"Estados Unidos y Francia no son en absoluto un modelo democrático"


Tarjeta postal firmada por Right (c. 1910) que representa como niños a Marianne y al Tío Sam, personificaciones de Francia y Estados Unidos respectivamente.


El antropólogo habló sobre su nuevo libro, Imperios Liberales. Estados Unidos y Francia, repasando las raíces religiosas de ambos proyectos, el mito de la "democracia ejemplar" estadounidense, la polémica Françafrique, y otras aristas de estas potencias.


Gino Stock


Estados Unidos y Francia son considerados por muchas personas como los mayores parámetros de la democracia, y se suele citar como procesos fundacionales de la misma a la independencia del país norteamericano y a la Revolución gala de 1789. Pero, a la luz de los últimos dos siglos y fracción, lo que hemos visto es el desarrollo de dos imperios, en el más clásico de los sentidos, al alero de los ideales liberales. Una aparente paradoja —o esquizofrenia—, que profundiza el antropólogo Andrés Monares en su nuevo libro Imperios Liberales. Estados Unidos y Francia, de acceso abierto y gratuito.

Monares —funcionario y profesor del Área de Estudios Transversales en Humanidades para las Ingenierías y Ciencias (ETHICS), de la Escuela de Ingeniería y Ciencias de la Universidad de Chile— conversó con El Desconcierto sobre las raíces religiosas del proyecto imperial de ambos países, sus mutaciones hacia el neocolonialismo actual y una alternativa cultural proveniente desde el pensamiento latinoamericano: el Buen Vivir de los pueblos originarios latinoamericanos.


El hilo conductor de dos imperios

-¿Cuál es el hilo conductor detrás de Imperios Liberales. Estados Unidos y Francia?

-El hilo conductor son los imperios. Hace tiempo quería contar esta historia y se dio la oportunidad. Los latinoamericanos tenemos mucha cercanía con Estados Unidos y creemos conocerlo bien. Hoy, con Trump, hay un fenómeno curioso: la gente cree que vino a romper una democracia perfecta e imitable, y eso no es así.

Con Francia ocurre algo distinto: al no ser africanos, tenemos poca historia en común con ese país. Recordamos la fraternidad, la libertad, la Revolución, la cocina y el cine francés. Pero Francia hace en África lo mismo que Estados Unidos ha hecho en Latinoamérica: promueve golpes de Estado, envía paracaidistas, entrena torturadores y explota económicamente a sus excolonias del continente. Era importante entender que el fenómeno imperial no es cosa del pasado: sigue vigente, y el proyecto liberal siempre se ha apoyado en el proyecto imperial de ambos países y, de hecho, lo ha impulsado. En ambos casos liberalismo e imperialismo son dos caras de una misma moneda o proyecto: el título del libro no es metafórico, es totalmente descriptivo.


Las raíces religiosas del proyecto imperial

-Ese colonialismo mutó, pero no desapareció. ¿Cuáles son las características más determinantes del imperialismo actual de Estados Unidos y Francia?

-Hay un centro del cual parto —y está latamente expuesto en Reforma e Ilustración y Oikonomía. Economía Moderna. Economíasdos de mis libros anteriores que es la modernidad: un proyecto anglosajón reformado o calvinista que tuvo mucha repercusión en Francia. Solemos asociar la Ilustración a los filósofos franceses, pero se tiende a pasar por alto e incluso olvidar que en siglo XVIII aquellos eran grandes admiradores de los ingleses del siglo XVII. De tal modo que, desde su perspectiva, a Newton o a Locke no se les corrige ni se les busca el error: se les aplica. De la misma opinión era  Kant en Prusia.

Cuando uno revisa los textos originales de Newton, lo que está haciendo, con la gravedad, es demostrar el gobierno absoluto de Dios sobre el mundo natural. Eso está escrito, no es una interpretación mía: hay que leer el "Escolio General" de los Principios Matemáticos de la Filosofía Natural. Los filósofos morales tomaron esa idea y objetivo. Locke traslada esa visión de un mundo mecánico y predeterminado al estudio de la humanidad: así como Dios establece las leyes para que los planetas no choquen, en el mundo humano establece la razón como una tendencia natural/providencial a buscar lo útil, es decir, todo aquello que procura comodidad.

Ese mecanismo predeterminado pasa a Francia, donde triunfa una mirada de fondo calvinista y, más tarde, la razón como manifestación divina que guía a los seres humanos, algo que se ve muy claro en Rousseau. Esa estructura, que termina justificando el racismo, el clasismo, el imperialismo y el colonialismo, se instala primero en Inglaterra —aunque, gracias a Hitler, el mundo ha olvidado su maldad; y, asimismo, habría que sumar a los holandeses en Indonesia, a los belgas en el Congo y a Francia en el África subsahariana—. Es una estructura imperial que busca "el progreso" y "elevar a las razas inferiores", con justificantes en la religión y en las ideas de la Ilustración y en su continuación: la modernidad.

-¿Cómo se pasa del imperialismo de ocupación al neocolonialismo de presiones?

-Trump retoma el canal de Panamá y amenaza a Holanda [1]; Francia mueve hilos en Níger y en Mali, países que recientemente han tomado distancia de su exmetrópoli. Pareciera que ya no es tan respetable invadir, pero eso puede cambiar en cualquier momento: ahí tenemos a Venezuela agredida por Trump y convertida en su protectorado, y el respaldo de la Unión Europea y Estados Unidos a la invasión de Gaza y al genocidio que lleva adelante Israel desde 2023  a la fecha.

(Aunque en cuanto a que pareciera que ya no es respetable invadir naciones, lo que estamos viendo en Gaza y Líbano nos indica que no hay problema cuando el invasor es el correcto y el invadido da lo mismo o se lo merece. Se ha hecho evidente que, para la "comunidad internacional", una cosa es Israel cometiendo un genocidio en Gaza y otra muy distinta es Rusia atacando a Ucrania).


Estados Unidos, la democracia que no fue

-Mucha gente cree que Estados Unidos siempre ha sido una democracia ejemplar y que Trump estaría rompiendo ese esquema. ¿Cómo describiría lo que ha sido este país en sus más de doscientos años de historia?

-Este año se celebraron los 250 años de Estados Unidos como república. A diferencia de lo que dicen algunos historiadores —que sitúan el inicio de la fase imperialista en 1898, con la guerra contra España—, lo que expongo en el libro es que el proyecto imperial parte y tempranamente, por ejemplo, ya Jefferson, uno de los llamados "padres fundadores" de la Unión y su tercer presidente, proponía que debían ser un "imperio de la Libertad" (¡Y lo decía alguien que tenía esclavos!): se extendería desde el Atlántico al Pacífico y estaba llamado a ser el más grande y glorioso "desde la Creación hasta hoy".

Antes de 1776, Estados Unidos invadía naciones independientes —las distintas tribus nativas—, con expolio de tierras y con lo que desde el siglo XX se conoce como genocidio. Es también un proyecto religioso: los puritanos huyen de la corrupta Europa para instalar una nueva Jerusalén en el desierto, una "casa en la colina" que debía ser un gran ejemplo para el resto del mundo. Recomiendo revisar los discursos de toma de posesión de cualquier presidente —por ejemplo en este siglo el de Trump y también el de Biden [2]— para ver cómo esa retórica religiosa de los colonos puritanos sigue presente.

