Arquitectura de la expansión de colonias israelíes en Cisjordania


Soldados israelíes montan guardia mientras los partidarios de los asentamientos israelíes en Cisjordania se reúnen después de una marcha durante la Pascua Judía, en el puesto de avanzada de Eviatar, en Cisjordania ocupada, el 10 de abril de 2023.
© Ariel Schalit / AP


En la última década, los movimientos de colonos israelíes han apostado a una nueva estrategia para incrementar el control de tierras en Cisjordania ocupada: la instalación de campamentos o puestos precarios, que se suman a los asentamientos y que están regidos por pastores de ovejas que logran dominar una mayor porción de territorio. Para garantizar su éxito se apoyan en el uso de la violencia contra las poblaciones palestinas, para lo que cuentan con el apoyo –explícito o tácito– de las autoridades israelíes.


Janira Gómez y Federico Cué


En febrero de 2021, Ze'ev Hever, líder del movimiento de asentamientos "Amana", brindó un inusual discurso público durante una conferencia de su grupo, en la que elogió la nueva estrategia de los colonos israelíes para expandir su dominio en Cisjordania ocupada:
"La construcción ocupa poco terreno, debido a las consideraciones económicas del desarrollo de edificios, que es costoso, y así hemos llegado a 100 kilómetros cuadrados después de poco más de cincuenta años. En cambio, con las granjas de pastores, en los últimos tres años nos hemos aventurado en una gran extensión; cubren un área casi el doble de grande que el área construida de los asentamientos".
Una declaración sin tapujos, verificada en terreno por la ONG israelí Kerem Navot. En su informe "The Wild West", publicado en mayo de 2022, llegó a documentar la existencia de 77 colonias agrícolas en Cisjordania (en adelante, outposts, puestos de avanzada o campamentos como sinónimos), la mayoría establecidas durante la última década –y todas ilegales bajo el derecho internacional e inclusive para la propia legislación israelí–.


Granjas y puestos de avanzada israelíes instalados por año en Cisjordania ocupada. © France 24


Solo estas instalaciones –que se suman a los asentamientos israelíes (es decir, desde micro-urbanizaciones a comunidades valladas con alta seguridad y con edificaciones y recursos básicos como agua, electricidad o redes telefónicas)– controlan unas 60.000 hectáreas de territorio, poco menos de un 7% del total del Área C, la porción de Cisjordania que está bajo control administrativo y de seguridad de Israel.

Y la tendencia de su proliferación va en gran aumento, sobre todo tras la asunción en diciembre del Ejecutivo de Benjamín Netanyahu, formado por partidos de extrema derecha, nacionalistas y ultrarreligiosos.

Arik Ascherman, rabino y activista de derechos humanos, asegura a France 24 que "la política no escrita pero muy real de Israel es que miles de palestinos pueden ser expulsados de Cisjordania, ser forzados a dejar el Área C e instalarse en las zonas urbanas de las Áreas A y B", en referencia a los sectores bajo control administrativo de la Autoridad Palestina.

Y es que el precio lo pagan los palestinos, desprotegidos frente a una expansión ilegal israelí conseguida mediante coerción, violencia y en complicidad con las fuerzas de Israel. Ascherman cuenta por "cientos" los casos que ha documentado de agresiones de colonos contra palestinos, que observan "que la Policía y el Ejército solo miran cuando los colonos entran, golpean a la gente, destruyen sus tractores, pinchan sus contenedores de agua, cortan o queman árboles".

Situaciones a las que el también director de la ONG Torat Tzedek ("la Torá de la Justicia") agrega que "colonos o el Ejército les impiden entrar a sus tierras de pastoreo" o hay veces que "llamamos a la policía y no viene; o hay gente presenta quejas y nunca pasa nada".

Este panorama se entiende con un ejemplo a gran escala, que ocurrió en cuestión de días después de un ataque palestino en una gasolinera del área de Ramallah (esto fue el 20 de junio, y causó la muerte de cuatro israelíes); y luego de una nueva y mortífera redada israelí en Jenin (que dejó siete palestinos muertos).

Esa semana, la coalición de Netanyahu aprobó 5.400 nuevas viviendas en asentamientos –para llegar a casi 13.000 en 2023, un récord anual desde que la ONG Peace Now inició su registro en 2012–, pero además colonos atacaron de forma violenta decenas de aldeas palestinas devolviendo al vocabulario común la palabra "pogromo" e instalaron más campamentos precarios en varios puntos del territorio palestino ocupado.


Viviendas aprobadas en asentamientos israelíes en Cisjordania ocupada entre 2012 y 2023. © France 24


Enmascarada detrás de una represalia por el ataque palestino, esta combinación de medidas gubernamentales más violencia civil de los colonos sin ningún castigo exhibe la complicidad entre ambos actores, que juntos contribuyen a la expansión de la ocupación israelí y al desplazamiento forzado de las comunidades palestinas. A veces en menor escala y sin tanto eco mediático, pero de forma cotidiana en Cisjordania ocupada.


En dos días, más puestos de avanzada, con el apoyo tácito del Gobierno

El 29 de junio pasado, la ONG israelí Peace Now denunció que, de la noche a la mañana del 21 de junio, colonos israelíes instalaron seis nuevos puestos de avanzada en Cisjordania ocupada, con "tiendas de campaña y estructuras temporales", cerca de asentamientos ya establecidos.

