Tecnofeudalismo: «El capitalismo ha matado al capitalismo»




«El capitalismo está muerto, en el sentido de que sus dinámicas no gobiernan nunca más nuestras economías. Este papel ha sido reemplazado por algo muy distinto que yo llamo tecnofeudalismo». Así de contundente se muestra el economista y exministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis (Atenas, 1961) en esta entrevista concedida a Ethic con motivo de su libro: Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo (2024).


Miguel García V.


La manera de entender la vida de Yanis Varoufakis encaja con el verso de la poeta Alejandra Pizarnik: «No quiero ir nada más que hasta el fondo». Para él, ese cenote se escribe hoy en ocho palabras: «El capitalismo ha muerto y tenemos algo peor». Economista, escritor, político, profesor. Suya es ya una pelea, cuando era ministro de Finanzas de Grecia, con eco de historia política. La oposición frente a la troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo, Fondo Monetario Internacional) en 2015, durante la crisis de deuda pública, por las duras condiciones impuestas para rescatar la economía griega. En realidad era una sola: austeridad. Él dijo que no. Rechazó la propuesta y consultó a Grecia en las urnas. Sus conciudadanos se opusieron a la catastrófica precariedad que amanecía en el horizonte. Fue entonces cuando el periódico Financial Times —en contra de la negativa helena— le apodó «el hombre más irritante en la habitación». Sin embargo, y por sorpresa, el entonces primer ministro Aléxis Tsípras aceptó las condiciones. La decisión rompió una amistad de años y Varoufakis dimitió tras solo cinco meses en el cargo.

Disidente de la ortodoxia, Varoufakis es uno de los pocos economistas del mundo —con la salvedad de Piketty, Krugman o Stiglitz— cuyo pensamiento compite en los anaqueles de las librerías junto a escritores imprescindibles o narradores super-ventas. En su libro Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo (Deusto), una carta de más de 200 páginas dirigida a su padre, Georgios, un comunista griego-egipcio fallecido hace poco, Varoufakis avisa que existe una lucha mundial por dominar un nuevo orden económico y político.

No es solo la dependencia de los oligarcas tecnológicos como Jeff Bezos, Elon Musk o Mark Zuckerberg: entramos en un sistema que mezcla feudalismo y tecnología. La sociedad paga el diezmo a los nuevos barqueros por atravesar la laguna Estigia. «Bezos (dueño de Amazon) no produce capital. Cobra rentas. Esto no es capitalismo, es feudalismo. ¿Y nosotros? Somos los sirvientes. Ni siquiera nos damos cuenta de que cuando tuiteamos o subimos un post en esas compañías estamos creando valor», advierte el economista. La entrada en una sociedad más medieval e injusta. 

Por eso, el tecnofeudalismo es gran parte de su cosmogonía. Se trata de un libro trascendente escrito por un doctor en Economía y Matemáticas que imparte clases de Económicas en la Universidad de Atenas, autodefinido como «un marxista libertario» que suele circular en moto o en un Mini rojo por calles de una ciudad sacada, diríase, del mito de Teseo.

La entrevista, a través de Zoom, ocurre con el fondo de su casa en la isla de Aegenia —a una hora en el ferry que parte del puerto de El Pireo—, con las vistas que deja una enorme librería repleta de títulos que, como estratos superpuestos, han levantado su pensamiento. Ahí aparece una referencia de la literatura helena, Nikos Kazantzakis (1883-1957), quien escribió en su epitafio: «No espero nada, no temo nada. Soy libre». Igual que Varoufakis, igual que sus palabras.

«¿Cuál es mi hipótesis?», se pregunta en su último libro. «El capitalismo está muerto, en el sentido de que sus dinámicas no gobiernan nunca más nuestras economías. Este papel ha sido reemplazado por algo muy distinto que yo llamo tecnofeudalismo. En el fondo, mi tesis es una ironía que puede parecer confusa al principio pero que espero mostrar que tiene todo el sentido: lo que ha matado al capitalismo es… el propio capitalismo. No el capital tal y como lo conocemos desde el amanecer de la era industrial, sino una nueva forma, una mutación que ha arraigado en las dos últimas décadas, mucho más potente que su predecesor que, como un virus estúpido y celoso, ha acabado con su huésped. 

¿Qué ha sucedido? Dos cosas. La privatización de internet por las grandes tecnológicas estadounidenses y chinas. Y la manera en la que los gobiernos occidentales y los bancos centrales respondieron a la gran crisis financiera de 2008».

-A lo largo de la historia, los imperios se han creado y se han hundido, y las fronteras, ya sea a la fuerza o por acuerdos, han cambiado. ¿Atravesamos ese mismo momento?

-El principal motor del cambio histórico ha sido el error. Primero, tenemos a la humanidad que se mueve muy rápido en términos de capacidades. Segundo, el mundo se divide en dos. Por un lado, está el dólar estadounidense y la combinación de las big tech, Silicon Valley y Wall Street. Por el otro, las grandes tecnológicas chinas que compiten con un sistema financiero en desarrollo. Si se analiza el crecimiento de los BRICS, [Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica], América Latina, los Emiratos Árabes y el acuerdo de Arabia Saudí con Irán, hay detrás un giro geopolítico tectónico. El mantenimiento de la hegemonía de Estados Unidos exige, más que prevenir la entrada de dinero extranjero que compre conglomerados capitalistas, como Boeing o General Electric, enfrentarse con el único cloudalist [capitalista en la nube] que surge como amenaza: China.

[El mundo gira, cambia. Nadie viste hoy la ropa que llevará pasado mañana. Los mercados, el medio básico del capitalismo, han sido sustituidos por plataformas comerciales online que parecen pero no son mercados, y resulta más fácil entenderlas como si fueran feudos. Y el beneficio, el motor del capitalismo, fue reemplazado por su predecesor feudal: la renta. Específicamente, una forma de renta que hay que pagar para acceder a las plataformas y, más ampliamente, a la nube. Varoufakis lo llama: cloud rent, renta en la nube.]

-¿Todo este universo de nuevas tecnologías (la inteligencia artificial, los robots, la nube, ChatGPT) forman parte del problema o de la solución?

-La tecnología ha estado a nuestro alrededor desde el comienzo de los tiempos. Se puede utilizar a favor de la humanidad y también, de forma horrible, en su contra. Es una decisión del ser humano y de la sociedad en la que vive.

[El economista regresa a la política. Está casado con la artista Danae Stratou y tiene una hija de 11 años, Xenia, de un matrimonio anterior, que estudia actualmente en Sídney (Australia). Su último libro tiene algo de continuación de Hablando con mi hija de economía, en el que trataba de explicarle por qué había tanta desigualdad en el mundo y qué consecuencias tenía. Esto, pues Varoufakis siempre intenta una cosa: entender el tiempo en el que vive y huir de los pronósticos. Aunque a veces para entender este lugar con 8.000 millones de almas haría falta el hilo que Ariadna le dio a Teseo para matar al minotauro y salir del laberinto.]

-¿Cómo se explican las victorias de Geert Wilders, líder del partido de ultraderecha Libertad en los Países Bajos, y del anarcolibertario Javier Milei en Argentina?

-Es una historia muy larga. El giro comenzó en el crash financiero de 2008, que es análogo a la Gran Depresión de 1929. El mundo cambió ese año: el ascenso de los fascismos, el aumento de la desigualdad, la xenofobia, los populismos, el aislamiento… En 2008 ocurrió exactamente lo mismo. A partir de ese año se crea una enorme ola de neofascismo que ahora rompe en los Países Bajos y Argentina. Pero también sucede en Alemania [Alternativa para Alemania], Europa del Este, Francia —con Marine Le Pen encabezando las encuestas— o el Brexit, que es un movimiento xenófobo de derechas. Piense en Lula: ha ganado en Brasil, aunque solo por un 1% frente a Bolsonaro, y Donald Trump quiere emprender el camino de vuelta. Lo que sucede en Argentina y los Países Bajos hay que entenderlo como un resultado de la crisis del poscapitalismo iniciada en 2008.

