Venta libros "Oikonomía" y "Reforma e Ilustración"




Oikonomía. Economía Moderna. Economías
Oferta sólo venta directa: $ 12.000.- (IVA incluido)

2da. edición - Ediciones ONG Werquehue - 2020
ISBN: 978-956-402-214-7
516 pp. / 16x23 cm. / Encuadernación rústica con solapas

Acerca de la economía, en su doble condición de disciplina "científica" y actividad capitalista de mercado, es posible preguntarse: ¿por qué el lucro (ni siquiera la ganancia) cobró mayor relevancia que el trabajo y la producción?, ¿por qué se le considera una 'ciencia' al modo de las ciencias naturales?, ¿por qué la política terminó siendo puesta a su servicio?, ¿ha sido o es el único sistema de sustento viable, correcto, eficiente o benigno?, ¿es un mero sistema técnico o una proyecto que contiene una cultura con sus ideas, moral e instituciones?
Este libro busca contestar las preguntas antedichas desde una perspectiva crítica, que pone en tela de juicio a la "ciencia económica" y al capitalismo de mercado desde la revisión de sus relaciones con lo ético, religioso, cultural, social, filosófico, político e histórico. Para ello se recurre a una mirada transdisciplinaria que busca romper los rígidos límites y el reduccionismo de la economía dominante, en un momento donde urge una revisión de la economía y de lo económico.

Patrocinaron este libro: 
- Federación de Sindicatos del Holding Heineken CCU
- Caritas Chile
- Magíster en Gestión Cultural de la Universidad de Chile
- Magíster en Desarrollo a Escala Humana y Economía Ecológica de la Universidad Austral de Chile
- Escuela de Ingeniería y Ciencias de la Universidad de Chile

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Reforma e Ilustración. Los teólogos que construyeron la Modernidad
Oferta sólo venta directa: $ 12.000.- (IVA incluido)

2da. edición - Editorial Ayun - 2012
ISBN: 978-956-8641-11-5
476 pp. / 
16x23 cm. / Encuadernación rústica con solapas

La Modernidad, la tradición cultural anglosajona post Reforma Protestante, sigue vigente en nuestras ideas, moral, instituciones y, por ende, en nuestras vidas cotidianas. Puntualmente, dicha tradición tiene como principal fundamento intelectual al movimiento de la Ilustración; el que, a su vez, se nutre de la Reforma Protestante en su versión calvinista o reformada.
Este libro expone esas relaciones y su rol en el desarrollo de la ciencia experimental, el derecho y la política, la moral y la economía modernas y en la construcción del mundo contemporáneo. Para ello se trabajan los textos originales de autores como Isaac Newton, John Locke, Adam Smith, Jean-Jacques Rousseau, entre otros, quienes a pesar del tiempo transcurrido son cruciales para explicar y criticar nuestra época.

* Para leer el Índice y Presentación del libro: pincha AQUÍ.
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ONU: Israel comete genocidio al atacar deliberadamente a niños palestinos




Las autoridades y fuerzas de seguridad israelíes han cometido crímenes de guerra y de lesa humanidad contra niños palestinos, concluyó una comisión especializada de la ONU. Su informe documenta muertes, heridas, hambre, tortura y la destrucción de escuelas, hospitales y otras estructuras esenciales para la infancia, y aporta nuevos elementos a su conclusión previa de que se ha cometido un genocidio en Gaza.


Noticias ONU


La Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU [1] sobre el Territorio Palestino Ocupado presentó este martes un informe de casi 100 páginas sobre las violaciones y crímenes cometidos contra niños palestinos desde el 7 de octubre de 2023 hasta el 31 de marzo de 2026.

La investigación abarca Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este, y es el primer informe de un órgano investigador de la ONU dedicado específicamente a los crímenes y violaciones contra niños palestinos.

Según la Comisión, las autoridades y fuerzas de seguridad israelíes son responsables de crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, incluida la persecución, en Gaza. En Cisjordania, incluida Jerusalén Este, determinó que se han cometido crímenes de guerra.

La Comisión ya había concluido en una investigación anterior, centrada específicamente en Gaza, que se había cometido genocidio en ese territorio.

“Sobre la base de todas las pruebas reunidas, el informe formula conclusiones jurídicas y determina que las autoridades y las fuerzas de seguridad israelíes atacaron y mataron deliberadamente a niños palestinos y destruyeron su infancia", Srinivasan Muralidhar. "El informe publicado hoy aporta nuevos elementos que sustentan la conclusión de genocidio”, agregó.


Miles de niños muertos y heridos

Más de 20.000 niños palestinos murieron y más de 44.000 resultaron heridos entre octubre de 2023 y octubre de 2025, según los datos citados por la Comisión. Los menores representan cerca del 30% de todas las personas fallecidas en el territorio palestino ocupado.

La investigación sostiene que muchos de ellos murieron en ataques aéreos con explosivos de gran potencia y amplio radio de impacto. También documenta casos de niños alcanzados por disparos de drones, francotiradores y otras armas en la cabeza o la parte superior del cuerpo.

Los expertos afirmaron que las pruebas reunidas revelan un patrón de conducta destinado a destruir la continuidad biológica y el futuro de la población palestina en Gaza.

A su juicio, el ataque deliberado contra niños constituye uno de los elementos que demuestra la intención específica de destruir, total o parcialmente, al grupo palestino en ese territorio.

