Venta libros "Oikonomía" y "Reforma e Ilustración"




Oikonomía. Economía Moderna. Economías
Oferta sólo venta directa: $ 12.000.- (IVA incluido)

2da. edición - Ediciones ONG Werquehue - 2020
ISBN: 978-956-402-214-7
516 pp. / 16x23 cm. / Encuadernación rústica con solapas

Acerca de la economía, en su doble condición de disciplina "científica" y actividad capitalista de mercado, es posible preguntarse: ¿por qué el lucro (ni siquiera la ganancia) cobró mayor relevancia que el trabajo y la producción?, ¿por qué se le considera una 'ciencia' al modo de las ciencias naturales?, ¿por qué la política terminó siendo puesta a su servicio?, ¿ha sido o es el único sistema de sustento viable, correcto, eficiente o benigno?, ¿es un mero sistema técnico o una proyecto que contiene una cultura con sus ideas, moral e instituciones?
Este libro busca contestar las preguntas antedichas desde una perspectiva crítica, que pone en tela de juicio a la "ciencia económica" y al capitalismo de mercado desde la revisión de sus relaciones con lo ético, religioso, cultural, social, filosófico, político e histórico. Para ello se recurre a una mirada transdisciplinaria que busca romper los rígidos límites y el reduccionismo de la economía dominante, en un momento donde urge una revisión de la economía y de lo económico.

Patrocinaron este libro: 
- Federación de Sindicatos del Holding Heineken CCU
- Caritas Chile
- Magíster en Gestión Cultural de la Universidad de Chile
- Magíster en Desarrollo a Escala Humana y Economía Ecológica de la Universidad Austral de Chile
- Escuela de Ingeniería y Ciencias de la Universidad de Chile

* Para leer el Índice, Agradecimientos, prólogos e Introducción: pincha AQUÍ.
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* Para ver presentación del libro en el Espacio Literario de Ñuñoa: pincha AQUÍ.


Reforma e Ilustración. Los teólogos que construyeron la Modernidad
Oferta sólo venta directa: $ 12.000.- (IVA incluido)

2da. edición - Editorial Ayun - 2012
ISBN: 978-956-8641-11-5
476 pp. / 
16x23 cm. / Encuadernación rústica con solapas

La Modernidad, la tradición cultural anglosajona post Reforma Protestante, sigue vigente en nuestras ideas, moral, instituciones y, por ende, en nuestras vidas cotidianas. Puntualmente, dicha tradición tiene como principal fundamento intelectual al movimiento de la Ilustración; el que, a su vez, se nutre de la Reforma Protestante en su versión calvinista o reformada.
Este libro expone esas relaciones y su rol en el desarrollo de la ciencia experimental, el derecho y la política, la moral y la economía modernas y en la construcción del mundo contemporáneo. Para ello se trabajan los textos originales de autores como Isaac Newton, John Locke, Adam Smith, Jean-Jacques Rousseau, entre otros, quienes a pesar del tiempo transcurrido son cruciales para explicar y criticar nuestra época.

* Para leer el Índice y Presentación del libro: pincha AQUÍ.
* Para ver video de Coloquio de la Carrera de Sociología UCEN sobre el libro: pincha AQUÍ.



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Sólo venta directa:
1 Oikonomía + 1 Reforma por $ 22 mil (IVA incluido)

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Reseña del libro "Imperios Liberales. Estados Unidos y Francia"




El lunes 27 de abril se realizó la presentación del libro Imperios liberales. Estados Unidos y Francia en la Sala Master de la Radio Universidad de Chile. Por cuestiones de agenda no pudo estar presente la embajadora del Estado de Palestina en Chile, Sra. Vera Baboun. Pero, envió un video con una alocución que a continuación se transcribe.

El libro, como su título lo indica, no trata de Palestina. Sin embargo, cuando se invitó a la Sra. Baboun se le pidió que pudiera contextualizar el imperialismo y el colonialismo al caso de Palestina. Porque los imperios y el colonialismo no son cosa del pasado.


