Venta libros "Oikonomía" y "Reforma e Ilustración"




Oikonomía. Economía Moderna. Economías
Oferta sólo venta directa: $ 12.000.- (IVA incluido)

2da. edición - Ediciones ONG Werquehue - 2020
ISBN: 978-956-402-214-7
516 pp. / 16x23 cm. / Encuadernación rústica con solapas

Acerca de la economía, en su doble condición de disciplina "científica" y actividad capitalista de mercado, es posible preguntarse: ¿por qué el lucro (ni siquiera la ganancia) cobró mayor relevancia que el trabajo y la producción?, ¿por qué se le considera una 'ciencia' al modo de las ciencias naturales?, ¿por qué la política terminó siendo puesta a su servicio?, ¿ha sido o es el único sistema de sustento viable, correcto, eficiente o benigno?, ¿es un mero sistema técnico o una proyecto que contiene una cultura con sus ideas, moral e instituciones?
Este libro busca contestar las preguntas antedichas desde una perspectiva crítica, que pone en tela de juicio a la "ciencia económica" y al capitalismo de mercado desde la revisión de sus relaciones con lo ético, religioso, cultural, social, filosófico, político e histórico. Para ello se recurre a una mirada transdisciplinaria que busca romper los rígidos límites y el reduccionismo de la economía dominante, en un momento donde urge una revisión de la economía y de lo económico.

Patrocinaron este libro: 
- Federación de Sindicatos del Holding Heineken CCU
- Caritas Chile
- Magíster en Gestión Cultural de la Universidad de Chile
- Magíster en Desarrollo a Escala Humana y Economía Ecológica de la Universidad Austral de Chile
- Escuela de Ingeniería y Ciencias de la Universidad de Chile

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Reforma e Ilustración. Los teólogos que construyeron la Modernidad
Oferta sólo venta directa: $ 12.000.- (IVA incluido)

2da. edición - Editorial Ayun - 2012
ISBN: 978-956-8641-11-5
476 pp. / 
16x23 cm. / Encuadernación rústica con solapas

La Modernidad, la tradición cultural anglosajona post Reforma Protestante, sigue vigente en nuestras ideas, moral, instituciones y, por ende, en nuestras vidas cotidianas. Puntualmente, dicha tradición tiene como principal fundamento intelectual al movimiento de la Ilustración; el que, a su vez, se nutre de la Reforma Protestante en su versión calvinista o reformada.
Este libro expone esas relaciones y su rol en el desarrollo de la ciencia experimental, el derecho y la política, la moral y la economía modernas y en la construcción del mundo contemporáneo. Para ello se trabajan los textos originales de autores como Isaac Newton, John Locke, Adam Smith, Jean-Jacques Rousseau, entre otros, quienes a pesar del tiempo transcurrido son cruciales para explicar y criticar nuestra época.

* Para leer el Índice y Presentación del libro: pincha AQUÍ.
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Irán ha diseñado una guerra que Estados Unidos no puede ganar




La defensa mosaico distribuye la autoridad operativa en múltiples nodos, permitiendo al sistema mantener su continuidad.


Xavier Villar


La mayoría de los análisis sobre la estrategia defensiva iraní, particularmente en torno al concepto de defensa mosaico, tienden a centrarse casi exclusivamente en la dimensión óntica del conflicto: inventario de misiles, capacidades de drones o profundidad geográfica Este enfoque produce lecturas incompletas que dejan fuera los elementos que permiten comprender la coherencia del sistema iraní. La estrategia aparece entonces como una suma de capacidades, desvinculada del marco político que le otorga sentido.

Este sesgo analítico parte de una premisa implícita: que toda racionalidad estratégica puede traducirse en términos de eficiencia operativa. Sin embargo, en este caso, la defensa no puede separarse del principio que organiza su existencia. La seguridad no se define únicamente por la protección del territorio, sino por la continuidad de un orden político-teológico que articula legitimidad e identidad.

Para comprender la estrategia de Irán es indispensable partir de esta premisa: la seguridad se configura como una práctica destinada a garantizar la continuidad del sistema. Desde esta óptica, la acción estratégica no se orienta únicamente a neutralizar amenazas externas; se define por su capacidad de sostener y reproducir ese orden a lo largo del tiempo.

La Guardia Revolucionaria Islámica actúa como una estructura que articula múltiples niveles de poder en un mismo sistema operativo. No se trata de un “centro” que emite órdenes hacia una periferia pasiva, sino de una red en la que el poder circula entre nodos interdependientes. La autoridad no se concentra en un único punto vulnerable, sino que se distribuye a lo largo de múltiples capas que interactúan entre sí.

Este punto es crucial. La guerra moderna, tal como la concibe Occidente, sigue obsesionada con los centros de gravedad: líderes, infraestructuras, nodos de comunicación. La idea es simple: si el centro cae, el sistema colapsa. Irán ha diseñado su arquitectura precisamente para desactivar esa lógica. No hay un único centro que, al ser destruido, produzca el derrumbe del conjunto. Hay múltiples centros funcionales que pueden absorber daño y redistribuir capacidades.

La fuerza Basij extiende esta lógica al plano social. Su presencia permite que la defensa no se limite al ámbito militar, sino que se integre en la sociedad. Esto transforma cualquier agresión en un fenómeno que no es únicamente militar, sino también social y político. La separación entre frente y retaguardia pierde nitidez.

La guerra iniciada el 28 de febrero ilustra esta estructura. Los primeros ataques buscaron precisamente lo que Occidente entiende como decisivo: eliminar mandos, destruir radares, neutralizar infraestructuras críticas. La expectativa era clara: sin centros, el sistema colapsa. Sin embargo, la respuesta fue distinta. En lugar de una parálisis, se produjo una redistribución. Las funciones se reasignaron, los mandos fueron reemplazados y la operatividad se mantuvo. El sistema no se desmoronó; se reorganizó.


Difusión, desgaste y guerra sin centro

Aquí aparece el concepto clave: nodos en lugar de centros. En una arquitectura de este tipo, el poder no reside en un punto único, sino en la relación entre múltiples puntos. Cada nodo puede funcionar de manera autónoma dentro de un marco compartido, pero también puede reconectarse con otros nodos cuando es necesario. La destrucción de un nodo no compromete el sistema; simplemente reconfigura su equilibrio interno.

Este diseño no es accidental. Es el resultado de una comprensión precisa de cómo operan los adversarios. Las fuerzas occidentales privilegian ataques de precisión dirigidos a nodos estratégicos: líderes, centros de mando, infraestructuras críticas. Pero si el sistema está diseñado para resistir la eliminación de esos nodos, la eficacia de ese tipo de guerra disminuye de forma radical. La destrucción deja de ser sinónimo de victoria.

Esta lógica altera también la teoría de la disuasión. El principio clásico sostiene que el miedo a la escalada impide el conflicto. Sin embargo, en este caso, la escalada puede ser racional desde el punto de vista iraní. Si el sistema está diseñado para resistir, no escalar puede ser más costoso que hacerlo. La supervivencia no depende de evitar el conflicto, sino de sostenerlo bajo condiciones controladas.