“La protección, el cuidado y la supervivencia de los niños palestinos y de las mujeres embarazadas están estrechamente vinculados al derecho fundamental del pueblo palestino a la autodeterminación”, dijo Muralidhar. “Al atacar a los niños, Israel está erosionando la estructura fundamental de la sociedad palestina”.

La Comisión indicó que su investigación se basó en entrevistas y grupos de discusión con víctimas y testigos, incluidos niños; informes médicos; análisis forenses; fotografías y videos; y material de fuentes abiertas sometido a procesos de verificación digital.


Una infancia sin escuela, hospitales ni alimentos

El informe también documenta la destrucción de instalaciones fundamentales para la supervivencia y el desarrollo de los niños, entre ellas escuelas, universidades, hospitales y orfanatos.

Según la Comisión, el 97% de las escuelas de Gaza han sido destruidas y el 95% de las universidades han resultado afectadas. De las 38 universidades del territorio, 22 habrían quedado completamente destruidas.

Los investigadores consideran que la destrucción de las instituciones educativas no solo priva a los niños de su derecho a la enseñanza, sino que socava las bases sociales e intelectuales de la sociedad palestina.

La Comisión sostuvo que Israel ataca a los niños para debilitar la vitalidad demográfica de la población palestina y negar su derecho a la autodeterminación.

El informe también denuncia la imposición de condiciones de vida que obstaculizan la supervivencia de los menores, incluida la privación de alimentos y atención médica.

Hasta el 1 de octubre de 2025, se habían registrado 151 muertes de niños por desnutrición, según los datos citados por la Comisión. Los expertos también documentaron más de mil casos de menores que sufrieron amputaciones entre octubre y diciembre de 2023.

Chris Sidoti, miembro de la Comisión, relató el caso de una niña de 12 años con enfermedad celíaca que murió de desnutrición aguda. Según explicó, durante el asedio no pudo acceder a los alimentos sin gluten que necesitaba ni recibir el tratamiento adecuado. La solicitud para evacuarla de Gaza con fines médicos fue aprobada dos semanas después de su muerte.

“No murió de enfermedad celíaca”, subrayó. “Murió de hambre”.


Violaciones que continúan

La Comisión afirmó que las violaciones contra niños palestinos continuaron después del alto el fuego anunciado en octubre de 2025.

Entre los hechos documentados figuran tortura, tratos inhumanos y degradantes, violencia sexual y de género, así como ataques contra instalaciones sanitarias y educativas.

Los expertos también se refirieron a la situación en Cisjordania. En uno de los casos investigados, un adolescente de 14 años herido de bala murió después de permanecer unos 45 minutos sin recibir asistencia médica.

La Comisión sostuvo que soldados israelíes impidieron que la madre del menor y una ambulancia se acercaran a ayudarlo, e identificó a la unidad militar que, según dijo, operaba en la zona en el momento de los hechos.

Sidoti afirmó que el niño murió desangrado mientras los soldados no le prestaban ayuda e impedían que otros lo hicieran. “Sabemos quiénes son”, dijo al referirse a la unidad señalada por la investigación.


Llamado a la rendición de cuentas

La Comisión pidió a los Estados adoptar medidas para garantizar la rendición de cuentas por las violaciones cometidas contra niños palestinos.

Entre sus recomendaciones, solicitó investigar a individuos y organizaciones sospechosos de participar en actos de violencia ilegal mediante tribunales nacionales o el principio de jurisdicción universal.

También instó a los Estados a cumplir las órdenes de arresto emitidas por la Corte Penal Internacional, emplear todos los medios razonablemente disponibles para prevenir genocidio, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, y suspender las transferencias de armas, equipos o materiales que puedan utilizarse para violar el derecho internacional.

Los expertos indicaron que la Comisión ha compartido información con la Corte Penal Internacional, la Corte Internacional de Justicia y algunos Estados, y que seguirá colaborando con las autoridades judiciales que investiguen posibles responsabilidades.

Al cerrar la presentación, Sidoti pidió que las decenas de miles de niños afectados no queden reducidos a estadísticas.

“Hay que ver a estos niños como individuos, con identidades, con vidas que estaban viviendo y con futuros que ahora han quedado truncados”, afirmó.


NOTA:

[1] La Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas sobre el Territorio Palestino Ocupado, incluida Jerusalén Oriental, e Israel fue establecida por el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas el 27 de mayo de 2021 para «investigar, en el Territorio Palestino Ocupado, incluida Jerusalén Oriental, y en Israel, todas las presuntas violaciones del derecho internacional humanitario y todas las presuntas violaciones y abusos del derecho internacional de los derechos humanos ocurridos hasta el 13 de abril de 2021 y desde entonces». La resolución A/HRC/RES/S-30/1 solicitó además a la comisión de investigación que «investigara todas las causas subyacentes de las tensiones recurrentes, la inestabilidad y la prolongación del conflicto, incluidas la discriminación y la represión sistemáticas basadas en la identidad nacional, étnica, racial o religiosa».





* Publicado en Noticias ONU, 23.06.26.

La estatua viviente: Lumumba, Fanón y la descolonización


El hincha de la selección masculina de fútbol de la R.D. del Congo que homenajea al prócer del país Patrice Lumumba y, además, en la foto, protesta por el silencio internacional por el genocidio en su país.


A Lumumba no lo asesinaron por soviético sino por ser un nacionalista genuinamente decidido a defender la riqueza congoleña. Es decir, por encarnar exactamente el tipo de descolonización real, no meramente formal, que Fanón reclamaba como condición de cualquier independencia verdadera.


