Venta libros "Oikonomía" y "Reforma e Ilustración"




Oikonomía. Economía Moderna. Economías
Oferta sólo venta directa: $ 12.000.- (IVA incluido)

2da. edición - Ediciones ONG Werquehue - 2020
ISBN: 978-956-402-214-7
516 pp. / 16x23 cm. / Encuadernación rústica con solapas

Acerca de la economía, en su doble condición de disciplina "científica" y actividad capitalista de mercado, es posible preguntarse: ¿por qué el lucro (ni siquiera la ganancia) cobró mayor relevancia que el trabajo y la producción?, ¿por qué se le considera una 'ciencia' al modo de las ciencias naturales?, ¿por qué la política terminó siendo puesta a su servicio?, ¿ha sido o es el único sistema de sustento viable, correcto, eficiente o benigno?, ¿es un mero sistema técnico o una proyecto que contiene una cultura con sus ideas, moral e instituciones?
Este libro busca contestar las preguntas antedichas desde una perspectiva crítica, que pone en tela de juicio a la "ciencia económica" y al capitalismo de mercado desde la revisión de sus relaciones con lo ético, religioso, cultural, social, filosófico, político e histórico. Para ello se recurre a una mirada transdisciplinaria que busca romper los rígidos límites y el reduccionismo de la economía dominante, en un momento donde urge una revisión de la economía y de lo económico.

Patrocinaron este libro: 
- Federación de Sindicatos del Holding Heineken CCU
- Caritas Chile
- Magíster en Gestión Cultural de la Universidad de Chile
- Magíster en Desarrollo a Escala Humana y Economía Ecológica de la Universidad Austral de Chile
- Escuela de Ingeniería y Ciencias de la Universidad de Chile

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Reforma e Ilustración. Los teólogos que construyeron la Modernidad
Oferta sólo venta directa: $ 12.000.- (IVA incluido)

2da. edición - Editorial Ayun - 2012
ISBN: 978-956-8641-11-5
476 pp. / 
16x23 cm. / Encuadernación rústica con solapas

La Modernidad, la tradición cultural anglosajona post Reforma Protestante, sigue vigente en nuestras ideas, moral, instituciones y, por ende, en nuestras vidas cotidianas. Puntualmente, dicha tradición tiene como principal fundamento intelectual al movimiento de la Ilustración; el que, a su vez, se nutre de la Reforma Protestante en su versión calvinista o reformada.
Este libro expone esas relaciones y su rol en el desarrollo de la ciencia experimental, el derecho y la política, la moral y la economía modernas y en la construcción del mundo contemporáneo. Para ello se trabajan los textos originales de autores como Isaac Newton, John Locke, Adam Smith, Jean-Jacques Rousseau, entre otros, quienes a pesar del tiempo transcurrido son cruciales para explicar y criticar nuestra época.

* Para leer el Índice y Presentación del libro: pincha AQUÍ.
* Para ver video de Coloquio de la Carrera de Sociología UCEN sobre el libro: pincha AQUÍ.



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Sólo venta directa:
1 Oikonomía + 1 Reforma por $ 22 mil (IVA incluido)

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Cuando pensar parece un gasto




Anahí Urquiza


Hace algunos días volvió a circular una idea peligrosa: que una investigación que termina en un libro, sin generar empleos inmediatos, sería poco más que un lujo decorativo. La imagen es efectiva. Un costoso libro quieto en una biblioteca, mientras afuera la gente busca trabajo. Pero esta es una trampa. Cuando una sociedad mide el conocimiento solo por su rendimiento económico inmediato, deja de preguntarse por aquello que hace posible la vida en común. Renuncia a construir sus reglas de convivencia, a definir el futuro que está dispuesta a imaginar y consagra, sin notarlo, su dependencia cognitiva y su lugar subordinado en la nueva configuración global.

No se trata de defender libros por nostalgia, ni universidades por corporativismo. Se trata de algo más básico: recordar que el conocimiento es una infraestructura civilizatoria. Como el agua potable o los caminos, no siempre se ve cuando funciona. Pero cuando falta, todo se vuelve más frágil. Faltan criterios, diagnósticos, memoria e imaginación. Falta la capacidad de distinguir entre evidencia y propaganda, entre desarrollo y obediencia con interfaz digital.

El ataque al conocimiento no es una anécdota local. Desde Estados Unidos hasta Argentina se repite una misma coreografía: se caricaturiza a las universidades como refugios de élites inútiles, se acusa a las humanidades y ciencias sociales de improductivas, se reduce la ciencia a gasto fiscal y luego se propone la motosierra como método de gobierno. Todo en nombre de la eficiencia y el cuidado de los recursos. Pero esa retórica puede convertirse rápidamente en una forma acelerada de empobrecimiento cultural.

