Venta libros "Oikonomía" y "Reforma e Ilustración"




Oikonomía. Economía Moderna. Economías
Oferta sólo venta directa: $ 12.000.- (IVA incluido)

2da. edición - Ediciones ONG Werquehue - 2020
ISBN: 978-956-402-214-7
516 pp. / 16x23 cm. / Encuadernación rústica con solapas

Acerca de la economía, en su doble condición de disciplina "científica" y actividad capitalista de mercado, es posible preguntarse: ¿por qué el lucro (ni siquiera la ganancia) cobró mayor relevancia que el trabajo y la producción?, ¿por qué se le considera una 'ciencia' al modo de las ciencias naturales?, ¿por qué la política terminó siendo puesta a su servicio?, ¿ha sido o es el único sistema de sustento viable, correcto, eficiente o benigno?, ¿es un mero sistema técnico o una proyecto que contiene una cultura con sus ideas, moral e instituciones?
Este libro busca contestar las preguntas antedichas desde una perspectiva crítica, que pone en tela de juicio a la "ciencia económica" y al capitalismo de mercado desde la revisión de sus relaciones con lo ético, religioso, cultural, social, filosófico, político e histórico. Para ello se recurre a una mirada transdisciplinaria que busca romper los rígidos límites y el reduccionismo de la economía dominante, en un momento donde urge una revisión de la economía y de lo económico.

Patrocinaron este libro: 
- Federación de Sindicatos del Holding Heineken CCU
- Caritas Chile
- Magíster en Gestión Cultural de la Universidad de Chile
- Magíster en Desarrollo a Escala Humana y Economía Ecológica de la Universidad Austral de Chile
- Escuela de Ingeniería y Ciencias de la Universidad de Chile

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Reforma e Ilustración. Los teólogos que construyeron la Modernidad
Oferta sólo venta directa: $ 12.000.- (IVA incluido)

2da. edición - Editorial Ayun - 2012
ISBN: 978-956-8641-11-5
476 pp. / 
16x23 cm. / Encuadernación rústica con solapas

La Modernidad, la tradición cultural anglosajona post Reforma Protestante, sigue vigente en nuestras ideas, moral, instituciones y, por ende, en nuestras vidas cotidianas. Puntualmente, dicha tradición tiene como principal fundamento intelectual al movimiento de la Ilustración; el que, a su vez, se nutre de la Reforma Protestante en su versión calvinista o reformada.
Este libro expone esas relaciones y su rol en el desarrollo de la ciencia experimental, el derecho y la política, la moral y la economía modernas y en la construcción del mundo contemporáneo. Para ello se trabajan los textos originales de autores como Isaac Newton, John Locke, Adam Smith, Jean-Jacques Rousseau, entre otros, quienes a pesar del tiempo transcurrido son cruciales para explicar y criticar nuestra época.

* Para leer el Índice y Presentación del libro: pincha AQUÍ.
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Cómo Gaza está desenmascarando el mito alemán del "nunca más"




El apoyo incondicional de Alemania a Israel ha sido una manera fácil de evitar examinar nuestro brutal pasado. El peso colosal del genocidio que se sigue perpetrando en Gaza está destrozando nuestros mitos simplistas y obligándonos a reexaminar nuestro dogma histórico.


Frédéric Schneider


Los alemanes vivimos en una realidad marcada por nuestra historia genocida. Si bien la narrativa nacional de la "culpa colectiva" por el Holocausto es omnipresente, la experiencia vivida en Alemania revela que se trata más de un mito que de una realidad. Con nuestra "cultura de la conmemoración" performativa, instrumentalizamos el Holocausto para distanciarnos de nuestro pasado, desviar la atención de nuestros problemas actuales con la extrema derecha y redefinir nuestra imagen como defensores de la moralidad. Un elemento central en la construcción de nuestra imagen interesada, nuestra "arrogancia genocida", es nuestro apoyo incondicional a los crímenes de guerra israelíes, una arrogancia que se ha derrumbado bajo el peso de nuestra complicidad en el genocidio de Gaza.


Dogma alemán y realidad alemana

Me encantó crecer en la Alemania Occidental de los años ochenta y principios de los noventa. Siendo mitad alemana y mitad francesa, tenía una vaga idea de la nacionalidad y de por qué debía sentirme orgullosa de ser lo que mi pasaporte decía que era. Por eso, me alegraba que Alemania pareciera diferente de otros países, aparentemente menos preocupada por el orgullo nacional. Que, después de dos guerras mundiales catastróficas, no tuviéramos que exhibir nuestra bandera por todas partes como los estadounidenses. Éramos una sociedad reformada, sobria. No más nacionalismo, no más guerras, no más genocidio. Si nos sentíamos orgullosos de ser alemanes, era porque estábamos orgullosos de nuestro «patriotismo constitucional» y de nuestros nuevos valores humanistas de la posguerra.

En nuestra infancia, la historia reciente de los alemanes tenía una gran importancia. Sabíamos que los alemanes habían sido sádicos, odiosos e incluso genocidas en el pasado. Sabíamos por qué los supervillanos del cine, desde Dr. Strangelove hasta Hans Gruber, eran naturalmente alemanes. En la escuela, aprendimos todo sobre el genocidio de los judíos, con notas a pie de página sobre el genocidio romaní, la Operación T4 y, dado que yo asistía a una escuela católica, la persecución de la Iglesia católica. (Sin embargo, no se mencionó a las innumerables víctimas eslavas de la Alemania nazi; estas permanecieron firmemente fuera del alcance de la conciencia). Un superviviente del Holocausto vino a la escuela para darnos un relato de primera mano de los horrores indescriptibles a los que el pueblo judío había sido sometido. Leímos Ana Frank. Memorizamos el poema sobre el Holocausto de Paul Celan, "Todesfuge", con el estribillo inquietante de que "La muerte es una maestra de Alemania". Vimos La lista de Schindler en una excursión escolar al cine. Vimos cómo se instalaban los primeros monumentos conmemorativos "Stolpersteine" en los años 90. La obra de teatro de nuestra escuela fue, naturalmente, la alegoría nazi de Eugène Ionesco, Rinoceronte. Cuando nuestro último viaje de estudios nos llevó a Praga, hicimos la parada obligatoria y desgarradora en el campo de concentración de Theresienstadt.

La lección no podría ser más clara: nosotros, como pueblo, habíamos cometido el pecado capital, y debíamos recibir una educación exhaustiva para asegurarnos de que nunca volviera a suceder.

Y, sin embargo, mientras crecía, la actualidad se repetía más que de forma definitiva, ya que una interminable sucesión de actos de terrorismo neonazi recordaba inquietantemente a la última etapa de la República de Weimar: disturbios nazis en Hoyerswerda y Rostock-Lichtenhagen, ataques incendiarios mortales en Duisburg-Wanheimerort, Schwandorf, Mölln, Solingen, Lübeck (dos veces), los asesinatos de Amadeu Antonio, Silvio Meier, Noël Martin, Beate Fischer, Michael Berger y, años más tarde, Marinus Schöberl, la ola de asesinatos de la NSU que duró años, Walter Lübcke, Halle, Hanau y la conspiración de los Reichsbürger, por nombrar solo algunos. Así, mientras veía las noticias por televisión en los años 90, creció en mí la sospecha de que la política de extrema derecha y antisemita no había sido erradicada como nos hicieron creer, sino que estaba en un auge imparable: cada vez más neonazis marchando por las calles, cada vez más políticos de extrema derecha en el parlamento y una amplia simpatía neonazi dentro de la policía, la seguridad del Estado y el ejército.