-El feminismo es el movimiento social más importante y transformador de las últimas décadas. Sin embargo, no tiene un proyecto económico común. Existen infinidad de interpretaciones. ¿No le resta fuerza?

-Todo empieza con la división del trabajo. Conviene recordar que vivimos en una sociedad patriarcal. La sociedad explota a las mujeres de muchas formas distintas. Habitualmente tienen que trabajar más: tanto dentro de la casa como fuera. En las empresas, deben obtener unos resultados y una eficiencia media mejor que la de los hombres. En todas las sociedades hay formas para aumentar su explotación, lo único que hay que hacer es distribuirla de otra manera. Cambias el sistema y a la vez también la manera de explotarlas. Hay algunas grandes compañías, por ejemplo en Estados Unidos, cuya consejera delegada es una mujer, pero la única vía para llegar a ese puesto es si existe otra mujer que trabaja en el hogar, generalmente negra. Ahora las empresas dicen «tenemos más consejeras» sin hablar del patriarcado que existe en todos los niveles de la sociedad y de la economía.

-¿Las compañías renovables salvarán a Europa de la dependencia del petróleo y el gas?

-No. Porque Europa está invirtiendo muy poco. La austeridad de 2008, la crisis de la deuda de 2012 en España, Grecia, Alemania… El dinero que se está destinando es mínimo en comparación con las necesidades que exige la transición energética. El Viejo Continente lo está haciendo verdaderamente mal.

[Todo texto tiene algo —o mucho— de personal. Su libro fue concebido en los tiempos de la pandemia. Está escrito pensando en su padre, quien trabajó como ingeniero químico en la acería de la ciudad de Eleusis durante seis décadas. En los años 40 del siglo pasado, en medio de la guerra civil, fue condenado a cinco años de «reeducación política» en la cárcel por negarse a delatar a sus compañeros del partido comunista. Estos días son distintos. Quizá carece de sentido la diferencia entre derechas e izquierdas. «Las personas de derechas piensan en el capitalismo como un sistema natural, algo parecido a la atmósfera», relata en The Guardian, «mientras que la izquierda se considera un ser creado por el universo para imponer el socialismo sobre el capitalismo. Te lo estoy diciendo: ¿sabes qué? Te lo perdiste. Alguien mató al capitalismo. Tenemos algo peor».]

[Tenemos una guerra en Ucrania, donde los ucranianos corren el riesgo de ser poco a poco olvidados, una batalla entre Israel y Hamás que se argumenta que debería solucionarse con el reconocimiento del Estado palestino, la vuelta a las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y el retorno a las fronteras anteriores a 1967. Y tenemos las dos últimas frases del libro: «¡Sirvientes de la nube, proletarios de la nube y vasallos de la nube del mundo, uníos! No tenemos nada que perder excepto nuestras cadenas mentales». Ese es el mito de Varoufakis.]



* Publicado en Ethic, 10.06.24.

Venta libros "Oikonomía" y "Reforma e Ilustración"




Oikonomía. Economía Moderna. Economías
Oferta sólo venta directa: $ 12.000.- (IVA incluido)

2da. edición - Ediciones ONG Werquehue - 2020
ISBN: 978-956-402-214-7
516 pp. / 16x23 cm. / Encuadernación rústica con solapas

Acerca de la economía, en su doble condición de disciplina "científica" y actividad capitalista de mercado, es posible preguntarse: ¿por qué el lucro (ni siquiera la ganancia) cobró mayor relevancia que el trabajo y la producción?, ¿por qué se le considera una 'ciencia' al modo de las ciencias naturales?, ¿por qué la política terminó siendo puesta a su servicio?, ¿ha sido o es el único sistema de sustento viable, correcto, eficiente o benigno?, ¿es un mero sistema técnico o una proyecto que contiene una cultura con sus ideas, moral e instituciones?
Este libro busca contestar las preguntas antedichas desde una perspectiva crítica, que pone en tela de juicio a la "ciencia económica" y al capitalismo de mercado desde la revisión de sus relaciones con lo ético, religioso, cultural, social, filosófico, político e histórico. Para ello se recurre a una mirada transdisciplinaria que busca romper los rígidos límites y el reduccionismo de la economía dominante, en un momento donde urge una revisión de la economía y de lo económico.

Patrocinaron este libro: 
- Federación de Sindicatos del Holding Heineken CCU
- Caritas Chile
- Magíster en Gestión Cultural de la Universidad de Chile
- Magíster en Desarrollo a Escala Humana y Economía Ecológica de la Universidad Austral de Chile
- Escuela de Ingeniería y Ciencias de la Universidad de Chile

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Reforma e Ilustración. Los teólogos que construyeron la Modernidad
Oferta sólo venta directa: $ 12.000.- (IVA incluido)

2da. edición - Editorial Ayun - 2012
ISBN: 978-956-8641-11-5
476 pp. / 
16x23 cm. / Encuadernación rústica con solapas

La Modernidad, la tradición cultural anglosajona post Reforma Protestante, sigue vigente en nuestras ideas, moral, instituciones y, por ende, en nuestras vidas cotidianas. Puntualmente, dicha tradición tiene como principal fundamento intelectual al movimiento de la Ilustración; el que, a su vez, se nutre de la Reforma Protestante en su versión calvinista o reformada.
Este libro expone esas relaciones y su rol en el desarrollo de la ciencia experimental, el derecho y la política, la moral y la economía modernas y en la construcción del mundo contemporáneo. Para ello se trabajan los textos originales de autores como Isaac Newton, John Locke, Adam Smith, Jean-Jacques Rousseau, entre otros, quienes a pesar del tiempo transcurrido son cruciales para explicar y criticar nuestra época.

* Para leer el Índice y Presentación del libro: pincha AQUÍ.
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Hasta siempre Helmut Frenz. Perdona lo poco




En víspera del Día Nacional de las Iglesias Evangélicas y Protestantes, un homenaje a un cristiano de verdad y a quien respeto profundamente. Un tipo de persona y de creyente que necesitamos urgentemente hoy en Chile, cuya historia las nuevas generaciones deben conocer.


§§§


Am


El pastor luterano Helmut Frenz falleció en Hamburgo, Alemania, el pasado martes 13 de septiembre de 2011. Su muerte mereció una cobertura menos que mínima de los medios. Por un lado, él muerto en una cama contra 21 compatriotas fallecidos en un terrible accidente... es una contienda desigual ante el olfato “periodístico” de cualquiera de nuestros editores-mercachifles.

Pero asimismo, Helmut Frenz es un personaje del pasado y de un pasado que, se ha insistido desde esos mismos medios, debe olvidarse. Sería necesario "dar vuelta la página". Recordar es seguir pegados en ese pasado, es no mirar al futuro. 

Gente como Helmut debe ser desaparecida junto con los desaparecidos.

De ahí los continuos despachos de hasta el más absurdo y superficial detalle de lo que ocurre en Juan Fernández. Es comprensible la preocupación de los periodistas porque nadie se pierda, por ejemplo, dónde duermen o quién les cocina. Para peor, tragedia sobre tragedia, murió un suboficial de la FACH en otro lamentable accidente. El nuevo fallecido había ido a la isla como voluntario y estaba a punto de subir al avión que lo traería de vuelta.