Emanuel Bonforti


El hincha que es un monumento

En el estadio de Guadalajara, una hora antes de que la selección de la República Democrática del Congo saltara a la cancha frente a Colombia, un hombre ocupó su lugar detrás del banquillo congoleño y no se movió más. Chaqueta y corbata roja, camisa amarilla, pantalón azul, los colores de la bandera del Congo, brazo derecho en alto con firmeza sepulcral, inmóvil durante todo el partido, mirada al horizonte, a su patria. Se llama Michel Kuka Mboladinga, pero en redes y en las tribunas se lo conoce como Lumumba Vea [Lumumba Vive]. Solo rompe la quietud para hacer un gesto preciso, repetido en cada partido: se tapa la boca con una mano y se lleva dos dedos de la otra a la sien, imitando una pistola, África transita por su espíritu. Es la reconstrucción corporal de un asesinato: el de Patrice Lumumba, primer ministro congoleño ejecutado en enero de 1961, apenas siete meses después de haber proclamado la independencia de su país frente al propio rey de Bélgica.

La FIFA, que había estado dándole cámara como curiosidad folclórica del Mundial, dejó de transmitir su imagen justo cuando hizo ese gesto. No es un detalle menor: lo que el cuerpo de Mboladinga pone en escena no es solo un homenaje a un héroe lejano, sino una protesta deliberada, dirigida también al silencio internacional sobre el conflicto que hoy sigue desangrando el este del Congo, un conflicto que desde los años noventa acumula más de seis millones de muertos sin que el mundo le preste demasiada atención. Es decir, como todo conflicto en África es auto infligido por el imperio.

¿Por qué, más de sesenta años después, alguien elige encarnar a Lumumba en una tribuna durante el mundial, lejos de Kinshasa y lejos también de cualquier conmemoración oficial? La pregunta no es anecdótica. Que esa figura y ese gesto sigan circulando como símbolo de lo popular dice algo sobre lo que ese asesinato dejó pendiente, y sobre lo históricamente irresuelto que sigue estando casi setenta años después. Para entenderlo hace falta retroceder, alejarse del Congo por un momento, y mirar el proceso más amplio del que ese país y ese hombre fueron una pieza extrema.


La descolonización como proceso

Entre 1945 y 1975, decenas de territorios coloniales en Asia y África dejaron de serlo, al menos desde lo formal. El año 1960 concentró una cifra particularmente alta: diecisiete países africanos alcanzaron la independencia, tantos que se lo recuerda como el "año de África". Las banderas cambiaron, los himnos se escribieron, las embajadas se abrieron, aparecieron nuevos nombres, la cartografía se había modificado. Pero la pregunta que atravesaba el pensamiento anticolonial de la época y que aún sigue viva era si ese cambio de bandera y de autoridades significaba efectivamente una liberación real.

Franz Fanón, psiquiatra martiniqués nacionalizado argelino por elección política, fue quien formuló esa pregunta con mayor crudeza. Para Fanón, el colonialismo no era solamente un sistema administrativo o jurídico que se pudiera desmontar firmando un tratado. Era, antes que nada, una estructura que producía sujetos: el colonizado interiorizaba una imagen degradada de sí mismo, una "zona del no-ser" desde la cual debía reconstruirse. Por eso, en sus textos, la descolonización aparece como un proceso necesariamente violento, no solo en el sentido físico de la guerra, sino en el sentido de una ruptura subjetiva radical, y nunca como un mero traspaso de funcionarios. Fanón producto de su bagaje de la psiquiatría analizaba la dependencia descarnadamente, como el imperialismo más directo podía moldear la subjetividad más allá de su presencia.

Fanón advirtió, además, sobre un riesgo específico que atravesaría a cualquier proceso de emancipación y que la historia africana confirmaría una y otra vez: el surgimiento de una burguesía nacional poscolonial incapaz de transformar las estructuras heredadas del colonialismo y con escasa vocación nacional, su misión fue simplemente ocupar formalmente el antiguo lugar de los antiguos administradores extranjeros, claro que con la condición de mantener intactos los circuitos de extracción de riqueza y las jerarquías sociales heredadas de la colonia. La independencia política, sin una transformación económica corría el riesgo de convertirse en una sustitución de nombres sobre un mismo edificio.

Esta distinción entre independencia formal y liberación real es el puente que permite pasar de lo general a lo particular. Porque si hay un caso en el que esa distinción se jugó de manera trágica y veloz, fue el del Congo.


El Congo: el tipo de ideal de un país colonial

Pocas colonias condensaron tanta violencia como el Congo Belga. Bajo el régimen personal del rey Leopoldo II, a fines del siglo XIX, el territorio fue sometido a un sistema de explotación del caucho que causó la muerte de millones de personas, por trabajo forzado, mutilaciones punitivas y hambrunas inducidas. Esa brutalidad fundacional no desapareció con la administración estatal belga posterior: se transformó, se volvió más burocrática el control se perfeccionó. Pero lo que continuaba fue un patrón de extracción de recursos (caucho primero, minerales estratégicos después) como el centro de la relación colonial.

Esa riqueza mineral fue, precisamente, lo que convirtió al Congo en un tablero caliente durante la Guerra Fría sobre todo al momento de su independencia. El cobalto y otros minerales estratégicos del Congo eran codiciados tanto por las potencias occidentales como por la Unión Soviética, y ningún actor internacional estaba dispuesto a observar con indiferencia quién controlaría esos recursos una vez que Bélgica se retirara.