¿Cómo pudo fracasar tan estrepitosamente un esfuerzo nacional de reeducación de tal magnitud? ¿Cómo es posible que tantos alemanes no aprendieran absolutamente nada y repitieran horrores del pasado?

Perturbado por estos ecos de tiempos oscuros, supe que, como alemán, tenía el deber de seguir formándome tras graduarme. Leí los desgarradores relatos del Holocausto de Elie Wiesel, Victor Frankl, Primo Levi y otros. Leí «Maus» de Art Spiegelman y a Amos Oz. Como muchos alemanes igualitarios y progresistas, me convertí en un admirador de los kibutzim. Visité el recién inaugurado Museo Judío de Berlín y, cuando viajaba, me aseguraba de visitar lugares de memoria. Cuando fui a Israel, visité Yad Vashem; cuando fui a Japón, visité el Memorial de la Paz de Hiroshima. Sabía que nosotros, como alemanes, tenemos el deber especial de estar vigilantes, de asegurarnos de no cometer ni ser cómplices de tales atrocidades.

Sin embargo, poco a poco me di cuenta de que la escuela no nos había enseñado el panorama completo. No recuerdo si aprendimos sobre el genocidio de los herero y los nama en la escuela, o sobre otras atrocidades alemanas. Hoy parece que la Segunda Guerra Mundial eclipsó todo lo demás y se cernió sobre nosotros, singular, sin contexto. Por ejemplo, solo tenía una vaga idea del lado sádico, odioso e incluso genocida del colonialismo europeo. De niño, me enorgullecía que mi cumpleaños coincidiera con el día en que Cristóbal Colón había "descubierto" el "Nuevo Mundo". Y aunque el colonialismo no hubiera sido del todo bueno, Alemania, por una vez, parecía tener poco que ver con esas atrocidades. Solo más tarde, a través de mis lecturas y viajes, comprendí cuán limitada era esa interpretación histórica.

Al eliminar el rico contexto histórico del Holocausto, la narrativa alemana de posguerra creó una singularidad fuera del espacio y el tiempo, un agujero negro. Desapareció la conexión con las atrocidades coloniales, la continuidad con el genocidio de los indígenas americanos y el genocidio armenio, y también la inspiración que el Destino Manifiesto estadounidense y la ciencia racial y la legislación angloamericanas brindaron a las leyes raciales alemanas y a la ideología del Lebensraum. Parafraseando la memorable frase del historiador Fritz Fischer: «Hitler war kein Betriebsunfall» – Hitler no fue un accidente. Y, convenientemente, también desapareció la continuación encubierta del nazismo después de la guerra.


La conmemoración como distracción

Ante esta historiografía deficiente, comencé a reevaluar el procesamiento posbélico de nuestro pasado nazi («Vergangenheitsbewältigung»), concretamente nuestra ostentosa «cultura de la memoria» (famosamente ridiculizada como «teatro de la conmemoración» por el sociólogo judío Y. Michal Bodemann). En el centro de esta narrativa se encuentra nuestra «culpa colectiva». Este mantra, repetido con frecuencia, no era más que una farsa: ningún alemán que yo conozca se ha sentido personalmente culpable de los crímenes nazis. ¿Cómo podría uno sentirse culpable por algo que ocurrió décadas antes de nacer? Pero al plantear nuestra relación como culpa en lugar de responsabilidad, realizamos un truco de magia: nuestra relación con el Holocausto se presentó como nuestro pasado, no como nuestro presente. La ecuación era simple, incluso elegante: al centrarnos obsesivamente en nuestros crímenes históricos, nos distanciábamos simultáneamente de ellos, como si contempláramos fascinados un objeto extraño, congelado en el tiempo, y por lo tanto, inequívocamente pasado y separado.

Pero la cultura de la memoria no solo nos separó, paradójicamente, de nuestra abominable historia, sino que también sirvió como una manera conveniente de encubrir nuestro presente de extrema derecha con una expiación performativa. Una consecuencia de la primera ecuación fue: dado que éramos tan hiperconscientes de nuestro pasado nazi, era imposible que aún tuviéramos un problema con el nazismo . Y así sucedió que, en las décadas de la posguerra, nuestro pasado nazi fue barrido bajo la alfombra en lugar de ser procesado, con poca o ninguna rendición de cuentas para los perpetradores. La "desnazificación", al menos en Occidente, reintegró sin problemas a muchísimos nazis no reformados en la política, el poder judicial, el ejército, la policía, los servicios de inteligencia y los negocios.

Significativamente, el Día de la Liberación (8 de mayo, fecha de la capitulación de la Alemania nazi), que se celebraba en gran parte de Europa, incluida Alemania Oriental, no era festivo en Alemania Occidental, que optó por celebrar el 17 de junio, aniversario del levantamiento popular de Alemania Oriental en 1953. De hecho, la primera vez que un funcionario de Alemania Occidental se refirió al 8 de mayo como un «día de la liberación» fue el presidente Richard von Weizsäcker en un discurso de 1985, cuarenta años después de la guerra, e incluso entonces, esta denominación causó un escándalo. Más de treinta parlamentarios boicotearon el discurso presidencial indignados por su osadía al llamar «liberación» a la derrota del régimen nazi, mientras que una mayoría silenciosa parecía seguir considerándolo más bien una causa perdida, o al menos una vergüenza. Claramente, la carga estética de la culpa por el Holocausto no era profunda. Ante esta mentalidad, la continuidad y el eventual resurgimiento de la política y la violencia de extrema derecha en años posteriores parecían naturales.

La conmemoración al estilo alemán, entonces, no era más que una puesta en escena histórica similar a una visita a una feria renacentista. Podíamos leer decenas de libros, ver series de televisión y documentales sobre el Tercer Reich sin asumir la responsabilidad del antisemitismo, el racismo y la violencia, muy reales, que los alemanes seguían produciendo en su país y fomentando en el extranjero. Se trataba de dar por zanjado nuestro vergonzoso pasado y eximirnos de afrontar nuestro presente.

Pero, quizás lo más insidioso, es que nuestra cultura de la memoria se centró en los criminales en lugar de en las víctimas, quienes a menudo solo figuraban como meros figurantes sin capacidad de decisión, una cifra abstracta —seis millones— tan enorme e industrial que sepultó toda individualidad. Delegamos la atención a los supervivientes del Holocausto mediante el pago de indemnizaciones —más de 80.000 millones de euros— . Y tras haber comprado nuestra tranquilidad, permanecemos ajenos al hecho de que muchos supervivientes del Holocausto viven hoy en una miseria ignominiosa en Israel, porque si las víctimas existen en nuestro proceso de culpa, lo hacen principalmente en tiempo pasado.

Al marginar a las víctimas y centrarnos en nosotros mismos como perpetradores en este teatro de autoflagelación, logramos reinventarnos no solo como criminales reformados, sino como verdaderos ejemplos morales. Dado que éramos el único país del mundo que había afrontado heroicamente su horrendo pasado, nos sentíamos superiores a los demás. Desarrollamos la autosuficiencia del pecador reformado que sermonea a otros sobre moralidad sin reflexionar profundamente sobre las lecciones que deberíamos haber aprendido de los crímenes de nuestros antepasados. Nuestra performativa «culpa colectiva» se había convertido, por lo tanto, en «arrogancia genocida».