La paradoja es brutal. Mientras se desprecia el cultivo del conocimiento, el mundo entra en una fase de aceleración tecnológica sin precedentes. La inteligencia artificial, las plataformas digitales, la minería de datos y los sistemas predictivos están reorganizando el trabajo, la política, la educación, la seguridad y hasta la intimidad. La evidencia ya muestra que la IA no impactará a todos por igual: sus beneficios tienden a concentrarse en sectores más educados, formales, urbanos y de mayores ingresos, mientras sus costos se concentran en la población con menos recursos. Sin políticas públicas robustas, la tecnología no corrige la desigualdad: la automatiza.

Aquí aparece un riesgo mayor: el tecnofeudalismo. No como consigna, sino como descripción de una época en que unas pocas corporaciones controlan infraestructuras digitales, datos, nubes, plataformas e inteligencia artificial. El viejo señor feudal poseía la tierra; el nuevo posee los sistemas donde trabajamos, compramos, opinamos, aprendemos y somos clasificados. La dependencia ya no se expresa solo en exportar materias primas e importar tecnología. Ahora también consiste en importar los lenguajes con que diseñamos el futuro y entendemos el mundo que nos rodea.

Por eso no es trivial que figuras como Peter Thiel -fundador de PayPal y Palantir, e inversionista temprano en Facebook- recorran el Cono Sur con el aura de quienes traen progreso empaquetado en software, seguridad e inversión. Sus reuniones con Javier Milei en Buenos Aires y con José Antonio Kast en Santiago no deben leerse como una anécdota de agenda. Es una señal de época. No hace falta imaginar conspiraciones para inquietarse... basta observar la convergencia entre debilitamiento del Estado, desprestigio del conocimiento científico, fascinación por la seguridad algorítmica y concentración tecnológica.

América Latina conoce bien la dependencia estructural. La ha vivido en sus economías extractivas, en sus matrices productivas frágiles, en su subordinación financiera y en su permanente importación de recetas. Pero hoy enfrentamos una versión más profunda: la dependencia cognitiva, que implica pérdida de autonomía y autodeterminación. Si no producimos conocimiento propio, si no formamos capacidades críticas, si no fortalecemos universidades públicas e independientes, terminaremos usando tecnologías diseñadas desde otras prioridades, entrenadas con otros datos, orientadas por otros intereses y legitimadas por una promesa de modernización ciega a la exclusión social.

La crisis de sentido de nuestra época consiste precisamente en eso. Hemos multiplicado herramientas, pero empobrecido las preguntas. Tenemos mucha más información, pero menos conversación entre puntos de vista diferentes; más automatización, pero menos deliberación. En este contexto, sin reflexión suficiente, sin instituciones que nos protejan del inmediatismo y sin capacidad de acción colectiva, la manipulación social se convierte fácilmente en modelo de negocios, estrategia electoral y técnica de control.

La inteligencia artificial puede ayudar a enfrentar enfermedades, anticipar desastres climáticos, mejorar políticas públicas y democratizar conocimiento. Pero sin pensamiento crítico, sin ciencias sociales, sin humanidades, sin ética pública y sin universidades robustas, también puede profundizar sesgos, segmentar ciudadanías, precarizar trabajos y producir realidades a la medida de quienes pagan por diseñarlas.

Tal vez el problema no sean los libros quietos en la biblioteca. Tal vez el verdadero problema sea un país que cree que pensar es un gasto, que la crítica es un obstáculo y que el futuro puede tercerizarse a quienes controlan los datos y los negocios. Allí empieza una forma silenciosa de feudalismo. No llega quemando bibliotecas. Llega preguntando, con aparente sensatez, cuánto empleo produjo cada libro, mientras entrega las llaves del sentido común a la nube feudal.



* Publicado por Cooperativa, 13.05.26. Anahí Urquiza es antropóloga social, magister en Antropología y Desarrollo, doctora en Sociología, profesora titular de la Facultad de Ciencias Sociales de la U. de Chile, investigadora del Centro de Ciencias del Clima y la Resiliencia (CR)2 y directora de Innovación de la Universidad de Chile.

Adivina buen adivinador




Cual trágica versión del mito del eterno retorno, una columna de 2009 continúa sirviendo para graficar los crímenes y horrores del Estado Judío de Israel contra la población palestina.


§§§


Am

Por estos días un conocido —algo excéntrico por decirlo de un modo suave— anda por ahí proponiéndole a quien lo quiera escuchar una especie de jueguito. Bastante macabro por lo demás. Te propone adivinar los protagonistas de un genocidio… “por goteo”, agrega con una especie de picardía bastante tétrica. El objetivo es identificar a qué victimario y víctima se refiere. Te mira desafiante, como para que no quede duda de que si te niegas eres un cretino  un cobardeo, y te cuenta el siguiente relato:
“Un Estado X invadió y ocupó el territorio de una Nación Z. Como parte de su estrategia de ocupación, el Estado X termina por encerrar en un gueto a la población étnicamente diferente de la Nación Z. En esta especie de cárcel gigante, lleva a cabo una política de hostigamiento y discriminación contra ellos. Confisca propiedades, destruye otras, corta arbitrariamente el abastecimiento de los servicios básicos, prohíbe la libre circulación, etc. Además, emprende una campaña de feroz represión que incluye asesinatos, secuestros, tortura, encarcelamiento y todo tipo de atropellos a la dignidad y los derechos de hombres no combatientes, ancianos, mujeres y niños”
Una vez que termina su narración, te mira sonriendo socarronamente a los ojos y te pregunta con un gozo que se nota hace lo posible porque sea manifiesto: “¿Y?... Ya poh... ¿Quiénes son los protagonistas?”. Y mientras te pregunta, sube y baja las cejas rápida y repetidamente.