En ese sentido, la estrategia iraní se acerca más a una forma de guerra prolongada que a un enfrentamiento convencional. No busca una victoria inmediata, sino erosionar la capacidad del adversario para sostener el esfuerzo. La pregunta no es quién gana, sino quién resiste más tiempo. Y en ese terreno, las democracias occidentales parten con desventaja estructural.

El Golfo introduce una dimensión adicional. Las potencias regionales tienen capacidad militar, pero no determinan el equilibrio estratégico. Su implicación puede ampliar el conflicto, pero no resolverlo. De hecho, puede intensificarlo. La escalada regional incrementa el coste global y desplaza el conflicto hacia una lógica de presión económica.

Aquí entra en juego el componente energético. El transporte de petróleo a través del Estrecho de Ormuz es un punto de vulnerabilidad sistémica para la economía global. Interrumpir o condicionar ese flujo no implica ganar la guerra, pero sí modificar el entorno en el que se desarrolla. Es una forma de presión indirecta, coherente con la lógica de guerra distribuida. El uso de medios relativamente baratos —drones, minas marinas, misiles de corto alcance— obliga al adversario a sostener dispositivos defensivos costosos. La guerra se desplaza así hacia una dinámica en la que el tiempo y los recursos adquieren un peso central.


Decapitación estratégica y la transformación del conflicto

En Washington, sin embargo, persiste la idea de que una victoria decisiva es posible. La eliminación de capacidades militares, el debilitamiento de infraestructuras o la presión externa se interpretan como pasos hacia un colapso interno. Pero esta expectativa descansa en una premisa discutible: que el sistema es frágil. La evidencia sugiere lo contrario.

La cuestión central no es si el sistema iraní puede ser debilitado, sino si puede ser desactivado. Y todo indica que está diseñado precisamente para evitar ese escenario. No depende de un único punto de fallo. No se basa en una jerarquía rígida. No necesita un centro para funcionar.

La guerra, en este contexto, deja de ser un enfrentamiento entre centros y se convierte en una interacción entre redes. Los centros siguen existiendo, pero su función se reduce. Lo decisivo es la capacidad de los nodos para sostener la coherencia del sistema bajo presión.

Esto redefine la noción misma de victoria. Si un sistema puede seguir funcionando después de perder partes clave, entonces la destrucción deja de ser un criterio suficiente. La victoria no puede medirse únicamente en términos de daño infligido. Debe evaluarse en términos de transformación política. Y en ese terreno, el resultado es mucho más incierto.

EE.UU. e Israel conservan una capacidad significativa de destrucción. Pero destruir no es lo mismo que ganar. Irán, por su parte, ha sido configurado para resistir sin necesidad de imponerse en términos convencionales. En ese equilibrio asimétrico, la ausencia de victoria del adversario se convierte en una forma de ventaja.

En última instancia, este conflicto confirma un cambio más amplio en la naturaleza de la guerra. Las grandes campañas decisivas del siglo XX han dado paso a conflictos más prolongados, menos concluyentes y más difusos. La doctrina mosaico no es una anomalía. Es una adaptación a ese nuevo entorno.

La guerra ya no gira en torno a centros que colapsan. Gira en torno a redes que persisten. Y en ese escenario, la capacidad de resistir puede ser más decisiva que la capacidad de destruir. Porque en este tipo de conflicto, la victoria no se define por ganar. Se define por no desaparecer.



* Publicado en Diario Red, 25.03.26.

Debe haber límites para la riqueza




La economista y filósofa belga Ingrid Robeyns propone un mundo donde la acumulación de la riqueza tenga un límite y donde los súper ricos sean vistos como un problema. No busca emparejar la cancha al final del proceso productivo --como hacen los impuestos--, sino hacer que el proceso entero sea parejo.


Marcela Ramos


Durante décadas ha dominado la idea de que los súper ricos triunfan porque trabajan duro y son inteligentes. El economista de la Universidad de Harvard Gregory Mankiw lo sintetizó en un artículo de 2013, titulado "En defensa del uno por ciento": “el grupo más rico ha hecho una contribución significativa a la economía y en consecuencia se ha llevado una parte importante de las ganancias”.

De esa mirada se derivan dos ideas que están muy presentes en la discusión pública: que la riqueza es un premio justo al esfuerzo (de lo que se sigue que el rico se merece su riqueza y los pobres tienen responsabilidad por su situación); y que el rico es un actor valioso para nuestra sociedad, porque estos “altamente educados y excepcionalmente talentosos individuos”, como los describe Mankiw, generan su propio bienestar y el del resto.

Tras la crisis financiera de 2008 esas ideas han sido puestas en duda. Investigaciones en el área de la educación han mostrado que los ricos no son excepcionalmente inteligentes sino, más bien, personas normales que por el azar de nacer en familias adineradas, accedieron a una educación que les garantizó pertenecer al 10% de más altos ingresos (ver entrevista al economista de la UCL, Francis Green en CIPER); otros autores no solo cuestionan el “excepcional” talento del rico, sino también la calidad de la educación que reciben, afirmando que lo que realmente aprenden en la escuelas de elite es a comportarse como privilegiados: interiorizan los gustos, las maneras y los contactos que permiten ser reconocidos como parte de un club. Es decir, aprenden a “encarnar” el privilegio (ver entrevista al sociólogo de Columbia Shamus Khan, en CIPER). En otras palabras, no serían personas de inteligencia sobresaliente o muy bien preparadas, sino seres normales con una excepcionalmente buena red de contactos.

Otra importante fuente de cuestionamiento viene de las investigaciones que examinan la forma en que se genera esa riqueza que termina en sus manos en forma creciente. La economista Mariana Mazzucato ha mostrado que incluso en las áreas tecnológicas, donde domina la idea del ingeniero genio haciendo maravillas en su garaje, el financiamiento del Estado ha sido el actor central (Apple, dice Mazzucato, le puso diseño “cool” a tecnología que se generó en programas financiados por el Estado norteamericano para ganar la Guerra Fría).

En el caso chileno, la idea de que estas fortunas se han construido a partir de una dura competencia, fue puesta en duda por Ben Ross Schneider, que describe un capitalismo jerárquico manejado por pocas familias. El descubrimiento de cuán frecuente han sido las colusiones (ver columna de Claudio Fuentes), ha hecho que la idea del rico como el triunfador de una competencia justa sea cada vez más difícil de aceptar. Paralelamente, una serie de trabajos han mostrado cómo los más ricos usan su dinero para que la democracia funcione de acuerdo a sus intereses y les dé más dinero: cómo usan el lobby y los contactos para pagar pocos impuestos (ver Tasha Fairield, Carlos Scartascini y Martín Ardanaz, o Francisco Saffie); como financian ilegalmente la política y consiguen leyes hechas a la medida de sus intereses. En una entrevista con CIPER, la economista Andrea Repetto destaca también cómo los más ricos logra manejar el debate público, fijando los estándares de qué es razonable y qué es inaceptable: “Si tienes mucho dinero puedes comprar muchas cosas, entre otras, thinks tanks, medios y académicos”, dijo.