El proisraelismo como escudo

La creación del Estado de Israel en 1948 fue otro acontecimiento crucial que nos permitió dejar atrás el pasado. Si bien habíamos masacrado a los judíos europeos, ahora los supervivientes habían seguido adelante. Había visto esta narrativa en Yad Vashem, el museo y memorial nacional israelí del Holocausto, que no solo muestra el horror del Holocausto, sino que también presenta a Israel como el final feliz, donde el pueblo judío encontró un hogar seguro en Palestina -Israel. El gobierno alemán y, de forma inconsciente, nosotros como pueblo, hemos adoptado con entusiasmo esta narrativa. No solo refuerza la idea de que nuestro oscuro pasado se ha resuelto con la creación de Israel, sino que se ha convertido en historia, lo que nos hace buenos.

Esa lógica tiene evidentes fallos. Si bien nuestro gobierno afirma que el Holocausto implica la responsabilidad histórica de Alemania en la existencia de un Estado judío, no le preocupa en absoluto que, como acto de expiación por el asesinato de judíos, se confiscaran tierras ajenas , contra la voluntad de sus habitantes, para fundar un Estado judío. Y a ningún alemán parece importarle que no seamos nosotros —los perpetradores y sus descendientes— quienes paguemos el precio territorial de sus crímenes. Alemania habrá pagado la deuda, pero los palestinos fueron expulsados ​​de sus tierras para obtener los terrenos necesarios.

El enfoque en el Holocausto judío también limita convenientemente la responsabilidad de Alemania como Estado a una sola de sus numerosas víctimas de genocidio. Ningún político alemán aboga por la creación de un Estado para los sinti y los romaníes, ni siquiera por el pago de las mismas reparaciones a las víctimas romaníes que a las judías. Sin duda, sería muy costoso para Alemania conmemorar más de uno de sus numerosos genocidios.

La fundación de Israel fue, por lo tanto, desde la perspectiva alemana, una «feliz solución» a su problema judío. Se ignoró por completo la catástrofe que esta «reubicación» provocaría durante décadas para los palestinos. De hecho, la difícil situación de los palestinos es prácticamente inexistente: la mayoría de los alemanes nunca han oído hablar de la Nakba, no se enseña en las escuelas y las cadenas de televisión no emiten películas ni documentales sobre el tema. Cuando buscaba opciones de streaming para mis padres, que no hablan inglés, de películas como Tantura o 5 Broken Cameras, me asombró no encontrar ninguna con doblaje o subtítulos en alemán (aunque no debería haberme sorprendido). El problema es tabú, y si surge en una conversación, enseguida cambiamos de tema.

Así pues, yo, como la mayoría de los alemanes, no tenía ni la más remota idea del conflicto israelo-palestino. Cuando visité Israel en 2016, los palestinos eran invisibles, hasta el punto de que pude cruzar la Cisjordania, ocupada ilegalmente, por una carretera exclusiva para israelíes desde Jerusalén hasta Ein Gedi para darme un baño en el Mar Muerto sin siquiera pensar en quiénes vivían allí ni en qué condiciones. Cuando asistí a una conferencia en la Universidad Hebrea de Jerusalén, desconocía por completo que parte de ella estaba construida sobre territorio anexionado ilegalmente, contraviniendo el Cuarto Convenio de Ginebra.

Todo cambió para mí con los desalojos de Sheikh Jarrah en 2021. Puedo señalar mi momento de revelación con precisión: un video en redes sociales que mostraba a "Jacob de Long Island", quien había llegado a Jerusalén Este para apoderarse de la casa de una familia palestina como su "derecho de nacimiento", pronunciando las impactantes palabras: "Si no la robo yo, alguien más la robará". Me quedé atónito. ¿Qué estaba pasando? ¿Cómo podía ser esto aceptable? Comencé a informarme, como lo había hecho con otros temas. Aprendí sobre los 56 años de ocupación militar y apartheid, los más de 700.000 colonos ilegales y violentos en los territorios ocupados, sobre la "detención administrativa", sobre el bloqueo de Gaza que dura ya 17 años y que mantiene encarcelados a 2,3 millones de personas, sometiéndolas a una "dieta" mientras regularmente "cortan el césped". Me asombró mi anterior ceguera acrítica y mi falta de curiosidad. Había oído hablar de los “campos de refugiados” palestinos, pero nunca pregunté de dónde venían. Supe que estos refugiados y sus descendientes insistían en su derecho —garantizado por los Convenios de La Haya y Ginebra, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas e innumerables resoluciones de la ONU— a regresar a sus tierras usurpadas en el actual Israel, a las más de 500 aldeas “despobladas” y borradas. Un derecho de retorno por el que los gazatíes habían marchado pacíficamente, solo para ser atacados desde el otro lado del muro, con soldados de las FDI burlándose de la cantidad de rodillas que habían disparado. Supe que la existencia de estas aldeas había sido borrada por los nuevos bosques de pinos plantados por el Fondo Nacional Judío, e incluso por algunos de los kibutzim que tanto admiraba. Supe que, sin darme cuenta, había pasado por una de estas aldeas borradas, Deir Yassin, lugar de una de las masacres israelíes más sangrientas, cuando visité Yad Vashem. Una vez que se percibe la disonancia cognitiva, es imposible ignorarla. Lloré desconsoladamente en Yad Vashem al ver los zapatos de los niños asesinados, y lloro las mismas lágrimas por los niños asesinados en Gaza.

Como alguien que creció en Alemania, entiendo la psicología que subyace a esta ceguera colectiva. Desde dentro, el apoyo incondicional e incuestionable de Alemania a Israel, hasta el punto de convertirlo en un "propósito nacional" ("Staatsräson") (legalmente cuestionable), no solo es una salida fácil para un examen más profundo de nuestro brutal pasado. Israel también nos proporcionó otro conjunto de ecuaciones que corroboraban la primera: puesto que somos "proisraelíes", no podemos ser antisemitas (ya). (Sin importar que declarar que el Estado de Israel es el judaísmo reificado sea, en sí mismo, un burdo estereotipo). De hecho, puesto que somos el país más proisraelí, debemos ser el menos antisemita, ¡somos antiantisemitas! Y puesto que no somos antisemitas, tampoco somos de extrema derecha. El canciller alemán Friedrich Merz usó esa táctica cuando derramó lágrimas por el Holocausto y pronunció un discurso de "Nunca más" (se aplican términos y condiciones). Es cierto que, a nivel nacional, se está acercando cada vez más al partido de extrema derecha AfD y, a nivel internacional, apoya con entusiasmo el genocidio de Gaza, pero si llora en una sinagoga, no puede ser de derechas, ¿verdad?

Peor aún, la falaz equiparación de antiisraelí con antisemita significó que ahora todo aquel que se opone a Israel es el nuevo antisemita. Y con ese truco, de hecho, pusimos fin a la era del supervillano nazi y le pasamos la responsabilidad del antisemitismo actual a los manifestantes "islamistas" (ignorando que muchos de ellos son judíos), como si el antisemitismo de extrema derecha no siguiera siendo un problema muy alemán: más del 90 por ciento de los delitos antisemitas en Alemania son cometidos por personas con antecedentes de extrema derecha. En ese sentido, ampliar la definición de antisemitismo, desde el tradicional "Judenhass" hasta abarcar el rechazo o la crítica al Estado de Israel, como sugiere la controvertida definición de la IHRA, es también una manera conveniente de minimizar el problema del Estado alemán con el antisemitismo "autóctono". Mientras el Estado aumenta el número de incidentes que califican como antisemitas, diluye la fracción atribuible al extremismo de derecha alemán y hace que el antisemitismo parezca un problema "importado", proporcionando así una excusa barata para encubrir nuestro racismo antimusulmán bajo el manto de la lucha contra el antisemitismo.