Cualquier persona que haya visto algún noticiero de televisión o leído un diario en los últimos días, se extrañará de tanta alharaca y misterio para un asunto tan evidente[1]. Responderá con toda seguridad que el Estado X es Israel y la Nación Z es Palestina. Yo lo hice... Después supe que el 100% de quienes sometió a su singular encuesta habían respondido lo mismo.

Sin embargo, apenas terminé de pronunciar la última sílaba de mi contestación, el singular narrador lanzó una gran y sonora carcajada... Después supe que en el 100% de los casos había hecho lo mismo. Me miró sonriendo aún más socarronamente a los ojos que antes y me dijo con un gozo todavía más notorio que el de hace unos pocos segundos atrás: “No poh. Te equivocaste. El Estado X es la Alemania nazi y la Nación Z son los judíos del gueto de Varsovia”... Y volvió a subir y bajar las cejas rápida y repetidamente. Gesto que sin lugar a dudas significaba “¡Ahí quedaste!”.

Esbocé un rictus indefinible. De esos que en realidad no dicen nada o tal vez puedan servir para aceptar lo más implícitamente posible que uno salió pillado o quedó como leso... Acto seguido, por única reacción atiné a decir algo poco inteligente y que, por ende, mal podía hacerme salir del paso: “Aaaaah sip, de verah... los nazis y los judíos en Varsovia...”. 

Con una tonta sensación de haber sido derrotado en el juego —en uno bastante trascendente si hablamos de derrota— me alejé del extraño encuestador. Me despedí sólo con una levantada de cejas y un ligero cabeceo.

Mientras caminaba le fui dando vueltas al jueguito. Y después de un rato no lo encontré tan jueguito, o sea, para nada una cuestión vana y superficial. De hecho, para empezar me di cuenta que se lo podría estar jugando desde hace muchos años. 

Salvo por detalles que delatan que estamos en los últimos días del año 2008, las imágenes televisivas y las fotografías de Gaza podían tener varias décadas. Es más, podían ser de cualquier lugar de Palestina en donde se resiste. Porque, siempre es necesario recordar, no estamos ante una "guerra" como otras. Es una ocupación y una resistencia (aceptada, de hecho, como un derecho por los países miembros de la ONU). Que a veces no se compartan los métodos de los combatientes que luchan contra el conquistador, no cambia el fondo del asunto: es una ocupación y una reacción a ella que se llama resistencia.

La tonta sensación de haber sido derrotado por un tonto jueguito, se tornó en una sensación de derrota profunda. De una insondable derrota de mi persona en sí. Pero que en realidad era como una parte de una amarga derrota de la humanidad toda. Una derrota, finalmente, de lo humano. Fue cuando recordé las palabras de Gilad Atzmon, músico y escritor israelí:
“Israel funciona como un megalómano y violento gueto judío, motivado por un fanatismo homicida que utiliza como herramientas la letal tecnología yanqui”
No me deja de enternecer las décadas de sufrimiento del pueblo palestino. No dejo de admirar la valentía del pueblo palestino. Menos cuando su sufrimiento y su valentía ha sido una especie de compañía desde que tengo conciencia y recuerdos.

Algo muy parecido me ocurre con los horrores nazis y en particular con el sufrimiento del gueto de Varsovia. A pesar de que no los viví contemporáneamente, tampoco me ha dejado nunca de enternecer la valentía de esos judíos y tampoco he dejado nunca de admirarlos.



NOTA:

(1) Originalmente esta columna fue escrita a raíz del ataque del Estado Judío de Israel contra la franja de Gaza (operación "Plomo Fundido") entre diciembre de 2008 y enero de 2009. El balance de los 25 días de ataque fue de "1.300 palestinos muertos, de los que un tercio son niños; 13 soldados israelíes muertos, cinco de ellos por fuego amigo; y 4 civiles de Israel muertos por los 778 cohetes lanzados por Hamás" (El Mundo, 21.01.09).



* Publicado en PiensaChile, 20.01.09.