Por si fuera poca esa competencia, la cercanía del 18 tiene intensamente ocupados a los medios. Es de la mayor relevancia mostrarnos dónde adquirir trajes típicos por buen precio, cuántos autos saldrán de Santiago por el fin de semana largo, cómo hay que cuidarse para no subir de peso en las fiestas, qué locales son los más baratos para comprar para un asado e incontables etcéteras. Cuál más absurdo y vano que el otro.

Definitivamente Helmut Frenz eligió una pésima semana para dejar este mundo. Pero así parece que era. Desarrolló, cual fijación quizás, una capacidad para ir contra la corriente. O contra ciertas corrientes.

Tal como lo cuenta en Mi Vida Chilena (LOM Ediciones, 2006), llegó al país en 1965. En una etapa de convulsiones y cambios. Y arribó como un extraño... y uno muy alemán por lo demás: con su orden germánico que calzaba con el de la colonia germánica y al cual debían adecuarse los chilenos. 

Sin embargo, poco a poco los hechos y su forma de ser o su forma de ser y los hechos, lo fueron metiendo cada vez más en el torbellino de la vida nacional. Un torbellino que aún le deparaba sucesos terribles tras el golpe.

Su humildad lo hacía capaz de reírse de su período de alemanote conservador. Cuando me regaló su libro autobiográfico, nos encontramos al poco tiempo después y lo primero que me preguntó en tono festivo, burlándose abiertamente de sí mismo, es qué me había parecido su alarmante “Primer Informe Sobre la Situación en Chile”. Le divertía a Frenz el tono conservador y timorato de ese pastor alemán que en algún momento había sido.

Por fortuna pudo librarse de él y servir a sus prójimos con admirable valentía, sin hacer preguntas ni discriminaciones.

Ese deber irrenunciable que tenía como cristiano lo llevó a denunciar injusticias, esconder perseguidos, gestionar liberaciones, organizar y coordinar ayuda para los fugitivos y encarcelados, y a esforzarse por difundir lo que sucedía en Chile. En eso estaba al momento de su expulsión del país en 1975. Este Frenz distaba mucho del despistado pastor que llegara diez años antes y había desarrollado un nexo con estas tierras y su gente al punto de que en su propia Alemania decía sentirse “exiliado”.

Conocí a Helmut Frenz hace unos pocos años, no más de seis o siete creo. No fui su amigo ni mucho menos. Mas, su transparencia hacía que no hubiera que compartir con él por largo tiempo para darse cuenta de su forma de ser. Yo sabía quién era ese “personaje”: un gran “luchador” por los Derechos Humanos, alguien que se jugó su propia vida por salvar las de otros. Su seriedad y el hecho de que fuera un viejo grandote, el típico alemanote a ojos de un chileno, le hacían honor a su cartel de “personaje”. Sin embargo, al tratarlo quedó claro que su calidez no calzaba con esos próceres inmortalizados en alguna estatua por ser “luchadores incansables”. No era grave ni vanidoso, todo lo contrario.

Frenz me pareció un hombre de fe sincera, de esos que hacen que hasta el ateo más acérrimo termine respetando una religión y el anticlerical militante a un pastor. Sin duda fue lo que los cristianos llaman un hombre de buena voluntad. Y fue un tipo muy valiente cuando comprendió que no podía ignorar las exigencias éticas radicales de Jesús. 

¡Qué suerte que lo entendiera o se dejara guiar por su fe! Cuántos y cuántas siguieron viviendo gracias a eso.

En la ceremonia que se organizó en su exparroquia de Ñuñoa en Santiago, el mismo martes de su muerte, más de alguien le agradeció emocionado el seguir vivo o el que algún ser querido no hubiera sido asesinado por la dictadura. Para mi es muy difícil describir los sentimientos que despiertan esos relatos en primera persona. Ellos, en el fondo, hablan de la sencilla grandeza de Frenz. Quien pudiendo haber escogido una vida sosegada escondiéndose tras las cuatro paredes de su iglesia, dejó una huella tan hermosa y singular: salvar vidas y ayudar a quienes sufren lo horrendo. 

Admiración que aumenta al haberlo conocido y haber tratado a un hombre muy gentil y, podría decirse, hasta manso. Pero alguien igualmente capaz de indignarse y actuar en consecuencia.

Estimado Helmut, tu muerte, que recuerda tu vida, pasará desapercibida en el gran escenario mediático. A los editores-mercachifles no les sirves. Tu humanidad no aumenta el rating y, por ende, no atrae auspiciadores. Tus años de consecuencia, los problemas y peligros que te trajeron, no son nada. No figuras en el recién levantado panteón mediático de los fallecidos comprometidos ni en el de los fallecidos bondadosos. Para ti no habrá duelos nacionales, ni cámaras en las ceremonias donde se te recuerde. Tu caridad y valor te convirtió en chileno antes de serlo legalmente y hoy nos toca ser testigos del modo en que te paga el Chile oficial.

Pero ese país de plástico no representa a todos y todas tus compatriotas. Tenlo por seguro. Las vidas que ayudaste a mantener son la mejor prueba de ello. Será un lazo indestructible entre tú y esas vidas, y entre las y los que siempre te recordarán aunque no hayan sufrido en carne propia la cárcel, la tortura o el exilio.

Muchas gracias Helmut Frenz y perdona lo poco.



* Publicado en PiensaChile, 16.09.11.

Cómo Gaza está desenmascarando el mito alemán del "nunca más"




El apoyo incondicional de Alemania a Israel ha sido una manera fácil de evitar examinar nuestro brutal pasado. El peso colosal del genocidio que se sigue perpetrando en Gaza está destrozando nuestros mitos simplistas y obligándonos a reexaminar nuestro dogma histórico.


Frédéric Schneider


Los alemanes vivimos en una realidad marcada por nuestra historia genocida. Si bien la narrativa nacional de la "culpa colectiva" por el Holocausto es omnipresente, la experiencia vivida en Alemania revela que se trata más de un mito que de una realidad. Con nuestra "cultura de la conmemoración" performativa, instrumentalizamos el Holocausto para distanciarnos de nuestro pasado, desviar la atención de nuestros problemas actuales con la extrema derecha y redefinir nuestra imagen como defensores de la moralidad. Un elemento central en la construcción de nuestra imagen interesada, nuestra "arrogancia genocida", es nuestro apoyo incondicional a los crímenes de guerra israelíes, una arrogancia que se ha derrumbado bajo el peso de nuestra complicidad en el genocidio de Gaza.


Dogma alemán y realidad alemana

Me encantó crecer en la Alemania Occidental de los años ochenta y principios de los noventa. Siendo mitad alemana y mitad francesa, tenía una vaga idea de la nacionalidad y de por qué debía sentirme orgullosa de ser lo que mi pasaporte decía que era. Por eso, me alegraba que Alemania pareciera diferente de otros países, aparentemente menos preocupada por el orgullo nacional. Que, después de dos guerras mundiales catastróficas, no tuviéramos que exhibir nuestra bandera por todas partes como los estadounidenses. Éramos una sociedad reformada, sobria. No más nacionalismo, no más guerras, no más genocidio. Si nos sentíamos orgullosos de ser alemanes, era porque estábamos orgullosos de nuestro «patriotismo constitucional» y de nuestros nuevos valores humanistas de la posguerra.