El coste de nuestros mitos

Parece, sin embargo, que toda esa comodidad para nosotros tiene un precio, no solo para los palestinos y quienes los defienden. ¿Acaso somos buenos amigos del pueblo judío si nos centramos en Israel en lugar de en la creciente ola de violencia antisemita de extrema derecha en Alemania, una violencia que nuestro gobierno no solo fomenta, sino que también perpetra? Porque, una vez más, el Estado alemán se vuelve contra los judíos. Prefiere cancelar eventos escolares con sobrevivientes judíos del Holocausto; cancelar una ceremonia de premiación para un galardonado judío que estableció paralelismos entre Gaza y el gueto de Varsovia; retirar la invitación a profesores visitantes judeoamericanos; congelar los activos de asociaciones judías; arrestar a manifestantes judíos por portar pancartas como «Como judío e israelí, detengan el genocidio en Gaza» o «Judíos contra el genocidio»; hacer que la policía antidisturbios irrumpa en un evento judío, que, aparentemente, también es «islamista»; prohibir hablar hebreo; todo en nombre, al parecer, de la «lucha contra el antisemitismo». Berlín, cuya brutalidad policial ha causado alarma en la ONU, el Consejo de Europa y Amnistía Internacional, está especialmente interesada en reprimir la disidencia. Supongo que la policía alemana, si pudiera, también arrestaría a los demandantes que llevaron a Alemania a juicio en La Haya por complicidad en el genocidio israelí (aunque los alemanes probablemente no conozcan el caso, que los medios alemanes no parecen considerar noticia).

Es fácil quedarse atrapado en esta lógica retorcida cuando uno crece inmerso en ella. Afortunadamente, he vivido fuera de Alemania durante dos décadas, una experiencia que me ha brindado la distancia y el espacio necesarios para la introspección y la autoconciencia. Me di cuenta de que mi educación alemana había obstaculizado mi capacidad para reconocer cuán violentamente choca nuestra actitud con la visión externa. Especialmente la gente del mundo poscolonial, donde Alemania todavía es vista como el genocida en serie que solía ser, percibe su actual implicación en la destrucción de Gaza como una continuación natural de ese legado criminal. Pero los políticos alemanes, que se enorgullecen de su supuesta moralidad suprema, están realmente desorientados cuando el Sur Global (incluida Namibia, antigua colonia alemana y víctima de genocidio) expresa su consternación porque Alemania no ha aprendido de su pasado. Según la autopercepción alemana, ser descendientes de genocidas nos da derecho a explicar a las víctimas de atrocidades que lo que están sufriendo, en realidad, no es un genocidio. Deberíamos saberlo, somos los poseedores del récord mundial.

Parece que la tentación de desviar la atención de nuestra propia problemática neonazi y pretender una superioridad moral vilipendiando a cualquiera que critique el genocidio en curso o, incluso, cualquier sentimiento propalestino, es demasiado grande. Pero esta artimaña se está desmoronando ante sus consecuencias ridículas. ¿Somos los alemanes realmente los mejores árbitros del antisemitismo? ¿Son antisemitas los estudiosos judíos del Holocausto y el genocidio por describir la guerra de Israel contra los palestinos como limpieza étnica y genocidio? ¿Son también antisemitas los supervivientes del Holocausto que calificaron de genocidio el bombardeo de Gaza en 2014? ¿Son antisemitas los rabinos que dicen que Gaza fue un genocidio? ¿Es antisemita el exjefe de inteligencia israelí Avraham Shalom cuando compara la ocupación de los territorios palestinos con la ocupación nazi de Europa del Este? ¿Son antisemitas los pueblos indígenas y los grupos de defensa de los derechos de las personas negras cuando establecen paralelismos entre su propio sufrimiento y el trato que Israel da a los palestinos? ¿ Son antisemitas Desmond Tutu o Jimmy Carter cuando establecen paralelismos entre el régimen del apartheid de Sudáfrica y la ocupación israelí?

Por cierto, el silenciamiento selectivo de las voces judías es una tradición tan antigua como la propia Alemania de posguerra. Demasiado tarde, descubrí que muchos de los héroes literarios de mi juventud también eran antisionistas. Pero el antisionismo de Primo Levi, que le valió la condición de persona non grata en Israel, se omitió convenientemente en el discurso alemán, al igual que el de Viktor Klemperer, cuyos conmovedores diarios sobre la vida de un judío en la Alemania nazi leí con profunda tristeza, pero cuyo temor al sionismo, que comparaba con el nazismo, permaneció oculto en el discurso alemán. En ese sentido, nada parece haber cambiado.

En resumen, ¿acaso todos somos antisemitas, incluyendo a los numerosos judíos e indígenas que se han manifestado en contra del genocidio, excepto nosotros, los alemanes blancos, y el gobierno israelí de extrema derecha, sádico, lleno de odio e incluso genocida, compuesto por defensores expansionistas del etnoestado que exigen que las fronteras de Israel se extiendan hasta Damasco y afirman que los palestinos deberían ir a Arabia Saudita? ¿Acaso compramos nuestra carta de inmunidad antisemita vinculando nuestro destino a un gobierno extremista cuyo partido gobernante proclamó ya en su acta fundacional de 1977 que «entre el Mar y el Jordán solo habrá soberanía israelí»? Si queremos solidarizarnos con el pueblo judío, ¿por qué apoyamos a Benjamin Netanyahu, Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich cuando podríamos apoyar a Edith Bell y Gabor Maté, Judith Butler y Kenneth Roth, Jeffrey Sachs e Ilan Pappé, Amira Hass y Gideon Levy, y a muchísimos otros que se oponen al estado de apartheid genocida de Israel?

Incluso si definimos nuestra razón de Estado como «Israel, con razón o sin ella», ¿implicaría eso ser fieles seguidores del actual gobierno israelí? ¿Acaso ayudamos al pueblo israelí si apoyamos un régimen sin una estrategia de salida, un culto a la muerte que no solo está desgarrando al Estado israelí desde dentro, sino que además lo está convirtiendo en un paria internacional? Irónicamente, nuestra postura «proisraelí», egoísta y moralista, corre el riesgo de perjudicar a los israelíes y a su Estado.

Y, aún más irónicamente, el grupo que mejor ve a través del desgastado espectáculo de la culpa es precisamente la misma extrema derecha a la que nuestro gobierno ha mimado y dejado pudrirse en la sombra desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Los neonazis disfrutan ridiculizando el "Schuldkult" o "culto a la culpa" alemán. El teatro de la conmemoración, por lo tanto, no solo es ineficaz, sino que, por su flagrante hipocresía, incluso sirve como herramienta de reclutamiento para los nazis más fanáticos.

El peso colosal del genocidio que se está produciendo en Gaza está destrozando todos nuestros mitos simplistas, obligándonos a reexaminar nuestro dogma histórico. Se necesita mucha ignorancia sobre la masacre perpetrada contra los palestinos para desestimar las voces fuertes y conscientes que claman: «¡Nunca más para todos!». También se necesita mucha ignorancia sobre nuestra propia historia. Somos una nación con un variado historial de atrocidades: los herero y los nama, los maji-maji, la violación de Bélgica, el gas venenoso en Flandes, la complicidad en el genocidio armenio, Guernica, los judíos, los sinti y los romaníes, los comunistas, las comunidades LGBTQ+, las personas con discapacidad, los prisioneros de guerra polacos y soviéticos , el Blitz y los cohetes V2 sobre Londres. ¿Cómo podemos, con toda esta historia de crímenes de lesa humanidad de la que aprender, proclamar con tanta seguridad la lección errónea y particularista de que algunos genocidios están permitidos?

