados, alrededor de la mitad de ellos mujeres y niños, y más de 21.000 niños desaparecidos— el movimiento feminista no ha aprendido de su postura unilateral inicial [de respaldo irrestricto a las mujeres israelíes supuestamente violadas por Hamás], cuando las emociones estaban a flor de piel y las perspectivas eran estrechas.

La violencia que sufren las mujeres y los niños palestinos sigue siendo objeto de un descuido flagrante. Del mismo modo, el reciente informe de la ONU del 12 de junio de 2024 parece haber pasado desapercibido, sin despertar ninguna conciencia ni suscitar una respuesta sustancial.

En este informe se detalla cómo las fuerzas de seguridad israelíes atacaron sistemáticamente y sometieron a los palestinos a violencia sexual y de género, incluida la desnudez pública forzada, el desnudamiento público forzado, la tortura y el abuso sexualizados y la humillación y el acoso sexuales.

El informe también documentó que los soldados israelíes se filmaron a sí mismos saqueando casas, hurgando en cajones llenos de lencería para burlarse y humillar a las mujeres palestinas, refiriéndose a ellas como "putas", y concluyendo que esta violencia de género tenía como objetivo humillar y degradar a la población palestina en su conjunto.


Una cultura de violencia sexual

Esta violencia sexual y de género se extendió también a los hombres: el informe destacó que los soldados filmaron y fotografiaron repetidamente a hombres mientras los sometían a desnudarlos y desnudarlos públicamente, a torturas sexuales y a tratos inhumanos.

La semana pasada aparecieron unas imágenes inquietantes del centro de detención de Sde Teiman, en las que se ve cómo soldados israelíes violan en grupo a un palestino [1]. Los ministros israelíes, entre ellos Bezalel Smotrich, se apresuraron a condenar la filtración del vídeo en lugar de su contenido. Algunos, como Hanoch Milwidsky, del Likud, llegaron incluso a justificar la violación. Como era de esperar, las feministas occidentales permanecen en silencio.

Resulta inquietante, pero no inesperado, que parezca haber poca simpatía por los hombres árabes, a quienes a menudo se retrata en estereotipos racistas profundamente arraigados como inherentemente misóginos y bárbaros. El marcado contraste en la empatía, ya sea consciente o inconsciente, expone un sesgo flagrante entre las feministas de alto perfil en el Reino Unido y contribuye a normalizar las acciones de Israel contra los palestinos.

El silencio ensordecedor del resto de la comunidad feminista es igualmente condenatorio; ignorar las imágenes horrorosas de Gaza durante los últimos diez meses indica una deshumanización tan profunda que el sufrimiento ha perdido su impacto.

El silencio ante una de las peores atrocidades cometidas contra las mujeres y los niños en nuestra vida es indefendible. Cuando el 70% de los muertos son mujeres y niños; cuando las mujeres palestinas escarban entre los escombros para encontrar a sus hijos desaparecidos; cuando las madres sostienen a sus bebés sin vida; cuando las familias mueren quemadas en los campos de refugiados mientras duermen; cuando las madres ven a sus hijos morir de hambre como resultado de la campaña de hambruna de Israel; y cuando los niños lloran por comida en medio de condiciones de hambruna, el silencio no es una cuestión de ser "políticamente correcto", sino una traición a los principios feministas.

Los recientes acontecimientos durante el genocidio de Gaza han puesto de relieve las deficiencias del movimiento feminista y han proyectado sobre él una sombra de vergüenza.

Durante una de las semanas más letales en Gaza desde el 7 de octubre, algunas feministas se concentraron en comentar el look "sexy" del primer ministro británico, Keir Starmer. ¿Vivimos en un universo paralelo?

Este enfoque deliberado en cuestiones superficiales, ignorando las preocupaciones más urgentes, señala una pérdida de dirección en el movimiento y muestra que quienes lo dirigen (muchos de los cuales alguna vez fueron confiables) albergan racismo antipalestino y antiárabe e islamofobia.

Esto no podría ser más obvio que cuando algunas llamadas feministas se alinearon con figuras como Tommy Robinson, un criminal convicto conocido por su ideología de extrema derecha y la promoción de narrativas falsas sobre musulmanes, solicitantes de asilo y migrantes, reflejando el inquietante resurgimiento de la retórica de extrema derecha en el Reino Unido.

Aunque estas opiniones han llevado a algunos por mal camino, lo que hace difícil imaginar su regreso, el movimiento feminista aún mantiene la esperanza si logra regresar a sus valores fundacionales.

Una lección evidente de los acontecimientos recientes es el racismo generalizado entre algunas feministas del Reino Unido, ya que incluso la expectativa mínima —reconocer las luchas de las mujeres palestinas que padecen una marginación sistémica— no se ha cumplido.

Para que el movimiento feminista pueda superar este caos, debe tener absolutamente claro que no hay lugar para el racismo. Para superar este feminismo tribal que solo sirve a intereses selectivos es necesario reconocer y abordar los prejuicios a medida que surgen, y exigir responsabilidades a todos.

Nunca se debe subestimar el poder colectivo de la comunidad feminista. Así como algunas figuras han alcanzado un estatus de alto perfil, quienes traicionan los principios básicos del feminismo deben enfrentar el riesgo de volverse irrelevantes.

Al elegir cuidadosamente a quién apoyar y elevar, tanto como individuos como organizaciones feministas, el movimiento puede mantener su integridad y garantizar que sus valores sigan siendo verdaderamente inclusivos y antirracistas. No hay lugar para el racismo en el feminismo y, como dijo sabiamente Angela Davis:
"En una sociedad racista, no basta con no ser racista, debemos ser antirracistas"


NOTA DEL BLOG:





* Publicado en The New Arab, 14.08.24. Maryam Aldossari es profesora titular en la Royal Holloway, Universidad de Londres; su investigación se centra en la desigualdad de género en Oriente Medio.

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