Para enfrentar algunos de estos problemas las sociedades modernas intentan generan regulaciones que ponen cortafuegos entre la política y la riqueza y aumentan la fiscalización. La economista y filósofa belga Ingrid Robeyns dice que esos cortafuegos no han funcionado ni funcionarán porque las grandes fortunas son un poder demasiado grande para las democracias. Sostiene que la extrema riqueza no genera problemas, sino que “es” el problema.

Antes de seguir hay que aclarar que Robeyns no es marxista. Tampoco envidia a los ricos. Si hay que ubicarla en algún lugar, tal vez el más adecuado sea la economía del bienestar, una propuesta de nuevo sistema económico que plantea que el modelo actual es insostenible ecológicamente e injusto; y que propone nuevos indicadores para evaluar y pensar el desarrollo. En lugar de poner el énfasis en el crecimiento económico, sus principales preocupaciones son el bienestar de las personas y el desarrollo sustentable.

Robeyns es doctora en Economía en la Universidad de Cambridge y hoy hace investigación en el área de la Filosofía. Trabaja en el instituto de Ética de la Universidad de Ultrecht, Holanda. Es la investigadora principal de “The Fair Limits project” (Límites Justos), un proyecto financiado por el Consejo Europeo de Investigación con 2 millones de Euros para problematizar las formas actuales de distribución de recursos económicos y ecológicos.

Un paper de 2017 titulado “Tener demasiado” resume bien sus ideas. Su planteamiento central es que, en el mundo real, el cielo no puede ser el límite. En el mundo real con democracias que requieren equilibrios de poder y con recursos naturales sobreexplotados, el límite tiene que estar mucho antes. Así como hay una línea de la pobreza bajo la cual nadie debiera estar, Robeyns propone una línea máxima de riqueza.

La teoría de Robeyns se denomina “limitarianismo” y arranca de un esfuerzo por pensar cómo repartir los recursos escasos de una manera ética y justa, para proteger la igualdad en política y enfrentar los desafíos que impone el cambio climático y la pobreza. No entiende la riqueza como algo negativo; pero sí su acumulación excesiva, es decir la codicia. Robeyns no es la primera que dispara contra la acumulación sin límite (ver recuadro). Pero probablemente es una de las que más ha avanzado en desarrollar estas ideas en el contexto actual.


El cielo no es el límite

En Chile, los economistas Ramón López y Gino Sturla, usando datos de CreditSuisse y el Boston ConsultingGroup, identificaron 140 súper ricos (que suman un patrimonio total US$150.000 millones) y 5.700 ricos, cada uno con un patrimonio de entre US$ 5 y US$ 100 millones.

-¿Cuál debiese ser el límite de la riqueza?

-El límite debe definirlo cada sociedad a través de sus procesos políticos. Pero la idea es preguntarse qué necesitamos para alcanzar una vida plena en términos de acceso a salud, educación, transporte, alimentación. En el caso de Holanda, en conjunto con sociólogos económicos, evaluamos si la idea de establecer un límite a la riqueza le hacía sentido a las personas, si la entendían. En una encuesta representativa de la población total, encontramos que un 96,5% de los holandeses piensa que debe haber un límite a la cantidad de dinero que una persona debe tener. Esa cantidad está vincula con un determinado estándar de vida. Las personas piensan que pasado ese nivel, el dinero no contribuye a la prosperidad[1] ni a la calidad de vida. El cálculo que hicimos para Holanda fijó la línea de la riqueza entre 2 y 3 millones de euros para las familias (entre $1.700 y $ 2.700 millones). Actualmente un equipo liderado por Tania Burchard de la London School of Economics está investigando una línea de riqueza para Inglaterra.

Sin embargo, me parece que más importante que fijar un límite ahora, es avanzar en contestar la pregunta: ¿debe el cielo ser el límite? Lo que me interesa es promover una discusión sobre las razones por las cuales el cielo no debe seguir siendo el límite, y por qué debemos imponernos límites más bajos.

-¿Por qué es un problema “tener demasiado”?

-Cuando vives dentro del marco ideológico del Neoliberalismo parece equivocado pensar que algunos tienen demasiado. Ello más bien puede significar que eres envidioso. El limitarianismo cuestiona esa mirada y considera que tener demasiado es problemático por distintas razones. En primer lugar, la investigación académica sobre concentración de riqueza en Estados Unidos y también en economías mixtas como Holanda, muestra que los súper ricos manipulan o influyen en el sistema político para que las reglas los favorezcan. Su fortuna entonces puede ser resultado de la elusión tributaria o de que contrataron lobistas para tener leyes favorables y por lo tanto tener muchas más ganancias que la mayoría de las personas. Esto es lo que hemos visto.

Frente a esto la gente contra-argumenta que súper ricos como Bill Gates hacen donaciones y filantropía. Pero esa es una forma equivocada de analizar las cosas, porque la pregunta debiera ser ¿cómo llegaron a tener tanto? En un mundo justo, todos aquellos que son súper millonarios no podrían serlo. Si llegaron a acumular tal nivel de riqueza es porque torcieron la ley, o porque esa riqueza fue resultado de procesos de colonialismo, explotación de mano de obra u otras razones.

-¿No es posible una extrema riqueza bien obtenida?

-El caso más complejo para discutir es el de aquella persona que se vuelve rica en un contexto de mercado, pero que lo hace, por ejemplo, produciendo música y bajando sus costos de distribución y difusión casi a cero. En ese caso, me podrías decir que no hay problema, pues esta persona está acumulando riqueza no como consecuencia de su poder sino de su talento y no explota a sus trabajadores, sino que está siendo muy eficiente y obteniendo todas las ganancias posibles. Esta persona entonces se hace rica en un proceso que es política y moralmente correcto. No podemos objetar su riqueza a nivel de procesos, pero desde una perspectiva de resultados podemos argumentar contra su nivel de acumulación. Es decir, aún en los casos en que se trata de una gran fortuna acumulada de manera limpia, igualmente tener mucho dinero permite influir en la política de diversas formas: puedes financiar un partido, influir en la agenda política, contratar lobistas. Políticamente entonces es un problema. Y esa es otra razón por la cual no debiésemos permitir que las desigualdades sean tan grandes en contextos democráticos.

-Una desigualdad muy visible hoy es la diferencia de salarios. La economía ha justificado por años esas diferencias en razón de la productividad ¿es esa una explicación plausible?