-¿En qué se sostiene esa idea de "democracia ejemplar"?

En varias cosas que nos afectan directamente. No tengo problema en decir que somos una colonia cultural estadounidense: por ejemplo ahora hasta se transmite el Super Bowl en Chile, y eso también tiene que ver con una cuestión racista de nuestros modelos, que siempre fueron anglosajones. Entonces, el nacionalismo patriotero estadounidense construye y difunde una idea mitológica de su sistema sociopolítico como una "democracia ideal". Luego, ellos y nosotros la asumimos como historia real; y, allá y fuera de sus fronteras, cual modelo a seguir.

Un ejemplo concreto: los estadounidenses dicen que la Guerra de Secesión se hizo para liberar a los negros, y así se ha mostrado en múltiples películas. Pero, si uno revisa las citas de Abraham Lincoln o del Congreso de dicho época, fue una guerra de Secesión —los Estados Confederados se quería separar de la Unión—, no una guerra de liberación de los esclavos. Lincoln era abolicionista, pero también segregacionista: pensaba que los negros no debían vivir en Estados Unidos.

Basta ir más atrás, a la Declaración de Independencia, donde se dice que los seres humanos fueron creados por Dios para ser libres y felices: la firman 56 varones latifundistas blancos que tenían esclavos o que no cuestionaban dicha institución. Los negros pudieron votar recién a fines de los años sesenta del siglo XX; las mujeres blancas votaron antes que las mujeres negras. Hoy vemos una cacería de latinos: nadie persigue en las calles de Estados Unidos a los suecos, persiguen a los latinos.

Además, es una democracia con un proyecto imperial de 1776 a la fecha. De los cuantiosos ejemplos que se exponen en el libro (que no es una recopilación sistemática de todos ellos), baste recordar que el presidente Woodrow Wilson abogaba, después de la Primera Guerra Mundial, por la autodeterminación de las naciones europeas, al mismo tiempo envía a los marines a Centroamérica una y otra vez a invadir países. Hay excepciones —Franklin D. Roosevelt ayudando a Lázaro Cárdenas en México, la Alianza para el Progreso de John F. Kennedy—, pero no podemos convertir las excepciones en la norma.


Françafrique: la hipocresía del faro europeo

-¿Y en el caso de Francia? ¿Cómo se explica esa doble cara: un país que habla de medioambiente, libertad e igualdad, y que a la vez sostiene una presencia colonial en África?

-Con Estados Unidos hay una propaganda muy eficaz: se consume muchísimo cine estadounidense y no siempre vemos los mensajes que conllevan. En Spider-Man 1, cuando el protagonista dice que "un gran poder conlleva una gran responsabilidad", termina con una gran bandera estadounidense de fondo. O el caso de Día de la Independencia, donde Estados Unidos "une al mundo y lo libera" un 4 de julio.

Con Francia el vínculo es distinto. En el siglo XIX, nuestra aristocracia decía entre snob y dejando ver su complejo de inferioridad  "ver París y morir": cuando conocías el techo de la civilización podías dejar este mundo tranquilo. El lenguaje, la diplomacia, la cocina y la moda francesas eran la cúspide de la humanidad. Francia ala fecha parece un país democrático y moderno que integró a árabes y a sus excolonias africanas, y tiene un ambiente crítico más abierto y menos represivo que Estados Unidos. Pero, como no somos africanos, Francia no se nos "cayó encima" a nosotros como sí a los africanos.

El concepto de Françafrique [3] tiene que ver justamente con eso: el general Charles de Gaulle, terminada la Segunda Guerra Mundial, entiende que ya no se puede sostener el imperio francés con presencia militar, y el vínculo gira hacia lo económico. El mismo día en que se libera París hay una masacre de unos 40.000 argelinos en Sétif. Entonces, al recordar este y otros casos es cuando uno se pregunta qué se estaba liberando exactamente en 1944 y si Francia estaba recuperando su libertad y su democracia o asegurando igualmente su imperio.

Francia termina dando la independencia a sus colonias porque el imperio ya no era sostenible —pierde militarmente en Indochina, hoy Vietnam, y en Argelia—, pero a sus excolonias africanas las amarra con tratados: dependencia armamentística, financiamiento condicionado a comprar productos franceses, y una relación activa con mafias y élites colonizadas que le permite mantener dictaduras afines/corruptas. Mientras, empresas como la ELF se coluden con élites nativas afines/corruptas para exprimir a sus excolonias convertidas en satélites capturadas en una lógica clientelar. El fin del imperio de asentamiento tiene su continuidad en el neocolonialismo de la Françafrique.


El Buen Vivir, una alternativa desde los pueblos originarios

-Después de este recorrido crítico, ¿qué le gustaría que se llevaran los lectores de Imperios Liberales?

-Primero, remarcar que es un libro de acceso abierto, se puede descargar gratis en PDF y ePub: es un proyecto de ETHICS, de la Escuela de Ingeniería y Ciencias de la Universidad de Chile, donde hago clases, con una línea editorial que busca acercar la lectura a la gente (un deber como universidad pública y, al mismo tiempo, una apuesta arriesgada en un país donde un alto porcentaje de personas no comprenden lo que leen).

Segundo, entender que hay temas que parecen difíciles o lejanos, pero la información está disponible, y que la lectura no puede abandonarse: ni la televisión, ni TikTok reemplazan a un buen libro sobre el mismo tema. Y, en términos más puntuales, entender qué es una lectura crítica: ser crítico no es encontrar todo mal, sino asumir que los fenómenos sociales admiten múltiples miradas, y desconfiar de quien reduce un fenómeno sociocultural a una sola variable.

Necesitamos reconsiderar nuestros modelos: Estados Unidos y Francia no son en absoluto un ejemplo de convivencia democrática y social, ni tampoco internacional. La pregunta es si, después de todo este tiempo, vamos a seguir mirando hacia proyectos externos —construidos, además, contra el Sur Global— para buscar ahí nuestras soluciones o modelos.

-Usted habla en el libro de una alternativa latinoamericanista: el Buen Vivir de los pueblos originarios. ¿En qué consiste esa perspectiva?

-Quiero aclarar que no se trata de una xenofobia ideológica contra el mundo moderno: hay cosas que me fascinan, como la libertad de conciencia o ciertas estructuras democráticas. Tampoco quiero idealizar el mundo indígena, que hoy está de moda, casi como si ser mapuche o aimara fuera la solución a todo.

Dicho eso, la sociedad americana tiene al menos entre 25.000 y 30.000 años, desde que los primeros grupos humanos cruzan por Beringia, con formas de organización sociopolítica distintas a las occidentales. Si no hubieran llegado los invasores españoles, por así decirlo, quizás hoy en Chile seríamos incas, con un Estado en cierto sentido benefactor, relaciones socioeconómicas ligadas al parentesco y una cultura cotidiana de respeto y resguardo de la naturaleza, entre otras posibilidades que surgen de la milenaria tradición andina.

Ahí está el Buen Vivir andino: la idea de mantener una existencia comunitaria armónica, donde esa comunidad incluye a los antepasados, los espíritus, la naturaleza y los seres humanos. En todo caso, esa idea de convivencia buena se puede encontrar también en otros pueblos indígenas de Sudamérica: entre los mapuches, guaraníes, pueblos amazónicos, etc.