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Lo que denuncia no es sólo la violencia material, sino también el aparato discursivo que la recubre con palabras nobles. Ahí reside su filo intelectual: desenmascarar el modo en que el imperio ha aprendido a hablar el idioma de la libertad mientras perpetúa la exclusión, la destrucción y el despojo.


Vera Baboun


El libro Imperios liberales: Estados Unidos y Francia, de Andrés Monares, publicado por Estudios Transversales en Humanidades para las Ingenierías y Ciencias (ETHICS) de la Universidad de Chile y presentado en dicha institución el 27 de abril de 2026, constituye una crítica directa a una de las premisas centrales de la modernidad occidental: la idea de que el imperialismo pertenece exclusivamente al pasado. La lectura introductoria del volumen destaca, con razón, tanto su atención a la realidad palestina como su capacidad para desmontar mitos fundacionales, especialmente la consigna “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”. Dicha fórmula puede entenderse como una operación discursiva de carácter colonial, orientada a invisibilizar la existencia histórica del pueblo palestino y a legitimar su desposesión. Desde esta perspectiva, una de las contribuciones centrales del libro consiste en demostrar que Palestina no debe analizarse como un conflicto simétrico, sino como la continuidad de un proceso de colonización, desplazamiento y apartheid sostenido por intereses geopolíticos y económicos claramente identificables.

La fuerza del texto también radica en que no reduce la tragedia palestina a una discusión abstracta ni a una querella terminológica. La lectura insiste, con razón, en que las palabras recogidas por Monares no son especulación vacía, sino el reflejo desgarrador de una experiencia histórica concreta: Gaza devastada, Cisjordania asfixiada, una ocupación sostenida por la impunidad y protegida por redes de poder internacionales. Ahí el libro golpea donde más duele: revela que la violencia imperial no se mantiene sólo por la superioridad militar, sino también por una estructura de legitimación política, diplomática e ideológica que vuelve tolerable lo intolerable. Dicho sin rodeos: la dominación no persiste porque el mundo ignore lo que ocurre, sino porque demasiados actores poderosos tienen interés en administrarlo, justificarlo o encubrirlo.

Vista desde la teoría poscolonial, esta lectura adquiere una profundidad todavía mayor. El poscolonialismo lleva décadas demostrando que el colonialismo no desaparece cuando se arrian las viejas banderas imperiales; sobrevive en las instituciones, en los lenguajes de poder, en las jerarquías raciales y en los dispositivos de representación. Edward Said lo formuló con claridad demoledora al definir el orientalismo como “un estilo occidental para dominar, reestructurar y tener autoridad sobre el Oriente”. Esa frase conserva toda su potencia porque explica que el dominio no se ejerce sólo con ejércitos, sino también con relatos que clasifican, inferiorizan y administran a los pueblos colonizados. En esa línea, Imperios Liberales muestra que la cuestión palestina no puede reducirse a diplomacia fallida o a seguridad regional: se trata de una continuidad colonial que necesita borrar la voz del colonizado, vaciar su historia y presentar su sometimiento como una exigencia del orden, de la civilización o de la defensa propia.

La teoría posmoderna refuerza aún más esta crítica al atacar las grandes narrativas con las que Occidente se absuelve a sí mismo. Jean-François Lyotard definió la condición posmoderna como “incredulidad ante las metanarrativas”; es decir, desconfianza frente a esos relatos totalizantes que pretenden explicar la historia en nombre del progreso, la razón y la universalidad. Esa sospecha resulta decisiva para leer a Monares, porque el liberalismo occidental se presenta precisamente como una metanarrativa moral: habla en nombre de los derechos humanos, de la democracia y del orden jurídico, mientras tolera, financia o ampara formas brutales de dominación. El libro deja al descubierto esa fractura. Lo que denuncia no es sólo la violencia material, sino también el aparato discursivo que la recubre con palabras nobles. Ahí reside su filo intelectual: desenmascarar el modo en que el imperio ha aprendido a hablar el idioma de la libertad mientras perpetúa la exclusión, la destrucción y el despojo.