-Los modelos económicos asumen que los salarios reflejan la productividad. Pero eso es un supuesto. En las grandes empresas los salarios altos no son definidos sobre la base de la relación oferta/demanda en el mercado laboral, sino que los definen los directorios. Es decir, son definidos por amigos para otros miembros de la elite. La idea de que los sueldos reflejan la productividad marginal es un supuesto que funciona como un dato empírico hasta cierto nivel. Pasado cierto límite, lo que muestran esos salarios es colusión entre los individuos. Por supuesto podemos encontrar ejemplos donde las diferencias salariales se justifican por las diferentes características y tipos de empleos. Pero eso es sobre todo un supuesto teórico. Y tenemos muchos casos para mostrar que eso no es verdad. La crisis financiera de 2008, por ejemplo, mostró que algunos bancos hacían un trabajo de muy mala calidad. Si fuese verdad que el salario está de acuerdo al nivel de productividad, algunos de los gerentes de esos bancos no debieron haber recibido más sus pagos, pero aún están en el grupo de los mejor pagados.

-¿Cuál es la explicación entonces para estas enormes brechas salariales? En Chile un estudio del economista Ramón López mostró que cada uno de los cinco hombres más ricos de Chile en 2011 ganaba lo mismo que un millón de chilenos. Uno se pregunta cómo se puede trabajar más duro o ser más productivo que un millón de personas.

-Una de las características del Neoliberalismo es que pone mucha presión sobre las responsabilidades individuales. Las personas deben felicitarse por sus triunfos pero también son los responsables de sus fracasos. Pero hay otras perspectivas que hemos empezado a discutir en la filosofía política contemporánea, y que plantean que un componente central del éxito es resultado de la suerte. Entonces tus talentos, la salud que tienes, la familia y el país en que naciste, todo eso es resultado de la suerte, y eso significa que tenemos que ser mucho más modestos a la hora de felicitarnos por nuestros éxitos. Esto por supuesto cuestiona la posición de aquellos que se consideran con el derecho moral de tener salarios altos y fortunas. Estas personas dicen ‘yo me merezco esto’, pero la perspectiva correcta sobre lo que nos merecemos es más bien que buena parte de nuestro éxito económico es suerte o es resultado de un contexto construido por otros y sobre el cual podemos sacar algunas ventajas. Si tomamos en cuenta que buena parte de lo que somos es resultado del azar, del lugar donde nacimos, de nuestra salud, no debiese ser tan simple mirarse al espejo y decir ‘bueno, está muy bien que yo gane lo mismo que un millón de mis conciudadanos”.


La economía y el poder

Robeyns empezó a pensar en el limitarianismo en 2012, cuando la discusión sobre desigualdad en economía se alimentaba de investigación sobre la pobreza, buscando entender en lo que hacían y no hacían los pobres, las causas de su situación.

“Insistentemente me preguntaba por que no estábamos estudiando a los ricos. Al comenzar las discusiones sobre el limitarianismo, recuerdo que en las primeras conversaciones con mis colegas del instituto de Filosofía y Economía en Amsterdam, la reacción de ellos era reírse. Me preguntaban, “¿qué quieres hacer? ¿quieres disparar a los ricos?” Para ellos era muy difícil pensar que este tema podía investigarse. La gran diferencia la hizo la publicación del libro El capital en el siglo XXI de Thomas Pyketty, porque allí mostró que estábamos volviendo a una época de aumento sostenido de la desigualdad. Hasta entonces, teníamos la idea de que las tasas de desigualdad del siglo XIX, las más altas en la historia, eran una cosa del pasado, y que vivíamos en un contexto de igualdad de oportunidades. Pero Piketty mostró que eso no era verdad. Ese libro vino a cambiar el juego, a patear el tablero”.

Robeyns dejó la economía porque la forma dominante de entender el mundo en esa disciplina --matemática y estilizada-- no le permitía hacer preguntas sobre el poder.

-Y en el mundo real, si actúas como si el poder no existiese, no puedes entender lo que está pasando. Lo que no considera la economía es que en el mundo real las personas poderosas tienen los números celulares de los Presidentes. Si quieren algo, simplemente llaman por teléfono y ejercen presión. En el caso de los ciudadanos comunes y corrientes, podemos pedir una reunión con el Primer Ministro, pero no tenemos su número de teléfono. En Holanda, un país que lo ha hecho bastante bien en temas de corrupción y transparencia, puedes encontrar ejemplos recientes sobre cómo las grandes empresas influyen en la política a través de formas que las personas comunes y corrientes no pueden. Eso es porque son poderosos, porque el dinero da poder. Además hay que tomar en cuenta que la economía, que es la que prepara gente para implementar políticas neoliberales, es una disciplina fundamentalmente tecnocrática. Les gusta pensar que el conocimiento está libre de valores e ideología. Esa es la razón por la cual yo dejé la economía como disciplina de estudio, porque no reconocen el punto de vista normativo que adoptan frente a este tipo de problemas.

-¿Cree que esta falta de consideración y problematización de la concentración de la riqueza es responsabilidad de los economistas y el tipo de modelo que han sustentado?

-En este tema creo que hay cosas que nos deben preocupar y otras que nos deben hacer sentir optimistas. El lado preocupante es cuando ocurren cosas como las siguientes. Cuando Tomas Piketty publicó su primer libro, El capital en el siglo XXI, muchos economistas dijeron ‘bueno, esto es historia económica’. De hecho, Debra Satz, entonces directora del Centro de Ética para la Sociedad de la Universidad de Stanford, me contó que, cuando ellos lo invitaron a Piketty a presentar su libro, los economistas no asistieron. Piensan que el libro es muy político y eso los pone nerviosos; porque lo que Pikkety muestra es que el emperador está desnudo, lo que es algo muy desestabilizador para los economistas. Esto da cuenta lo profundamente problemática que la disciplina económica puede ser. En el lado optimista, hay que reconocer que hay muchos economistas en posiciones de poder, como Dani Rodrik y Paul Krugman, que han comenzado a cuestionar las ideas dominantes. Hace unas semanas Rodrik publicó una columna donde decía que la opción por la globalización era eso, una opción; y que podemos elegir otro tipo de acuerdos de comercio internacional que pongan la salud y el cambio climático en el centro de las preocupaciones. Esto muestra que un economista que es respetado por sus pares, reconoce que hay opciones y que éstas no están libres de valores. Lo que es frustrante para los filósofos de las ciencias, los filósofos políticos y quienes nos dedicamos a la ética, es que por muchos años hemos mostrado en detalle que la economía no puede estar libre de valores y que el razonamiento económico tiene incorporadas decisiones éticas e ideológicas. Pero la economía se pone un escudo frente a otras disciplinas. Yo creo que un tema importante, pensando en el futuro, es que la economía no sea enseñada solo por economistas, sino por historiadores, filósofos políticos, sociólogos. No hay que dejar la economía a los economistas, eso es crucial. Una vez que ésta disciplina se abra, vamos a poder tener conversaciones nuevas, diferentes.


Contra-narrativas económicas y de sociedad

-Si hemos crecido en un contexto en el que tener dinero significa éxito y poder, y nos felicitamos por nuestros resultados, ¿de qué manera podemos movernos a otras formas de pensar y a otros valores?