En ese contexto se proclamó la independencia, el 30 de junio de 1960. Patrice Lumumba, primer ministro del nuevo Estado, pronunció un discurso que todavía resuena: frente al rey Balduino, que había elogiado la "obra civilizadora" belga, Lumumba describió sin eufemismos las vejaciones del período colonial como el trabajo forzado, la segregación cotidiana, los castigos por una mirada o una palabra fuera de lugar. Fue un gesto de ruptura simbólica inmediata, y también una sentencia: a partir de ese discurso, Lumumba quedó marcado como una amenaza para quienes esperaban una transición ordenada, es decir, que no tocara los intereses coloniales.

Lo que siguió fue extraordinariamente rápido. En cuestión de semanas, el ejército se amotinó, la provincia minera de Katanga proclamó su secesión con apoyo belga, y Lumumba se vio obligado a recorrer capitales del mundo buscando apoyo internacional para sostener la unidad y la soberanía de su país, incluyendo un pedido de ayuda a la Unión Soviética que terminó de sellar su suerte ante Washington. A mediados de septiembre de 1960, apenas dos meses y medio después de asumir, fue destituido en un golpe orquestado por Joseph Kasavubu con el respaldo militar de Joseph-Désiré Mobutu, hasta entonces uno de sus colaboradores de mayor confianza. Lumumba fue arrestado, trasladado a la hostil provincia de Katanga, torturado y finalmente asesinado el 17 de enero de 1961, junto con dos de sus compañeros.

Décadas de investigación, incluida una comisión parlamentaria belga que en 2001 reconoció la "responsabilidad moral" de Bélgica en el crimen, confirmaron la participación de oficiales belgas y la implicación directa de la CIA, que había recibido la orden de eliminarlo del propio presidente estadounidense Dwight Eisenhower.

Pero detengámonos en Bélgica, país de íntima relación histórica con Inglaterra, a la cual empujo en su proceso de balcanización de Holanda, y hablando de fenómenos balcanizadores los ingleses durante el siglo XIX habían bautizado a Uruguay el Bélgica de América del Sur


Fanón y Lumumba y la praxis teórico-política

Lo que vuelve este caso especialmente fértil para pensar junto a Fanón no es solo la coincidencia temática. Fanón y Lumumba se conocieron y conversaron en persona, no en el Congo sino en Accra, Ghana, durante la Conferencia Panafricana de diciembre de 1958: el mismo encuentro en el que Lumumba, había viajado representando al recién fundado Movimiento Nacional Congolés, tomó contacto con figuras decisivas del movimiento anticolonial continental, entre ellas Kwame Nkrumah, Tom M'boya y el propio Fanón, en su rol de embajador itinerante del gobierno provisional argelino en el exilio, encargado de tejer alianzas internacionalistas entre los movimientos de liberación africanos. En esa Fanón advirtió a Lumumba sobre los riesgos de confiar en una transición pacífica e institucional frente a un entramado de intereses coloniales, neocoloniales y locales los cuales no estaba dispuesto a aceptar una independencia real.

La historia, en este caso, no le dio la razón a la esperanza sino a la advertencia. Lumumba apostó por los canales disponibles: la ONU, las gestiones diplomáticas, el llamado a la legalidad constitucional frente al golpe. Pecó de ingenuo y fue exactamente ese terreno el de la institucionalidad poscolonial, todavía débil y todavía permeable a la injerencia imperial, el que no lo iba a proteger.

Fanón, además, dejó una caracterización de Lumumba que vale la pena rescatar porque desmonta el modo en que la propaganda de la Guerra Fría leyó su figura. Lo describió como un hombre "vendido a África", una fórmula que invierte deliberadamente la acusación de "agente comunista" que la prensa occidental y los servicios de inteligencia le atribuyeron para justificar su eliminación. Para Fanón, el compromiso de Lumumba no era con un bloque geopolítico sino con la soberanía africana en sí misma: su corazón, en los términos del propio Fanón, estaba con el pueblo africano, no con Moscú ni con ninguna potencia extranjera. Lumumba era la expresión del tercer mundismo del latir africano. Esa distinción es crucial: a Lumumba no lo asesinaron por soviético sino por ser un nacionalista genuinamente decidido a defender la riqueza congoleña. Es decir, por encarnar exactamente el tipo de descolonización real, no meramente formal, que Fanón reclamaba como condición de cualquier independencia verdadera.

El propio destino de Mobutu, que terminó gobernando el país durante más de tres décadas con un régimen corrupto y alineado con Occidente, confirma el diagnóstico fanoniano sobre la "burguesía nacional" poscolonial: el hombre que ayudó a derrocar y eliminar a Lumumba se convirtió, con el tiempo, en el ejemplo más nítido de esa élite local que sustituye al colonizador en el control del país sin alterar las relaciones de fondo. Con el tiempo el propio Mobutu declaró a Lumumba héroe nacional en 1966 y con esto buscaba neutralizar la amenaza de su legado, convirtiéndolo en un mito inofensivo.


Lo que queda en pie

Pero volvamos a Guadalajara. Michel Kuka Mboladinga no necesita un discurso académico para saber que algo de ese asesinato sigue abierto. Su gesto el tapar la boca, simular la pistola en la sien, no es un simple recuerdo histórico congelado en 1961: es, explícitamente, una protesta sobre el presente, sobre un conflicto en el este del Congo que ya lleva más de seis millones de muertos desde los años noventa y que rara vez ocupa portadas, mucho menos transmisiones de la FIFA.