Leído en conjunto, todo esto convierte a Imperios Liberales en mucho más que un ensayo de coyuntura. Es una intervención crítica contra la amnesia histórica y contra la hipocresía de un orden internacional que condena selectivamente la violencia según quién la ejerza y contra quién se ejerza. La lectura que acompaña el libro acierta al valorar su rigor y su sensibilidad, pero su verdadero alcance va todavía más lejos: Monares obliga a reconocer que el imperialismo no ha muerto, sólo se ha refinado; ya no siempre entra con uniforme, a veces entra con el lenguaje del derecho, de la estabilidad, de la paz y de los valores universales. Por eso este libro importa. Porque no sólo denuncia una injusticia: expone la arquitectura ideológica que la hace posible y, al hacerlo, arranca a la tragedia palestina del terreno de la falsa neutralidad para devolverla al lugar que le corresponde: el de una lucha histórica contra la continuidad del poder colonial.


Sra. Vera Baboun, embajadora del Estado Palestino en Chile.



* Publicado en el sitio de la Embajada del Estado de Palestina en Chile, 04.05.26. Vera Baboun, además de ser embajadora palestina y de su trayectoria política, tiene una maestría en Literatura Estadounidense, es autora y fue profesora de Literatura Inglesa y Estudios de Género en la Universidad de Belén.

No olvidemos Gaza




Nuevos datos espantosos subrayan la magnitud de esta abominación: Israel exterminó a más de 2.700 familias palestinas en Gaza. La víctima más joven fue un bebé de un día. La víctima de mayor edad fue un hombre de 101 años.


Owen Jones


Imaginemos que una familia extensa fue asesinada violentamente en Gran Bretaña, con una población de aproximadamente 69 millones de habitantes: abuelos, abuelas, padres, madres, tíos, tías, adolescentes, niños pequeños y recién nacidos.

Si esa familia extensa fuera asesinada en Gran Bretaña, se consideraría uno de los grandes crímenes de la posguerra. Aparecería en todas las portadas, encabezaría todos los noticieros. Los políticos pronunciarían discursos conmocionados. Las redes sociales estarían llenas de ciudadanos comunes compartiendo su furia y horror. Pasaría a la historia como un crimen recordado con conmoción durante generaciones.

Gaza tenía una población antes del genocidio de alrededor de 2,2 millones.

Según un nuevo estudio, Israel exterminó a más de 2.700 familias palestinas en Gaza. La víctima más joven fue un bebé de un día. La víctima de mayor edad fue un hombre de 101 años.

Cada familia: sus propios recuerdos, sus propias historias, sus propias tradiciones, sus propios secretos, sus altibajos, sus celebraciones, sus tragedias.

Todo se ha ido, borrado de la faz de la tierra. Todos esos preciosos momentos compartidos —la primera palabra de un hijo, las celebraciones familiares, los días en la playa— se han esfumado, mientras las familias son borradas del registro civil de Gaza, sin nadie que recuerde sus recuerdos compartidos, como si nunca hubieran existido.

Si, en cualquier otro lugar, especialmente en un territorio con poco más de dos millones de habitantes, 2700 familias extensas hubieran sido exterminadas violentamente en el lapso de dos años, no habría debate, discusión ni controversia sobre si eso constituyó genocidio. Se consideraría indignante incluso negarlo.

Además de la aniquilación de cada miembro de 2700 familias, hay otras 6000 familias con un solo superviviente. Imaginen ser ese único superviviente, el único que queda de su linaje. Quizás algunos sean jóvenes, capaces de formar otras familias y mantener vivo su linaje. Otros serán mayores, sabiendo que cuando se vayan, no quedará nadie. Los últimos de su clan, que caminan por la tierra sabiendo que cuando mueran —quizás cuando sean bombardeados, disparados, mueran de hambre o mueran de una enfermedad tratable— su linaje también será borrado del registro civil de Gaza.