Necesitamos cambiar de rumbo urgentemente. Porque si no lo hacemos, cuando se escriba la historia de la Alemania del siglo XXI , el tratamiento hipócrita de su pasado nazi se identificará como una contribución crucial a su retroceso hacia el fascismo. El tiempo se agota mientras presenciamos la ola de antisemitismo e islamofobia de extrema derecha, la transformación de nuestra policía en una Sturmabteilung y la toma del poder por parte del fascismo en nuestra política. Tal como están las cosas, temo que, cuando se abra un futuro Yad Vashem del genocidio de los palestinos, la muerte seguirá siendo la dueña desde Alemania.



* Publicado en Mondoweiss, 18.05.26. Frédéric Schneider es economista e investigador sénior del Consejo de Asuntos Globales de Oriente Medio.

Estallido de 2019: el "giro" de 360°


Plaza Dignidad, marcha del 1 de noviembre de 2019.


El texto que aquí se comparte fue escrito en 2019, en torno al espíritu y los sucesos del Estallido Social. Al calor de las protestas la élite no escatimó esfuerzos, como más abajo se leerá, en hacer un público e hipócrita mea culpa. En su momento temieron que por fin pagarían sus culpas, pero muy pronto se dieron cuenta de que aquello estaba lejos de ocurrir... Pudieron seguir, hasta la fecha, su fiesta en paz.

Hace dos años su autor reenvió su escrito a quienes estamos en su base de datos y afirmaba que tras ese tiempo "pareciera no haber sucedido nada" en Chile. Efectivamente, en 2025 todo había vuelto a la (a)normalidad: el Rechazo había ganado por paliza, la ultraderecha se apropió del 2do. proceso constitucional y, la guinda de la torta, Kast ganaba la presidencia por amplio margen y con mayoría derechista en el Congreso. Todo ello mientras se mantenía el modelo intacto y para asegurar que siguiera así.

El Estallido social ya es un recuerdo confuso y lejano para los propios chilenos no millonarios.


§§§




"Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, 
que no respeta a nada ni a nadie"
Presidente Sebastián Piñera (20.10.19) [1]


Hervi Lara


La Escuela de Economía de la Pontificia Universidad Católica de Chile fue el lugar de nacimiento del sistema económico imperante y que ha provocado las enormes desigualdades que sólo ahora están siendo reconocidas por quienes ejercen el poder.

Dicho poder de la élite dominante ha sido resguardado por la Constitución de 1980, nacida al alero de la Facultad de Derecho también de la Pontificia Universidad Católica de Chile. De allí egresaron los “Chicago Boys” y los “gremialistas” que dieron origen a la Unión Demócrata Independiente [UDI] así como a gran parte del resto de los partidarios y ejecutivos del actual gobierno [Piñera II: 2018-2022].

El “estallido popular” a partir del 18 de octubre y que se ha mantenido durante dos meses hasta hoy, ha permitido que la élite dominante (confluencia de “Chicago Boys” y “gremialistas” herederos de Jaime Guzmán), se haya visto obligada a reconocer las desigualdades e injusticias que han imperado en Chile y que se han agudizado con la imposición a sangre y fuego del sistema de economía de mercado. Y la misma élite también se ha visto obligada a reconocer (con los dientes apretados) que la Constitución de 1980 ha sido el muro de contención para la realización de transformaciones estructurales que permitan que la gran mayoría de la población pueda tener una vida digna de personas humanas. Dicen no haberse dado cuenta del infierno que construyeron al lado de sus paraísos.

Hans Eben, director de CENCOSUD, ha señalado que “nos enseñaron la teoría económica de Milton Friedman, y uno de sus postulados es que la única responsabilidad social de una empresa es involucrarse en actividades que aumenten la utilidad de la empresa”. Para agregar que “creímos que el crecimiento a cualquier costo era válido”.

Otros empresarios y directores de empresas han dicho haber reflexionado sobre el estallido social, reconociendo “abusos y malas prácticas”, lo cual les estaría enseñando “una renovada ética” (sic), según ha indicado el empresario Nicolás Ibáñez. Por su parte, Cristián Armas, gerente general de Empresas Armas, ha afirmado que “no hay que considerar sólo las variables económicas, sino todas aquellas que afectan la dignidad de la gente”. Se suma al nuevo “nunca más” Claudio Melandri, presidente de Santander, quien sólo ahora se ha dado cuenta de que “muchas de las certezas sobre las que cimentamos nuestras rutinas hasta hace una semana, hoy parecen estar resquebrajadas”. (El Mercurio, 27.20.19, Cuerpo B, p. 9).

La élite chilena ha estado conectada a las élites de EE.UU. y de Europa Occidental y no se ha percatado de lo que acontece en Chile. Desde sus condominios cordilleranos se traslada al aeropuerto sin ver su propio país. Ni siquiera se había dado cuenta de los datos de la OCDE que señalan que Chile se sitúa por debajo del promedio del resto de los países integrantes en ingresos, salud, empleo, salarios, educación, vivienda, calidad de vida y de trabajo, comunidad, seguridad, medio ambiente, bienestar subjetivo y compromiso cívico. Tampoco se habían dado cuenta de que el 9,7% de los empleados tiene jornadas de trabajo que superan las 50 horas semanales de promedio. Ni que la pensión promedio para los ancianos es de $207.000 y el 50% de los pensionados recibe menos de $151.000. No se habían percatado de que el 50% de los trabajadores gana menos de $400.000. Ni que, según datos de la CEPAL, el 1% de la población es poseedora del 26% de la riqueza nacional.

Lo anterior lo reafirma Bernardo Larraín Matte, presidente de la Sociedad de Fomento Fabril (SOFOFA), que reúne al gran empresariado, al confesar que “se llegó a este profundo nivel de destrucción porque nos faltó mirar más de frente y solucionar elementos como la incertidumbre en el diario vivir”. Agrega que otro factor es que “no se han enfrentado con decisión las desigualdades injustas y arbitrarias” (sic) porque “en el pasado estuvimos muy encerrados en nuestras empresas”. (El Mercurio, 17.11.19, Cuerpo B, p. 4).

Richard von Appen, presidente del grupo Ultramar (puertos, minas de carbón, etc.), ha reconocido que “los empresarios hemos tenido una falta de humildad. (…) Dejamos de escuchar, especialmente, a nuestra gente dentro de las empresas” porque “pasó algo donde la codicia tiene algo que ver”. (El Mercurio, 03.11.19, Cuerpo B, p. 5). Esto es cierto, porque hace un año atrás, los estibadores de los puertos de propiedad de von Appen debieron hacer una huelga para que se les concediera media hora para almorzar.