Yo no creo en la Pachamama ni en que mis antepasados siguen presentes social y espiritualmente, pero me parece que esos pueblos lograron construir, en sus culturas, en la vida cotidiana, una forma de convivencia armónica. Más allá de los conflictos internos y con otros grupos, era una idea deseable y que se intentaba recrear en la vida cotidiana institucionalmente (no era un deseo de individuos aislados o marginales).

Eso sí, hay que decirlo con cuidado: a la fecha el Buen Vivir ha sido, sobre todo, una discusión de intelectuales blancos o mestizos, más que de las propias comunidades indígenas. No estoy desmereciendo ese esfuerzo, pero también hay que aclararlo.

-¿Qué lugar le da a esa alternativa frente al proyecto liberal occidental?

-Como mestizo, ideológicamente al menos, creo que el siglo XX nos enseñó que ni el totalitarismo estatal ni el libre mercado bastan como soluciones. Tenemos que buscar otro camino y convencernos de que no existen recetas únicas, sino proyectos que pueden construirse desde distintos lugares y con la efectiva participación de las personas.

Insisto en que no quiero satanizar la modernidad, que tiene cosas muy interesantes, ni idealizar el mundo indígena. Pero creo que el Buen Vivir andino, mapuche y amazónico sí tuvo logros sociales tangibles, mucho más concretos que la promesa de "libertad, igualdad y fraternidad" francesa o la idea estadounidense de hombres creados libres por su dios para ser felices.


"No hay nada de heroico en los imperios"

-Para cerrar, ¿cómo resumiría la idea central del libro?

-Que no hay nada de heroico en los imperios. Todas esas películas de héroes blancos que luchan contra "salvajes" o gente malvada que los atacan son, en realidad, películas de invasores enfrentando a combatientes que quieren liberar su nación, su pueblo, su patria. Ahí no hay nada heroico: detrás de la historia contada desde la civilizada perspectiva occidental se esconden crímenes terribles: expolios descarados, desplazamientos forzados, campos de concentración, torturas y asesinatos masivos, eliminación de culturas.

Eso es el imperialismo, y el liberalismo que lo acompaña lo reproduce y lo necesita. No tiene nada de liberador para los pueblos sometidos. Y todo eso sigue vivo, ahora a través del neocolonialismo: en África o en Asia Occidental (cuyo nombre imperial perdura y domina: Medio Oriente) no hay ningún problema en bombardear —ya no llevan tropas, porque sale muy caro—, pero ahí están Afganistán e Irak: Estados Unidos no aprende y lo sigue haciendo. Lo mismo Francia, pero a menor escala.


NOTAS DEL BLOG:

[1] Debiera decir Groenlandia, a pesar de que, como se expone en el libro, una ley estadounidense contiene un artículo que señala la posibilidad de invadir La Haya si se detiene y juzga a algún nacional o aliado [léase israelíes]: se trata de "'Ley de Protección de los Militares Estadounidenses' presentada por George Bush hijo, en 2002, la cual contiene una 'cláusula de invasión de La Haya', por la cual, como señala Human Rights Watch, se 'autoriza el uso de la fuerza militar para liberar a cualquier estadounidense o ciudadano de un país aliado de Estados Unidos que se encuentre detenido por la Corte, que tiene su sede en La Haya'" (p. 83).

[2] Dejamos una selección de los discursos de Barak Obama (segundo periodo), Donald Trump (primer periodo) y Joe Biden; y el del segundo período de Trump.

[3] Como se señala en el libro, el concepto Françafrique hace referencia a una "actitud francesa, si no cuestionable, a lo menos sospechosa o derechamente mafiosa, para mantener su dominio y la dependencia africana (...). Se trata de la conjunción de una estrategia geopolítica y de negociados (...). Se explica, entonces, el término Françafrique por su guiño fonético a 'fric', que en francés significa dinero en efectivo, el cual se extrae de África para dirigirlo a la metrópoli" (p.: 237).





* Publicado en El Desconcierto, 25.07.26. El presente texto fue revisado para agregar algunos pocos tópicos o énfasis que Gino Stock dejó fuera de la redacción final publicada.


⇨ También puedes acceder al podcast "Andrés Monares comenta su libro Imperios Liberales. Estados Unidos y Francia", una conversación publicada por Radio Nuevo Mundo (17.06.26) entre la periodista Bárbara Figueroa y el autor.

Venta libros "Oikonomía" y "Reforma e Ilustración"




Oikonomía. Economía Moderna. Economías
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2da. edición - Ediciones ONG Werquehue - 2020
ISBN: 978-956-402-214-7
516 pp. / 16x23 cm. / Encuadernación rústica con solapas

Acerca de la economía, en su doble condición de disciplina "científica" y actividad capitalista de mercado, es posible preguntarse: ¿por qué el lucro (ni siquiera la ganancia) cobró mayor relevancia que el trabajo y la producción?, ¿por qué se le considera una 'ciencia' al modo de las ciencias naturales?, ¿por qué la política terminó siendo puesta a su servicio?, ¿ha sido o es el único sistema de sustento viable, correcto, eficiente o benigno?, ¿es un mero sistema técnico o una proyecto que contiene una cultura con sus ideas, moral e instituciones?
Este libro busca contestar las preguntas antedichas desde una perspectiva crítica, que pone en tela de juicio a la "ciencia económica" y al capitalismo de mercado desde la revisión de sus relaciones con lo ético, religioso, cultural, social, filosófico, político e histórico. Para ello se recurre a una mirada transdisciplinaria que busca romper los rígidos límites y el reduccionismo de la economía dominante, en un momento donde urge una revisión de la economía y de lo económico.

Patrocinaron este libro: 
- Federación de Sindicatos del Holding Heineken CCU
- Caritas Chile
- Magíster en Gestión Cultural de la Universidad de Chile
- Magíster en Desarrollo a Escala Humana y Economía Ecológica de la Universidad Austral de Chile
- Escuela de Ingeniería y Ciencias de la Universidad de Chile

* Para leer el Índice, Agradecimientos, prólogos e Introducción: pincha AQUÍ.
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Reforma e Ilustración. Los teólogos que construyeron la Modernidad
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2da. edición - Editorial Ayun - 2012
ISBN: 978-956-8641-11-5
476 pp. / 
16x23 cm. / Encuadernación rústica con solapas

La Modernidad, la tradición cultural anglosajona post Reforma Protestante, sigue vigente en nuestras ideas, moral, instituciones y, por ende, en nuestras vidas cotidianas. Puntualmente, dicha tradición tiene como principal fundamento intelectual al movimiento de la Ilustración; el que, a su vez, se nutre de la Reforma Protestante en su versión calvinista o reformada.
Este libro expone esas relaciones y su rol en el desarrollo de la ciencia experimental, el derecho y la política, la moral y la economía modernas y en la construcción del mundo contemporáneo. Para ello se trabajan los textos originales de autores como Isaac Newton, John Locke, Adam Smith, Jean-Jacques Rousseau, entre otros, quienes a pesar del tiempo transcurrido son cruciales para explicar y criticar nuestra época.