El genocidio israelí no ha cesado. Según las cifras, al menos 477 palestinos han muerto desde que comenzó el llamado "alto el fuego" en octubre, y otros 1300 han resultado heridos. Imaginemos que Hamás hubiera asesinado a un solo civil israelí en ese periodo. Ese civil encabezaría nuestros boletines informativos y aparecería en portadas, con duras condenas de políticos y expertos; se presentaría como prueba de la maldad singular de Hamás. Se declararía el fin del alto el fuego e Israel lo usaría como excusa para intensificar la violencia, aunque, como vemos, no necesitan pretextos.

El miércoles pasado, por ejemplo, el ejército israelí mató al menos a 11 palestinos en Gaza, incluidos dos niños de 13 años, tres periodistas y una mujer.

Uno de esos jóvenes de 13 años murió junto con su padre y otro joven de 22 años. El otro joven de 13 años, llamado Mo'tasem Al-Sharafi, murió mientras recogía leña. Hay imágenes de su padre llorando junto a su cuerpo.

Imaginen, de nuevo, que un civil israelí de 13 años hubiera sido asesinado por un militante palestino. Imaginen la indignación, el clamor, la cobertura, las denuncias. Pero imagino que para la mayoría de ustedes, esta es la primera vez que oyen hablar de este niño palestino, y casi con toda seguridad será la última.

Según UNICEF, Israel ha atacado Gaza durante 92 de los 108 días del alto el fuego que entró en vigor el 10 de octubre. De los cientos de muertos, más de cien son niños palestinos. Esto triplica el número total de niños israelíes asesinados el 7 de octubre. Y, sin embargo, la decapitación ficticia, inexistente e inventada de bebés israelíes provocó más indignación que la de un solo niño palestino, o incluso las decenas de miles de niños palestinos.

Mientras continúa la matanza, es evidente que la ambición de Estados Unidos e Israel sigue siendo que no queden palestinos en Gaza, y la de Donald Trump es construir un centro vacacional para oligarcas que se bronceen sobre los esqueletos de niños palestinos.

Quienes vivimos en los países que han facilitado esta abominación histórica tenemos la responsabilidad de alzar la voz.



* Publicado en Owen Jones Battlelines, 29.01.26.

Cuando pensar parece un gasto




Anahí Urquiza


Hace algunos días volvió a circular una idea peligrosa: que una investigación que termina en un libro, sin generar empleos inmediatos, sería poco más que un lujo decorativo. La imagen es efectiva. Un costoso libro quieto en una biblioteca, mientras afuera la gente busca trabajo. Pero esta es una trampa. Cuando una sociedad mide el conocimiento solo por su rendimiento económico inmediato, deja de preguntarse por aquello que hace posible la vida en común. Renuncia a construir sus reglas de convivencia, a definir el futuro que está dispuesta a imaginar y consagra, sin notarlo, su dependencia cognitiva y su lugar subordinado en la nueva configuración global.

No se trata de defender libros por nostalgia, ni universidades por corporativismo. Se trata de algo más básico: recordar que el conocimiento es una infraestructura civilizatoria. Como el agua potable o los caminos, no siempre se ve cuando funciona. Pero cuando falta, todo se vuelve más frágil. Faltan criterios, diagnósticos, memoria e imaginación. Falta la capacidad de distinguir entre evidencia y propaganda, entre desarrollo y obediencia con interfaz digital.

El ataque al conocimiento no es una anécdota local. Desde Estados Unidos hasta Argentina se repite una misma coreografía: se caricaturiza a las universidades como refugios de élites inútiles, se acusa a las humanidades y ciencias sociales de improductivas, se reduce la ciencia a gasto fiscal y luego se propone la motosierra como método de gobierno. Todo en nombre de la eficiencia y el cuidado de los recursos. Pero esa retórica puede convertirse rápidamente en una forma acelerada de empobrecimiento cultural.