-Yo creo que tenemos que elaborar contra-narrativas. El limitarianismo es una de ellas. Está la red de economistas por el bienestar y el Centro para el Estudio de la Prosperidad Sustentable, que propone dar una mirada ecológica al desarrollo y cuyo modelo plantea también que la economía debe estar al servicio de las personas. La economista Mariana Mazucatto de UCL también ha desarrollado una contra-narrativa, al plantear que buena parte de la innovación más determinante ha sido resultado de la inversión estatal. Entonces si pones sobre la mesa todas estas contra-narrativas puedes ver que está emergiendo una perspectiva alternativa al Neoliberalismo. También creo que hay cada vez más voces que se dan cuenta de que el Neoliberalismo nos falló. Antes que el coronavirus, la crisis climática es el ejemplo más claro de que, aún cuando estamos ganando mucha plata, eso es a costa de destruir nuestro planeta. O sea, no es un modelo económico bueno.

-¿Tiene usted ejemplos donde se estén efectivamente impulsando otro tipo de políticas y no sea solo teoría?

-Tengo dos ejemplos. Hay una ley en Holanda que establece un límite a los ingresos de los directivos de las instituciones públicas. Entonces, si eres el rector de una universidad, no puedes ganar más que el salario que recibe el Primer Ministro. Ese es un ejemplo de una política limitarianista, aunque tiene la limitación que solo se aplica al sector público. Otro ejemplo ocurrió recientemente, cuando comenzó la crisis del coronavirus: la primera compañía que pidió apoyo gubernamental en Holanda fue la aerolínea KLM. Pocas semanas después, se publicó que los directores de esta empresa habían pedido un aumento en el monto de los bonos que iban a recibir, los cuales constituyen una parte importante de sus ingresos. Se generó una crítica pública muy fuerte contra KLM, por lo que la empresa negó la solicitud hecha por los directores. En 2008, a propósito de la crisis financiera, vivimos una situación similar. Entonces nos enteramos por la prensa que, un año después de recibir un salvataje gubernamental, el dueño de un banco estaba solicitando aumentar el monto de compensación que le iba a pagar a uno de sus directivos. Esto generó mucha rabia, por lo que el banco retiró la propuesta y su máximo directivo reconoció en una entrevista que no se había dado cuenta lo sensible que eran estos temas para la sociedad. Estos ejemplos dan cuenta también de otro problema: que en general los ricos y las elites viven en un mundo aparte, en su burbuja; y lo que les tiene que quedar claro es que, aun cuando crean que se merecen esos sueldos y paquetes de compensación, desde una perspectiva de bien común e interés público, no es justificable.

Hay cada vez más voces en esta línea. Por ejemplo en Estados Unidos hay un grupo que se denomina Millonarios Patrióticos y su líder, que es una de las dueñas de Disney, plantea que deben pagar más impuestos. Estos ejemplos muestran que hay voces entre los super ricos que se dan cuenta que esto es ridículo. Me parece que hay mucho debate sobre hasta qué punto pueden aumentar las desigualdades. Y estos llamados tienen en común el buscar establecer límites.

-¿El limitarianismo implica aumentar la tasa de impuestos a los súper ricos?

-En Filosofía pero también en otras disciplinas dividimos el espacio posible de aplicación de estas políticas en dos áreas: pre-distribución y redistribución. El primero se refiere al diseño y características de instituciones económicas del mercado laboral, como el salario mínimo o el salario máximo, si es que hay; el poder de negociación que tienen los trabajadores al interior de una empresa. Es posible tratar de limitar la desigualdad en este espacio, poniendo en marcha medidas para adecuar el mercado laboral; o puedes optar por dejar al mercado en su estado salvaje y usar, entonces, en el espacio de la redistribución, instrumentos fiscales como los impuestos. Creo que es mejor adaptar las instituciones del mercado en el espacio productivo, pre-distributivo, por dos razones. Primero, porque allí puedes tener discusiones fundamentales para la sociedad. Por ejemplo, cómo divides entre directivos y trabajadores los resultados productivos de una compañía. O la fijación del salario mínimo; o cuán democrática es la relación entre trabajadores y dueños. Segundo, porque al aplicar impuestos lo que se busca es corregir las desigualdades en la fase económica de la post-producción. Y los capitales globales son fluidos, se mueven por el mundo, lo que hace más fácil para los súper ricos eludir impuestos. Además existen razones sicológicas. Hay más resistencia a pagar impuestos si tuviste la plata y por lo tanto sientes que es tuya. La idea entonces es usar las instituciones económicas para evitar que las brechas aumenten antes de las etapas de producción, lo que puede ayudar a poner el foco en un espacio concreto de medidas.

-En este espacio de medidas pre-distribución ¿podría situarse también la implementación de un ingreso básico universal?

-Ciertamente es una medida que dialoga con estas narrativas alternativas en relación a la economía y el contrato social, entendiendo esto último como el conjunto de reglas a través de las cuales decidimos organizar nuestra sociedad. Pero hay una gran diferencia: el ingreso básico es un ingreso incondicional que se da a todas las personas mensualmente. El monto depende de decisiones a nivel nacional, algunos dicen que debe ser el monto de la línea de pobreza, pero hay literatura académica que muestra que esto no es sostenible, por lo que debiese ser más bajo. Pero lo que es importante es que el ingreso básico universal puede ser financiado de múltiples maneras. Puedes financiarlo aplicando impuestos a los ingresos, a los altos sueldos, impuestos ecológicos. A la perspectiva limitarianista lo que le preocupa es de dónde pueden salir los recursos para financiar ese tipo de medidas; pues el eje está puesto en reducir las desigualdades aplicando medidas en la parte alta de la distribución.


La economía del bienestar

La acumulación sin límites es un asunto que ningún tipo de gobierno parece haber resuelto en la historia. Así lo sugiere el cientista político Jeffrey Winters en su libro Oligarquía, quien nota que desde la antigüedad la enorme riqueza personal “ha logrado construirse ideológicamente como algo injusto de corregir, a pesar de los significativos avances que han hecho retroceder otras fuentes de injusticia en los recientes siglos”. Winters argumenta que dictaduras, monarquías, sociedades agrarias y sociedades postindustriales, coinciden en que es un error forzar una radical distribución de la riqueza. “No ha ocurrido lo mismo con la forma en que se juzga la esclavitud, la exclusión racial o el dominio de género”, afirma.

Winters explica que la democracia tampoco ha logrado enfrentar ese problema, pese a que “la riqueza extrema en manos de una pequeña minoría crea ventajas de poder significativas en el terreno político, incluso en las democracias. Sostener lo contrario es ignorar siglos de análisis político explorando la íntima relación entre riqueza y poder”, concluye.