La descolonización que Fanón describía como proceso de reconstrucción subjetiva nunca se completó. En el Congo las fronteras, las élites y los circuitos de extracción de recursos heredados del período colonial demostraron una persistencia notable bajo nuevas administraciones formalmente soberanas, hasta llegar a la violencia que hoy desplaza a millares de personas.

Por eso ese cuerpo inmóvil, vestido con los colores de la bandera congoleña, no es solamente un homenaje nostálgico. Es una forma de memoria que se rehúsa a dejar el caso cerrado en los archivos de una comisión parlamentaria belga o en la bibliografía especializada y que a la actualidad incomoda a la propia FIFA tan amiga del imperialismo y por eso dejó de visualizarlo. En esa línea alguna vez Maradona dijo: "si tengo que pertenecer a la familia de la FIFA... prefiero ser huérfano".

Mientras la advertencia de Fanón, que la independencia sin transformación real es una promesa incumplida, siga teniendo vigencia en cualquier rincón del mundo poscolonial, seguiremos esperando la llegada de los Lumumba de la vida, y seguirá teniendo sentido que alguien, en medio de una tribuna, elija ponerse de pie, inmóvil, y encarnar con el cuerpo lo que el Congo todavía le debe a Lumumba, y lo que el mundo todavía le debe al Congo.


Patrice Lumumba (der.) y su aliado Joseph Okito (izq.) fueron secuestrados en diciembre de 1960.



* Publicado en Agencia Paco Urondo, 27.06.26. 

El crecimiento personal nos idiotiza




Los mensajes de crecimiento personal nos rodean, un eco constante que nos «idiotiza». La precarización emocional se banaliza y se mercantiliza.


Carlos González Serrano


Son abundantes e insidiosos los mensajes que, a diario, ya sea subrepticia o explícitamente, recibimos en nuestro entorno invitándonos a adquirir y desarrollar nuestra autonomía subjetiva a través de ejercicios de crecimiento personal, coaching emocional, técnicas de superación, diversos métodos de autoayuda de dudoso calado o, sin tapujos, distintas vías esotéricas o «sanadoras» (astrología, taichí, terapia floral, terapias energéticas…) que nos prometen la realización individual en el ámbito exclusivo de nuestra esfera privada.

Las directrices son melosas y embaucadoras, pero también idiotizantes y, lo más preocupante, emocionalmente disciplinantes: «despliega tu amor propio», «sé tu propio universo», «tú fraguas el absoluto que eres», «abraza tu ser y el ser te abrazará» y otras patrañas y pamemas similares.

Este tipo de apotegmas, que pretenden alzarse como herederos de la Ilustración (cuyo lema kantiano –sapere aude!– intentaba dotar al individuo de herramientas intelectuales para alcanzar la independencia de juicio) o del estoicismo, esconde una peligrosa y desmembradora deriva (a)política. Mediante la banalización y mercantilización de la precarización emocional de la ciudadanía, sumergida en una narcotización intelectual causada por diversos malestares contemporáneos que se han hecho endémicos, esta clase de máximas del crecimiento personal nos desapropian de uno de los elementos más esenciales de una sociedad sana en términos de comunidad: la capacidad para sentirnos afectados por los demás.

La autoayuda de la superación personal patrocina, bajo la salvífica y almibarada capa de la autodeterminación y de la autosuficiencia, una moralidad subordinada a la negación de los cuidados mutuos, es decir, expropiada de la responsabilidad por el bienestar común, en tanto que nos condena al ostracismo de nuestra esfera personal, a la soledad autoinfligida del privatismo emocional («si yo estoy bien, todo estará bien»): sujetos aislados que pujan por su propio bienestar en una insalubre incomunicación.

Desde la perspectiva del más estupidizante crecimiento personal y de la autoayuda del pensamiento mágico («si quieres, puedes») se ofrecen variados viáticos para liberarnos de la «toxicidad» que nos provocan ciertas relaciones (personales, laborales e incluso con nosotros mismos) o para encontrar a nuestras «persona vitamina» (aquellas que nos hacen más fácil nuestro camino).

Es decir, se promueve, de continuo, la eliminación de cualquier rastro de contingencia, ambigüedad o problematicidad en nuestras vidas. Todo debe «fluir» en un cómodo transitar por la existencia, en un cándido e indolente resbalar por ella que nos permita eludir los disgustos, las contrariedades, los obstáculos y, en general, cualquier elemento potencialmente oneroso que pueda presentársenos.

Este género de estafas pseudoterapéuticas –que cobran paulatinamente un mayor protagonismo, potencian la enajenación emocional y menosprecian nuestra inteligencia– nos hacen olvidar que vivimos y sobrevivimos por y gracias a la dimensión política de los cuidados mutuos, de las relaciones intersubjetivas que trazamos mediante la capacidad para ser afectados por los otros en toda la insoslayable e inevitable pluralidad de sus manifestaciones. 

En cada una de nuestras acciones, en cada una de nuestras palabras proferidas –e incluso pensadas–, somos agentes morales y políticos que confeccionan un tipo de mundo en función de ese hacer, que es intransferible.

Muy al contrario, al desplazar la vulnerabilidad al ámbito meramente individual y privado, estas técnicas pseudoterapéuticas someten al sujeto a la presión de tener que ser el único forjador de su propia felicidad (o desdicha) y le hace relegar su compromiso cívico en pos de su bienestar individual. 