La paradoja es brutal. Mientras se desprecia el cultivo del conocimiento, el mundo entra en una fase de aceleración tecnológica sin precedentes. La inteligencia artificial, las plataformas digitales, la minería de datos y los sistemas predictivos están reorganizando el trabajo, la política, la educación, la seguridad y hasta la intimidad. La evidencia ya muestra que la IA no impactará a todos por igual: sus beneficios tienden a concentrarse en sectores más educados, formales, urbanos y de mayores ingresos, mientras sus costos se concentran en la población con menos recursos. Sin políticas públicas robustas, la tecnología no corrige la desigualdad: la automatiza.

Aquí aparece un riesgo mayor: el tecnofeudalismo. No como consigna, sino como descripción de una época en que unas pocas corporaciones controlan infraestructuras digitales, datos, nubes, plataformas e inteligencia artificial. El viejo señor feudal poseía la tierra; el nuevo posee los sistemas donde trabajamos, compramos, opinamos, aprendemos y somos clasificados. La dependencia ya no se expresa solo en exportar materias primas e importar tecnología. Ahora también consiste en importar los lenguajes con que diseñamos el futuro y entendemos el mundo que nos rodea.

Por eso no es trivial que figuras como Peter Thiel -fundador de PayPal y Palantir, e inversionista temprano en Facebook- recorran el Cono Sur con el aura de quienes traen progreso empaquetado en software, seguridad e inversión. Sus reuniones con Javier Milei en Buenos Aires y con José Antonio Kast en Santiago no deben leerse como una anécdota de agenda. Es una señal de época. No hace falta imaginar conspiraciones para inquietarse... basta observar la convergencia entre debilitamiento del Estado, desprestigio del conocimiento científico, fascinación por la seguridad algorítmica y concentración tecnológica.

América Latina conoce bien la dependencia estructural. La ha vivido en sus economías extractivas, en sus matrices productivas frágiles, en su subordinación financiera y en su permanente importación de recetas. Pero hoy enfrentamos una versión más profunda: la dependencia cognitiva, que implica pérdida de autonomía y autodeterminación. Si no producimos conocimiento propio, si no formamos capacidades críticas, si no fortalecemos universidades públicas e independientes, terminaremos usando tecnologías diseñadas desde otras prioridades, entrenadas con otros datos, orientadas por otros intereses y legitimadas por una promesa de modernización ciega a la exclusión social.

La crisis de sentido de nuestra época consiste precisamente en eso. Hemos multiplicado herramientas, pero empobrecido las preguntas. Tenemos mucha más información, pero menos conversación entre puntos de vista diferentes; más automatización, pero menos deliberación. En este contexto, sin reflexión suficiente, sin instituciones que nos protejan del inmediatismo y sin capacidad de acción colectiva, la manipulación social se convierte fácilmente en modelo de negocios, estrategia electoral y técnica de control.

La inteligencia artificial puede ayudar a enfrentar enfermedades, anticipar desastres climáticos, mejorar políticas públicas y democratizar conocimiento. Pero sin pensamiento crítico, sin ciencias sociales, sin humanidades, sin ética pública y sin universidades robustas, también puede profundizar sesgos, segmentar ciudadanías, precarizar trabajos y producir realidades a la medida de quienes pagan por diseñarlas.

Tal vez el problema no sean los libros quietos en la biblioteca. Tal vez el verdadero problema sea un país que cree que pensar es un gasto, que la crítica es un obstáculo y que el futuro puede tercerizarse a quienes controlan los datos y los negocios. Allí empieza una forma silenciosa de feudalismo. No llega quemando bibliotecas. Llega preguntando, con aparente sensatez, cuánto empleo produjo cada libro, mientras entrega las llaves del sentido común a la nube feudal.



* Publicado por Cooperativa, 13.05.26. Anahí Urquiza es antropóloga social, magister en Antropología y Desarrollo, doctora en Sociología, profesora titular de la Facultad de Ciencias Sociales de la U. de Chile, investigadora del Centro de Ciencias del Clima y la Resiliencia (CR)2 y directora de Innovación de la Universidad de Chile.