Reagan, Thatcher y la creación de un mito




El gobierno de José Kast, desde su ortodoxia económica, ha planteado la necesidad de un duro ajuste fiscal. Ha anunciado que pretende bajarle impuestos a las grandes empresas al tiempo que proponen recortar diversos programas sociales y transferirle todo el costo de la subida del precio de los combustibles (que implica la subida del precio de todos productos que dependen de la cadena de distribución que utiliza dichos combustibles) a la población.

Mientras tales anuncios han despertado entusiasmo entre el gran empresariado, a su vez, han sido criticados por un amplio abanico de economistas libremercadistas. La causa es simple y es técnica; no política ni ética: la literatura especializada no da cuenta de experiencias en que la baja de impuestos a los más ricos se refleje en un aumento de la inversión y de puestos de trabajo.

El equipo económico de Kast no tiene problema para reemplazar el mundo real y sus complejidades por el irreal y ramplón "enfoque económico" ortodoxo. Para ellos y sus codiciosos fans del gran empresariado, la fantasía del ajuste automático se cumple como inexorable consecuencia del predeterminismo mecanicista al que creen que está sometida la especie humana.

Por si no fuera suficiente, a ese craso error se le suma que los ortodoxos asumen su voluntarismo como "ciencia" sin siquiera darse cuenta de lo ideologizados que son... Y ni hablar de pensar en las consecuencias sociales de sus políticas.


§§§


Chile hoy no es la economía que algunos siguen imaginando. Es más concentrada, más financiera y más incierta. Pretender que una rebaja tributaria producirá el mismo efecto que en otro contexto no es análisis económico.


Jessica Cuadros


Hay ideas que sobreviven no porque funcionen, sino porque sirven. La más resistente en la política económica chilena es esta: bajar impuestos a las empresas genera crecimiento.

No es una hipótesis. Es un reflejo.

Y, sin embargo, los dos ejemplos que se invocan para sostenerla —Ronald Reagan y Margaret Thatcher— dicen otra cosa cuando se los mira sin devoción.

En Estados Unidos, las rebajas tributarias de Reagan no se autofinanciaron. Los ingresos cayeron en el corto plazo, el déficit se expandió y la deuda creció. El repunte económico que siguió tuvo tanto que ver con el ciclo monetario posterior a la recesión como con la política tributaria. Dicho sin rodeos: no fue la prueba de que bajar impuestos genera crecimiento, sino de que puede transferir recursos al sector privado mientras el Estado se endeuda.

En el Reino Unido la historia fue distinta, pero la conclusión no. Thatcher no bajó impuestos en bloque: cambió quién los paga. Redujo tasas directas, subió el IVA y otras contribuciones. El resultado no fue un Estado más pequeño, sino un sistema menos progresivo. El crecimiento no despegó de forma excepcional; la desigualdad, sí.

Entonces, ¿qué quedó de ese experimento? El mito.

Un mito útil porque simplifica. Porque convierte una discusión sobre poder económico en una ecuación de incentivos. Porque permite afirmar que basta mover una tasa para que el sistema responda.

El problema es que el sistema no responde así.

Desde Karl Marx hasta Hyman Minsky, la idea es consistente: el capital no invierte porque tenga más dinero, invierte cuando tiene motivos para hacerlo. Y esos motivos no son tributarios; son estructurales: competencia, demanda, expectativas.

Cuando esas condiciones no están —y en Chile muchas veces no están— la rebaja tributaria no activa inversión. Activa otra cosa: el excedente.

Ese es el punto que el debate evita. Toda rebaja de impuestos produce un efecto inmediato —aumenta el excedente— y uno eventual —podría aumentar la inversión—. Entre ambos hay un salto que la política presenta como automático, pero que en la práctica depende de factores que no controla.

Y en el capitalismo actual ese salto rara vez ocurre como se promete.

Porque no estamos en economías ideales. Estamos en economías concentradas, donde no hay urgencia por expandir capacidad, y financiarizadas, donde el excedente puede rentar sin pasar por la producción. Margen, dividendos, activos: el menú es amplio.

Nada de esto es una anomalía. Es la regla.

Por eso, cuando Chile repite el libreto de Reagan y Thatcher, no está replicando un modelo exitoso. Está repitiendo una lectura parcial que omite lo esencial: que Reagan expandió el déficit, que Thatcher redistribuyó la carga y que ninguno demostró que bajar impuestos genera crecimiento sostenido.

Lo que sí demostraron —y esto casi no se dice— es otra cosa: que bajar impuestos redistribuye poder económico de inmediato.

Aquí entra un factor que la discusión técnica suele ignorar: el comportamiento. La economía conductual muestra que las decisiones no responden solo a incentivos, sino a percepciones y confianza. Cuando el sistema se percibe como desigual, la disposición a contribuir cae. Menos legitimidad, más evasión, menos Estado para financiar lo que sí empuja el crecimiento.

Es decir, la política tributaria no solo mueve recursos. Moldea el terreno en que la economía funciona.

Y, en ese terreno, los economistas no son espectadores. Son quienes definen el lenguaje en que se decide. Si el problema se reduce a incentivos, la respuesta será bajar tasas. Si se reconoce la estructura de poder, la discusión cambia.