Mientras todos los asentamientos israelíes en los Territorios Palestinos Ocupados son ilegales de acuerdo al derecho internacional, estos "campamentos precarios" (conocidos en inglés como outposts) son erigidos sin permisos ni autorizaciones, por lo que Israel también los considera ilegales. Sin embargo, como señala Peace Now, estos últimos sí se instalaron con conocimiento de las autoridades.

Aunque tres de los seis puestos fueron removidos días después por el Ejército israelí (y un cuarto fue posiblemente abandonado, según la organización), los dos restantes –en las afueras de los asentamientos de Immanuel y Tko'a–, se mantuvieron en pie.

Además, el Gobierno israelí intervino en favor de otros dos "campamentos". Por un lado, bajo protección de fuerzas israelíes y el apoyo explícito del ministro de Seguridad, el extremista Itamar Ben-Gvir, varias familias reocuparon el 21 de junio el puesto ilegal de Evyatar, fundado hace una década y evacuado en distintas ocasiones, la última a inicios de este 2023.

Por el otro, el ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich –él mismo un colono y con cada vez más poder en el órgano militar que regula la vida en el Área C de Cisjordania ocupada–, actuó contra el pedido de la fiscal general israelí para desarmar otro puesto ilegal, el de Hamor, también instalado después del ataque palestino contra una gasolinera que dejó cuatro colonos muertos. Finalmente, la Corte Distrital de Jerusalén congeló el desalojo de este campamento, montado en tierras pertenecientes a las aldeas palestinas de Luban al-Sharqiya y Sinjil.

Con su Administración de Asentamientos –que desde junio fue premiada con el control total del planeamiento de las colonias–, Smotrich ha causado, además, una caída abrupta en la demolición de edificios construidos sin permiso por israelíes en Cisjordania ocupada, de un promedio de 25 por mes a 2 por mes desde la asunción del Gobierno en diciembre de 2022. Esto mientras la destrucción de edificaciones palestinas se ha disparado.

Todas estas medidas, y otras tantas que resulta difícil abarcar, son muestras de cómo el Gobierno de Netanyahu, el establecimiento militar y el liderazgo de los colonos comparten una agenda hacia una creciente anexión de facto de los Territorios Palestinos Ocupados.

Una agenda anexionista que aparece, de nuevo sin tapujos, en los acuerdos de coalición firmados por los partidos que devolvieron al poder a Netanyahu.


El cerco de los asentamientos ahoga a las comunidades beduinas

Entre las comunidades palestinas más vulnerables y en la mira están las aldeas beduinas repartidas en el Área C de Cisjordania ocupada, sobre todo aquellas instaladas en el Valle del Jordán. Sus habitantes son mayormente pastores o agricultores y viven rodeados de asentamientos y puestos de avanzada israelíes.

Ascherman explica a este medio que hay "una cadena" de estos establecimientos "a lo largo del Valle del Jordán" y que "ahora los movimientos son para tomar todo lo que está entre medio, sacar a todos los palestinos de la zona y quedarse con todo".

En términos territoriales, el Valle del Jordán constituye el 25% del total de la superficie de Cisjordania y, aunque se estima que 53.000 palestinos viven allí, el 92% se concentra en el 5% del valle, en Áreas A y B (el 95% restante es Área C, en la que Israel no permite las construcciones palestinas).

Las comunidades beduinas y de pastores contabilizan apenas 4.400 habitantes y luchan por sobrevivir entre las restricciones de las fuerzas israelíes, las demoliciones de sus viviendas y medios de vida, las agresiones de colonos y las dificultades económicas. Algo que, en ocasiones, se vuelve insostenible.

"Cuando un pastor no puede subsistir en su actividad –ya sea financieramente, por la violencia o todo lo demás–, algunos deciden llevarse sus rebaños a las Áreas A y B. Así, sin disparar un tiro ni presentar una orden de desalojo, la política no escrita de Israel ha sido cumplida", denuncia Ascherman.


El caso concreto de Ein Samiya: 178 personas forzadas a desplazarse

A finales de mayo, los residentes de la comunidad palestina de Ein Samiya, en el área de Ramallah, se vieron forzados a abandonar las tierras en las que vivieron durante cuarenta años, a raíz de los constantes ataques de colonos israelíes, amparados por el Ejército, así como las demoliciones de sus estructuras y las repetidas restricciones de las autoridades en el ingreso a sus terrenos.

En total, 178 personas, pertenecientes a un clan familiar de beduinos, se han tenido que dispersar entre las colinas de la zona y ven amenazada su subsistencia como ganaderos y agricultores, al no contar con el acceso a las tierras y al agua que nacía del manantial ubicado allí.

Abu Najeh Ka'abneh, el líder de la comunidad, detalla en este reportaje de France 24 que "desde hace cinco años, los colonos israelíes nos han estado acosando".
"Traían sus propias ovejas y no nos dejaban pastorear las nuestras –contaba en junio–. Teníamos un campo en el que plantábamos trigo, pero ellos iban y, o lo quemaban, o dejaban que sus ovejas comieran allí. Nuestros niños se sentían muy asustados porque casi cada noche, los colonos aparecían y tiraban piedras".
El punto de no retorno llegó luego de que un rebaño completo de ovejas de uno de los miembros de la comunidad fuera entregado por la policía a los colonos, que habían denunciado que esos animales les habían sido robados. Una sensación de desprotección, agudizada por agresiones nocturnas más fuertes, que llevaron a Abu Najeh a "la conclusión de que no podíamos esperar más".

Ahora, Abu Najeh y parte de su clan se han instalado en unas tierras cedidas por un agricultor, dentro del Área B de Cisjordania ocupada. Para montar sus campamentos, debieron mover piedras y crear un camino improvisado en una colina. Muchos de sus muebles y pertenencias están desperdigados por el suelo y las pocas ovejas que todavía mantienen, están encerradas en un corral.