Reagan, Thatcher y la creación de un mito




El gobierno de José Kast, desde su ortodoxia económica, ha planteado la necesidad de un duro ajuste fiscal. Ha anunciado que pretende bajarle impuestos a las grandes empresas al tiempo que proponen recortar diversos programas sociales y transferirle todo el costo de la subida del precio de los combustibles (que implica la subida del precio de todos productos que dependen de la cadena de distribución que utiliza dichos combustibles) a la población.

Mientras tales anuncios han despertado entusiasmo entre el gran empresariado, a su vez, han sido criticados por un amplio abanico de economistas libremercadistas. La causa es simple y es técnica; no política ni ética: la literatura especializada no da cuenta de experiencias en que la baja de impuestos a los más ricos se refleje en un aumento de la inversión y de puestos de trabajo.

El equipo económico de Kast no tiene problema para reemplazar el mundo real y sus complejidades por el irreal y ramplón "enfoque económico" ortodoxo. Para ellos y sus codiciosos fans del gran empresariado, la fantasía del ajuste automático se cumple como inexorable consecuencia del predeterminismo mecanicista al que creen que está sometida la especie humana.

Por si no fuera suficiente, a ese craso error se le suma que los ortodoxos asumen su voluntarismo como "ciencia" sin siquiera darse cuenta de lo ideologizados que son... Y ni hablar de pensar en las consecuencias sociales de sus políticas.


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Chile hoy no es la economía que algunos siguen imaginando. Es más concentrada, más financiera y más incierta. Pretender que una rebaja tributaria producirá el mismo efecto que en otro contexto no es análisis económico.


Jessica Cuadros


Hay ideas que sobreviven no porque funcionen, sino porque sirven. La más resistente en la política económica chilena es esta: bajar impuestos a las empresas genera crecimiento.

No es una hipótesis. Es un reflejo.

Y, sin embargo, los dos ejemplos que se invocan para sostenerla —Ronald Reagan y Margaret Thatcher— dicen otra cosa cuando se los mira sin devoción.

En Estados Unidos, las rebajas tributarias de Reagan no se autofinanciaron. Los ingresos cayeron en el corto plazo, el déficit se expandió y la deuda creció. El repunte económico que siguió tuvo tanto que ver con el ciclo monetario posterior a la recesión como con la política tributaria. Dicho sin rodeos: no fue la prueba de que bajar impuestos genera crecimiento, sino de que puede transferir recursos al sector privado mientras el Estado se endeuda.

En el Reino Unido la historia fue distinta, pero la conclusión no. Thatcher no bajó impuestos en bloque: cambió quién los paga. Redujo tasas directas, subió el IVA y otras contribuciones. El resultado no fue un Estado más pequeño, sino un sistema menos progresivo. El crecimiento no despegó de forma excepcional; la desigualdad, sí.

Entonces, ¿qué quedó de ese experimento? El mito.

Un mito útil porque simplifica. Porque convierte una discusión sobre poder económico en una ecuación de incentivos. Porque permite afirmar que basta mover una tasa para que el sistema responda.

El problema es que el sistema no responde así.

Desde Karl Marx hasta Hyman Minsky, la idea es consistente: el capital no invierte porque tenga más dinero, invierte cuando tiene motivos para hacerlo. Y esos motivos no son tributarios; son estructurales: competencia, demanda, expectativas.

Cuando esas condiciones no están —y en Chile muchas veces no están— la rebaja tributaria no activa inversión. Activa otra cosa: el excedente.

Ese es el punto que el debate evita. Toda rebaja de impuestos produce un efecto inmediato —aumenta el excedente— y uno eventual —podría aumentar la inversión—. Entre ambos hay un salto que la política presenta como automático, pero que en la práctica depende de factores que no controla.

Y en el capitalismo actual ese salto rara vez ocurre como se promete.