* Para leer el Índice y Presentación del libro: pincha AQUÍ.
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¿Qué conocimiento necesita Chile?




Una política científica adecuada a nuestro tiempo no debería, entonces, preguntarse qué disciplinas son más útiles y cuáles podemos permitirnos relegar. Debería preguntarse qué conocimientos necesita una sociedad para comprender y conducir las transformaciones que está viviendo.


Alejandra Mizala


Vivimos una paradoja. Nunca habíamos dispuesto de tecnologías con una capacidad tan extraordinaria para procesar información, producir contenidos y automatizar tareas. Y, sin embargo, nunca había sido tan evidente que los principales desafíos que esas tecnologías nos plantean no son solamente tecnológicos.

La inteligencia artificial puede procesar en segundos volúmenes de información imposibles de abordar para una persona. Puede escribir, traducir, programar, generar imágenes, formular hipótesis y encontrar patrones en enormes bases de datos. Sus capacidades seguirán creciendo. Pero las preguntas más difíciles que plantea su desarrollo son de otra naturaleza: ¿qué decisiones estamos dispuestos a delegar en una máquina?, ¿cómo evitamos reproducir y amplificar desigualdades y sesgos?, ¿qué significa aprender cuando una herramienta puede producir un ensayo en segundos?, ¿cómo distinguimos información de conocimiento?, ¿cómo protegemos la democracia cuando resulta cada vez más difícil distinguir lo verdadero de lo falso?

Ninguna de estas preguntas puede responderse solo con más tecnología. Necesitamos, por supuesto, más personas formadas en ciencias, ingeniería, matemáticas y computación. Chile debe fortalecer decididamente esas capacidades. Pero precisamente porque la inteligencia artificial está transformando nuestras economías y nuestras vidas, necesitamos también fortalecer disciplinas como la economía, la sociología, la historia, la filosofía, la antropología, la lingüística, las artes, la comunicación y los estudios culturales. La razón es sencilla: la tecnología puede ampliar extraordinariamente aquello que somos capaces de hacer, pero no puede decidir por nosotros qué vale la pena hacer.

Las ciencias sociales y las humanidades estudian justamente aquello que la tecnología está transformando: las personas, sus relaciones, sus instituciones, sus culturas y sus formas de comprender el mundo. Nos permiten investigar cómo las innovaciones modifican el empleo y la distribución del ingreso; por qué sus beneficios llegan antes a algunos grupos que a otros; cómo afectan la educación y los aprendizajes; qué consecuencias tienen para la privacidad, la confianza y la democracia; y qué instituciones necesitamos para gobernarlas.

Las humanidades agregan preguntas aún más fundamentales. La filosofía, la historia, la literatura y las artes nos enseñan a interpretar y contextualizar, a comprender experiencias distintas de la propia y a interrogarnos sobre el sentido y los límites de aquello que hacemos. Cultivan el juicio, algo especialmente valioso en una época inundada de información generada tanto por seres humanos como por máquinas.

Durante mucho tiempo hemos hablado del pensamiento crítico como una competencia fundamental para el siglo XXI. La inteligencia artificial ha vuelto esa afirmación mucho más urgente. Cuando producir información y contenidos se vuelve cada vez más fácil, el recurso escaso deja de ser el acceso a la información. Lo escaso es la capacidad de formular buenas preguntas, distinguir entre evidencia y apariencia, evaluar argumentos, comprender contextos y pensar de manera autónoma.

Por eso resulta preocupante una concepción de la política científica que identifica demasiado rápido investigación estratégica con ciencia aplicada y desarrollo tecnológico. Las sociedades necesitan innovación tecnológica, pero también conocimiento riguroso acerca de sí mismas. De hecho, mientras más aceleradas sean las transformaciones tecnológicas, mayor será esa necesidad.

Muchos de los principales desafíos que enfrenta Chile no pueden resolverse mediante una innovación tecnológica; este es el caso de la desigualdad, la baja confianza en las instituciones, la calidad de la educación, las transformaciones del trabajo, las migraciones, el envejecimiento de la población, la convivencia democrática, la desinformación o nuestra dificultad para alcanzar acuerdos que permitan sostener políticas de largo plazo. Comprender estos fenómenos requiere investigación sistemática y, muchas veces, la colaboración entre distintas disciplinas. Las ciencias sociales y las humanidades producen conocimiento indispensable para comprender desde los cambios demográficos y culturales hasta nuestras instituciones, comportamientos y concepciones sobre el desarrollo.

Tampoco es correcto suponer que investigar seriamente en estas áreas requiere pocos recursos. La investigación contemporánea en ciencias sociales necesita producir datos originales, realizar estudios longitudinales y experimentos, desarrollar infraestructura computacional y reunir equipos interdisciplinarios capaces de sostener programas de investigación durante años. Las humanidades, por su parte, requieren preservar y estudiar archivos y colecciones, desarrollar corpus y repositorios digitales y abrir nuevas formas de acceso y de análisis de nuestro patrimonio cultural.

La distinción entre ciencias, ciencias sociales y humanidades resulta, además, cada vez menos adecuada para abordar los grandes problemas contemporáneos. El cambio climático no es solamente un problema de las ciencias naturales; exige comprender comportamientos, instituciones, incentivos y conflictos distributivos. La inteligencia artificial no es solamente un problema computacional, es también económico, educativo, jurídico, ético, cultural y político. Una solución técnicamente extraordinaria puede fracasar si no comprendemos a las personas y las sociedades en las que debe insertarse.

Una política científica adecuada a nuestro tiempo no debería, entonces, preguntarse qué disciplinas son más útiles y cuáles podemos permitirnos relegar. Debería preguntarse qué conocimientos necesita una sociedad para comprender y conducir las transformaciones que está viviendo.

El desarrollo de la inteligencia artificial nos ofrece una oportunidad extraordinaria. Aprovecharla requiere invertir en ciencia y tecnología. Pero requiere igualmente fortalecer nuestra capacidad para comprender sus consecuencias, discutir sus propósitos y construir instituciones capaces de orientar sus beneficios hacia el conjunto de la sociedad.

Mientras más poderosas sean las herramientas que construimos, más importante será nuestra capacidad de decidir para qué queremos usarlas. Y para eso necesitamos ciencia y tecnología. Pero necesitamos, más que nunca, ciencias sociales, artes y humanidades.





* Publicado en El País, 11-08.26. Alejandra Mizala es la rectora de la Universidad de Chile.

Arquitectura de la expansión de colonias israelíes en Cisjordania


Soldados israelíes montan guardia mientras los partidarios de los asentamientos israelíes en Cisjordania se reúnen después de una marcha durante la Pascua Judía, en el puesto de avanzada de Eviatar, en Cisjordania ocupada, el 10 de abril de 2023.
© Ariel Schalit / AP


En la última década, los movimientos de colonos israelíes han apostado a una nueva estrategia para incrementar el control de tierras en Cisjordania ocupada: la instalación de campamentos o puestos precarios, que se suman a los asentamientos y que están regidos por pastores de ovejas que logran dominar una mayor porción de territorio. Para garantizar su éxito se apoyan en el uso de la violencia contra las poblaciones palestinas, para lo que cuentan con el apoyo –explícito o tácito– de las autoridades israelíes.