En nuestra infancia, la historia reciente de los alemanes tenía una gran importancia. Sabíamos que los alemanes habían sido sádicos, odiosos e incluso genocidas en el pasado. Sabíamos por qué los supervillanos del cine, desde Dr. Strangelove hasta Hans Gruber, eran naturalmente alemanes. En la escuela, aprendimos todo sobre el genocidio de los judíos, con notas a pie de página sobre el genocidio romaní, la Operación T4 y, dado que yo asistía a una escuela católica, la persecución de la Iglesia católica. (Sin embargo, no se mencionó a las innumerables víctimas eslavas de la Alemania nazi; estas permanecieron firmemente fuera del alcance de la conciencia). Un superviviente del Holocausto vino a la escuela para darnos un relato de primera mano de los horrores indescriptibles a los que el pueblo judío había sido sometido. Leímos Ana Frank. Memorizamos el poema sobre el Holocausto de Paul Celan, "Todesfuge", con el estribillo inquietante de que "La muerte es una maestra de Alemania". Vimos La lista de Schindler en una excursión escolar al cine. Vimos cómo se instalaban los primeros monumentos conmemorativos "Stolpersteine" en los años 90. La obra de teatro de nuestra escuela fue, naturalmente, la alegoría nazi de Eugène Ionesco, Rinoceronte. Cuando nuestro último viaje de estudios nos llevó a Praga, hicimos la parada obligatoria y desgarradora en el campo de concentración de Theresienstadt.

La lección no podría ser más clara: nosotros, como pueblo, habíamos cometido el pecado capital, y debíamos recibir una educación exhaustiva para asegurarnos de que nunca volviera a suceder.

Y, sin embargo, mientras crecía, la actualidad se repetía más que de forma definitiva, ya que una interminable sucesión de actos de terrorismo neonazi recordaba inquietantemente a la última etapa de la República de Weimar: disturbios nazis en Hoyerswerda y Rostock-Lichtenhagen, ataques incendiarios mortales en Duisburg-Wanheimerort, Schwandorf, Mölln, Solingen, Lübeck (dos veces), los asesinatos de Amadeu Antonio, Silvio Meier, Noël Martin, Beate Fischer, Michael Berger y, años más tarde, Marinus Schöberl, la ola de asesinatos de la NSU que duró años, Walter Lübcke, Halle, Hanau y la conspiración de los Reichsbürger, por nombrar solo algunos. Así, mientras veía las noticias por televisión en los años 90, creció en mí la sospecha de que la política de extrema derecha y antisemita no había sido erradicada como nos hicieron creer, sino que estaba en un auge imparable: cada vez más neonazis marchando por las calles, cada vez más políticos de extrema derecha en el parlamento y una amplia simpatía neonazi dentro de la policía, la seguridad del Estado y el ejército.

¿Cómo pudo fracasar tan estrepitosamente un esfuerzo nacional de reeducación de tal magnitud? ¿Cómo es posible que tantos alemanes no aprendieran absolutamente nada y repitieran horrores del pasado?

Perturbado por estos ecos de tiempos oscuros, supe que, como alemán, tenía el deber de seguir formándome tras graduarme. Leí los desgarradores relatos del Holocausto de Elie Wiesel, Victor Frankl, Primo Levi y otros. Leí «Maus» de Art Spiegelman y a Amos Oz. Como muchos alemanes igualitarios y progresistas, me convertí en un admirador de los kibutzim. Visité el recién inaugurado Museo Judío de Berlín y, cuando viajaba, me aseguraba de visitar lugares de memoria. Cuando fui a Israel, visité Yad Vashem; cuando fui a Japón, visité el Memorial de la Paz de Hiroshima. Sabía que nosotros, como alemanes, tenemos el deber especial de estar vigilantes, de asegurarnos de no cometer ni ser cómplices de tales atrocidades.

Sin embargo, poco a poco me di cuenta de que la escuela no nos había enseñado el panorama completo. No recuerdo si aprendimos sobre el genocidio de los herero y los nama en la escuela, o sobre otras atrocidades alemanas. Hoy parece que la Segunda Guerra Mundial eclipsó todo lo demás y se cernió sobre nosotros, singular, sin contexto. Por ejemplo, solo tenía una vaga idea del lado sádico, odioso e incluso genocida del colonialismo europeo. De niño, me enorgullecía que mi cumpleaños coincidiera con el día en que Cristóbal Colón había "descubierto" el "Nuevo Mundo". Y aunque el colonialismo no hubiera sido del todo bueno, Alemania, por una vez, parecía tener poco que ver con esas atrocidades. Solo más tarde, a través de mis lecturas y viajes, comprendí cuán limitada era esa interpretación histórica.

Al eliminar el rico contexto histórico del Holocausto, la narrativa alemana de posguerra creó una singularidad fuera del espacio y el tiempo, un agujero negro. Desapareció la conexión con las atrocidades coloniales, la continuidad con el genocidio de los indígenas americanos y el genocidio armenio, y también la inspiración que el Destino Manifiesto estadounidense y la ciencia racial y la legislación angloamericanas brindaron a las leyes raciales alemanas y a la ideología del Lebensraum. Parafraseando la memorable frase del historiador Fritz Fischer: «Hitler war kein Betriebsunfall» – Hitler no fue un accidente. Y, convenientemente, también desapareció la continuación encubierta del nazismo después de la guerra.


La conmemoración como distracción

Ante esta historiografía deficiente, comencé a reevaluar el procesamiento posbélico de nuestro pasado nazi («Vergangenheitsbewältigung»), concretamente nuestra ostentosa «cultura de la memoria» (famosamente ridiculizada como «teatro de la conmemoración» por el sociólogo judío Y. Michal Bodemann). En el centro de esta narrativa se encuentra nuestra «culpa colectiva». Este mantra, repetido con frecuencia, no era más que una farsa: ningún alemán que yo conozca se ha sentido personalmente culpable de los crímenes nazis. ¿Cómo podría uno sentirse culpable por algo que ocurrió décadas antes de nacer? Pero al plantear nuestra relación como culpa en lugar de responsabilidad, realizamos un truco de magia: nuestra relación con el Holocausto se presentó como nuestro pasado, no como nuestro presente. La ecuación era simple, incluso elegante: al centrarnos obsesivamente en nuestros crímenes históricos, nos distanciábamos simultáneamente de ellos, como si contempláramos fascinados un objeto extraño, congelado en el tiempo, y por lo tanto, inequívocamente pasado y separado.

Pero la cultura de la memoria no solo nos separó, paradójicamente, de nuestra abominable historia, sino que también sirvió como una manera conveniente de encubrir nuestro presente de extrema derecha con una expiación performativa. Una consecuencia de la primera ecuación fue: dado que éramos tan hiperconscientes de nuestro pasado nazi, era imposible que aún tuviéramos un problema con el nazismo . Y así sucedió que, en las décadas de la posguerra, nuestro pasado nazi fue barrido bajo la alfombra en lugar de ser procesado, con poca o ninguna rendición de cuentas para los perpetradores. La "desnazificación", al menos en Occidente, reintegró sin problemas a muchísimos nazis no reformados en la política, el poder judicial, el ejército, la policía, los servicios de inteligencia y los negocios.

Significativamente, el Día de la Liberación (8 de mayo, fecha de la capitulación de la Alemania nazi), que se celebraba en gran parte de Europa, incluida Alemania Oriental, no era festivo en Alemania Occidental, que optó por celebrar el 17 de junio, aniversario del levantamiento popular de Alemania Oriental en 1953. De hecho, la primera vez que un funcionario de Alemania Occidental se refirió al 8 de mayo como un «día de la liberación» fue el presidente Richard von Weizsäcker en un discurso de 1985, cuarenta años después de la guerra, e incluso entonces, esta denominación causó un escándalo. Más de treinta parlamentarios boicotearon el discurso presidencial indignados por su osadía al llamar «liberación» a la derrota del régimen nazi, mientras que una mayoría silenciosa parecía seguir considerándolo más bien una causa perdida, o al menos una vergüenza. Claramente, la carga estética de la culpa por el Holocausto no era profunda. Ante esta mentalidad, la continuidad y el eventual resurgimiento de la política y la violencia de extrema derecha en años posteriores parecían naturales.