Porque no estamos en economías ideales. Estamos en economías concentradas, donde no hay urgencia por expandir capacidad, y financiarizadas, donde el excedente puede rentar sin pasar por la producción. Margen, dividendos, activos: el menú es amplio.

Nada de esto es una anomalía. Es la regla.

Por eso, cuando Chile repite el libreto de Reagan y Thatcher, no está replicando un modelo exitoso. Está repitiendo una lectura parcial que omite lo esencial: que Reagan expandió el déficit, que Thatcher redistribuyó la carga y que ninguno demostró que bajar impuestos genera crecimiento sostenido.

Lo que sí demostraron —y esto casi no se dice— es otra cosa: que bajar impuestos redistribuye poder económico de inmediato.

Aquí entra un factor que la discusión técnica suele ignorar: el comportamiento. La economía conductual muestra que las decisiones no responden solo a incentivos, sino a percepciones y confianza. Cuando el sistema se percibe como desigual, la disposición a contribuir cae. Menos legitimidad, más evasión, menos Estado para financiar lo que sí empuja el crecimiento.

Es decir, la política tributaria no solo mueve recursos. Moldea el terreno en que la economía funciona.

Y, en ese terreno, los economistas no son espectadores. Son quienes definen el lenguaje en que se decide. Si el problema se reduce a incentivos, la respuesta será bajar tasas. Si se reconoce la estructura de poder, la discusión cambia.

Chile hoy no es la economía que algunos siguen imaginando. Es más concentrada, más financiera y más incierta. Pretender que una rebaja tributaria producirá el mismo efecto que en otro contexto no es análisis económico.

Es persistencia ideológica.

Por eso, la pregunta relevante no es si bajar impuestos genera crecimiento. La pregunta es más incómoda: ¿qué pasa con el excedente cuando se bajan los impuestos?

Porque hay algo que no admite interpretación. La inversión es incierta. El excedente, no.

Y seguir confundiendo ambos no es un error técnico. Es una elección.



* Publicado en El Mostrador, 03.05.26.

Adivina buen adivinador




Cual trágica versión del mito del eterno retorno, una columna de 2009 continúa sirviendo para graficar los crímenes y horrores del Estado Judío de Israel contra la población palestina.


§§§


Am

Por estos días un conocido —algo excéntrico por decirlo de un modo suave— anda por ahí proponiéndole a quien lo quiera escuchar una especie de jueguito. Bastante macabro por lo demás. Te propone adivinar los protagonistas de un genocidio… “por goteo”, agrega con una especie de picardía bastante tétrica. El objetivo es identificar a qué victimario y víctima se refiere. Te mira desafiante, como para que no quede duda de que si te niegas eres un cretino  un cobardeo, y te cuenta el siguiente relato:
“Un Estado X invadió y ocupó el territorio de una Nación Z. Como parte de su estrategia de ocupación, el Estado X termina por encerrar en un gueto a la población étnicamente diferente de la Nación Z. En esta especie de cárcel gigante, lleva a cabo una política de hostigamiento y discriminación contra ellos. Confisca propiedades, destruye otras, corta arbitrariamente el abastecimiento de los servicios básicos, prohíbe la libre circulación, etc. Además, emprende una campaña de feroz represión que incluye asesinatos, secuestros, tortura, encarcelamiento y todo tipo de atropellos a la dignidad y los derechos de hombres no combatientes, ancianos, mujeres y niños”
Una vez que termina su narración, te mira sonriendo socarronamente a los ojos y te pregunta con un gozo que se nota hace lo posible porque sea manifiesto: “¿Y?... Ya poh... ¿Quiénes son los protagonistas?”. Y mientras te pregunta, sube y baja las cejas rápida y repetidamente.

Cualquier persona que haya visto algún noticiero de televisión o leído un diario en los últimos días, se extrañará de tanta alharaca y misterio para un asunto tan evidente[1]. Responderá con toda seguridad que el Estado X es Israel y la Nación Z es Palestina. Yo lo hice... Después supe que el 100% de quienes sometió a su singular encuesta habían respondido lo mismo.