Janira Gómez y Federico Cué


En febrero de 2021, Ze'ev Hever, líder del movimiento de asentamientos "Amana", brindó un inusual discurso público durante una conferencia de su grupo, en la que elogió la nueva estrategia de los colonos israelíes para expandir su dominio en Cisjordania ocupada:
"La construcción ocupa poco terreno, debido a las consideraciones económicas del desarrollo de edificios, que es costoso, y así hemos llegado a 100 kilómetros cuadrados después de poco más de cincuenta años. En cambio, con las granjas de pastores, en los últimos tres años nos hemos aventurado en una gran extensión; cubren un área casi el doble de grande que el área construida de los asentamientos".
Una declaración sin tapujos, verificada en terreno por la ONG israelí Kerem Navot. En su informe "The Wild West", publicado en mayo de 2022, llegó a documentar la existencia de 77 colonias agrícolas en Cisjordania (en adelante, outposts, puestos de avanzada o campamentos como sinónimos), la mayoría establecidas durante la última década –y todas ilegales bajo el derecho internacional e inclusive para la propia legislación israelí–.


Granjas y puestos de avanzada israelíes instalados por año en Cisjordania ocupada. © France 24


Solo estas instalaciones –que se suman a los asentamientos israelíes (es decir, desde micro-urbanizaciones a comunidades valladas con alta seguridad y con edificaciones y recursos básicos como agua, electricidad o redes telefónicas)– controlan unas 60.000 hectáreas de territorio, poco menos de un 7% del total del Área C, la porción de Cisjordania que está bajo control administrativo y de seguridad de Israel.

Y la tendencia de su proliferación va en gran aumento, sobre todo tras la asunción en diciembre del Ejecutivo de Benjamín Netanyahu, formado por partidos de extrema derecha, nacionalistas y ultrarreligiosos.

Arik Ascherman, rabino y activista de derechos humanos, asegura a France 24 que "la política no escrita pero muy real de Israel es que miles de palestinos pueden ser expulsados de Cisjordania, ser forzados a dejar el Área C e instalarse en las zonas urbanas de las Áreas A y B", en referencia a los sectores bajo control administrativo de la Autoridad Palestina.

Y es que el precio lo pagan los palestinos, desprotegidos frente a una expansión ilegal israelí conseguida mediante coerción, violencia y en complicidad con las fuerzas de Israel. Ascherman cuenta por "cientos" los casos que ha documentado de agresiones de colonos contra palestinos, que observan "que la Policía y el Ejército solo miran cuando los colonos entran, golpean a la gente, destruyen sus tractores, pinchan sus contenedores de agua, cortan o queman árboles".

Situaciones a las que el también director de la ONG Torat Tzedek ("la Torá de la Justicia") agrega que "colonos o el Ejército les impiden entrar a sus tierras de pastoreo" o hay veces que "llamamos a la policía y no viene; o hay gente presenta quejas y nunca pasa nada".

Este panorama se entiende con un ejemplo a gran escala, que ocurrió en cuestión de días después de un ataque palestino en una gasolinera del área de Ramallah (esto fue el 20 de junio, y causó la muerte de cuatro israelíes); y luego de una nueva y mortífera redada israelí en Jenin (que dejó siete palestinos muertos).

Esa semana, la coalición de Netanyahu aprobó 5.400 nuevas viviendas en asentamientos –para llegar a casi 13.000 en 2023, un récord anual desde que la ONG Peace Now inició su registro en 2012–, pero además colonos atacaron de forma violenta decenas de aldeas palestinas devolviendo al vocabulario común la palabra "pogromo" e instalaron más campamentos precarios en varios puntos del territorio palestino ocupado.


Viviendas aprobadas en asentamientos israelíes en Cisjordania ocupada entre 2012 y 2023. © France 24


Enmascarada detrás de una represalia por el ataque palestino, esta combinación de medidas gubernamentales más violencia civil de los colonos sin ningún castigo exhibe la complicidad entre ambos actores, que juntos contribuyen a la expansión de la ocupación israelí y al desplazamiento forzado de las comunidades palestinas. A veces en menor escala y sin tanto eco mediático, pero de forma cotidiana en Cisjordania ocupada.


En dos días, más puestos de avanzada, con el apoyo tácito del Gobierno

El 29 de junio pasado, la ONG israelí Peace Now denunció que, de la noche a la mañana del 21 de junio, colonos israelíes instalaron seis nuevos puestos de avanzada en Cisjordania ocupada, con "tiendas de campaña y estructuras temporales", cerca de asentamientos ya establecidos.

Mientras todos los asentamientos israelíes en los Territorios Palestinos Ocupados son ilegales de acuerdo al derecho internacional, estos "campamentos precarios" (conocidos en inglés como outposts) son erigidos sin permisos ni autorizaciones, por lo que Israel también los considera ilegales. Sin embargo, como señala Peace Now, estos últimos sí se instalaron con conocimiento de las autoridades.

Aunque tres de los seis puestos fueron removidos días después por el Ejército israelí (y un cuarto fue posiblemente abandonado, según la organización), los dos restantes –en las afueras de los asentamientos de Immanuel y Tko'a–, se mantuvieron en pie.

Además, el Gobierno israelí intervino en favor de otros dos "campamentos". Por un lado, bajo protección de fuerzas israelíes y el apoyo explícito del ministro de Seguridad, el extremista Itamar Ben-Gvir, varias familias reocuparon el 21 de junio el puesto ilegal de Evyatar, fundado hace una década y evacuado en distintas ocasiones, la última a inicios de este 2023.

Por el otro, el ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich –él mismo un colono y con cada vez más poder en el órgano militar que regula la vida en el Área C de Cisjordania ocupada–, actuó contra el pedido de la fiscal general israelí para desarmar otro puesto ilegal, el de Hamor, también instalado después del ataque palestino contra una gasolinera que dejó cuatro colonos muertos. Finalmente, la Corte Distrital de Jerusalén congeló el desalojo de este campamento, montado en tierras pertenecientes a las aldeas palestinas de Luban al-Sharqiya y Sinjil.

Con su Administración de Asentamientos –que desde junio fue premiada con el control total del planeamiento de las colonias–, Smotrich ha causado, además, una caída abrupta en la demolición de edificios construidos sin permiso por israelíes en Cisjordania ocupada, de un promedio de 25 por mes a 2 por mes desde la asunción del Gobierno en diciembre de 2022. Esto mientras la destrucción de edificaciones palestinas se ha disparado.

Todas estas medidas, y otras tantas que resulta difícil abarcar, son muestras de cómo el Gobierno de Netanyahu, el establecimiento militar y el liderazgo de los colonos comparten una agenda hacia una creciente anexión de facto de los Territorios Palestinos Ocupados.

Una agenda anexionista que aparece, de nuevo sin tapujos, en los acuerdos de coalición firmados por los partidos que devolvieron al poder a Netanyahu.


El cerco de los asentamientos ahoga a las comunidades beduinas

Entre las comunidades palestinas más vulnerables y en la mira están las aldeas beduinas repartidas en el Área C de Cisjordania ocupada, sobre todo aquellas instaladas en el Valle del Jordán. Sus habitantes son mayormente pastores o agricultores y viven rodeados de asentamientos y puestos de avanzada israelíes.