Sujetos que se piensan ultra autónomos pero que, justamente a la inversa, se vuelven del todo dependientes de técnicas que los despojan de su inteligencia e incluso de sus afectos, lo que deriva en la «irresponsabilidad de los privilegiados», como ha denunciado en las últimas décadas con gran lucidez Joan Tronto, profesora de Teoría Política en la Universidad de Minnesota (en Moral boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care, libro de 1993, o en Contre l’indifférence des privilégiés, de 2013). 

Una irresponsabilidad que tiene que ver con ignorar formas de adversidad que esos privilegiados no tienen que afrontar. Sumirnos en nuestro universo privado, y ceñirnos a nuestro bienestar personal, hace el mundo más mezquino, provoca que eludamos la dimensión relacional y contextual de nuestra existencia y reduce los cuidados y la atención a un onanismo emocional en virtud del cual el sujeto no se permite encontrar ninguna traba para la satisfacción de sus deseos, intenciones y anhelos. 

Los mensajes más arriba expuestos, melifluos y de amplia difusión, llegan a cada vez más niños y adolescentes que, cuando han de enfrentarse a alguna dificultad, no saben cómo plantar cara a cualquier atisbo de frustración, en tanto que han sido adoctrinados en la jerigonza del «si quieres, puedes».

La ética de los cuidados, que es una ética de la atención por y con el otro, es sustituida por una dulzona moralidad de la autosuperación, entendida como una salvación de todo aquello que resulta amenazante, inquietante o desafiante. Mientras, por otra parte, nos invitan de continuo a «dejar nuestra zona de confort»: porque, ya lo sabemos, a estas técnicas les va el negocio en ello. Es decir, en el hecho de que precisamente nos vaya mal, y no hay nada como abandonar un confort alcanzado con esfuerzo y largos años de denuedo para necesitar, de nuevo, las herramientas del chamán de turno que nos ayude a «crecer personalmente».

En definitiva, la idiotización a la que nos exponen los gurús del crecimiento personal está consiguiendo que rehuyamos nuestra responsabilidad comunitaria, que depositamos por entero en los agentes políticos institucionales (con el consiguiente peligro que esto supone), de manera que cada sujeto ha de ser el exclusivo garante, y por tanto el exclusivo culpable, de su dicha o desgracia, sin tener que preocuparse de lo que sucede en su contexto más cercano.

Ya no hay que prestar atención a las desventuras del otro, desoyendo el dictado, tan bello como certero, de Simone Weil en sus Cuadernos (publicados en Trotta, 2001):
«Contemplar la desgracia ajena sin apartar la mirada, no sólo la mirada de los ojos, sino la mirada de la atención, es hermoso. Es detenerse».



* Publicado en Ethics, 29.08.23.

Racismo israelí y el peligro de "parecer árabe"


Los judíos israelíes tiroteados por un judío estadounidense en Miami.


Los mizrajíes, judíos árabes, pueden seguir negando su identidad, pero no pueden mudar su piel. Las balas del tirador de Miami les recuerdan que, después de todo, también son árabes.


Orly Noi


Parece la trama de una comedia negra particularmente absurda: un judío estadounidense sale a cazar palestinos en las calles de Miami, identifica por error a un padre y a un hijo (ambos judíos israelíes) como palestinos y de inmediato les dispara; los dos sobreviven milagrosamente y escapan. En el hospital, el hijo publica un mensaje en el que dice que él y su padre “sobrevivieron a un intento de asesinato motivado por el antisemitismo”, y firma el mensaje con el popular lema israelí: “Muerte a los árabes”. Sólo después de enterarse de que el atacante era un judío que buscaba matar árabes, borra sus comentarios y aparece en la televisión israelí para decir:
“No importa quiénes seamos, judíos, rusos, árabes… ningún ser humano tiene derecho a quitarle la vida a otro”.
No es la primera vez que judíos israelíes son atacados tras ser confundidos con árabes. Durante los tensos días de octubre de 2015, ocurrieron varios incidentes similares en Israel: los soldados dispararon y mataron a Simcha Hodadov, un inmigrante de Daguestán de 28 años que se había mudado a Israel por razones sionistas, estudió en una yeshivá, sirvió en la unidad Netzah Yehuda del ejército israelí y más tarde trabajó como guardia de seguridad. Pero los soldados sospecharon que era árabe, por lo que abrieron fuego.

Ese mismo mes, Uri Rezkan fue apuñalado en su lugar de trabajo, en un supermercado de la ciudad de Kiryat Ata, por otro judío israelí, y en Jerusalén, un hombre haredí [judío ultraortodoxo] atacó a un peatón judío con una barra de hierro, dejándolo gravemente herido. En ambos incidentes, el agresor atacó deliberadamente a las víctimas porque las confundían con árabes.

Esta es una regla israelí bien conocida: cuanto más tensa y violenta sea la situación, más peligroso es “parecer árabe”. Pero lo cierto es que, dentro de los territorios controlados por Israel, nunca es realmente un buen momento para hacerlo.

Esta idea fue destilada por el escritor palestino Sayed Kashua en uno de los episodios más divertidos y tristes de su aclamada comedia “Arab Labor”. El protagonista, Amjad Alian, decide participar en el reality show “Big Brother” para demostrar a los judíos israelíes que los árabes no dan miedo. Los otros concursantes, que saben que hay un árabe entre ellos pero desconocen su identidad, sospechan erróneamente que el mizrají es árabe y, en consecuencia, su trato hacia él cambia.