La conmemoración al estilo alemán, entonces, no era más que una puesta en escena histórica similar a una visita a una feria renacentista. Podíamos leer decenas de libros, ver series de televisión y documentales sobre el Tercer Reich sin asumir la responsabilidad del antisemitismo, el racismo y la violencia, muy reales, que los alemanes seguían produciendo en su país y fomentando en el extranjero. Se trataba de dar por zanjado nuestro vergonzoso pasado y eximirnos de afrontar nuestro presente.

Pero, quizás lo más insidioso, es que nuestra cultura de la memoria se centró en los criminales en lugar de en las víctimas, quienes a menudo solo figuraban como meros figurantes sin capacidad de decisión, una cifra abstracta —seis millones— tan enorme e industrial que sepultó toda individualidad. Delegamos la atención a los supervivientes del Holocausto mediante el pago de indemnizaciones —más de 80.000 millones de euros— . Y tras haber comprado nuestra tranquilidad, permanecemos ajenos al hecho de que muchos supervivientes del Holocausto viven hoy en una miseria ignominiosa en Israel, porque si las víctimas existen en nuestro proceso de culpa, lo hacen principalmente en tiempo pasado.

Al marginar a las víctimas y centrarnos en nosotros mismos como perpetradores en este teatro de autoflagelación, logramos reinventarnos no solo como criminales reformados, sino como verdaderos ejemplos morales. Dado que éramos el único país del mundo que había afrontado heroicamente su horrendo pasado, nos sentíamos superiores a los demás. Desarrollamos la autosuficiencia del pecador reformado que sermonea a otros sobre moralidad sin reflexionar profundamente sobre las lecciones que deberíamos haber aprendido de los crímenes de nuestros antepasados. Nuestra performativa «culpa colectiva» se había convertido, por lo tanto, en «arrogancia genocida».


El proisraelismo como escudo

La creación del Estado de Israel en 1948 fue otro acontecimiento crucial que nos permitió dejar atrás el pasado. Si bien habíamos masacrado a los judíos europeos, ahora los supervivientes habían seguido adelante. Había visto esta narrativa en Yad Vashem, el museo y memorial nacional israelí del Holocausto, que no solo muestra el horror del Holocausto, sino que también presenta a Israel como el final feliz, donde el pueblo judío encontró un hogar seguro en Palestina -Israel. El gobierno alemán y, de forma inconsciente, nosotros como pueblo, hemos adoptado con entusiasmo esta narrativa. No solo refuerza la idea de que nuestro oscuro pasado se ha resuelto con la creación de Israel, sino que se ha convertido en historia, lo que nos hace buenos.

Esa lógica tiene evidentes fallos. Si bien nuestro gobierno afirma que el Holocausto implica la responsabilidad histórica de Alemania en la existencia de un Estado judío, no le preocupa en absoluto que, como acto de expiación por el asesinato de judíos, se confiscaran tierras ajenas , contra la voluntad de sus habitantes, para fundar un Estado judío. Y a ningún alemán parece importarle que no seamos nosotros —los perpetradores y sus descendientes— quienes paguemos el precio territorial de sus crímenes. Alemania habrá pagado la deuda, pero los palestinos fueron expulsados ​​de sus tierras para obtener los terrenos necesarios.

El enfoque en el Holocausto judío también limita convenientemente la responsabilidad de Alemania como Estado a una sola de sus numerosas víctimas de genocidio. Ningún político alemán aboga por la creación de un Estado para los sinti y los romaníes, ni siquiera por el pago de las mismas reparaciones a las víctimas romaníes que a las judías. Sin duda, sería muy costoso para Alemania conmemorar más de uno de sus numerosos genocidios.

La fundación de Israel fue, por lo tanto, desde la perspectiva alemana, una «feliz solución» a su problema judío. Se ignoró por completo la catástrofe que esta «reubicación» provocaría durante décadas para los palestinos. De hecho, la difícil situación de los palestinos es prácticamente inexistente: la mayoría de los alemanes nunca han oído hablar de la Nakba, no se enseña en las escuelas y las cadenas de televisión no emiten películas ni documentales sobre el tema. Cuando buscaba opciones de streaming para mis padres, que no hablan inglés, de películas como Tantura o 5 Broken Cameras, me asombró no encontrar ninguna con doblaje o subtítulos en alemán (aunque no debería haberme sorprendido). El problema es tabú, y si surge en una conversación, enseguida cambiamos de tema.

Así pues, yo, como la mayoría de los alemanes, no tenía ni la más remota idea del conflicto israelo-palestino. Cuando visité Israel en 2016, los palestinos eran invisibles, hasta el punto de que pude cruzar la Cisjordania, ocupada ilegalmente, por una carretera exclusiva para israelíes desde Jerusalén hasta Ein Gedi para darme un baño en el Mar Muerto sin siquiera pensar en quiénes vivían allí ni en qué condiciones. Cuando asistí a una conferencia en la Universidad Hebrea de Jerusalén, desconocía por completo que parte de ella estaba construida sobre territorio anexionado ilegalmente, contraviniendo el Cuarto Convenio de Ginebra.

Todo cambió para mí con los desalojos de Sheikh Jarrah en 2021. Puedo señalar mi momento de revelación con precisión: un video en redes sociales que mostraba a "Jacob de Long Island", quien había llegado a Jerusalén Este para apoderarse de la casa de una familia palestina como su "derecho de nacimiento", pronunciando las impactantes palabras: "Si no la robo yo, alguien más la robará". Me quedé atónito. ¿Qué estaba pasando? ¿Cómo podía ser esto aceptable? Comencé a informarme, como lo había hecho con otros temas. Aprendí sobre los 56 años de ocupación militar y apartheid, los más de 700.000 colonos ilegales y violentos en los territorios ocupados, sobre la "detención administrativa", sobre el bloqueo de Gaza que dura ya 17 años y que mantiene encarcelados a 2,3 millones de personas, sometiéndolas a una "dieta" mientras regularmente "cortan el césped". Me asombró mi anterior ceguera acrítica y mi falta de curiosidad. Había oído hablar de los “campos de refugiados” palestinos, pero nunca pregunté de dónde venían. Supe que estos refugiados y sus descendientes insistían en su derecho —garantizado por los Convenios de La Haya y Ginebra, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas e innumerables resoluciones de la ONU— a regresar a sus tierras usurpadas en el actual Israel, a las más de 500 aldeas “despobladas” y borradas. Un derecho de retorno por el que los gazatíes habían marchado pacíficamente, solo para ser atacados desde el otro lado del muro, con soldados de las FDI burlándose de la cantidad de rodillas que habían disparado. Supe que la existencia de estas aldeas había sido borrada por los nuevos bosques de pinos plantados por el Fondo Nacional Judío, e incluso por algunos de los kibutzim que tanto admiraba. Supe que, sin darme cuenta, había pasado por una de estas aldeas borradas, Deir Yassin, lugar de una de las masacres israelíes más sangrientas, cuando visité Yad Vashem. Una vez que se percibe la disonancia cognitiva, es imposible ignorarla. Lloré desconsoladamente en Yad Vashem al ver los zapatos de los niños asesinados, y lloro las mismas lágrimas por los niños asesinados en Gaza.