Sin embargo, apenas terminé de pronunciar la última sílaba de mi contestación, el singular narrador lanzó una gran y sonora carcajada... Después supe que en el 100% de los casos había hecho lo mismo. Me miró sonriendo aún más socarronamente a los ojos que antes y me dijo con un gozo todavía más notorio que el de hace unos pocos segundos atrás: “No poh. Te equivocaste. El Estado X es la Alemania nazi y la Nación Z son los judíos del gueto de Varsovia”... Y volvió a subir y bajar las cejas rápida y repetidamente. Gesto que sin lugar a dudas significaba “¡Ahí quedaste!”.

Esbocé un rictus indefinible. De esos que en realidad no dicen nada o tal vez puedan servir para aceptar lo más implícitamente posible que uno salió pillado o quedó como leso... Acto seguido, por única reacción atiné a decir algo poco inteligente y que, por ende, mal podía hacerme salir del paso: “Aaaaah sip, de verah... los nazis y los judíos en Varsovia...”. 

Con una tonta sensación de haber sido derrotado en el juego —en uno bastante trascendente si hablamos de derrota— me alejé del extraño encuestador. Me despedí sólo con una levantada de cejas y un ligero cabeceo.

Mientras caminaba le fui dando vueltas al jueguito. Y después de un rato no lo encontré tan jueguito, o sea, para nada una cuestión vana y superficial. De hecho, para empezar me di cuenta que se lo podría estar jugando desde hace muchos años. 

Salvo por detalles que delatan que estamos en los últimos días del año 2008, las imágenes televisivas y las fotografías de Gaza podían tener varias décadas. Es más, podían ser de cualquier lugar de Palestina en donde se resiste. Porque, siempre es necesario recordar, no estamos ante una "guerra" como otras. Es una ocupación y una resistencia (aceptada, de hecho, como un derecho por los países miembros de la ONU). Que a veces no se compartan los métodos de los combatientes que luchan contra el conquistador, no cambia el fondo del asunto: es una ocupación y una reacción a ella que se llama resistencia.

La tonta sensación de haber sido derrotado por un tonto jueguito, se tornó en una sensación de derrota profunda. De una insondable derrota de mi persona en sí. Pero que en realidad era como una parte de una amarga derrota de la humanidad toda. Una derrota, finalmente, de lo humano. Fue cuando recordé las palabras de Gilad Atzmon, músico y escritor israelí:
“Israel funciona como un megalómano y violento gueto judío, motivado por un fanatismo homicida que utiliza como herramientas la letal tecnología yanqui”
No me deja de enternecer las décadas de sufrimiento del pueblo palestino. No dejo de admirar la valentía del pueblo palestino. Menos cuando su sufrimiento y su valentía ha sido una especie de compañía desde que tengo conciencia y recuerdos.

Algo muy parecido me ocurre con los horrores nazis y en particular con el sufrimiento del gueto de Varsovia. A pesar de que no los viví contemporáneamente, tampoco me ha dejado nunca de enternecer la valentía de esos judíos y tampoco he dejado nunca de admirarlos.



NOTA:

(1) Originalmente esta columna fue escrita a raíz del ataque del Estado Judío de Israel contra la franja de Gaza (operación "Plomo Fundido") entre diciembre de 2008 y enero de 2009. El balance de los 25 días de ataque fue de "1.300 palestinos muertos, de los que un tercio son niños; 13 soldados israelíes muertos, cinco de ellos por fuego amigo; y 4 civiles de Israel muertos por los 778 cohetes lanzados por Hamás" (El Mundo, 21.01.09).



* Publicado en PiensaChile, 20.01.09.

Venta libros "Oikonomía" y "Reforma e Ilustración"

Oikonomía. Economía Moderna. Economías Oferta  sólo venta directa : $ 12.000.- (IVA incluido) 2da. edición - Ediciones ONG Werquehue - 2020 ...