Chile hoy no es la economía que algunos siguen imaginando. Es más concentrada, más financiera y más incierta. Pretender que una rebaja tributaria producirá el mismo efecto que en otro contexto no es análisis económico.

Es persistencia ideológica.

Por eso, la pregunta relevante no es si bajar impuestos genera crecimiento. La pregunta es más incómoda: ¿qué pasa con el excedente cuando se bajan los impuestos?

Porque hay algo que no admite interpretación. La inversión es incierta. El excedente, no.

Y seguir confundiendo ambos no es un error técnico. Es una elección.



* Publicado en El Mostrador, 03.05.26.

Tres lecciones de Aristóteles sobre la amistad




Emily Katz


Aunque la mayoría de las canciones se inspiran en las alegrías y los sinsabores de las relaciones sentimentales, el amor entre amigos puede ser igual de intenso y complicado. Muchas personas luchan por hacer y mantener amistades, y una ruptura con un amigo íntimo puede ser tan dolorosa como una ruptura con una pareja.

A pesar de estos peligros potenciales, los seres humanos siempre han valorado la amistad. Como escribió el filósofo Aristóteles en el siglo IV a.e.c.: “nadie elegiría vivir sin amigos”, aunque en su lugar pudiera tener todas las demás cosas buenas.

Aristóteles es conocido sobre todo por su influencia en la ciencia, la política y la estética; es menos conocido por sus escritos sobre la amistad. Soy estudiosa de la filosofía griega antigua, y cuando hablo de este tema con mis estudiantes se asombran de que un pensador griego antiguo pueda arrojar tanta luz sobre sus propias relaciones. Pero quizá no debería sorprender: la amistad existe desde que existen los seres humanos.

He aquí, pues, tres lecciones sobre el tema que Aristóteles aún puede enseñarnos.


1. La amistad es recíproca y reconocida

La primera lección procede de la definición que Aristóteles da de la amistad: buena voluntad recíproca y reconocida. A diferencia de la paternidad o la hermandad, la amistad sólo existe si es reconocida por ambas partes. Como dice Aristóteles:
“Conviene, pues, que el uno al otro se tengan buena voluntad y se deseen todo bien, y que esto lo entienda el uno del otro, y esto por alguna de las razones que están dichas”
Aristóteles ilustra este punto con un ejemplo temprano de una relación parasocial –un tipo de relación unilateral en la que alguien desarrolla sentimientos amistosos hacia, e incluso siente que conoce a, una figura pública–. Aristóteles ofrece este ejemplo: un aficionado puede desearle lo mejor a un deportista y sentirse emocionalmente implicado en su éxito. Pero como el atleta no corresponde ni reconoce esta buena voluntad, no son amigos.

Esto es tan cierto hoy como lo era en tiempos de Aristóteles. Piense que ni siquiera puede ser amigo de alguien en Facebook a menos que acepte su solicitud de amistad. En cambio, se puede ser seguidor de alguien en las redes sociales sin que lo reconozca.

Sin embargo, hoy en día quizá sea más difícil distinguir las amistades de las relaciones parasociales. Cuando los creadores de contenidos comparten detalles sobre su vida personal, sus seguidores pueden desarrollar una sensación unilateral de intimidad. Saben cosas sobre el creador que, antes de la llegada de las redes sociales, sólo habría conocido un amigo íntimo.

El creador a su vez puede sentir buena voluntad hacia sus seguidores, pero eso no es amistad. La buena voluntad no es genuinamente recíproca si una parte la siente hacia un individuo mientras que la otra la siente hacia un grupo. De este modo, la definición de amistad de Aristóteles aporta claridad a una situación singularmente moderna.


2. Tres tipos de amistad

A continuación, Aristóteles distingue tres tipos de amistad: la amistad basada en la utilidad, la amistad basada en el placer y la amistad basada en el carácter. Cada una surge de lo que se valora en el amigo: su utilidad, el placer de su compañía o su buen carácter.

Aunque la amistad basada en el carácter es la forma más elevada, sólo se pueden tener unos pocos amigos íntimos. Lleva mucho tiempo conocer el carácter de alguien y hay que pasar mucho tiempo juntos para mantener una amistad así. Como el tiempo es un recurso limitado, la mayoría de las amistades se basarán en el placer o la utilidad.

A veces mis alumnos protestan porque las relaciones utilitarias no son realmente amistades. ¿Cómo pueden ser amigas dos personas que se utilizan mutuamente? Sin embargo, cuando ambas partes entienden su amistad de la misma manera, no se están explotando sino beneficiando mutuamente. Como explica Aristóteles, “las diferencias entre amigos surgen con más frecuencia cuando la naturaleza de su amistad no es la que ellos creen que es”.