Como alguien que creció en Alemania, entiendo la psicología que subyace a esta ceguera colectiva. Desde dentro, el apoyo incondicional e incuestionable de Alemania a Israel, hasta el punto de convertirlo en un "propósito nacional" ("Staatsräson") (legalmente cuestionable), no solo es una salida fácil para un examen más profundo de nuestro brutal pasado. Israel también nos proporcionó otro conjunto de ecuaciones que corroboraban la primera: puesto que somos "proisraelíes", no podemos ser antisemitas (ya). (Sin importar que declarar que el Estado de Israel es el judaísmo reificado sea, en sí mismo, un burdo estereotipo). De hecho, puesto que somos el país más proisraelí, debemos ser el menos antisemita, ¡somos antiantisemitas! Y puesto que no somos antisemitas, tampoco somos de extrema derecha. El canciller alemán Friedrich Merz usó esa táctica cuando derramó lágrimas por el Holocausto y pronunció un discurso de "Nunca más" (se aplican términos y condiciones). Es cierto que, a nivel nacional, se está acercando cada vez más al partido de extrema derecha AfD y, a nivel internacional, apoya con entusiasmo el genocidio de Gaza, pero si llora en una sinagoga, no puede ser de derechas, ¿verdad?

Peor aún, la falaz equiparación de antiisraelí con antisemita significó que ahora todo aquel que se opone a Israel es el nuevo antisemita. Y con ese truco, de hecho, pusimos fin a la era del supervillano nazi y le pasamos la responsabilidad del antisemitismo actual a los manifestantes "islamistas" (ignorando que muchos de ellos son judíos), como si el antisemitismo de extrema derecha no siguiera siendo un problema muy alemán: más del 90 por ciento de los delitos antisemitas en Alemania son cometidos por personas con antecedentes de extrema derecha. En ese sentido, ampliar la definición de antisemitismo, desde el tradicional "Judenhass" hasta abarcar el rechazo o la crítica al Estado de Israel, como sugiere la controvertida definición de la IHRA, es también una manera conveniente de minimizar el problema del Estado alemán con el antisemitismo "autóctono". Mientras el Estado aumenta el número de incidentes que califican como antisemitas, diluye la fracción atribuible al extremismo de derecha alemán y hace que el antisemitismo parezca un problema "importado", proporcionando así una excusa barata para encubrir nuestro racismo antimusulmán bajo el manto de la lucha contra el antisemitismo.


El coste de nuestros mitos

Parece, sin embargo, que toda esa comodidad para nosotros tiene un precio, no solo para los palestinos y quienes los defienden. ¿Acaso somos buenos amigos del pueblo judío si nos centramos en Israel en lugar de en la creciente ola de violencia antisemita de extrema derecha en Alemania, una violencia que nuestro gobierno no solo fomenta, sino que también perpetra? Porque, una vez más, el Estado alemán se vuelve contra los judíos. Prefiere cancelar eventos escolares con sobrevivientes judíos del Holocausto; cancelar una ceremonia de premiación para un galardonado judío que estableció paralelismos entre Gaza y el gueto de Varsovia; retirar la invitación a profesores visitantes judeoamericanos; congelar los activos de asociaciones judías; arrestar a manifestantes judíos por portar pancartas como «Como judío e israelí, detengan el genocidio en Gaza» o «Judíos contra el genocidio»; hacer que la policía antidisturbios irrumpa en un evento judío, que, aparentemente, también es «islamista»; prohibir hablar hebreo; todo en nombre, al parecer, de la «lucha contra el antisemitismo». Berlín, cuya brutalidad policial ha causado alarma en la ONU, el Consejo de Europa y Amnistía Internacional, está especialmente interesada en reprimir la disidencia. Supongo que la policía alemana, si pudiera, también arrestaría a los demandantes que llevaron a Alemania a juicio en La Haya por complicidad en el genocidio israelí (aunque los alemanes probablemente no conozcan el caso, que los medios alemanes no parecen considerar noticia).

Es fácil quedarse atrapado en esta lógica retorcida cuando uno crece inmerso en ella. Afortunadamente, he vivido fuera de Alemania durante dos décadas, una experiencia que me ha brindado la distancia y el espacio necesarios para la introspección y la autoconciencia. Me di cuenta de que mi educación alemana había obstaculizado mi capacidad para reconocer cuán violentamente choca nuestra actitud con la visión externa. Especialmente la gente del mundo poscolonial, donde Alemania todavía es vista como el genocida en serie que solía ser, percibe su actual implicación en la destrucción de Gaza como una continuación natural de ese legado criminal. Pero los políticos alemanes, que se enorgullecen de su supuesta moralidad suprema, están realmente desorientados cuando el Sur Global (incluida Namibia, antigua colonia alemana y víctima de genocidio) expresa su consternación porque Alemania no ha aprendido de su pasado. Según la autopercepción alemana, ser descendientes de genocidas nos da derecho a explicar a las víctimas de atrocidades que lo que están sufriendo, en realidad, no es un genocidio. Deberíamos saberlo, somos los poseedores del récord mundial.

Parece que la tentación de desviar la atención de nuestra propia problemática neonazi y pretender una superioridad moral vilipendiando a cualquiera que critique el genocidio en curso o, incluso, cualquier sentimiento propalestino, es demasiado grande. Pero esta artimaña se está desmoronando ante sus consecuencias ridículas. ¿Somos los alemanes realmente los mejores árbitros del antisemitismo? ¿Son antisemitas los estudiosos judíos del Holocausto y el genocidio por describir la guerra de Israel contra los palestinos como limpieza étnica y genocidio? ¿Son también antisemitas los supervivientes del Holocausto que calificaron de genocidio el bombardeo de Gaza en 2014? ¿Son antisemitas los rabinos que dicen que Gaza fue un genocidio? ¿Es antisemita el exjefe de inteligencia israelí Avraham Shalom cuando compara la ocupación de los territorios palestinos con la ocupación nazi de Europa del Este? ¿Son antisemitas los pueblos indígenas y los grupos de defensa de los derechos de las personas negras cuando establecen paralelismos entre su propio sufrimiento y el trato que Israel da a los palestinos? ¿ Son antisemitas Desmond Tutu o Jimmy Carter cuando establecen paralelismos entre el régimen del apartheid de Sudáfrica y la ocupación israelí?

Por cierto, el silenciamiento selectivo de las voces judías es una tradición tan antigua como la propia Alemania de posguerra. Demasiado tarde, descubrí que muchos de los héroes literarios de mi juventud también eran antisionistas. Pero el antisionismo de Primo Levi, que le valió la condición de persona non grata en Israel, se omitió convenientemente en el discurso alemán, al igual que el de Viktor Klemperer, cuyos conmovedores diarios sobre la vida de un judío en la Alemania nazi leí con profunda tristeza, pero cuyo temor al sionismo, que comparaba con el nazismo, permaneció oculto en el discurso alemán. En ese sentido, nada parece haber cambiado.

En resumen, ¿acaso todos somos antisemitas, incluyendo a los numerosos judíos e indígenas que se han manifestado en contra del genocidio, excepto nosotros, los alemanes blancos, y el gobierno israelí de extrema derecha, sádico, lleno de odio e incluso genocida, compuesto por defensores expansionistas del etnoestado que exigen que las fronteras de Israel se extiendan hasta Damasco y afirman que los palestinos deberían ir a Arabia Saudita? ¿Acaso compramos nuestra carta de inmunidad antisemita vinculando nuestro destino a un gobierno extremista cuyo partido gobernante proclamó ya en su acta fundacional de 1977 que «entre el Mar y el Jordán solo habrá soberanía israelí»? Si queremos solidarizarnos con el pueblo judío, ¿por qué apoyamos a Benjamin Netanyahu, Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich cuando podríamos apoyar a Edith Bell y Gabor Maté, Judith Butler y Kenneth Roth, Jeffrey Sachs e Ilan Pappé, Amira Hass y Gideon Levy, y a muchísimos otros que se oponen al estado de apartheid genocida de Israel?