En las montañas de alrededor, las tierras "son muy áridas, no hay nada para comer", por lo que deben pagar un transporte para traer heno (que cuesta casi 500 dólares por tonelada) y alimentar al rebaño. Todo esto supone un gasto adicional que les ha empujado a ir vendiendo poco a poco su ganado para sobrevivir.

El mismo sentimiento de incertidumbre invade a Arik Ascherman, que considera que "nada bueno puede salir de esto"; como activista expresa sus "serias dudas sobre si existe una voluntad en la comunidad internacional de poner presión sobre Israel" para que "haga lo mínimo para proteger a la gente" que está bajo su control.

"Soy una persona de fe, soy optimista a largo plazo, pero en el corto plazo no veo ninguna causa para ser optimistas. Nos estamos metiendo cada vez más en las sombras", sentencia.



* Publicado en France 24, 21.07.23.

Venta libros "Oikonomía" y "Reforma e Ilustración"




Oikonomía. Economía Moderna. Economías
Oferta sólo venta directa: $ 12.000.- (IVA incluido)

2da. edición - Ediciones ONG Werquehue - 2020
ISBN: 978-956-402-214-7
516 pp. / 16x23 cm. / Encuadernación rústica con solapas

Acerca de la economía, en su doble condición de disciplina "científica" y actividad capitalista de mercado, es posible preguntarse: ¿por qué el lucro (ni siquiera la ganancia) cobró mayor relevancia que el trabajo y la producción?, ¿por qué se le considera una 'ciencia' al modo de las ciencias naturales?, ¿por qué la política terminó siendo puesta a su servicio?, ¿ha sido o es el único sistema de sustento viable, correcto, eficiente o benigno?, ¿es un mero sistema técnico o una proyecto que contiene una cultura con sus ideas, moral e instituciones?
Este libro busca contestar las preguntas antedichas desde una perspectiva crítica, que pone en tela de juicio a la "ciencia económica" y al capitalismo de mercado desde la revisión de sus relaciones con lo ético, religioso, cultural, social, filosófico, político e histórico. Para ello se recurre a una mirada transdisciplinaria que busca romper los rígidos límites y el reduccionismo de la economía dominante, en un momento donde urge una revisión de la economía y de lo económico.

Patrocinaron este libro: 
- Federación de Sindicatos del Holding Heineken CCU
- Caritas Chile
- Magíster en Gestión Cultural de la Universidad de Chile
- Magíster en Desarrollo a Escala Humana y Economía Ecológica de la Universidad Austral de Chile
- Escuela de Ingeniería y Ciencias de la Universidad de Chile

* Para leer el Índice, Agradecimientos, prólogos e Introducción: pincha AQUÍ.
* Para ver video de Coloquio de la Esc. Antropología UDEC sobre el libro: pincha AQUÍ.
* Para ver presentación del libro en el Espacio Literario de Ñuñoa: pincha AQUÍ.


Reforma e Ilustración. Los teólogos que construyeron la Modernidad
Oferta sólo venta directa: $ 12.000.- (IVA incluido)

2da. edición - Editorial Ayun - 2012
ISBN: 978-956-8641-11-5
476 pp. / 
16x23 cm. / Encuadernación rústica con solapas

La Modernidad, la tradición cultural anglosajona post Reforma Protestante, sigue vigente en nuestras ideas, moral, instituciones y, por ende, en nuestras vidas cotidianas. Puntualmente, dicha tradición tiene como principal fundamento intelectual al movimiento de la Ilustración; el que, a su vez, se nutre de la Reforma Protestante en su versión calvinista o reformada.
Este libro expone esas relaciones y su rol en el desarrollo de la ciencia experimental, el derecho y la política, la moral y la economía modernas y en la construcción del mundo contemporáneo. Para ello se trabajan los textos originales de autores como Isaac Newton, John Locke, Adam Smith, Jean-Jacques Rousseau, entre otros, quienes a pesar del tiempo transcurrido son cruciales para explicar y criticar nuestra época.

* Para leer el Índice y Presentación del libro: pincha AQUÍ.
* Para ver video de Coloquio de la Carrera de Sociología UCEN sobre el libro: pincha AQUÍ.



¡Súper oferta! 
Sólo venta directa:
1 Oikonomía + 1 Reforma por $ 22 mil (IVA incluido)

INFORMACIONES Y VENTA DIRECTA:
ventalibros.monares@gmail.com
www.facebook.com/Ventalibros.monares
www.instagram.com/libros_monares/




PUNTOS DE VENTA

SANTIAGO


Librería Vendaval
Avda. Irarrázaval 1970 (Metro Ñuñoa, Líneas 3 y 6, o Metro Monseñor Eyzagirre, Línea 3).
+569 8263 9597
contacto@libreriavendaval.cl
Instagram Vendaval
Web Vendaval
 
Librería Recoletras
Avda. Recoleta 2774 (Metro Einstein o Dorsal, Línea 2).