Andrónico Luksic, presidente de Quiñenco, dueño del Banco de Chile, de Canal 13, minas de cobre, entre otros “logros”; y generoso donante de campañas políticas dada su condición de ser uno de los más ricos del mundo, desde su faraónica situación ha dado “el vamos” a sus pares y a sus subordinados al afirmar que “para salir de la crisis se necesitan acciones concretas: fijar correctamente las prioridades y recursos, y que aquellos que podemos, ayudemos a pagar la cuenta”. (El Mercurio, 26.10.19, Cuerpo B, p. 7). No obstante el aparente reconocimiento de sus responsabilidades, el gran empresariado no ha hecho referencia a dialogar con el pueblo y los dirigentes de organizaciones representativas como son los gremios de la educación y de la salud, el movimiento NO+ AFP, ANEF, CUT, feministas, ecologistas, etc., que han instaurado la Mesa de Unidad Social. Las cúpulas de los partidos políticos de oposición al gobierno continúan en sus juegos de poder. El gobierno ha perdido el rumbo y pretende desligarse del conflicto trasladándolo a los partidos e instalando a algunos ministros con caras amables. 

En síntesis, las élites se niegan a dialogar con el pueblo, no porque “no entiendan el estallido social, sino porque lo han entendido muy bien y se niegan a dejar sus cuotas de poder y sus privilegios”.

Frente a este panorama de cinismo de las élites, no resulta extraño que se mantengan las manifestaciones de cuestionamiento hacia el gobierno, el gran empresariado y la dirigencia de los partidos políticos. Ellos han continuado en sus respectivos “autismos”. El pueblo no confía ni en los partidos políticos ni en los representantes del gobierno, porque ambas instancias están implicadas con el gran empresariado y las corporaciones transnacionales. Menos confianza existe en el gran empresariado y en sus “guardias pretorianas”. El extendido malestar popular expresa un deseo de cambios radicales y no simples acuerdos de cúpulas presionadas por la ineptitud del poder ejecutivo y la prepotencia de las FFAA y Carabineros que, veladamente, muestran su autonomía y amenazan con asumir el poder. Mientras, dejan actuar a saqueadores y narcotraficantes, para así justificar e intensificar la represión en contra de manifestantes conscientes de sus derechos.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha publicado en su reciente Informe (05.12.19) que ha constatado 3.400 heridos en manifestaciones; 352 personas con lesiones oculares; abusos sexuales, uso excesivo de la fuerza; torturas y miles de detenidos. Los rescatistas voluntarios encargados de atender a los heridos en situaciones conflictivas, tampoco han sido respetados por Carabineros. No obstante, el alto mando de la institución policial insiste en afirmar que su personal ha actuado cumpliendo los protocolos establecidos.

Tras el informe de Amnistía Internacional, cuya minuciosa investigación comprobó sistemáticas transgresiones de derechos humanos, el alto mando de las FFAA reaccionó con una virulenta declaración desmintiendo las acusaciones. Curiosamente, días más tarde, la directora ejecutiva de Amnistía Internacional en Chile fue amenazada de muerte.

Human Rights Watch señaló en su respectivo informe que “la forma en que los carabineros han actuado en estas protestas, y también en el pasado, refleja problemas estructurales muy serios que explican su brutalidad e incompetencia”. (El Mercurio, 24.11.19, Cuerpo D, p. 4).

El pensador español Manuel Castells, en visita a Chile, ha compendiado el estallido social en el término dignidad, señalando que “sin educación, salud, sueldos mínimos, empleos, la dignidad es un concepto vacío. Dignidad es la más profunda referencia a la calidad de ser humano que tenemos las personas”. (El Mercurio, 17.11.19, Cuerpo D, p. 10).

Dignidad es lo que se grita en las calles de Chile. Pero el gobierno no escucha porque no conoce ese término. Piñera ha declarado la guerra al pueblo de Chile, personificándolo como “enemigo poderoso e implacable”. Posteriormente, ha pedido perdón y ha ofrecido una supuesta “agenda social”, anunciada el 22 de octubre y que hasta hoy no ha sido implementada. Tampoco dicha agenda social solucionará los problemas planteados por el pueblo. Este exige transformaciones sustantivas de la estructura política, social, económica y cultural, para que se garanticen la salud, la educación, las pensiones, el derecho al agua, entre muchos otros. Ello significa terminar con las AFP y los intereses abusivos de los bancos; juzgar y condenar a los personeros públicos y privados corruptos; poner fin a “zonas de sacrificio”; devolver a los chilenos el mar, los recursos mineros y las empresas estatales saqueadas por partidarios de Pinochet; establecer condiciones habitacionales y laborales que permitan a todos vivir como seres humanos.

Es lo que debería haberse realizado desde 1990. Pero la Concertación de Partidos por la Democracia, bajo la tuición de EE.UU., acató el pacto con el gran empresariado y las FFAA de mantener la Constitución de 1980, la economía de mercado y la impunidad de Pinochet. La democracia “en la medida de lo posible”, considerada como mal menor, ha sido el inicio de la posterior tragedia.

Oculto a la exposición pública, Piñera ha sido acusado de ser el responsable de las violaciones a los derechos humanos por parte de Carabineros y de las FFAA mientras estas estuvieron en las calles en Estado de emergencia. Además, Piñera ha sido acusado del traspaso de US$500 millones a paraísos fiscales sin haber pagado los impuestos correspondientes en Chile. Piñera es egresado de la Escuela de Economía de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

En el libro La doctrina del shock (Paidós, Buenos Aires, 2008, pág. 159), Naomi Klein plantea que “después del trascendental viaje de Milton Friedman a Chile en 1975, el columnista del New York Times, Anthony Lewis formuló una pregunta tan sencilla como incendiaria: 'Si la teoría económica ortodoxa de Chicago sólo se puede poner en práctica en Chile mediante el recurso de la represión, ¿tienen sus autores algún tipo de responsabilidad por ello?'”.


NOTA DEL BLOG:

[1] Piñera había entrado a La Moneda como corrupto y esas palabras no fueron dichas en vano: salió del Palacio, además, como violador de derechos humanos. Sin embargo, primero Boric, quien en campaña le había "avisado" que se presentarían cargos en su contra, no cumplió su palabra; y, luego con su muerte la élite, lo beatificó ante la opinión pública. Mientras este escrito se publica aquí, está en pleno desarrollo el caso del corrupto abogado Luis Hermosilla, quien en declaraciones recientes ante la Fiscalía implicó a Piñera en sus crímenes. Tal vez se vendrá un proceso de desbeatificación... Ojalá.





* Publicado en El Ciudadano, 12.12.19.

Ilan Pappé: entre ser una democracia o un Estado judío, Israel eligió lo segundo





Chiara Cruciati


Había el sábado pasado [25.11.23] una larga cola frente a la Biblioteca de la Universidad de Génova: cientos de personas esperaban para asistir a una charla con el historiador israelí Ilan Pappè, organizada por BDS [grupo de resistencia pacífico que propugna el boicot, las desinversiones y sanciones a Israel] Génova, Assopace y Tamu Edizioni. Pudieron entrar setecientas; el resto tuvo que quedarse fuera. Se trataba de un acto muy esperado con uno de los principales exponentes del mundo académico israelí y de un contrarrelato basado en investigaciones históricas irrefutables.

"La historia enseña que la descolonización no es un proceso fácil para el colonizador", afirmó Pappé al término del largo debate. "Pierde sus privilegios, tiene que devolver las tierras ocupadas, tiene que renunciar a la idea de un Estado nacional monoétnico. Los pacifistas israelíes creen que un día se despertarán en un país igualitario y democrático. No será tan sencillo, los procesos de descolonización son dolorosos: la paz comienza cuando el colonizador acepta desbaratar sus propias instituciones, constitución, leyes, distribución de recursos. El día que termine la colonización de Palestina, algunos israelíes preferirán irse, otros se quedarán en un territorio libre en el que ya no serán carceleros de nadie. Cuanto antes se den cuenta los israelíes de esto, menos sangriento será este proceso. En cualquier caso, la historia siempre está del lado de los oprimidos, todo colonialismo está destinado a terminar".