Los no judíos también han sido atacados tras ser confundidos con árabes, como el migrante eritreo Habtom Zerhom, que fue linchado por una turba de civiles y policías en la estación central de autobuses de Beer Sheva tras ser confundido con un “terrorista”. Pero entre los judíos israelíes, en una realidad en la que tener una “apariencia árabe” sirve como el principal detonante de la violencia, los mizrajíes son casi categóricamente los que corren el mayor riesgo.

Un judío mizrají puede cambiar su apellido, distanciarse de cualquier elemento árabe en su identidad y herencia y abrazar plenamente la cultura occidental, pero no puede desprenderse de su piel. En los espacios públicos –ya sea en Israel o en otros lugares, como demuestra el incidente de Miami– todavía se lo puede identificar fácilmente y, en consecuencia, tratar como “árabe”.


El tipo "equivocado" de judío y árabe

Pero la apariencia exterior es sólo una parte de la historia árabe-mizrají, y ni siquiera es la principal. En los primeros años de Israel, la clase dirigente asquenazí [judíos asentados en Europa Central y Oriental] albergaba un ardiente resentimiento y desprecio contra los mizrajíes por su identidad árabe, mucho antes de que los conocieran en persona y vieran el color de su piel o de sus ojos. “Esta es una raza distinta a cualquier otra que hayamos visto antes”, escribió el periodista israelí Aryeh Gelblum en Haaretz en abril de 1949:
“El primitivismo de esta gente es insuperable… por encima de todo hay un hecho igualmente grave, y es su total incapacidad para adaptarse a la vida en este país, y principalmente su pereza crónica y su odio por cualquier tipo de trabajo”.
En 1951, la Agencia Judía y el gobierno israelí habían adoptado una política de inmigración selectiva para los judíos de Marruecos y Túnez, en contraste con la inmigración sin restricciones concedida a los judíos de los países occidentales. En 1952 Abba Eban, entonces embajador de Israel ante los Estados Unidos y la ONU, escribió: 
“Una de las mayores preocupaciones que pesan sobre nosotros al evaluar nuestro estado cultural es que la afluencia de inmigrantes de los países orientales rebajará el nivel cultural de Israel al de sus países vecinos”
Unos años más tarde, el levantamiento de los mizrajíes en el barrio Wadi Salib de Haifa desataría todos estos temores reprimidos. “No sé a quién traen de Persia ahora, pero estamos condenados a aceptarlos. Veremos qué tipo de jungla estamos creando para nosotros mismos”, se quejó el primer ministro Levi Eshkol.

El entonces ministro de Educación, Zalman Aran, llegó al extremo de acusar a “los judíos de las comunidades orientales” de “simpatía pasiva por la violencia”. Décadas después, el asesor cercano de Benjamin Netanyahu, Nathan Eshel, se haría eco de estos sentimientos, afirmando que los mizrajíes “responden bien a la violencia”.

Esta breve descripción —apenas la punta del iceberg en un océano de racismo— pretende recordarnos lo que muchos mizrajíes en Israel insisten en negar: el núcleo árabe incrustado en su identidad mizrají y el precio que ello exige.

Durante el último año y medio, en medio del clima tóxico de odio y venganza que reina en la guerra, las declaraciones sobre la “barbarie árabe” se han generalizado en Israel, lamentablemente, incluso por parte de hombres y mujeres mizrajíes que en su día fueron aliados en la lucha por la igualdad. Quienes durante años analizaron críticamente las raíces de la opresión mizrají en Israel de repente han adoptado la terminología más racista y antiárabe para hablar de los palestinos.

El tiroteo de Miami podría servirles de recordatorio: cuando el tirador salió de su casa con la intención de matar palestinos, no estaba pensando en los palestinos en un sentido político. Incluso si sus víctimas hubieran sido palestinas, no tenía forma de saber si eran palestinos sionistas, como Yoseph Haddad. Su objetivo era la propia arabidad.





* Publicado en +972 Magazine, 19.02.25. Orly Noy es editora de Local Call, activista política y traductora de poesía y prosa en farsi. Es presidenta de la junta ejecutiva de B'Tselem y activista del partido político Balad.

Ximena Lincolao bajo el microscopio: “No sabe de ciencias ni le interesa”




En solo 60 días, Ximena Lincolao acumuló renuncias, denuncias de despidos y choques con el mundo científico. Expertos acusan que no cree en la ciencia como bien público y que impulsa una agenda ideológica marcada por Silicon Valley de Peter Thiel.


Héctor Cossio


En apenas 60 días como ministra de Ciencia, Ximena Lincolao ha acumulado más conflictos que anuncios.

La renuncia de su subsecretario, acusaciones de despidos masivos, una crisis interna marcada por miedo y desconfianza, cuestionamientos por omisiones en su declaración patrimonial, tensiones con el mundo científico, polémicas por propiedad intelectual e inteligencia artificial, y una agresión sufrida en la Universidad Austral que –paradójicamente– terminó convirtiéndose en el episodio que más elevó su nivel de conocimiento público.

Hasta ahora, la ministra parece haberse hecho conocida no por una política científica ni por una reforma estructural o por un descubrimiento, sino por el conflicto permanente.

En el Ministerio de Ciencia se instaló rápidamente la sensación de que algo no calzaba. No solo por el choque de estilos o por las diferencias administrativas normales de cualquier cambio de Gobierno, sino por algo más profundo: la impresión de que la persona a cargo de conducir la política científica chilena simplemente no cree en la ciencia como valor público.