Librería Metales Pesados (Alameda)
Avda. Libertador B. O'Higgins  1869 (Metro Los Héroes, Línea 1).
+ 56 2 2699 3606

Librería Le Monde Diplomatique
San Antonio 434, Local 14 (Metro Plaza de Armas, Líneas 3 y 5).
+ 56 2 2608 35 24

Librería Espacio Ñuñoa
Jorge Washington 116 (Metro Chile-España, Línea 3).
+ 56 9 6908 5006
libreria@ccn.cl
Instagram Espacio Ñuñoa

Librería Editorial Usach
Pasaje José Ramón Gutiérrez 284, Barrio Lastarria (Metro Universidad Católica, salida Norte, Línea 1).
+56 9 5211 9610
librería.editorial@usach.cl
Facebook Editorial Usach e Instagram Editorial Usach

Sin política industrial no habrá desarrollo




Roberto Pizarro Hofer


Sergio Arancibia, en artículo de El Mostrador (01.03.24), destaca dos cuestiones centrales sobre el comercio exterior de nuestro país. Por una parte, la composición exportadora de bienes primarios, consecuencia de la inexistencia de una política económica externa e interna que favorezca el desarrollo industrial. Por otra parte, la inestabilidad de precios que muestran los bienes primarios en el mercado mundial, consecuencia de las manipulaciones especulativas y la geopolítica de las naciones dominantes.

La apertura radical al mundo y la gran cantidad de tratados de libre comercio, que caracterizan la economía chilena, han ayudado a consolidar la exportación de bienes primarios pero, al mismo tiempo, cierran oportunidades a la industria local.

Con aranceles prácticamente en cero, junto a la nula regulación de las inversiones extranjeras se ha producido un doble fenómeno. Por una parte, las importaciones provenientes de países con mejores tecnologías y sofisticación industrial (y también los bajos salarios de las empresas chinas) han impuesto sus mejores condiciones competitivas, obligando al cierre de empresas nacionales manufactureras de larga tradición.

Por otra parte, un Estado inmóvil, sin política industrial, hace que la inversión extranjera se dirija a los sectores extractivos, los que entregan elevadas rentas y tienen menor complejidad empresarial.

La élite empresarial y la clase política, de variados signos, tanto de derecha, centro e izquierda, están convencidos que nuestro país puede desarrollarse --que en Chile es sinónimo de crecer--, vendiendo nuestros recursos naturales, sin procesamiento alguno, para el progreso económico chino y de los países desarrollados.

La élite empresarial y política no se da cuenta (o quizás no le interesa), que el elevado desempleo, el crecimiento de la informalidad, los bajos salarios e incluso el aumento de la delincuencia, son consecuencia de la escasez de actividades industriales y de los limitados procesos de transformación en el sector de servicios.

La elevada apertura de la economía chilena al exterior, sin ningún grado de regulación, se ha hecho efectiva mediante la decisión unilateral de las autoridades de reducir las restricciones a las importaciones, y otorgar el mismo trato al capital extranjero que al nacional y facilitar los flujos del capital financiero. Pero, también, esa apertura se ha profundizado gracias a la gran cantidad de tratados de libre comercio negociados en las últimas décadas.

Así las cosas, frente a una dura competencia externa (incluso desleal) y con un Estado inmóvil, nuestra economía ha sido incapaz de diversificarse; pero, la elite económica y política vive contenta con su tesis del crecimiento --que ahora es cada vez menor--, fundada en la actual matriz productiva- exportadora, a lo que se agrega un sector financiero que la alimenta, especialmente con el sistema de AFP.

La élite no quiere reconocer que el camino del desarrollo se construye diversificando la matriz productiva-exportadora. Y le da lo mismo cualquier tipo de crecimiento, mientras le sirva para acumular ganancias en su favor.

Como bien señala el economista Ha-Joon Chang, de la Universidad Cambridge, el sector manufacturero es clave para aumentar la productividad y avanzar al desarrollo. Porque en la industria es dónde se potencian los avances tecnológicos al conjunto de la economía y se hacen más efectivas las habilidades productivas de las personas. O sea, el progreso técnico y los trabajadores educados son fundamentales para el desarrollo de los países.

Los argumentos de Chang caen en el vacío en nuestro país, porque no hay esfuerzos del Estado orientados a modificar la matriz productiva y exportadora de recursos naturales, ya que en la lógica neoliberal debe ser exclusivamente el mercado el orientador de los operadores económicos.

Por tanto, si se quiere modificar la matriz productiva-exportadora no se puede depositar la fe en el libre mercado y habrá que convertir al Estado en un agente activo de la transformación productiva. Esto lo han entendido muy bien los países asiáticos en las últimas décadas y, por cierto, en el pasado, las economías hoy desarrolladas.

A diferencia de la industria manufacturera, los cambios tecnológicos que se realizan en las actividades extractivas no se difunden al conjunto de la economía. Además, la producción y exportación de bienes primarios concentra el poder económico en un reducido núcleo empresarial, cuyas rentas extraordinarias le ha permitido domesticar a la clase política. 

Este modelo productivo es el fundamento material de las desigualdades y explica, en gran parte, la dificultad para convertir a Chile en país desarrollado.

En consecuencia, para avanzar en la transformación productiva se requiere:

En primer lugar, que el Estado despliegue una política económica activa, porque la industrialización no ocurre espontáneamente. Requiere de una dirección, con políticas cuidadosamente diseñadas, con inversiones y esfuerzos coordinados con el sector privado. Por cierto, hay que reconocer que las políticas industriales de hoy día no pueden limitarse a replicar las del pasado.

En segundo lugar, se necesita un decidido impulso de inversiones en ciencia y tecnología, ya que hoy día ésta es apenas el 0,4% del PIB, bastante menor a la media de los países de la OCDE, que es el 2,4% .

En tercer lugar, es preciso impulsar educación gratuita en favor de todos los jóvenes del país, con elevación sustantiva de su calidad. Ello les permitirá manejar las nuevas tecnologías y mejorar procesos productivos ligados a la industria y a servicios más sofisticados. La vinculación entre industria y educación es esencial para la formación especializada, la investigación y el fomento del emprendimiento científico-tecnológico.