Ascherman explica a este medio que hay "una cadena" de estos establecimientos "a lo largo del Valle del Jordán" y que "ahora los movimientos son para tomar todo lo que está entre medio, sacar a todos los palestinos de la zona y quedarse con todo".

En términos territoriales, el Valle del Jordán constituye el 25% del total de la superficie de Cisjordania y, aunque se estima que 53.000 palestinos viven allí, el 92% se concentra en el 5% del valle, en Áreas A y B (el 95% restante es Área C, en la que Israel no permite las construcciones palestinas).

Las comunidades beduinas y de pastores contabilizan apenas 4.400 habitantes y luchan por sobrevivir entre las restricciones de las fuerzas israelíes, las demoliciones de sus viviendas y medios de vida, las agresiones de colonos y las dificultades económicas. Algo que, en ocasiones, se vuelve insostenible.

"Cuando un pastor no puede subsistir en su actividad –ya sea financieramente, por la violencia o todo lo demás–, algunos deciden llevarse sus rebaños a las Áreas A y B. Así, sin disparar un tiro ni presentar una orden de desalojo, la política no escrita de Israel ha sido cumplida", denuncia Ascherman.


El caso concreto de Ein Samiya: 178 personas forzadas a desplazarse

A finales de mayo, los residentes de la comunidad palestina de Ein Samiya, en el área de Ramallah, se vieron forzados a abandonar las tierras en las que vivieron durante cuarenta años, a raíz de los constantes ataques de colonos israelíes, amparados por el Ejército, así como las demoliciones de sus estructuras y las repetidas restricciones de las autoridades en el ingreso a sus terrenos.

En total, 178 personas, pertenecientes a un clan familiar de beduinos, se han tenido que dispersar entre las colinas de la zona y ven amenazada su subsistencia como ganaderos y agricultores, al no contar con el acceso a las tierras y al agua que nacía del manantial ubicado allí.

Abu Najeh Ka'abneh, el líder de la comunidad, detalla en este reportaje de France 24 que "desde hace cinco años, los colonos israelíes nos han estado acosando".
"Traían sus propias ovejas y no nos dejaban pastorear las nuestras –contaba en junio–. Teníamos un campo en el que plantábamos trigo, pero ellos iban y, o lo quemaban, o dejaban que sus ovejas comieran allí. Nuestros niños se sentían muy asustados porque casi cada noche, los colonos aparecían y tiraban piedras".
El punto de no retorno llegó luego de que un rebaño completo de ovejas de uno de los miembros de la comunidad fuera entregado por la policía a los colonos, que habían denunciado que esos animales les habían sido robados. Una sensación de desprotección, agudizada por agresiones nocturnas más fuertes, que llevaron a Abu Najeh a "la conclusión de que no podíamos esperar más".

Ahora, Abu Najeh y parte de su clan se han instalado en unas tierras cedidas por un agricultor, dentro del Área B de Cisjordania ocupada. Para montar sus campamentos, debieron mover piedras y crear un camino improvisado en una colina. Muchos de sus muebles y pertenencias están desperdigados por el suelo y las pocas ovejas que todavía mantienen, están encerradas en un corral.

En las montañas de alrededor, las tierras "son muy áridas, no hay nada para comer", por lo que deben pagar un transporte para traer heno (que cuesta casi 500 dólares por tonelada) y alimentar al rebaño. Todo esto supone un gasto adicional que les ha empujado a ir vendiendo poco a poco su ganado para sobrevivir.

El mismo sentimiento de incertidumbre invade a Arik Ascherman, que considera que "nada bueno puede salir de esto"; como activista expresa sus "serias dudas sobre si existe una voluntad en la comunidad internacional de poner presión sobre Israel" para que "haga lo mínimo para proteger a la gente" que está bajo su control.

"Soy una persona de fe, soy optimista a largo plazo, pero en el corto plazo no veo ninguna causa para ser optimistas. Nos estamos metiendo cada vez más en las sombras", sentencia.



* Publicado en France 24, 21.07.23.

Sin política industrial no habrá desarrollo




Roberto Pizarro Hofer


Sergio Arancibia, en artículo de El Mostrador (01.03.24), destaca dos cuestiones centrales sobre el comercio exterior de nuestro país. Por una parte, la composición exportadora de bienes primarios, consecuencia de la inexistencia de una política económica externa e interna que favorezca el desarrollo industrial. Por otra parte, la inestabilidad de precios que muestran los bienes primarios en el mercado mundial, consecuencia de las manipulaciones especulativas y la geopolítica de las naciones dominantes.

La apertura radical al mundo y la gran cantidad de tratados de libre comercio, que caracterizan la economía chilena, han ayudado a consolidar la exportación de bienes primarios pero, al mismo tiempo, cierran oportunidades a la industria local.

Con aranceles prácticamente en cero, junto a la nula regulación de las inversiones extranjeras se ha producido un doble fenómeno. Por una parte, las importaciones provenientes de países con mejores tecnologías y sofisticación industrial (y también los bajos salarios de las empresas chinas) han impuesto sus mejores condiciones competitivas, obligando al cierre de empresas nacionales manufactureras de larga tradición.

Por otra parte, un Estado inmóvil, sin política industrial, hace que la inversión extranjera se dirija a los sectores extractivos, los que entregan elevadas rentas y tienen menor complejidad empresarial.

La élite empresarial y la clase política, de variados signos, tanto de derecha, centro e izquierda, están convencidos que nuestro país puede desarrollarse --que en Chile es sinónimo de crecer--, vendiendo nuestros recursos naturales, sin procesamiento alguno, para el progreso económico chino y de los países desarrollados.

La élite empresarial y política no se da cuenta (o quizás no le interesa), que el elevado desempleo, el crecimiento de la informalidad, los bajos salarios e incluso el aumento de la delincuencia, son consecuencia de la escasez de actividades industriales y de los limitados procesos de transformación en el sector de servicios.

La elevada apertura de la economía chilena al exterior, sin ningún grado de regulación, se ha hecho efectiva mediante la decisión unilateral de las autoridades de reducir las restricciones a las importaciones, y otorgar el mismo trato al capital extranjero que al nacional y facilitar los flujos del capital financiero. Pero, también, esa apertura se ha profundizado gracias a la gran cantidad de tratados de libre comercio negociados en las últimas décadas.

Así las cosas, frente a una dura competencia externa (incluso desleal) y con un Estado inmóvil, nuestra economía ha sido incapaz de diversificarse; pero, la elite económica y política vive contenta con su tesis del crecimiento --que ahora es cada vez menor--, fundada en la actual matriz productiva- exportadora, a lo que se agrega un sector financiero que la alimenta, especialmente con el sistema de AFP.

La élite no quiere reconocer que el camino del desarrollo se construye diversificando la matriz productiva-exportadora. Y le da lo mismo cualquier tipo de crecimiento, mientras le sirva para acumular ganancias en su favor.

Como bien señala el economista Ha-Joon Chang, de la Universidad Cambridge, el sector manufacturero es clave para aumentar la productividad y avanzar al desarrollo. Porque en la industria es dónde se potencian los avances tecnológicos al conjunto de la economía y se hacen más efectivas las habilidades productivas de las personas. O sea, el progreso técnico y los trabajadores educados son fundamentales para el desarrollo de los países.