Incluso si definimos nuestra razón de Estado como «Israel, con razón o sin ella», ¿implicaría eso ser fieles seguidores del actual gobierno israelí? ¿Acaso ayudamos al pueblo israelí si apoyamos un régimen sin una estrategia de salida, un culto a la muerte que no solo está desgarrando al Estado israelí desde dentro, sino que además lo está convirtiendo en un paria internacional? Irónicamente, nuestra postura «proisraelí», egoísta y moralista, corre el riesgo de perjudicar a los israelíes y a su Estado.

Y, aún más irónicamente, el grupo que mejor ve a través del desgastado espectáculo de la culpa es precisamente la misma extrema derecha a la que nuestro gobierno ha mimado y dejado pudrirse en la sombra desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Los neonazis disfrutan ridiculizando el "Schuldkult" o "culto a la culpa" alemán. El teatro de la conmemoración, por lo tanto, no solo es ineficaz, sino que, por su flagrante hipocresía, incluso sirve como herramienta de reclutamiento para los nazis más fanáticos.

El peso colosal del genocidio que se está produciendo en Gaza está destrozando todos nuestros mitos simplistas, obligándonos a reexaminar nuestro dogma histórico. Se necesita mucha ignorancia sobre la masacre perpetrada contra los palestinos para desestimar las voces fuertes y conscientes que claman: «¡Nunca más para todos!». También se necesita mucha ignorancia sobre nuestra propia historia. Somos una nación con un variado historial de atrocidades: los herero y los nama, los maji-maji, la violación de Bélgica, el gas venenoso en Flandes, la complicidad en el genocidio armenio, Guernica, los judíos, los sinti y los romaníes, los comunistas, las comunidades LGBTQ+, las personas con discapacidad, los prisioneros de guerra polacos y soviéticos , el Blitz y los cohetes V2 sobre Londres. ¿Cómo podemos, con toda esta historia de crímenes de lesa humanidad de la que aprender, proclamar con tanta seguridad la lección errónea y particularista de que algunos genocidios están permitidos?

Necesitamos cambiar de rumbo urgentemente. Porque si no lo hacemos, cuando se escriba la historia de la Alemania del siglo XXI , el tratamiento hipócrita de su pasado nazi se identificará como una contribución crucial a su retroceso hacia el fascismo. El tiempo se agota mientras presenciamos la ola de antisemitismo e islamofobia de extrema derecha, la transformación de nuestra policía en una Sturmabteilung y la toma del poder por parte del fascismo en nuestra política. Tal como están las cosas, temo que, cuando se abra un futuro Yad Vashem del genocidio de los palestinos, la muerte seguirá siendo la dueña desde Alemania.



* Publicado en Mondoweiss, 18.05.26. Frédéric Schneider es economista e investigador sénior del Consejo de Asuntos Globales de Oriente Medio.

Estallido de 2019: el "giro" de 360°


Plaza Dignidad, marcha del 1 de noviembre de 2019.


El texto que aquí se comparte fue escrito en 2019, en torno al espíritu y los sucesos del Estallido Social. Al calor de las protestas la élite no escatimó esfuerzos, como más abajo se leerá, en hacer un público e hipócrita mea culpa. En su momento temieron que por fin pagarían sus culpas, pero muy pronto se dieron cuenta de que aquello estaba lejos de ocurrir... Pudieron seguir, hasta la fecha, su fiesta en paz.

Hace dos años su autor reenvió su escrito a quienes estamos en su base de datos y afirmaba que tras ese tiempo "pareciera no haber sucedido nada" en Chile. Efectivamente, en 2025 todo había vuelto a la (a)normalidad: el Rechazo había ganado por paliza, la ultraderecha se apropió del 2do. proceso constitucional y, la guinda de la torta, Kast ganaba la presidencia por amplio margen y con mayoría derechista en el Congreso. Todo ello mientras se mantenía el modelo intacto y para asegurar que siguiera así.

El Estallido social ya es un recuerdo confuso y lejano para los propios chilenos no millonarios.


§§§




"Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, 
que no respeta a nada ni a nadie"
Presidente Sebastián Piñera (20.10.19) [1]


Hervi Lara


La Escuela de Economía de la Pontificia Universidad Católica de Chile fue el lugar de nacimiento del sistema económico imperante y que ha provocado las enormes desigualdades que sólo ahora están siendo reconocidas por quienes ejercen el poder.

Dicho poder de la élite dominante ha sido resguardado por la Constitución de 1980, nacida al alero de la Facultad de Derecho también de la Pontificia Universidad Católica de Chile. De allí egresaron los “Chicago Boys” y los “gremialistas” que dieron origen a la Unión Demócrata Independiente [UDI] así como a gran parte del resto de los partidarios y ejecutivos del actual gobierno [Piñera II: 2018-2022].

El “estallido popular” a partir del 18 de octubre y que se ha mantenido durante dos meses hasta hoy, ha permitido que la élite dominante (confluencia de “Chicago Boys” y “gremialistas” herederos de Jaime Guzmán), se haya visto obligada a reconocer las desigualdades e injusticias que han imperado en Chile y que se han agudizado con la imposición a sangre y fuego del sistema de economía de mercado. Y la misma élite también se ha visto obligada a reconocer (con los dientes apretados) que la Constitución de 1980 ha sido el muro de contención para la realización de transformaciones estructurales que permitan que la gran mayoría de la población pueda tener una vida digna de personas humanas. Dicen no haberse dado cuenta del infierno que construyeron al lado de sus paraísos.

Hans Eben, director de CENCOSUD, ha señalado que “nos enseñaron la teoría económica de Milton Friedman, y uno de sus postulados es que la única responsabilidad social de una empresa es involucrarse en actividades que aumenten la utilidad de la empresa”. Para agregar que “creímos que el crecimiento a cualquier costo era válido”.

Otros empresarios y directores de empresas han dicho haber reflexionado sobre el estallido social, reconociendo “abusos y malas prácticas”, lo cual les estaría enseñando “una renovada ética” (sic), según ha indicado el empresario Nicolás Ibáñez. Por su parte, Cristián Armas, gerente general de Empresas Armas, ha afirmado que “no hay que considerar sólo las variables económicas, sino todas aquellas que afectan la dignidad de la gente”. Se suma al nuevo “nunca más” Claudio Melandri, presidente de Santander, quien sólo ahora se ha dado cuenta de que “muchas de las certezas sobre las que cimentamos nuestras rutinas hasta hace una semana, hoy parecen estar resquebrajadas”. (El Mercurio, 27.20.19, Cuerpo B, p. 9).

La élite chilena ha estado conectada a las élites de EE.UU. y de Europa Occidental y no se ha percatado de lo que acontece en Chile. Desde sus condominios cordilleranos se traslada al aeropuerto sin ver su propio país. Ni siquiera se había dado cuenta de los datos de la OCDE que señalan que Chile se sitúa por debajo del promedio del resto de los países integrantes en ingresos, salud, empleo, salarios, educación, vivienda, calidad de vida y de trabajo, comunidad, seguridad, medio ambiente, bienestar subjetivo y compromiso cívico. Tampoco se habían dado cuenta de que el 9,7% de los empleados tiene jornadas de trabajo que superan las 50 horas semanales de promedio. Ni que la pensión promedio para los ancianos es de $207.000 y el 50% de los pensionados recibe menos de $151.000. No se habían percatado de que el 50% de los trabajadores gana menos de $400.000. Ni que, según datos de la CEPAL, el 1% de la población es poseedora del 26% de la riqueza nacional.