Robeyns cree que para avanzar en este problema hay que revisar los supuestos que ponen la libertad económica de los individuos en el centro de la economía. Para ella, la pregunta que hay que hacer es ¿por qué tenemos que dar por sentado que las personas tienen el derecho a acumular riqueza?

-Es la ideología del Neoliberalismo la que nos ha convencido que hay un derecho infinito a acumular. Hace mucho tiempo también se aceptaba como derecho el tener esclavos y en un momento de la historia la mayoría de los norteamericanos no cuestionaron el ser dueños de otras personas. Visto desde hoy, sin embargo, pensamos que esto es moralmente repulsivo. Desde una perspectiva económica, pienso que la línea de la riqueza no debe ser muy baja, para no poner límites a la actividad empresarial; pero también considero que las personas deben imponerse a sí mismas estos límites para vivir una vida más virtuosa y tener menos desigualdad global. Está muy bien que las personas quieran tener más, pero rechazo de base la idea de que tenemos un derecho infinito a acumular riqueza.

Creo que el tema central hoy es clarificar la relación entre los individuos y la economía. La ideología neoliberal tiene como valor central la libertad económica de los individuos y su foco es que las personas puedan ejercer esa libertad. Pero hay otros modelos.

-¿Cuáles?

-Por ejemplo, el de la economía del bienestar, que no pone en el centro la libertad económica sino a las personas y los valores públicos. Hoy este modelo está presente en Nueva Zelanda, Escocia, Costa Rica, Islandia y hay gente investigándolo y dirigentes políticos que lo apoyan. Yo diría que el país que más ha avanzado es Nueva Zelanda, que identificó el bienestar de los individuos como una meta central de sus políticas y diseñó su presupuesto económico en función de nuevos indicadores. En la economía del bienestar se pone al centro la equidad, el desarrollo ecológico sustentable, la justicia económica. En ese contexto, medidas limitarianistas como poner un límite a la riqueza son justificables, porque no se trata de la libertad económica individual sino de la calidad de vida y otros valores. Entonces la discusión de fondo es sobre el objetivo de la economía. En un modelo neoliberal las personas sirven a la economía. En el modelo de la economía del bienestar, es la economía la que está al servicio de las personas.


NOTA:

[1] En el estudio se les preguntó a los holandeses qué consideraban extrema riqueza. Un 67% estuvo de acuerdo en que una familia que tiene una casa grande con piscina privada, dos autos de lujo, otra propiedad en el sur Francia y 500 mil euros (alrededor de 450 millones de pesos) en bienes (propiedades, inversiones), está por sobre la línea de la riqueza.



* Publicado en CIPER, 17.05.20.

Nadie está "obsesionado" con Israel; simplemente es un país horrible




Israel nos concierne, y siempre ha sido así. Tenemos razón al denunciar su criminalidad y la complicidad de nuestros propios gobiernos occidentales en esos crímenes.


Caitlin Johnstone


El ministro de Asuntos Exteriores israelí, Gideon Sa'ar, ha acusado a España de una "obsesión antiisraelí" por sus críticas a la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y por su negativa a permitir que su espacio aéreo se utilice en la ofensiva, una ofensa percibida a la que Israel ha respondido prohibiendo a Madrid participar en un centro de coordinación para la supervisión del llamado "alto el fuego" en la Franja de Gaza.

Últimamente hemos oído mucho este argumento de la "obsesión" por parte de Israel y sus apologistas. Un artículo reciente del Jewish News Syndicate lleva el titular "¿Por qué los medios están obsesionados con los israelíes violentos?", intentando argumentar extrañamente que a la prensa occidental le gusta "difamar a los israelíes" para "desviar la atención del terror palestino". El otro día, la comentarista de derecha Meghan Murphy tuvo una extraña conversación con el editor de Tablet Magazine, Jacob Siegel, sobre la "reciente y descabellada obsesión de nuestra sociedad con Israel", hablando como si todo el mundo hubiera empezado a obsesionarse con este estado genocida y de apartheid de la nada hace poco tiempo, sin ninguna razón válida.

El argumento, según lo entiendo, es que Israel es simplemente un país pequeño normal como cualquier otro país pequeño, y cualquier atención especial hacia él sugiere un deseo siniestro de señalar a los judíos para discriminarlos.

Pero, ¿se han dado cuenta alguna vez de cómo las mismas personas que acusan a los críticos de Israel de estar "obsesionados" con un país pequeño e insignificante, también se desviven por decir que Israel es un aliado indispensable cuyos intereses están inextricablemente ligados a los intereses de la civilización occidental?

Cuando se critica a Israel, intentan presentarlo como indigno de atención especial; cuando se critican las alianzas y la ayuda militar a Israel, lo presentan como merecedor de todos nuestros recursos y energía. Cuando las acciones malvadas de Israel acaparan los titulares, sus apologistas intentan presentarlo como un país diminuto, del tamaño de Nueva Jersey, que intenta ocuparse de sus propios asuntos mientras es víctima de un odio obsesivo del mundo entero simplemente porque sus habitantes son judíos. Cuando la gente se pregunta por qué sus impuestos y recursos militares deben apoyar a esa pequeña nación en Asia occidental, de repente el argumento da un giro radical: Israel es de suma importancia y absolutamente fundamental para el bienestar de Occidente.

Puedes afirmar que Israel es un aliado crucial en Oriente Medio, o puedes afirmar que es discriminatorio centrarse más en los crímenes de Israel que en los abusos de otros países. No puedes afirmar que ambas cosas sean ciertas, porque son contradictorias. Israel no puede ser (A) inmensamente importante e íntimamente involucrado en el destino de nuestra propia sociedad, y a la vez (B) insignificante e indigno de atención especial. Es A o B. No puede ser simultáneamente merecedor e indigno de un trato especial.

En realidad, todo el mundo tiene derecho a centrar su atención en Israel, especialmente ahora que sus intentos de sabotear el alto el fuego con Irán amenazan con provocar una crisis mundial de combustible. No puedes provocar una crisis mundial de combustible y luego comportarte como si fueras un don nadie al que se señala por su religión.

Pero, en realidad, Israel siempre ha merecido la atención crítica de Occidente, precisamente por su estrecha relación con las estructuras de poder occidentales. Su genocidio en Gaza es nuestro genocidio. Sus abusos son nuestros abusos. Sus guerras nos afectan directamente. La agresiva presión de sus grupos de presión para sofocar la libertad de expresión en toda nuestra sociedad nos está arrebatando nuestros derechos.

Israel nos concierne, y siempre ha sido así. Tenemos razón al denunciar su criminalidad y la complicidad de nuestros propios gobiernos occidentales en esos crímenes.

Los partidarios de Israel me dirán: «Ah, sí, ¿y por qué no criticas los abusos humanitarios de Egipto? ¿Por qué no tuiteas todos los días sobre las violaciones de derechos humanos en Irán? ¿Hay algo en particular de ese país de Oriente Medio que te llame la atención? ¿Quizás simplemente ODIAS A LOS JUDÍOS?».