Si su compañera de estudios cree que queda con ella porque disfruta de su compañía, mientras que en realidad queda con ella porque es buena explicando cálculo, puede sentirse herida. Pero si los dos entienden que quedan para que usted pueda mejorar su nota en cálculo y ella su nota en redacción de textos, pueden desarrollar buena voluntad y respeto mutuos gracias a las fortalezas de cada uno.

De hecho, la naturaleza limitada de una amistad utilitaria puede ser precisamente lo que la hace beneficiosa. Pensemos en una forma contemporánea de amistad útil: el grupo de apoyo entre iguales. Dado que sólo se puede tener un pequeño número de amistades basadas en el carácter de la gente, muchas personas que sufren traumas o luchan contra enfermedades crónicas no tienen amigos íntimos que estén pasando por estas experiencias.

Los miembros de un grupo de apoyo están en una posición única para ayudarse mutuamente, aunque tengan valores y creencias personales muy diferentes. Estas diferencias pueden significar que las amistades nunca lleguen a basarse en el carácter; sin embargo, los miembros del grupo pueden sentir buena voluntad los unos por los otros.

En resumen, la segunda lección de Aristóteles es que hay un lugar para cada tipo de amistad, y que una amistad funciona cuando existe una comprensión compartida de su origen.


3. La amistad es como estar en forma

Por último, Aristóteles tiene algo valioso que decir sobre lo que hace que las amistades duren. Afirma que la amistad es un estado o disposición que debe mantenerse mediante la actividad: así como la forma física se mantiene haciendo ejercicio regularmente, la amistad se mantiene haciendo cosas juntos. ¿Qué ocurre, entonces, cuando usted y su amigo no pueden dedicarse a actividades juntos? Aristóteles escribe:
“Los amigos que … se separan no son activamente amigos, pero tienen la disposición de serlo. Pues la separación no destruye absolutamente la amistad, aunque impide su ejercicio activo. Sin embargo, si la ausencia se prolonga, parece provocar el olvido del propio sentimiento amistoso”
La investigación contemporánea lo corrobora: la amistad puede persistir incluso sin actividades en común, pero si esto se prolonga demasiado, la amistad se desvanecerá. Podría parecer que el argumento de Aristóteles ha perdido relevancia, ya que las tecnologías de la comunicación –desde el correo postal hasta FaceTime– han hecho posible mantener amistades a grandes distancias.

Pero aunque la separación física ya no suponga el fin de una amistad, la lección de Aristóteles sigue siendo cierta. Las investigaciones demuestran que, a pesar de la tecnología, las personas que redujeron sus actividades durante el primer año de la pandemia de covid-19 experimentaron una disminución correspondiente en la calidad de sus amistades.

Hoy en día, al igual que en la antigua Atenas, los amigos deben mantenerse realizando actividades juntos.

Aristóteles no podría haber imaginado la tecnología actual, la aparición de grupos de apoyo en línea o los tipos de relaciones parasociales que posibilitan las redes sociales. Sin embargo, a pesar de todo lo que ha cambiado el mundo, sus escritos sobre la amistad siguen siendo vigentes.



* Publicado en The Conversation, 31.05.23. Emily Katz es profesora asociada de Filosofía griega antigua en la Michigan State University.

Imperialismo woke


Tire Nichols en el suelo luego de ser golpeado por cinco policías negros el 07.01.23 en Memphis, Tennessee. 


La cultura del despertar (woke), desprovista de conciencia de clase y de compromiso de apoyar a los oprimidos, es otra herramienta en el arsenal del estado imperial de EE.UU.


Chris Hedges


El brutal asesinato de Tire Nichols por parte de cinco policías negros de Memphis debería ser suficiente para hacer estallar la fantasía de que la política de identidad y la diversidad resolverán la decadencia social, económica y política que acosa a Estados Unidos. No solo los ex oficiales son negros, sino que el departamento de policía de la ciudad está dirigido por Cerelyn Davis, una mujer negra. Nada de esto ayudó a Nichols, otra víctima de un linchamiento policial moderno.

Los militaristas, corporativistas, oligarcas, políticos, académicos y conglomerados de medios defienden la política de identidad y la diversidad porque no hace nada para abordar las injusticias sistémicas o el flagelo de la guerra permanente que azota a los EE.UU. 

Es un truco publicitario, una marca, utilizada para enmascarar el aumento la desigualdad social y la locura imperial. Ocupa a los liberales y educados con un activismo boutique, que no solo es ineficaz sino que exacerba la división entre los privilegiados y una clase trabajadora en profundas dificultades económicas. Los que tienen regañan a los que no tienen por sus malos modales, racismo, insensibilidad lingüística y estridencias, mientras ignoran las causas fundamentales de su angustia económica. Los oligarcas no podrían estar más felices.