En cuarto lugar, la industrialización hoy día ayuda a luchar contra el cambio climático, acelerar el crecimiento económico y generar empleos dignos, al tiempo que aprovecha mejor las tecnologías de vanguardia; además, en comparación con otras actividades, la industria manufacturera contribuye de forma importante a la innovación ecológica: el 60% de todas las patentes verdes del mundo pertenece a empresas industriales (Informe sobre el Desarrollo Industrial 2024, ONUDI, noviembre 2023).

En definitiva, para avanzar al desarrollo, la política económica no puede remitirse exclusivamente a ordenamientos monetarios y fiscales, como ha sido característico de nuestro país, sino que precisa de iniciativas estatales que apunten a modificar la estructura productiva, superando el extractivismo. Sólo así será posible generar mayor empleo, reducir las actividades informales y, también, frenar la delincuencia.



* Publicado en Politika, abril 2024.

Teología de la prosperidad y neoliberalismo: la construcción del «hombre providencial»


Laura Fernández actual presidenta de Costa Rica junto a Rodrigo Chaves expresidente y actual ministro de Fernández. Ambos del partido conservador y neoliberal Pueblo Soberano.


La teología de la prosperidad no es simplemente un fenómeno religioso que coexiste con el neoliberalismo: es su complemento perfecto, su aparato de legitimación más eficaz. El éxito del mercado como señal de la gracia divina, y la gracia divina como garantía del éxito del mercado.


James Dirarte


Hace unos días circuló en redes sociales costarricenses una imagen que merece más atención filosófica de la que usualmente se le concede a este tipo de materiales. En ella aparece Laura Fernández, nuestra presidenta, declarando que lo que Rodrigo Chaves hizo por Costa Rica «fue un milagro» y que fue «un hombre que se dejó usar por Dios». La declaración es notable no porque sea excepcional, sino precisamente porque no lo es. Que un político invoque la providencia divina para legitimar su gestión —o la gestión de su correligionario— es un fenómeno tan antiguo como la política misma. Lo que sí merece atención es la estructura de pensamiento que subyace a esa invocación, y el modo particular en que esa estructura articula, en el mundo contemporáneo, dos dimensiones que aparecen como distintas pero que en realidad operan en perfecta continuidad: la religiosa y la económica.

Vale la pena comenzar con una advertencia metodológica. Hay una tentación fácil frente a declaraciones como la de Fernández: la de atribuirlas al cinismo, a la calculada manipulación de los creyentes por parte de quien sabe perfectamente que Dios no administra economías ni ejecuta presupuestos. Esta lectura, aunque tiene su atractivo, es filosóficamente insatisfactoria, y no sólo por una razón de caridad interpretativa. Es insatisfactoria porque asume que la mentira consciente es más peligrosa que la creencia sincera, cuando ocurre exactamente lo contrario. Un discurso que su emisor sabe falso es un discurso que puede ser desmontado desde adentro, que contiene en sí mismo su propia vulnerabilidad. Un discurso genuinamente creído, en cambio, cierra ese flanco: quien lo pronuncia no miente, y por tanto no hay contradicción interna que explotar. La creencia sincera es mucho más resistente que el cinismo. Conviene, pues, tomar en serio la declaración de Fernández: no como retórica vacía, sino como expresión auténtica de una forma de pensar la política que tiene raíces profundas y consecuencias concretas.

El teólogo y exégeta Rafael Aguirre Monasterio ha documentado con rigor cómo la Biblia ha sido utilizada políticamente en contextos tan distintos como la fundación de los Estados Unidos, el apartheid sudafricano, el conflicto israelí–palestino y las políticas de las iglesias evangélicas en América Latina. La tesis central de su trabajo no es que tales utilizaciones sean necesariamente fraudulentas, sino que son inevitablemente selectivas: cada actor político extrae de la Biblia el fragmento que confirma su posición, y esa extracción está condicionada por el contexto social desde el que se lee. La Biblia, insiste Aguirre, es un libro profundamente político —la cruz era un instrumento de ejecución reservado a subversivos políticos, el Reino de Dios no era un asunto meramente individual sino una propuesta de transformación social radical— y precisamente por eso puede ser leída en sentidos diametralmente opuestos. El mismo texto que inspiró la teología de la liberación en Centroamérica inspira hoy, en los mismos países, la llamada teología de la prosperidad, que bendice la acumulación individual como señal de la gracia divina.

Este último punto es decisivo para entender la declaración de Fernández. La teología de la prosperidad, que ha penetrado con fuerza extraordinaria en el mundo evangélico latinoamericano, propone una equivalencia simple pero poderosa: el éxito material es evidencia de la bendición de Dios; la pobreza, de su ausencia o de algún pecado no resuelto. Quien prospera lo hace porque Dios lo ha elegido para prosperar. Quien gobierna con éxito —al menos según ciertos indicadores— lo hace porque Dios lo ha ungido para gobernar. Dentro de este marco, decir que Rodrigo Chaves fue «un hombre que se dejó usar por Dios» no es una hipérbole retórica: es una declaración teológica completamente coherente. Y es precisamente esa coherencia interna lo que la hace políticamente eficaz. El creyente que acepta este marco no necesita evaluar la gestión de Chaves con criterios económicos, sociales o éticos autónomos. La evaluación ya está hecha desde arriba, y cualquier cuestionamiento humano de ese veredicto corre el riesgo de parecer una impugnación a la voluntad divina.