Los argumentos de Chang caen en el vacío en nuestro país, porque no hay esfuerzos del Estado orientados a modificar la matriz productiva y exportadora de recursos naturales, ya que en la lógica neoliberal debe ser exclusivamente el mercado el orientador de los operadores económicos.

Por tanto, si se quiere modificar la matriz productiva-exportadora no se puede depositar la fe en el libre mercado y habrá que convertir al Estado en un agente activo de la transformación productiva. Esto lo han entendido muy bien los países asiáticos en las últimas décadas y, por cierto, en el pasado, las economías hoy desarrolladas.

A diferencia de la industria manufacturera, los cambios tecnológicos que se realizan en las actividades extractivas no se difunden al conjunto de la economía. Además, la producción y exportación de bienes primarios concentra el poder económico en un reducido núcleo empresarial, cuyas rentas extraordinarias le ha permitido domesticar a la clase política. 

Este modelo productivo es el fundamento material de las desigualdades y explica, en gran parte, la dificultad para convertir a Chile en país desarrollado.

En consecuencia, para avanzar en la transformación productiva se requiere:

En primer lugar, que el Estado despliegue una política económica activa, porque la industrialización no ocurre espontáneamente. Requiere de una dirección, con políticas cuidadosamente diseñadas, con inversiones y esfuerzos coordinados con el sector privado. Por cierto, hay que reconocer que las políticas industriales de hoy día no pueden limitarse a replicar las del pasado.

En segundo lugar, se necesita un decidido impulso de inversiones en ciencia y tecnología, ya que hoy día ésta es apenas el 0,4% del PIB, bastante menor a la media de los países de la OCDE, que es el 2,4% .

En tercer lugar, es preciso impulsar educación gratuita en favor de todos los jóvenes del país, con elevación sustantiva de su calidad. Ello les permitirá manejar las nuevas tecnologías y mejorar procesos productivos ligados a la industria y a servicios más sofisticados. La vinculación entre industria y educación es esencial para la formación especializada, la investigación y el fomento del emprendimiento científico-tecnológico.

En cuarto lugar, la industrialización hoy día ayuda a luchar contra el cambio climático, acelerar el crecimiento económico y generar empleos dignos, al tiempo que aprovecha mejor las tecnologías de vanguardia; además, en comparación con otras actividades, la industria manufacturera contribuye de forma importante a la innovación ecológica: el 60% de todas las patentes verdes del mundo pertenece a empresas industriales (Informe sobre el Desarrollo Industrial 2024, ONUDI, noviembre 2023).

En definitiva, para avanzar al desarrollo, la política económica no puede remitirse exclusivamente a ordenamientos monetarios y fiscales, como ha sido característico de nuestro país, sino que precisa de iniciativas estatales que apunten a modificar la estructura productiva, superando el extractivismo. Sólo así será posible generar mayor empleo, reducir las actividades informales y, también, frenar la delincuencia.



* Publicado en Politika, abril 2024.

Teología de la prosperidad y neoliberalismo: la construcción del «hombre providencial»


Laura Fernández actual presidenta de Costa Rica junto a Rodrigo Chaves expresidente y actual ministro de Fernández. Ambos del partido conservador y neoliberal Pueblo Soberano.


La teología de la prosperidad no es simplemente un fenómeno religioso que coexiste con el neoliberalismo: es su complemento perfecto, su aparato de legitimación más eficaz. El éxito del mercado como señal de la gracia divina, y la gracia divina como garantía del éxito del mercado.


James Dirarte


Hace unos días circuló en redes sociales costarricenses una imagen que merece más atención filosófica de la que usualmente se le concede a este tipo de materiales. En ella aparece Laura Fernández, nuestra presidenta, declarando que lo que Rodrigo Chaves hizo por Costa Rica «fue un milagro» y que fue «un hombre que se dejó usar por Dios». La declaración es notable no porque sea excepcional, sino precisamente porque no lo es. Que un político invoque la providencia divina para legitimar su gestión —o la gestión de su correligionario— es un fenómeno tan antiguo como la política misma. Lo que sí merece atención es la estructura de pensamiento que subyace a esa invocación, y el modo particular en que esa estructura articula, en el mundo contemporáneo, dos dimensiones que aparecen como distintas pero que en realidad operan en perfecta continuidad: la religiosa y la económica.

Vale la pena comenzar con una advertencia metodológica. Hay una tentación fácil frente a declaraciones como la de Fernández: la de atribuirlas al cinismo, a la calculada manipulación de los creyentes por parte de quien sabe perfectamente que Dios no administra economías ni ejecuta presupuestos. Esta lectura, aunque tiene su atractivo, es filosóficamente insatisfactoria, y no sólo por una razón de caridad interpretativa. Es insatisfactoria porque asume que la mentira consciente es más peligrosa que la creencia sincera, cuando ocurre exactamente lo contrario. Un discurso que su emisor sabe falso es un discurso que puede ser desmontado desde adentro, que contiene en sí mismo su propia vulnerabilidad. Un discurso genuinamente creído, en cambio, cierra ese flanco: quien lo pronuncia no miente, y por tanto no hay contradicción interna que explotar. La creencia sincera es mucho más resistente que el cinismo. Conviene, pues, tomar en serio la declaración de Fernández: no como retórica vacía, sino como expresión auténtica de una forma de pensar la política que tiene raíces profundas y consecuencias concretas.

El teólogo y exégeta Rafael Aguirre Monasterio ha documentado con rigor cómo la Biblia ha sido utilizada políticamente en contextos tan distintos como la fundación de los Estados Unidos, el apartheid sudafricano, el conflicto israelí–palestino y las políticas de las iglesias evangélicas en América Latina. La tesis central de su trabajo no es que tales utilizaciones sean necesariamente fraudulentas, sino que son inevitablemente selectivas: cada actor político extrae de la Biblia el fragmento que confirma su posición, y esa extracción está condicionada por el contexto social desde el que se lee. La Biblia, insiste Aguirre, es un libro profundamente político —la cruz era un instrumento de ejecución reservado a subversivos políticos, el Reino de Dios no era un asunto meramente individual sino una propuesta de transformación social radical— y precisamente por eso puede ser leída en sentidos diametralmente opuestos. El mismo texto que inspiró la teología de la liberación en Centroamérica inspira hoy, en los mismos países, la llamada teología de la prosperidad, que bendice la acumulación individual como señal de la gracia divina.

Este último punto es decisivo para entender la declaración de Fernández. La teología de la prosperidad, que ha penetrado con fuerza extraordinaria en el mundo evangélico latinoamericano, propone una equivalencia simple pero poderosa: el éxito material es evidencia de la bendición de Dios; la pobreza, de su ausencia o de algún pecado no resuelto. Quien prospera lo hace porque Dios lo ha elegido para prosperar. Quien gobierna con éxito —al menos según ciertos indicadores— lo hace porque Dios lo ha ungido para gobernar. Dentro de este marco, decir que Rodrigo Chaves fue «un hombre que se dejó usar por Dios» no es una hipérbole retórica: es una declaración teológica completamente coherente. Y es precisamente esa coherencia interna lo que la hace políticamente eficaz. El creyente que acepta este marco no necesita evaluar la gestión de Chaves con criterios económicos, sociales o éticos autónomos. La evaluación ya está hecha desde arriba, y cualquier cuestionamiento humano de ese veredicto corre el riesgo de parecer una impugnación a la voluntad divina.