Pero la razón por la que critico más a Israel que a Egipto o Irán no tiene nada que ver con la religión. Las agresiones egipcias no están provocando guerras de enormes consecuencias que me afecten directamente. Nadie intenta ilegalizar la crítica a Irán en mi país. Mi gobierno está brindando cobertura material y diplomática a las guerras y genocidios de este país en particular, y erosionando mi libertad de expresión para proteger sus intereses informativos. Esto sería cierto independientemente de la religión o etnia que se favorezca en esta nación.

No estoy "obsesionado" con Israel. ¿Acaso parece que me lo paso en grande hablando de este horrible estado de apartheid todos los días? ¿Acaso parece divertido que me llamen nazi en mis respuestas constantemente?

Ojalá pudiera ignorar a Israel por completo. Si por mí fuera, lo haría. Pero como mi propia sociedad es tan cómplice de sus abusos, y como estos afectan directamente a mi sociedad, tengo la obligación de denunciar sus injusticias. Y lo mismo le ocurre a cualquier otro occidental.



* Publicado en Caitlin’s Newsletter, 12.04.26.

Otra vez: la crisis la pagan los de siempre




Desde hace más de 30 años se habla de cultivar la paciencia para que el mercado, librado a sus propias fuerzas, produzca el derrame de la riqueza. En este modelo, los ultrarricos pagan menos impuestos, proporcionalmente y en relación a sus ingresos, que el 50% más pobre.


Gonzalo Durán y Karina Narbona


Consideremos algunos datos incómodos:

El 10% más rico concentra más del 80% de la riqueza en Chile. El 1%, más del 50%. Se trata de niveles de concentración extremadamente altos, confirmados por el reciente informe del Ministerio de Hacienda, en base a datos de la Oficina de Altos Patrimonios del Servicio de Impuestos Internos sobre ingresos tributables (publicado el 10 de marzo, un día antes del cambio de gobierno). Al tratarse de una medida construida a partir de datos administrativos y no de una encuesta, es una aproximación más fina, aunque todavía no refleja toda la riqueza que concentran los sectores más acaudalados de la sociedad.

Para entenderlo, debemos considerar lo que ocurre con las utilidades que declaran los consorcios empresariales, en los que se sustentan las grandes fortunas. En base a estas utilidades, las empresas en Chile “deberían” pagar - digamos - $100 en impuestos; sin embargo, se estima que pagan $54. El resto, $46, no entra al fisco y queda fuera del radar (estudio del SII sobre cumplimiento de brechas tributarias, 2025). No es magia: es “gimnasia” y protección tributaria. Existen incluso programas de educación ejecutiva destinados a enseñar “gimnasia tributaria” o “contabilidad creativa”, maniobrando el marco legal (todo legal, o al menos así tiene que parecer).

Un dato similar y aún más actual lo ofrece la estimación del informe del 10 de marzo del Ministerio de Hacienda, que determina que lo que el empresariado declara para tributar representa apenas el 48% de sus ganancias reales. En definitiva, la mitad de las ganancias se mantienen a resguardo y en la sombra a través de distintos mecanismos de elusión fiscal que permiten protegerlas y concentrarlas en pocas manos.

Un cuarto dato que debiese llamarnos la atención es la evolución exponencial de algunos negocios. El grupo económico de la familia Luksic pasó de USD 2.200 millones en 1996 (USD 4.600 millones a precios de hoy) a USD 52.600 millones (Fuente: Revista FORBES). Un aumento sobre el 1.000%. Cabe preguntarse: ¿cómo obtiene retornos tan extraordinarios? Y, junto con eso, ¿quién crece cuando Chile crece?

Durante el mismo período, el PIB real per cápita de Chile (ajustado por inflación) creció un 90% (FMI). Sí, la pobreza ha bajado, pero ya somos un país con más de USD 35.000 como PIB per cápita a dólares comparables (FMI) y, aun así, hay casi 3.500.000 de personas en situación de pobreza por ingresos, incluso después de los subsidios (CASEN, 2024). A su vez, la enorme mayoría de la población obtiene una porción muy limitada de la riqueza socialmente generada.

La progresividad de nuestro sistema económico es un mito con buena prensa, y desde hace más de 30 años se habla de cultivar la paciencia para que el mercado, librado a sus propias fuerzas, produzca el derrame de la riqueza.

En este modelo, los ultrarricos pagan menos impuestos, proporcionalmente y en relación a sus ingresos, que el 50% más pobre de las y los contribuyentes del SII (11,8% vs. 16,2%).

Ahora veamos el drama fiscal. La deuda pública bordea el 41,7% del PIB. El “límite responsable” recomendado por el Consejo Fiscal Autónomo, creado en 2019, es de 45%; todavía no se alcanza, pero hoy se habla de un Estado en la bancarrota. En la OCDE, el promedio es 110% y ello, sin duda, plantea problemas; pero aquí el mensaje es que nos estamos cayendo al abismo. Curioso.

Ante esa imagen, la austeridad emerge como una receta ineludible, un antídoto respecto del cual no hay alternativa: como en dictadura.

En paralelo, la mitad de las y los trabajadores en Chile perciben menos de $600.000 líquidos (CASEN, 2024) y son vulnerables a caer bajo la línea de la pobreza o a estar en situación de pobreza intermitente. Con sus ingresos deben cubrir servicios básicos altamente mercantilizados y, muchas veces, no alcanza. En los hogares se hacen malabares para sortear los obstáculos relacionados con la salud, la educación, etc., y todo se viene abajo ante una urgencia. Como el mercado manda y el Estado establece mínimas políticas compensatorias y focalizadas, con suerte se recibe algún bono. Y, cuando aun así no llega a fin de mes, como suele suceder, queda el endeudamiento de alto grado que se produce en el corazón de los hogares, respecto del cual parece no haber problema. Como mucho, cuando se problematiza, la única solución que se plantea es más educación financiera.

Es decir, estamos ante un escenario rico en concentración económica y en tarjetas de consumo, y pobre en ingresos laborales.

Es en este contexto que el gobierno decide subir fuertemente los combustibles. La estrategia entumece en su crueldad y simpleza: que la crisis la paguen los de siempre, las familias trabajadoras.

El Banco Central ajusta hoy la inflación a 4,0% a fin de año (originalmente era 3,2%). Hoy es de 2,4%. Por tanto, respecto a la proyección inicial, el ajuste representa un 25% más. Para algunos, un número; para muchos, menos comida, menos margen de maniobra, menos calidad de vida.

Pero esto no termina aquí. Además, se anuncian rebajas de impuestos a grandes empresas y nuevas “facilidades” tributarias para cubrir las espaldas de quienes lo poseen todo y seguir sosteniendo la rentabilidad cuando aprieta la tasa de ganancia.

No se trata de que falten recursos. Es dónde están, quiénes los detentan y quiénes terminan pagando la cuenta. Porque, visto así, más que crisis y situación excepcional, esto parece un modelo funcionando exactamente como fue diseñado.