En conversaciones reservadas, distintas voces del ecosistema científico, tecnológico y diplomático coinciden en un diagnóstico inquietante: Lincolao no entiende la ciencia como un proyecto de desarrollo humano, cultural y estratégico, sino como una herramienta transaccional subordinada exclusivamente a la rentabilidad económica inmediata.

Ella no le ve valor a la ciencia”, resume crudamente una fuente vinculada al mundo de la innovación y el desarrollo tecnológico. “Toda la ciencia tiene que generar impacto económico. Si no produce plata, simplemente no sirve”, dice respecto de la visión de la secretaria de Estado.

La crítica aparece repetida una y otra vez en distintos relatos provenientes de áreas muy diferentes: investigadores, expertos en inteligencia artificial, exautoridades y actores ligados a cooperación internacional. Todos describen una agenda ideológica extremadamente marcada por el imaginario de Silicon Valley, las big tech y figuras como Peter Thiel: un Estado reducido, subordinado al mercado y desconfiado del conocimiento que no puede monetizarse rápidamente.

Según una experta en política pública científica, el problema no es solo que la ministra privilegie la IA o startups tecnológicas. El problema es que pareciera no comprender para qué existe un Ministerio de Ciencia.

“La tecnología no es solo inteligencia artificial y data centers”, señala. “También es biotecnología, farmacología, robótica, investigación básica, formación de capital humano, universidades, ciencia aplicada. Nada de eso parece estar hoy en la agenda”, recalca.

En el mundo científico hay inquietud porque, bajo esta lógica, la investigación deja de entenderse como una construcción de largo plazo y pasa a evaluarse únicamente bajo criterios de retorno económico inmediato. Un paradigma que, advierten, amenaza con destruir décadas de construcción institucional.

Uno de los ejemplos más delicados es el riesgo que enfrenta el convenio franco-chileno para el desarrollo de un centro binacional de inteligencia artificial, considerado uno de los proyectos de cooperación científica más ambiciosos impulsados por Chile en los últimos años.

El acuerdo, trabajado durante administraciones de distintos signos políticos y respaldado en su momento incluso por la visita de Emmanuel Macron, hoy atraviesa una situación crítica. Francia ya comprometió recursos y financiamiento, mientras Chile mantiene atrasada la formalización del acuerdo económico comprometido hace casi un año.

Fuentes del propio ministerio, que conocen en detalle la agenda internacional que ha marcado nuestro país en diplomacia científica, describen un escenario de deterioro diplomático inédito. Según explica una fuente, desde la cartera la respuesta ha sido simple: “No tenemos presupuesto”.

Pero detrás del problema financiero –advierte– existe algo más grave: la ausencia total de interés por la diplomacia científica.

“Este Gobierno rompió una línea transversal de cooperación que Chile había sostenido por años”, afirma. Y añade: “No se entiende el peso estratégico que tiene la ciencia en las relaciones internacionales”.

La preocupación no es menor. El centro binacional no solo contemplaba investigación en IA, sino también formación de talento, infraestructura de cómputo avanzada, atracción de inversión extranjera y acceso chileno a capacidades tecnológicas francesas muy superiores a las locales.

La posibilidad de que el proyecto se debilite o incluso colapse aparece hoy como uno de los símbolos más claros de la distancia entre la actual conducción ministerial y la tradición científica chilena.

En paralelo, distintas fuentes describen un ministerio desconectado de las universidades, de las sociedades científicas y de su propio ecosistema interno. Una escena relatada desde el interior de la cartera se ha transformado casi en metáfora de ese estilo.

En una de sus primeras jornadas al mando del ministerio, Lincolao decidió realizar una reunión general con funcionarios vía Zoom. El detalle es que todos estaban físicamente en el mismo edificio. Mientras decenas de trabajadores se conectaban desde sus oficinas, la ministra permanecía encerrada en la suya, hablándoles a través de una pantalla.

La anécdota circula hoy dentro del ministerio como símbolo de una forma de conducción distante, poco política y profundamente ajena a la cultura institucional chilena.

“Ella no cuenta con códigos”, resume un actor que tuvo reuniones directas con la ministra. “No entiende cómo funciona el Estado, ni parece interesarle demasiado entenderlo”, agrega.

Ese diagnóstico se repite en distintos niveles. Varias fuentes coinciden en que Lincolao no proviene del mundo científico, ni académico, ni universitario. Su trayectoria está ligada al desarrollo de aplicaciones tecnológicas y emprendimientos digitales en Estados Unidos. Y precisamente allí estaría el origen de su visión.

“Ella cree que el ministerio tiene que funcionar como una startup”, dice una de las personas consultadas. “Pero un país no es una startup”.

La frase se escucha con frecuencia en conversaciones privadas dentro del ecosistema científico: el temor de que Chile esté comenzando a reemplazar una política de desarrollo del conocimiento por una lógica de mercado radicalizada, donde la ciencia solo vale si produce rentabilidad inmediata.

Por eso, más allá de las polémicas coyunturales, lo que inquieta al mundo científico no son únicamente los despidos, las tensiones internas o los errores comunicacionales. Lo que inquieta es algo mucho más estructural: la sospecha de que, por primera vez desde la creación del ministerio, la persona a cargo no solo no proviene de la ciencia, sino que además desconfía profundamente de ella.



* Publicado en El Mostrador, 16.05.26. Héctor Cossio es editor general de El Mostrador.

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