Chiara Cruciati, periodista de Il manifesto, entrevistó al profesor Pappé al margen del acto.

-Durante años se ha hablado de la "gazificación" de Cisjordania: el asedio de Gaza como modelo para gestionar las islas palestinas en que Israel ha dividido Cisjordania. ¿Sucederá ahora lo contrario? ¿Se convertirá Gaza en Cisjordania?

-No creo que Israel tenga un plan en este momento. Hay varias opciones. Una es la creación en Gaza de una especie de Área A- o B+: la idea de los "moderados", como Gantz y Gallant, es confiar un trozo de la Franja a la Autoridad Nacional Palestina y crear una zona tampón de 5-7 kilómetros. Es una idea ridícula: Gaza apenas tiene 12 kilómetros de ancho en su parte más ancha. La otra opción, la de la ultraderecha gobernante, es una limpieza étnica lo más amplia posible, expulsando a los palestinos a Egipto, o como mínimo al sur de Gaza, y llevando a los colonos al norte. 

Es demasiado pronto para saber qué ocurrirá, al igual que es demasiado pronto para saber cómo reaccionará el mundo, si habrá una guerra en el norte con el Líbano, o si esto provocará una intifada en Cisjordania.

-Tras negar la Nakba durante 75 años, hoy el gobierno israelí la menciona abiertamente, habla de una Nakba 2023, de la necesidad histórica de la expulsión. Este abandono de toda moderación, incluso verbal, al plantear la limpieza étnica como solución, ¿de dónde procede?

-Los que negaban la Nakba eran el centro y la izquierda. La derecha nunca la negó, sino todo lo contrario: estaban orgullosos de ella. Así que no es sorprendente que utilice este término. La otra razón es que Israel trata el 7 de octubre como un acontecimiento que lo ha cambiado todo; ya no siente que tenga que ser cauto en su discurso racista, al hablar de genocidio y limpieza étnica. Percibe el 7 de octubre como una luz verde para actuar.

-El crecimiento gradual pero inexorable de la ultraderecha israelí en los últimos treinta años nos lleva a observar una evolución del sionismo de tendencia religiosa. Las declaraciones de miembros del gobierno, empezando por Netanyahu, que invocan la Torá para justificar las barbaridades y las políticas de Ben Gvir y Smotrich, son un ejemplo de ello. ¿Qué es hoy el sionismo? ¿Se puede ver un proceso de implosión en esta evolución?

-Antes incluso del 7 de octubre, no se trataba ya de sionismo. Iba más allá, hacia un judaísmo mesiánico. Esta gente, como los fanáticos islamistas, cree que tiene a Dios de su parte. Se trata de una evolución ideológica que ha dominado al sionismo pragmático y liberal, arrastrándolo consigo. Hoy nos enfrentamos a una ideología judía mesiánica, racista y fundamentalista que no sólo cree que Palestina pertenece sólo al pueblo judío (como afirmó Netanyahu con la Ley del Estado-Nación de 2018), sino que piensa que tiene licencia moral para matar y expulsar a todos los palestinos. Se trata de una evolución ideológica extremadamente peligrosa. 

Antes del 7 de octubre, la sociedad israelí ya experimentaba un choque abierto entre el sionismo secular y el sionismo religioso. Ese enfrentamiento resurgirá y demostrará que lo único que mantiene unidos a los israelíes es el rechazo a los palestinos. 

Para el sionismo, éste es el principio del fin: un proceso de veinte o treinta años en términos históricos. Ocurrirá porque se trata de una ideología colonialista en un mundo que va hoy en otra dirección. Si el sionismo hubiera surgido hace dos o tres siglos, probablemente habría logrado el objetivo de eliminar a la población indígena, como ocurrió en Australia y los Estados Unidos. Pero apareció en un momento en que el mundo ya había rechazado el concepto de colonialismo y los palestinos ya habían desarrollado su identidad nacional.

-¿A qué se debe el giro a la derecha de la sociedad israelí tras el asesinato de Rabin y el impulso pacifista que anima a un amplio sector de la población?

-Ser sionista liberal siempre ha sido problemático. Tienes que mentirte a ti mismo todo el tiempo, porque no se puede ser socialista y colonizador a la vez. La sociedad se cansó de ello, se dio cuenta de que tenía que elegir entre ser democrática y ser judía. Eligió la naturaleza judía. Decidió que la prioridad era establecer un Estado racista, en lugar de compartirlo con los palestinos. Era inevitable, una consecuencia lógica del proyecto sionista. El Israel de hoy es mucho más auténtico que el Israel de los años 90.

-El 7 de octubre representó una ruptura traumática para la sociedad israelí. La cuestión palestina había quedado relegada a un segundo plano, "gestionada", como suele decir Netanyahu. ¿Podría esta conmoción dar lugar a una toma de conciencia de la necesidad de una solución política?

-Llevará tiempo. El futuro inmediato estará marcado por el odio y el impulso de venganza. Será difícil hablar de una solución de dos o un Estado. A largo plazo, sin embargo, es posible que Israel comprenda que los palestinos no van a ir a ninguna parte y no se van a quedar callados, haga lo que haga Tel Aviv. 

Mucho dependerá de Europa y los Estados Unidos: si siguen sin ejercer ninguna presión, será difícil que se oigan las voces más razonables de Israel. La sociedad civil no es suficiente; necesitamos que cambien los responsables políticos. Este tipo de procesos llevan tiempo, pero es posible que de esta horrenda tragedia salga algo positivo. 

También dependerá de los palestinos, de si pueden unirse, de si se restablecerá la OLP. También hay diferencias entre ellos: los que viven en Cisjordania quieren el fin de la ocupación y la opresión, no están a favor de un Estado. Pero los que viven dentro de Israel lo quieren, al igual que los refugiados de la diáspora, para quienes un Estado significaría que podrían regresar.

-La durísima campaña contra Gaza y el deseo declarado de expulsar a los palestinos ha provocado una reacción masiva de protestas públicas en todo el mundo y en los países del Sur global, en contraste con las posiciones de los Estados occidentales. ¿Estamos asistiendo a un cambio de paradigma a nivel mundial que tendrá efectos a medio y largo plazo?

-Estamos asistiendo a un proceso de globalización de Palestina: una Palestina global que está formada por la sociedad civil, por ciudadanos, por movimientos tan diversos como los movimientos indígenas, Black Lives Matter, los feminismos: en otras palabras, todos los movimientos anticoloniales que puede que sepan poco sobre la cuestión palestina, pero saben lo que significa la opresión. 

Esta Palestina global debe ser capaz de enfrentarse al Israel global, formado por los gobiernos occidentales y la industria militar. ¿Cómo hacerlo? Conectando las luchas contra las injusticias de todo el mundo en una única red. Aquí en Italia, significa luchar contra el racismo.





* Publicado en Sin Permiso, 03.12.23.

Intercambios materiales más allá de lo económico


Bronislaw Malinowski junto a nativos en las islas Trobriand en 1916.


A lo largo de este artículo, profundizaremos en el significado de la tradición kula y exploraremos por qué es considerada como una de las más importantes muestras de la riqueza cultural de la humanidad.


Nota Antropológica


El intercambio de objetos y bienes ha sido una práctica común en las sociedades humanas desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, en algunas culturas, el acto de intercambiar adquiere un significado más profundo y simbólico.