Pero hay una segunda dimensión en este fenómeno que el análisis puramente bíblico no alcanza a capturar, y para ello es necesario recurrir al trabajo de José Luis Villacañas. En su libro Neoliberalismo como teología política, Villacañas desarrolla una tesis que, leída junto a Aguirre, adquiere una iluminación inesperada. Su argumento central es que el neoliberalismo no es simplemente una doctrina económica: es la última tentativa histórica de realizar lo que él llama una «teología política», es decir, la absorción de todos los ámbitos de la vida —la subjetividad, la motivación, la obediencia, la identidad— bajo un único principio rector que se presenta como verdad natural e incuestionable. Las grandes teologías políticas del pasado —el Estado–nación, el fascismo, el estalinismo— fracasaron en este intento porque exigían sacrificio, porque apelaban abiertamente a la coacción soberana y dejaban al descubierto su dimensión de poder. El neoliberalismo resolvió elegantemente ese problema: en lugar de exigir obediencia, produce libertad. En lugar de imponer sacrificio, ofrece oportunidades. En lugar de un soberano visible que demanda sumisión, despliega un gobierno pastoral difuso que forma al individuo desde adentro, convirtiendo la racionalidad del mercado en el principio organizador de toda la existencia.

Esta forma de gobierno, a la que Villacañas —siguiendo a Michel Foucault— denomina biopolítica neoliberal, opera sobre la subjetividad de un modo que cualquier Estado soberano habría envidiado: no necesita convencer porque ya ha formado. El individuo neoliberal no siente las reglas del mercado como imposiciones externas sino como expresiones de su propia naturaleza, como la lógica misma de la realidad. El homo economicus no obedece al mercado; es mercado. Y lo que resulta filosóficamente fascinante —y perturbador— es que esta forma de gobierno necesita, para completarse, algún mecanismo de legitimación que conecte sus imperativos con algo que el sujeto reconozca como absoluto. El mercado puede producir disciplina, pero no puede, por sí solo, producir devoción. Para eso necesita algo más.

Aquí es donde las dos lecturas convergen con una precisión que no parece accidental. La teología de la prosperidad no es simplemente un fenómeno religioso que coexiste con el neoliberalismo: es su complemento perfecto, su aparato de legitimación más eficaz. Provee exactamente lo que Villacañas identifica como la necesidad estructural de todo sistema de gobierno pastoral: una «aleturgia», una manifestación de verdad que conecta el poder con algo sagrado, con algo que el gobernado acepta no por coacción sino por convicción. Cuando Laura Fernández dice que Chaves se dejó usar por Dios no está simplemente añadiendo un barniz religioso a un discurso político secular. Está articulando la fusión entre dos sistemas de legitimación que, en el mundo evangélico latinoamericano contemporáneo, se han vuelto prácticamente indistinguibles: el éxito del mercado como señal de la gracia divina, y la gracia divina como garantía del éxito del mercado. El hombre providencial es, simultáneamente, el buen administrador neoliberal. Gobernar bien, en este esquema, significa dejar que las fuerzas del mercado operen sin obstáculos, y eso es exactamente lo que Dios quiere.

Lo que hace a esta estructura particularmente inquietante, desde el punto de vista filosófico, es el modo en que desactiva la crítica política antes de que pueda formularse. En una democracia liberal clásica, un gobernante puede ser evaluado por sus resultados, cuestionado por sus decisiones, reemplazado por sus fracasos. La legitimidad es funcional y revocable. Pero cuando la legitimidad se ancla en la providencia divina adquiere una dureza diferente. No es que se vuelva imposible criticar a Chaves —evidentemente se puede, y muchos lo hacen. Es que para quien acepta el marco teológico–político descrito, esa crítica queda contaminada desde el inicio: impugnar al ungido es, en algún sentido, impugnar a quien lo ungió. El sujeto político que opera dentro de esta lógica no ha perdido la capacidad de razonar, pero ha redefinido el campo dentro del cual el razonamiento es legítimo. Y esa redefinición es silenciosa, prerreflexiva, aceptada con la misma naturalidad con que se acepta el aire que se respira.

Aguirre documenta este mecanismo con precisión al analizar cómo el mismo paradigma del Éxodo ha servido históricamente para legitimar proyectos políticos contradictorios: los colonos puritanos que veían en América su tierra prometida y los esclavos negros que veían en la misma Biblia la promesa de su liberación. La versatilidad política de la Biblia no reside en su ambigüedad sino en su riqueza: contiene efectivamente narrativas de liberación y narrativas de dominación, y cada comunidad de lectura extrae aquella que confirma su posición. Lo que ha cambiado en el mundo evangélico latinoamericano contemporáneo es que esa lectura ha sido sistemáticamente orientada, a través de redes de iglesias, plataformas mediáticas y estructuras organizativas transnacionales, hacia una interpretación que naturaliza la desigualdad, sacraliza el éxito individual y convierte al mercado en el escenario donde Dios despliega su providencia. No es una conspiración: es una hegemonía, en el sentido preciso que Villacañas recupera de Antonio Gramsci a través de Foucault. Una hegemonía no se impone por la fuerza; se vive como sentido común.