¿Mejoraron las vidas de los nativos americanos como resultado de la legislación que ordenaba la asimilación y la revocación de los títulos de propiedad tribales impulsada por Charles Curtis, el primer vicepresidente nativo americano? ¿Estamos mejor con Clarence Thomas, que se opone a la acción afirmativa, en la Corte Suprema, o con Victoria Nuland, un halcón de guerra en el Departamento de Estado? Es nuestra perpetuación de la guerra permanente más aceptable porque Lloyd Austin, un afroamericano, es el Secretario de Defensa? ¿Es el ejército más humano porque acepta soldados transgénero? ¿Se mejora la desigualdad social y el estado de vigilancia que la controla porque Sundar Pichai, que nació en India, es el director ejecutivo de Google y Alphabet? ¿Ha mejorado la industria de las armas porque Kathy J. Warden, una mujer, es la directora ejecutiva de Northop Grumman, y otra mujer, Phebe Novakovic, es la directora ejecutiva de General Dynamics? ¿Están mejor las familias trabajadoras con Janet Yellen, quien promueve el aumento del desempleo y la “inseguridad laboral” para reducir la inflación, como Secretaria del Tesoro? ¿Se mejora la industria del cine cuando una directora, Kathryn Bigelow, hace “Zero Dark Thirty”, que es una campaña de propaganda para la CIA ? Eche un vistazo a este anuncio de reclutamiento publicado por la CIA. Resume lo absurdo de dónde hemos terminado.

Los regímenes coloniales encuentran líderes indígenas obedientes —“Papa Doc” François Duvalier en Haití , Anastasio Somoza en Nicaragua, Mobutu Sese Seko en el Congo, Mohammad Reza Pahlavi en Irán— dispuestos a hacer el trabajo sucio mientras explotan y saquean los países que controlan. Para frustrar las aspiraciones populares de justicia, las fuerzas policiales coloniales llevaron a cabo rutinariamente atrocidades en nombre de los opresores. 

Los luchadores indígenas por la libertad que luchan en apoyo de los pobres y los marginados suelen ser expulsados ​​del poder o asesinados, como fue el caso del líder independentista congoleño Patrice Lumumba y el presidente chileno Salvador Allende. Asesinan a tiros al jefe lakota Toro Sentado por miembros de su propia tribu, que sirvieron en la fuerza policial de la reserva en Standing Rock. Si estás con los oprimidos, casi siempre terminarás siendo tratado como oprimido. 

Por eso el FBI, junto con la policía de Chicago, asesinó a Fred Hampton y estuvo casi seguro involucrado en el asesinato de Malcolm X, quien se refería a los barrios urbanos empobrecidos como “colonias internas”. Las fuerzas policiales militarizadas en los EE.UU. funcionan como ejércitos de ocupación. Los policías que mataron a Tire Nichols no son diferentes de los de las fuerzas policiales coloniales y de reserva.

Vivimos bajo una especie de colonialismo corporativo. Los motores de la supremacía blanca, que construyeron las formas de racismo institucional y económico que mantienen pobres a los pobres, se oscurecen detrás de atractivas personalidades políticas como Barack Obama, a quien Cornel West llamó “una mascota negra de Wall Street”. Estos rostros de la diversidad son examinados y seleccionados por la clase dominante. Obama fue preparado y promovido por la maquinaria política de Chicago, una de las más sucias y corruptas del país.

“Es un insulto a los movimientos organizados de personas que estas instituciones dicen querer incluir”, me dijo Glen Ford, el difunto editor de The Black Agenda Report en 2018. “Estas instituciones escriben el guión. Es su drama. Ellos eligen a los actores, cualquier cara negra, marrón, amarilla o roja que quieran”.

Ford llamó a quienes promueven la política de identidad “representacionalistas” que “quieren ver a algunos negros representados en todos los sectores de liderazgo, en todos los sectores de la sociedad. Quieren científicos negros. Quieren estrellas de cine negras. Quieren académicos negros en Harvard. Quieren negros en Wall Street. Pero es solo representación. Eso es todo."

El costo cobrado por el capitalismo corporativo a las personas que estos "representacionalistas" afirman representar expone la estafa. Los afroamericanos han perdido el 40 por ciento de su riqueza desde el colapso financiero de 2008 por el impacto desproporcionado de la caída del valor de la vivienda, los préstamos abusivos, las ejecuciones hipotecarias y la pérdida de empleos. Tienen la segunda tasa más alta de pobreza con un 21,7 por ciento, después de los nativos americanos con un 25,9 por ciento, seguidos por los hispanos con un 17,6 por ciento y los blancos con un 9,5 por ciento, según la Oficina del Censo de EE.UU. y el Departamento de Salud y Servicios Humanos. A partir de 2021, los niños negros y nativos americanos vivían en pobreza con 28 y 25 por ciento respectivamente, seguido por niños hispanos con 25 por ciento y niños blancos con 10 por ciento. Casi el 40 por ciento de las personas sin hogar del país son afroamericanos, aunque los negros representan alrededor del 14 por ciento de nuestra población. Esta cifra no incluye a las personas que viven en viviendas deterioradas, hacinadas o con familiares o amigos debido a dificultades económicas. Los afroamericanos son encarcelados a una tasa casi cinco veces mayor que la de los blancos.