* Publicado en Diario USACH, 01.04.26.

Pobrecitos gringos… Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos




A pesar de que hoy la opinión pública occidental está profundamente consternada por lo mal que lo están pasando los estadounidenses, las acciones violentas contra grupos específicos no es nueva en la Unión[1].


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La periodista independiente Laura Jedeed, crítica del “ICE, la administración Trump” y del “proyecto general de derecha del país”, explicó en un artículo que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) la contrató sin verificar sus antecedentes. O sea, para la Casa Blanca cualquiera es apto para salir a cazar latinos --y a otros residentes no blancos-- armados hasta los dientes, con el rostro cubierto, cometiendo violencia innecesaria y violando derechos humanos.

Pero, hay una afirmación de Jedeed que pasa inadvertida hasta para ella misma: “me alisté en el Ejército nada más terminar el instituto y fui desplegada en Afganistán dos veces con la 82ª División Aerotransportada. Tras mi baja, pasé varios años trabajando como analista civil”. Palabras que, de igual modo, cualquier estadounidense pasa por alto no por incapacidad, sino porque es culturalmente estadounidense… tanto como Jedeed y los propios agentes del ICE.

¿A qué viene todo esto? Por supuesto es muy grave que el reclutamiento de agentes sea, como acusa Jedeed, “tan descuidado que la administración prácticamente no tiene ni idea de quién se une a sus filas” y que luego en las calles aquellos ejerzan violencia ilegal y violen derechos humanos. Sin embargo, todo indica que esas acciones son perversas para la periodista solo porque son internas. No ve ninguna relación o paralelo entre aquellas y su servicio en el ejército imperial de Washington, el cual históricamente se conduce así en el exterior. Para Jedeed y no pocos de sus compatriotas, los del ICE son malvados porque lo hacen dentro del país.

Establecido ese punto, vamos ahora con un olvido de la opinión pública occidental. A pesar de que hoy está profundamente consternada por lo mal que lo están pasando los estadounidenses, las acciones violentas contra grupos específicos no es nueva en la Unión. Por ejemplo, se tienen las agresiones militares y anexiones de los territorios de las naciones nativas, en la práctica invasiones y ocupaciones por medio de lo que llegaría a conocerse en el siglo XX como genocidio y limpieza étnica[2]. Asimismo, considérese el tráfico, venta y esclavización de africanos negros y de sus descendientes y, si bien luego de la Guerra de Secesión (1861-65) será abolida la esclavitud, se mantuvo transversalmente la discriminación, segregación y el racismo[3].

A ese primer olvido se suma otro para nada menor: el dilatado prontuario imperialista de Washington en el que se constatan agresiones abiertas y encubiertas, invasiones, ocupaciones, presiones políticas y económicas, instalación y apoyo a dictaduras, etc. Todas esa violencia ilegal y violaciones de derechos humanos han sido apoyadas por la mayoría de su ciudadanía “a través del pago de impuestos para financiarlas, de una opinión pública favorable, como soldados, con votos o, lo que tampoco es menor, con su abulia y silencio”.

Ni de lejos quiero decir que los estadounidenses se merecen lo que están sufriendo; solo resulta curiosa su rebeldía selectiva. Tan curiosa como la compasión recibida por ellos de pueblos víctimas de violencia ilegal y violaciones de derechos humanos mucho peores por voluntad del actual y de otros presidentes de la Unión[4].

Trump no es tan distinto de sus antecesores en la Casa Blanca, su diferencia es de grado o de formas y no de naturaleza. Sus acciones de política exterior lo dejan claro. Tal vez la más cruel ha sido su irrestricto apoyo a Israel mientras lleva a cabo un genocidio en vivo en Gaza[5] y su perverso proyecto de construir un resort sobre los cuerpos de miles de palestinos asesinados. Más, no debe olvidarse que dicho apoyo sigue exactamente la misma línea de su predecesor demócrata Joe Biden y del Partido Demócrata incluso antes de la administración de este último.

Parte de esa política exterior de Washington, luego de la Segunda Guerra Mundial, fue convencernos de que encabezaba y sostenía un “orden internacional basado en normas”. Ordenamiento que, como afirmó recientemente en el Foro de Davos Mark Carney, primer ministro de Canadá, era “una ficción agradable” y “útil” que ha llegado a su fin con la violencia de Trump. Esta evidenció el baile de máscaras geopolítico euronorteamericano.

Por una parte, el actuar de Trump permite ver lo irónica que es la compasión externa por el pueblo estadounidense. Uno que por siglos ha estado convencido de ser excepcional y por ende obligado a cumplir, mediante la violencia ilegal y violaciones de derechos humanos, su providencial “destino manifiesto”[6].

Por otra parte, ya a nivel nacional, la segunda ironía es el orgullo que han tenido nuestros políticos por el irrestricto respeto de Chile a ese “orden internacional basado en normas”. Esta “ficción” que, como afirma Carney, se sostenía en “la hegemonía estadounidense” y “contribuía a garantizar beneficios” para Washington y las potencias de su club. He ahí lo patético de ufanarse por ser el alumno más bien portado de la clase.

Finalmente, los compasivos y los orgullosos deberían reflexionar sobre su compasión y su orgullo. De igual modo, esperemos que el pueblo estadounidense se rebele la próxima vez que alguno de sus gobiernos ejerza violencia ilegal contra otros pueblos y viole sus derechos humanos.

Quedamos atentos.


NOTAS:

[1] Las citas y datos en los cuales no se señale la referencia corresponden al libro Imperios liberales. Estados Unidos y Francia, texto de acceso abierto disponible en línea.

[2] Proceso iniciado ya en la época colonial y que en el período republicano tiene cuatro fases: la administración de Andrew Jackson (década de 1830), la ocupación de California (1840-1850), las “Guerras indias” de las praderas (1865-1890) y la relocalización final de los indígenas (década de 1950).

[3] La mitología estadounidense gusta de fundamentar su Guerra Civil en la altruista meta de liberar a los esclavos. No obstante, el propio Congreso, en 1861, señala que el conflicto contra el Sur “no se hace... por ninguna causa... que tenga que ver con la abolición”, sino “para preservar la Unión”. Luego, en 1880, lo refrendará el filósofo e historiador John Fiske: la “emancipación del negro” fue un “resultado incidental de la lucha” que buscaba mantener unida a la nación.

[4] No se discute si esa solidaridad es fruto de la amnesia o de una admirable superioridad moral y menos se trata de rechazarla: el punto aquí es Estados Unidos.

[5] Los propios soldados israelíes, con sádica profusión y entusiasmo, han difundido sus crímenes a través de sus cuentas personales de redes sociales.

[6] No hay espacio aquí para explayarse sobre las diferentes estrategias que ambos partidos hegemónicos platean para su beligerante política exterior desde mediados de los sesenta. Acá se opina que tales ideas dan lo mismo para sus víctimas.



* Publicado en Descentrados, febrero 2026.

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