Lo anterior lo reafirma Bernardo Larraín Matte, presidente de la Sociedad de Fomento Fabril (SOFOFA), que reúne al gran empresariado, al confesar que “se llegó a este profundo nivel de destrucción porque nos faltó mirar más de frente y solucionar elementos como la incertidumbre en el diario vivir”. Agrega que otro factor es que “no se han enfrentado con decisión las desigualdades injustas y arbitrarias” (sic) porque “en el pasado estuvimos muy encerrados en nuestras empresas”. (El Mercurio, 17.11.19, Cuerpo B, p. 4).

Richard von Appen, presidente del grupo Ultramar (puertos, minas de carbón, etc.), ha reconocido que “los empresarios hemos tenido una falta de humildad. (…) Dejamos de escuchar, especialmente, a nuestra gente dentro de las empresas” porque “pasó algo donde la codicia tiene algo que ver”. (El Mercurio, 03.11.19, Cuerpo B, p. 5). Esto es cierto, porque hace un año atrás, los estibadores de los puertos de propiedad de von Appen debieron hacer una huelga para que se les concediera media hora para almorzar.

Andrónico Luksic, presidente de Quiñenco, dueño del Banco de Chile, de Canal 13, minas de cobre, entre otros “logros”; y generoso donante de campañas políticas dada su condición de ser uno de los más ricos del mundo, desde su faraónica situación ha dado “el vamos” a sus pares y a sus subordinados al afirmar que “para salir de la crisis se necesitan acciones concretas: fijar correctamente las prioridades y recursos, y que aquellos que podemos, ayudemos a pagar la cuenta”. (El Mercurio, 26.10.19, Cuerpo B, p. 7). No obstante el aparente reconocimiento de sus responsabilidades, el gran empresariado no ha hecho referencia a dialogar con el pueblo y los dirigentes de organizaciones representativas como son los gremios de la educación y de la salud, el movimiento NO+ AFP, ANEF, CUT, feministas, ecologistas, etc., que han instaurado la Mesa de Unidad Social. Las cúpulas de los partidos políticos de oposición al gobierno continúan en sus juegos de poder. El gobierno ha perdido el rumbo y pretende desligarse del conflicto trasladándolo a los partidos e instalando a algunos ministros con caras amables. 

En síntesis, las élites se niegan a dialogar con el pueblo, no porque “no entiendan el estallido social, sino porque lo han entendido muy bien y se niegan a dejar sus cuotas de poder y sus privilegios”.

Frente a este panorama de cinismo de las élites, no resulta extraño que se mantengan las manifestaciones de cuestionamiento hacia el gobierno, el gran empresariado y la dirigencia de los partidos políticos. Ellos han continuado en sus respectivos “autismos”. El pueblo no confía ni en los partidos políticos ni en los representantes del gobierno, porque ambas instancias están implicadas con el gran empresariado y las corporaciones transnacionales. Menos confianza existe en el gran empresariado y en sus “guardias pretorianas”. El extendido malestar popular expresa un deseo de cambios radicales y no simples acuerdos de cúpulas presionadas por la ineptitud del poder ejecutivo y la prepotencia de las FFAA y Carabineros que, veladamente, muestran su autonomía y amenazan con asumir el poder. Mientras, dejan actuar a saqueadores y narcotraficantes, para así justificar e intensificar la represión en contra de manifestantes conscientes de sus derechos.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha publicado en su reciente Informe (05.12.19) que ha constatado 3.400 heridos en manifestaciones; 352 personas con lesiones oculares; abusos sexuales, uso excesivo de la fuerza; torturas y miles de detenidos. Los rescatistas voluntarios encargados de atender a los heridos en situaciones conflictivas, tampoco han sido respetados por Carabineros. No obstante, el alto mando de la institución policial insiste en afirmar que su personal ha actuado cumpliendo los protocolos establecidos.

Tras el informe de Amnistía Internacional, cuya minuciosa investigación comprobó sistemáticas transgresiones de derechos humanos, el alto mando de las FFAA reaccionó con una virulenta declaración desmintiendo las acusaciones. Curiosamente, días más tarde, la directora ejecutiva de Amnistía Internacional en Chile fue amenazada de muerte.

Human Rights Watch señaló en su respectivo informe que “la forma en que los carabineros han actuado en estas protestas, y también en el pasado, refleja problemas estructurales muy serios que explican su brutalidad e incompetencia”. (El Mercurio, 24.11.19, Cuerpo D, p. 4).

El pensador español Manuel Castells, en visita a Chile, ha compendiado el estallido social en el término dignidad, señalando que “sin educación, salud, sueldos mínimos, empleos, la dignidad es un concepto vacío. Dignidad es la más profunda referencia a la calidad de ser humano que tenemos las personas”. (El Mercurio, 17.11.19, Cuerpo D, p. 10).

Dignidad es lo que se grita en las calles de Chile. Pero el gobierno no escucha porque no conoce ese término. Piñera ha declarado la guerra al pueblo de Chile, personificándolo como “enemigo poderoso e implacable”. Posteriormente, ha pedido perdón y ha ofrecido una supuesta “agenda social”, anunciada el 22 de octubre y que hasta hoy no ha sido implementada. Tampoco dicha agenda social solucionará los problemas planteados por el pueblo. Este exige transformaciones sustantivas de la estructura política, social, económica y cultural, para que se garanticen la salud, la educación, las pensiones, el derecho al agua, entre muchos otros. Ello significa terminar con las AFP y los intereses abusivos de los bancos; juzgar y condenar a los personeros públicos y privados corruptos; poner fin a “zonas de sacrificio”; devolver a los chilenos el mar, los recursos mineros y las empresas estatales saqueadas por partidarios de Pinochet; establecer condiciones habitacionales y laborales que permitan a todos vivir como seres humanos.

Es lo que debería haberse realizado desde 1990. Pero la Concertación de Partidos por la Democracia, bajo la tuición de EE.UU., acató el pacto con el gran empresariado y las FFAA de mantener la Constitución de 1980, la economía de mercado y la impunidad de Pinochet. La democracia “en la medida de lo posible”, considerada como mal menor, ha sido el inicio de la posterior tragedia.

Oculto a la exposición pública, Piñera ha sido acusado de ser el responsable de las violaciones a los derechos humanos por parte de Carabineros y de las FFAA mientras estas estuvieron en las calles en Estado de emergencia. Además, Piñera ha sido acusado del traspaso de US$500 millones a paraísos fiscales sin haber pagado los impuestos correspondientes en Chile. Piñera es egresado de la Escuela de Economía de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

En el libro La doctrina del shock (Paidós, Buenos Aires, 2008, pág. 159), Naomi Klein plantea que “después del trascendental viaje de Milton Friedman a Chile en 1975, el columnista del New York Times, Anthony Lewis formuló una pregunta tan sencilla como incendiaria: 'Si la teoría económica ortodoxa de Chicago sólo se puede poner en práctica en Chile mediante el recurso de la represión, ¿tienen sus autores algún tipo de responsabilidad por ello?'”.


NOTA DEL BLOG:

[1] Piñera había entrado a La Moneda como corrupto y esas palabras no fueron dichas en vano: salió del Palacio, además, como violador de derechos humanos. Sin embargo, primero Boric, quien en campaña le había "avisado" que se presentarían cargos en su contra, no cumplió su palabra; y, luego con su muerte la élite, lo beatificó ante la opinión pública. Mientras este escrito se publica aquí, está en pleno desarrollo el caso del corrupto abogado Luis Hermosilla, quien en declaraciones recientes ante la Fiscalía implicó a Piñera en sus crímenes. Tal vez se vendrá un proceso de desbeatificación... Ojalá.





* Publicado en El Ciudadano, 12.12.19.

Tecnofeudalismo: «El capitalismo ha matado al capitalismo»

«El capitalismo está muerto, en el sentido de que sus dinámicas no gobiernan nunca más nuestras economías. Este papel ha sido reemplazad...