La política de identidad y la diversidad permiten a los liberales revolcarse en una superioridad moral empalagosa mientras castigan, censuran y descalifican a quienes no se ajustan lingüísticamente al discurso políticamente correcto. Son los nuevos jacobinos. 

Este juego disfraza su pasividad ante el abuso empresarial, el neoliberalismo, la guerra permanente y el cercenamiento de las libertades civiles. No se enfrentan a las instituciones que orquestan la injusticia social y económica. Buscan hacer más aceptable a la clase dominante. Con el apoyo del Partido Demócrata, los medios liberales, la academia y las plataformas de redes sociales de Silicon Valley, satanizan a las víctimas del golpe de Estado corporativo y desindustrialización. Hacen sus principales alianzas políticas con aquellos que abrazan la política de identidad, ya sea que estén en Wall Street o en el Pentágono. Son los idiotas útiles de la clase multimillonaria, cruzados morales que amplían las divisiones dentro de la sociedad que los oligarcas gobernantes fomentan para mantener el control.

La diversidad es importante. Pero la diversidad, cuando carece de una agenda política que luche contra el opresor en nombre de los oprimidos, es un escaparate. Se trata de incorporar a un minúsculo segmento de los marginados de la sociedad en estructuras injustas para perpetuarlos.

Una clase que enseñé en una prisión de máxima seguridad en Nueva Jersey escribióCaged”, una obra de teatro sobre sus vidas. La obra se presentó durante casi un mes en The Passage Theatre en Trenton, Nueva Jersey, donde se agotaron casi todas las noches. Posteriormente fue publicado por Haymarket Books. Los 28 estudiantes de la clase insistieron en que el oficial penitenciario de la historia no fuera blanco. Eso fue demasiado fácil, dijeron. Esa fue una finta que permite a la gente simplificar y enmascarar el aparato opresivo de los bancos, las corporaciones, la policía, los tribunales y el sistema penitenciario, todos los cuales hacen contrataciones de diversidad. Estos sistemas de explotación y opresión internas deben ser atacados y desmantelados, sin importar a quién empleen.

Mi libro, Nuestra Clase: trauma y Transformación en una Prisión Estadounidense, utiliza la experiencia de escribir la obra para contar las historias de mis alumnos y transmitir su comprensión profunda de las fuerzas e instituciones represivas dispuestas contra ellos, sus familias y sus comunidades. Puede ver mi entrevista en dos partes con Hugh Hamilton sobre Nuestra clase aquí y aquí.

La última obra de August Wilson , “Radio Golf”, predijo hacia dónde se dirigían las políticas de diversidad e identidad desprovistas de conciencia de clase. En la obra, Harmond Wilks, un desarrollador de bienes raíces educado en la Ivy League, está a punto de lanzar su campaña para convertirse en el primer alcalde negro de Pittsburgh. Su esposa, Mame, aspira a convertirse en la secretaria de prensa del gobernador. Wilks, navegando por el universo de privilegios, tratos comerciales, búsqueda de estatus y el juego de golf del club de campo del hombre blanco, debe desinfectar y negar su identidad. Roosevelt Hicks, quien había sido compañero de habitación de Wilk en la universidad de Cornell y es vicepresidente de Mellon Bank, es su socio comercial. Sterling Johnson, cuyo vecindario Wilks y Hicks están presionando para que la ciudad se declare arruinada para poder demolerla para su proyecto de desarrollo multimillonario, le dice a Hicks:
"¿Sabes lo que eres? Me llevo un rato resolverlo. Eres un negro. Los blancos se confundirán y te llamarán negro, pero no saben como yo sé. Sé la verdad. soy un negro Los negros son lo peor en la creación de Dios. Los negros tienen estilo. Los negros tienen ceguera. Un perro sabe que es un perro. Un gato sabe que es un gato. Pero un negro no sabe que es negro. Cree que es un hombre blanco."
Terribles fuerzas depredadoras están carcomiendo el país. Los corporativistas, militaristas y políticos mandarines que les sirven son el enemigo. No es nuestro trabajo hacerlos más atractivos, sino destruirlos. Hay entre nosotros auténticos luchadores por la libertad de todas las etnias y orígenes cuya integridad no les permite servir al sistema de totalitarismo invertido que ha destruido nuestra democracia, empobrecido a la nación y perpetuado guerras interminables.

La diversidad cuando sirve a los oprimidos es una ventaja, pero una estafa cuando sirve a los opresores.


Meme ironizando sobre el gobierno de Joe Biden.



* Publicado en Scheerpost, 05.02.23. Chris Hedges es un periodista y ganador del Premio Pulitzer que se desempeñó como corresponsal del The New York Times y fue Jefe de la Oficina de Oriente Medio y de los Balcanes del periódico.

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