Cabe entonces plantear la pregunta que este análisis deja abierta, y que constituye su verdadero núcleo filosófico. ¿Qué le ocurre al juicio político cuando delega su criterio último en la providencia? La respuesta no es que el juicio desaparezca, sino que se desplaza: ya no se trata de evaluar políticas sino de discernir voluntades divinas, y el criterio para ese discernimiento es, en el marco de la teología de la prosperidad, el resultado visible. El éxito confirma la misión. El fracaso la niega. Pero este criterio es precisamente el criterio del mercado: la rentabilidad como veredicto. Lo que la teología de la prosperidad logra es hacer que ese criterio aparezca no como una opción política entre otras, sino como la lectura correcta de la realidad trascendente. Dios quiere que prosperemos, y prosperar significa tener éxito en los términos que el mercado define como éxito.

El hombre providencial, entonces, no es solamente un recurso retórico de campaña. Es la figura en la que se cristaliza la alianza entre dos formas de gobierno que Villacañas analiza por separado pero que en la Costa Rica del siglo XXI operan juntas: una interpretación de las iglesias evangélicas y el gobierno biopolítico del mercado. Ambos trabajan sobre la subjetividad, ambos producen individuos que se sienten libres precisamente porque han interiorizado sus imperativos, ambos necesitan de una verdad que se presente como natural e incuestionable. Cuando Laura Fernández declara que Chaves fue un milagro, no miente: expresa, con sinceridad y con la coherencia interna de un sistema de pensamiento bien articulado, la lógica de esa alianza. Y es esa sinceridad, como se señaló al inicio, lo que la hace filosóficamente más interesante —y más preocupante— que cualquier cinismo calculado.





Einstein, Arendt y Freud: del apoyo al sionismo a denunciarlo por fascista




No necesitaron ver el actual genocidio del pueblo palestino para darse cuenta, hace un siglo, que aquel proyecto sionista de “un hogar para los judíos” incluía un plan de limpieza étnica en la Palestina Histórica.


Roberto Montoya


El sionismo ha reivindicado muchas veces haber contado desde su origen con el apoyo de renombrados personajes públicos internacionales de origen judío, y entre ellos no podían faltar ni Albert Einstein, Hannah Arendt o Sigmund Freud, ocultando una parte de la historia, el desengaño que ellos experimentaron pronto, al comprobar el carácter xenófobo y extremadamente violento de esa corriente del judaísmo.

Albert Einstein (1879–1955), alemán de origen judío, Premio Nobel de Física 1921, se entusiasmó en los años 20 y 30 del siglo pasado con el proyecto judío de crear un hogar en Palestina tras ver el avance imparable del antisemitismo en su país y en Europa, pero creía ver en el sionismo algo muy distinto a lo que realmente fue. Decía en 1931, en Mi visión del mundo, una recopilación de artículos:
“Nuestro objetivo no es la creación de una comunidad política, sino que conforme a la tradición del judaísmo, es una meta cultural en el sentido más amplio de la palabra. Para lograrlo debemos resolver con nobleza, abierta y dignamente, el problema de la convivencia con el pueblo hermano de los árabes (…) Especial atención merecen nuestras relaciones con el pueblo árabe. Fomentándolas podremos evitar en el futuro la formación de tensiones peligrosas, que podrán ser utilizadas para provocar ataques de nuestros enemigos”
En 1932 el científico se fue a vivir a Estados Unidos, un año antes de que Adolf Hitler llegara al poder en Alemania. En otra de sus intervenciones sobre el sionismo, en 1938, Einstein dejaba clara su posición en contra de la formación de un estado judío con fronteras y ejército:
“Dejando a un lado las consideraciones prácticas, mi concepción de la naturaleza esencial del judaísmo se opone a la idea de un estado judío con fronteras, ejército y un grado de poder temporal, por modesto que fuera. Estoy espantado al pensar en el daño interno que sufrirá el judaísmo, sobre todo por el desarrollo de un nacionalismo estrecho en el interior de nuestras propias filas, contra el cual hemos estado siempre obligados a luchar enérgicamente, aun sin un estado judío”
La postura de Einstein fue aun mucho más crítica con el sionismo al comprobar el auge que iban teniendo las organizaciones terroristas judías, que tanto atacaban a la población autóctona árabe como a las fuerzas del Mandato Británico que controlaban todavía en la década de los 40 el territorio de la Palestina histórica, e incluso a sectores de la comunidad judía que no compartía sus ideas.

El 22 de Julio de 1946 comandos paramilitares sionistas del Irgún Tzvaí Leumí, del Lehi y de la Haganá, atacaron el Hotel King David, en Jerusalén, sede entonces de la Comandancia Militar del Mandato Británico de Palestina y de la División de Investigación Criminal, matando a 91 británicos.

¿La razón? Que el Gobierno británico del conservador Venille Chamberlain había aprobado un Libro Blanco preparando el proceso de independencia de Palestina, en el cual se proponía que como paso previo a ella se incorporaran al propio gobierno del Mandato Británico representantes judíos y palestinos. Se planteaba esa fórmula como una experiencia para que en el nuevo estado que se creara pudieran convivir ambos pueblos.

Para facilitar ese plan el Libro Blanco planteaba también que se fijara un límite a la inmigración judía en Palestina para que esta no supusiera más que un tercio de la población local total, a menos que los propios habitantes árabes lo consintieran expresamente. Pero el sionismo no podía consentir un cambio tan brusco de la postura británica y del espíritu colonialista de la Declaración Balfour de 1917.