Es el caso de la tradición kula, originaria de las islas Trobriand, en la costa este de Papúa Nueva Guinea. Kula es mucho más que un simple intercambio de objetos de valor material; es una práctica que tiene un profundo impacto en las relaciones humanas y en la vida social de las comunidades que la practican.

Kula, es un intercambio ceremonial que se realiza entre los pobladores de la provincia neoguineana de Milne Bay. Comprende a dieciocho comunidades isleñas del archipiélago de Massim, incluidas las islas Trobriand, e involucra a miles de individuos.

Según los datos ofrecidos por Bronislaw Malinowski —quien documentó la práctica a principios del siglo XX—, los participantes en el kula debían viajar en sus canoas algunos cientos de kilómetros en el sentido en que lo imponía el artículo que se había propuesto intercambiar con otros participantes del circuito.


La institución llamada kula

El kula ha sido fundamental para las teorías antropológicas del siglo XX sobre la sociedad, «primitiva» y moderna, no occidental y occidental, basada en la reciprocidad versus la basada en el mercado y el regalo de mercancías.

El sistema kula es un sistema de intercambio en Melanesia. En este la gente intercambia dos juegos de objetos de concha los cuales tienen valor. Los mwal circulan en contra de las manecillas del reloj y los bagi circulan en sentido contrario, a través de una red de culturas isleñas en el sureste de Papúa Nueva Guinea.


El funcionalismo y la antropología británica

Malinowski inspiró gran parte del funcionalismo en la antropología británica. Asimismo, la reinterpretación de Marcel Mauss pudo haber motivado el estructuralismo y la teoría del intercambio de Lévi-Strauss. Aunque dicha etnografía ha sido reinterpretadas por distintos autores (por ejemplo, Uberoi 1962), los constructos teóricos construidos a partir de Malinowski, Mauss y Lévi-Strauss perduraron hasta la década de 1970 cuando los nuevos hallazgos en kula jugaron un papel en la redefinición de estas teorías.

Aunque había sido parcialmente descrito por observadores de finales del siglo XIX y principios del XX, fue Bronislaw Malinowski quien lo describió bajo su lente antropológica en Los argonautas del Pacífico occidental (1922), una monografía elaborada en la Melanesia y sus habitantes los mailu con el fin de agregar desde la práctica nuevas metodologías antropológicas.

Marcel Mauss reinterpretó inmediatamente los datos de Malinowski en Ensayo sobre el don (1924). Ambas obras aparecieron a medida que la antropología se profesionalizaba y en un momento en que los intelectuales occidentales se vieron obligados a reexaminar certezas eclipsadas por los horrores de la Primera Guerra Mundial.

Aunque Malinowski pensó que estaba describiendo algo único, Mauss habló de instituciones similares a través del tiempo. Juntos, entre ambos formaron el prototipo etnográfico de las teorías sobre la reciprocidad entre el kula y el potlatch.


¿Qué es el kula?

Las islas Trobriand fueron el escenario de la descripción hecha por Malinowski. Kula es una palabra en el idioma de los nativos trobriandeses. Esta palabra pueden usarse como sustantivo o clasificador de sustantivos para contar objetos de valor y como verbo que abarca actividades personificadas por los intercambios de objetos de concha.

Muchas actividades se derivan del kula. Estas van desde la distribución de diferentes productos entre islas ecológica y socialmente diversas hasta la guerra, la brujería y el asesinato. Sin embargo, el propósito expreso de esta institución es crear el «nombre» o la «fama» de una persona, lo que se realiza mediante el intercambio de miles objetos clasificados a lo largo de una «ruta» o línea de personas.

Puede tomar cuatro o cinco años para que un objeto rodee el curso, pero cada año un número menor de objetos de valor siguen a cada uno. Aunque los actores describen el kula como circular, algunos objetos de valor salen del sistema y otros se intercambian con culturas vecinas. De ahí la creación de otros nuevos.

Aunque las reglas de intercambio varían entre las islas, los conceptos básicos son simples. Cuando una persona le da un mwal a otra, el destinatario debe devolver un bagi del tamaño correspondiente. La devolución termina la relación creada por el objeto inicial.

Dado que el nombre o la fama deseados se derivan de las relaciones, los actores luchan por trascender las reglas básicas de intercambio. Lo hacen devolviendo objetos de valor de diferentes tamaños, devolviendo más de lo que deben o retrasando las devoluciones el mayor tiempo posible. Estas estrategias se vuelven muy complejas.

El simple ir y venir de algunos objetos de valor define los lazos entre los más jóvenes de la tribu. Los actores experimentados, sin embargo, se integran en redes tan enredados por nuevos vínculos como por los antiguos redefinidos.

Para crear una relación kula exitosa, la gente construye otras relaciones productivas y de intercambio, uniendo en última instancia la diversidad ecológica y social de un área. Eventualmente, toda una comunidad fluye hacia una persona exitosa. En consecuencia, todos los intercambios son públicos. Como la forma más importante de riqueza en estas sociedades, los objetos de valor en el kula y sus vínculos sociales son signos visibles en relación con otras.


Apariencias y significados distintivos

Los mwal se cortan del extremo ancho de un caparazón de cono (Conus leopardus). Las manchas naturales se eliminan hasta que se vuelven blancas. Los bagi están hechos de pequeños trozos rojos de conchas (Chama (pacifica) imbricata) ensartados a través de cuerdas producidas localmente y molidas hasta obtener una textura vidriosa redonda.

Los nuevos collares se acercan al metro de largo y las conchas individuales tiene varios centímetros de diámetro. La gente clasifica los objetos de valor, los más altos están más decorados y son manejados con mas cuidado que los de más bajo valor. Los comerciantes exitosos nombran a los niños con los más altos.

Los artículos de kula están personificados. Los más pequeños son comparados con jóvenes cuyos lazos rara vez perduran, los más grandes con ancianos maduros y sabios que se mueven solo por caminos bien definidos. La mayoría de los isleños afirman que los mwal son hombres y las mujeres bagi.

El matrimonio varía entre las islas, pero en todas partes organiza los trabajos de hombres y mujeres. Los objetos de valor y las relaciones de kula personificados se basan en ideas sobre el matrimonio, ya que el kula también es la principal actividad productiva.


¿Por qué debe devolverse un objeto valioso?

Es el principal problema analítico del kula. Las teorías de la reciprocidad proporcionaron una respuesta. Las últimas investigaciones aportaron otras a través del descubrimiento del concepto de kitoum, otra forma de clasificar los objetos (véanse los ensayos en Leach y Leach 1983 y Weiner 1992).

Kitoum, o cognados cercanos [parentesco], median en la distinción mwal / bagi ya que ambos pueden equipararse a él, aunque no entre sí. Además, facilitan las conversiones recíprocas entre productos, personas y artículos de kula. Excepto los isleños de Rossel, los fabricantes tradicionales de bagi, todos los kula hablan idiomas austronesios.

Los hablantes del idioma llegaron a la región hace dos o tres mil años, coincidiendo con la expansión de las poblaciones austronesias en Polinesia. El comercio a larga distancia era una característica de estos pueblos, pero no se sabe cuándo comenzó el kula.

La expansión europea simplificó las culturas indígenas. Aunque el kula de finales del siglo XX sigue siendo una de las principales pasiones, sus condiciones subyacentes han venido cambiado significativamente desde 1900, incluso desde antes.



* Publicado en Nota Antropológica, 2021.

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