Pero hay una segunda dimensión en este fenómeno que el análisis puramente bíblico no alcanza a capturar, y para ello es necesario recurrir al trabajo de José Luis Villacañas. En su libro Neoliberalismo como teología política, Villacañas desarrolla una tesis que, leída junto a Aguirre, adquiere una iluminación inesperada. Su argumento central es que el neoliberalismo no es simplemente una doctrina económica: es la última tentativa histórica de realizar lo que él llama una «teología política», es decir, la absorción de todos los ámbitos de la vida —la subjetividad, la motivación, la obediencia, la identidad— bajo un único principio rector que se presenta como verdad natural e incuestionable. Las grandes teologías políticas del pasado —el Estado–nación, el fascismo, el estalinismo— fracasaron en este intento porque exigían sacrificio, porque apelaban abiertamente a la coacción soberana y dejaban al descubierto su dimensión de poder. El neoliberalismo resolvió elegantemente ese problema: en lugar de exigir obediencia, produce libertad. En lugar de imponer sacrificio, ofrece oportunidades. En lugar de un soberano visible que demanda sumisión, despliega un gobierno pastoral difuso que forma al individuo desde adentro, convirtiendo la racionalidad del mercado en el principio organizador de toda la existencia.

Esta forma de gobierno, a la que Villacañas —siguiendo a Michel Foucault— denomina biopolítica neoliberal, opera sobre la subjetividad de un modo que cualquier Estado soberano habría envidiado: no necesita convencer porque ya ha formado. El individuo neoliberal no siente las reglas del mercado como imposiciones externas sino como expresiones de su propia naturaleza, como la lógica misma de la realidad. El homo economicus no obedece al mercado; es mercado. Y lo que resulta filosóficamente fascinante —y perturbador— es que esta forma de gobierno necesita, para completarse, algún mecanismo de legitimación que conecte sus imperativos con algo que el sujeto reconozca como absoluto. El mercado puede producir disciplina, pero no puede, por sí solo, producir devoción. Para eso necesita algo más.

Aquí es donde las dos lecturas convergen con una precisión que no parece accidental. La teología de la prosperidad no es simplemente un fenómeno religioso que coexiste con el neoliberalismo: es su complemento perfecto, su aparato de legitimación más eficaz. Provee exactamente lo que Villacañas identifica como la necesidad estructural de todo sistema de gobierno pastoral: una «aleturgia», una manifestación de verdad que conecta el poder con algo sagrado, con algo que el gobernado acepta no por coacción sino por convicción. Cuando Laura Fernández dice que Chaves se dejó usar por Dios no está simplemente añadiendo un barniz religioso a un discurso político secular. Está articulando la fusión entre dos sistemas de legitimación que, en el mundo evangélico latinoamericano contemporáneo, se han vuelto prácticamente indistinguibles: el éxito del mercado como señal de la gracia divina, y la gracia divina como garantía del éxito del mercado. El hombre providencial es, simultáneamente, el buen administrador neoliberal. Gobernar bien, en este esquema, significa dejar que las fuerzas del mercado operen sin obstáculos, y eso es exactamente lo que Dios quiere.

Lo que hace a esta estructura particularmente inquietante, desde el punto de vista filosófico, es el modo en que desactiva la crítica política antes de que pueda formularse. En una democracia liberal clásica, un gobernante puede ser evaluado por sus resultados, cuestionado por sus decisiones, reemplazado por sus fracasos. La legitimidad es funcional y revocable. Pero cuando la legitimidad se ancla en la providencia divina adquiere una dureza diferente. No es que se vuelva imposible criticar a Chaves —evidentemente se puede, y muchos lo hacen. Es que para quien acepta el marco teológico–político descrito, esa crítica queda contaminada desde el inicio: impugnar al ungido es, en algún sentido, impugnar a quien lo ungió. El sujeto político que opera dentro de esta lógica no ha perdido la capacidad de razonar, pero ha redefinido el campo dentro del cual el razonamiento es legítimo. Y esa redefinición es silenciosa, prerreflexiva, aceptada con la misma naturalidad con que se acepta el aire que se respira.

Aguirre documenta este mecanismo con precisión al analizar cómo el mismo paradigma del Éxodo ha servido históricamente para legitimar proyectos políticos contradictorios: los colonos puritanos que veían en América su tierra prometida y los esclavos negros que veían en la misma Biblia la promesa de su liberación. La versatilidad política de la Biblia no reside en su ambigüedad sino en su riqueza: contiene efectivamente narrativas de liberación y narrativas de dominación, y cada comunidad de lectura extrae aquella que confirma su posición. Lo que ha cambiado en el mundo evangélico latinoamericano contemporáneo es que esa lectura ha sido sistemáticamente orientada, a través de redes de iglesias, plataformas mediáticas y estructuras organizativas transnacionales, hacia una interpretación que naturaliza la desigualdad, sacraliza el éxito individual y convierte al mercado en el escenario donde Dios despliega su providencia. No es una conspiración: es una hegemonía, en el sentido preciso que Villacañas recupera de Antonio Gramsci a través de Foucault. Una hegemonía no se impone por la fuerza; se vive como sentido común.

Cabe entonces plantear la pregunta que este análisis deja abierta, y que constituye su verdadero núcleo filosófico. ¿Qué le ocurre al juicio político cuando delega su criterio último en la providencia? La respuesta no es que el juicio desaparezca, sino que se desplaza: ya no se trata de evaluar políticas sino de discernir voluntades divinas, y el criterio para ese discernimiento es, en el marco de la teología de la prosperidad, el resultado visible. El éxito confirma la misión. El fracaso la niega. Pero este criterio es precisamente el criterio del mercado: la rentabilidad como veredicto. Lo que la teología de la prosperidad logra es hacer que ese criterio aparezca no como una opción política entre otras, sino como la lectura correcta de la realidad trascendente. Dios quiere que prosperemos, y prosperar significa tener éxito en los términos que el mercado define como éxito.

El hombre providencial, entonces, no es solamente un recurso retórico de campaña. Es la figura en la que se cristaliza la alianza entre dos formas de gobierno que Villacañas analiza por separado pero que en la Costa Rica del siglo XXI operan juntas: una interpretación de las iglesias evangélicas y el gobierno biopolítico del mercado. Ambos trabajan sobre la subjetividad, ambos producen individuos que se sienten libres precisamente porque han interiorizado sus imperativos, ambos necesitan de una verdad que se presente como natural e incuestionable. Cuando Laura Fernández declara que Chaves fue un milagro, no miente: expresa, con sinceridad y con la coherencia interna de un sistema de pensamiento bien articulado, la lógica de esa alianza. Y es esa sinceridad, como se señaló al inicio, lo que la hace filosóficamente más interesante —y más preocupante— que cualquier cinismo calculado.





"Estados Unidos y Francia no son en absoluto un modelo democrático"

Tarjeta postal firmada por Right (c. 1910) que representa como niños a Marianne y al Tío Sam, personificaciones de Francia y Estados Unidos ...