En Abril de 1948, unidades del Irgún Tzvaí Leumí y de Lehi cometían otra matanza, esta vez en la aldea palestina de Deir Yassim asesinando a 120 personas. Einstein quedó conmocionado al conocer la matanza, y el 9 de Abril escribió una carta a Shepard Rifkin, director de la organización estadounidense Amigos americanos de los combatientes por la libertad de Israel, quien le había pedido que se manifestara públicamente a favor del sionismo y de la creación del Estado de Israel:
“Estimado señor: Cuando nos sobrevenga una catástrofe real y definitiva en Palestina, los primeros responsables de ella serán los británicos y los segundos responsables serán las organizaciones terroristas creadas dentro de nuestras propias filas. No quisiera ver a nadie asociado con esa gente descarriada y criminal”
Un mes más tarde, el 14 de mayo de 1948, las fuerzas judías, con consentimiento de Naciones Unidas, declaraban en Tel Aviv la creación de un nuevo estado al que llamaron Israel, apoderándose no del 56% del territorio de Palestina, tal como estaba previsto inicialmente, sino del 77%. David Ben-Gurion, de origen polaco y presidente de la Agencia Judía, fue nombrado primer ministro y se convirtió en el artífice de la expulsión de Palestina por la fuerza de 750.000 palestinos, éxodo conocido como la Nakba (desastre en árabe).

Una de las primeras medidas de Ben-Gurion fue la creación de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI, o Tzáhal, su acrónimo en hebreo). El núcleo central con el que se puso en marcha la FDI —una de las instituciones más respetadas por la población israelí y ejecutora del actual genocidio en Gaza— fue la propia estructura y militancia de la Haganá y otras organizaciones terroristas sionistas.


Arendt, la activista sionista que cambió de opinión

Hannah Arendt también fue inicialmente una entusiasta activista del movimiento sionista, primero en su país natal, en Alemania, en los años 20 e inicios de los 30, y a partir de 1937 en Estados Unidos, país en el que se refugió huyendo del nazismo.

Al igual que Einstein ella era una fervorosa partidaria de que se creara un lugar en Palestina para los judíos, pero no a costa del desalojo de los palestinos, y criticaba también que el movimiento sionista se olvidara del resto de judíos de la diáspora, de judíos como ella o Einstein que vivían en otros países y no querían vivir en Palestina.

Los registros de la emigración judía hacia Palestina antes de la creación del Estado de Israel muestran que de los cerca de 40.000 que migraron entre 1904 y 1914 más del 80% decidió no quedarse finalmente. El destino preferido era mayoritariamente Estados Unidos.

Arent creó en EE UU el Grupo Joven Judío en 1942 en un intento por ampliar el debate interno dentro del movimiento sionista. Ella criticaba que el movimiento dependiera tanto de banqueros como los Rothschild y otros magnates. Sostenía que esa dependencia era su “segunda opresión”.

Hannah Arent se distanciaba de los que mantenían una creencia bíblica, la que el pueblo judío era el “pueblo elegido”, con la que se justificaba todo. Sus diferencias con el proyecto sionista se acentuaron tras comprobar que las tesis del sionismo más extremista y chauvinista se imponían en la Conferencia Baltimore de ese año.

En escritos como La crisis del sionismo que publicó ese año y en trabajos posteriores Arendt se distanciaba cada vez más de aquellos que ya no hablaban de un ‘hogar judío’ sino de un ‘Estado judío’ y mostró su preocupación por el desprecio con el que se hablaba de la población originaria palestina con la que no se contaba en ningún plan.

Su escrito Sionismo reconsiderado provocaría una gran polémica en el seno del movimiento sionista. En él denunciaba al “nacionalismo radical”:
“El movimiento nacional judío social–revolucionario acabó como la mayoría de los movimientos de este tipo: dando su más firme apoyo no ya a reivindicaciones nacionales, sino a reivindicaciones chauvinistas que en realidad no estaban en contra de los enemigos del pueblo judío, sino de sus amigos potenciales y de sus vecinos reales”
Ella hablaba así de los árabes, ‘amigos potenciales’, ‘vecinos reales’, e igual que Einstein abogaba por un estado binacional judío–palestino, y en 1951, tres años después de la fundación del Estado de Israel denunciaba frontalmente la expulsión por parte del nuevo estado de cientos de miles de los habitantes originarios de Palestina:
“Después de la guerra resultó que la cuestión judía, que había sido considerada la única insoluble, estaba desde luego resuelta, principalmente gracias a un territorio primero colonizado y luego conquistado, pero esto no resolvió el problema de las minorías y de los apátridas. Al contrario, como virtualmente todos los demás acontecimientos de nuestro siglo, la solución de la cuestión judía produjo una nueva categoría de refugiados, los árabes, aumentando por el número de apátridas y fuera de la ley con otras 700.000 u 800.000 personas”
Hannah Arendt, que tanto había luchado por el sionismo tuvo que soportar agresivas críticas del sionismo radical, que la terminaron acusando de antisemita y hasta de colaboracionista por su libro Eichman en Jerusalén. En ese libro ella hablaba sobre la banalidad del mal, pretendía ir más allá de una condena frontal al Holocausto, intentaba desentrañar la mente de un personaje como el jerarca nazi, cómo se transformaba un ciudadano alemán normal en un monstruo que en su juicio llegó a reivindicar ser un buen funcionario, haber cumplido a rajatabla con las órdenes recibidas. Obediencia debida.

Menájem Begin, un prócer para los sionistas, como Ben-Gurion, también nacido en Polonia y líder del Irgún, el grupo terrorista más radical, viajó a Estados Unidos en 1948 tras crearse el artificial estado de Israel siendo recibido con todos los honores por el gobierno del demócrata Harry Truman,

Fue entonces cuando un grupo de 27 destacados intelectuales judíos residentes en Estados Unidos, filósofos, rabinos y científicos, entre los que se encontraban Albert Einstein y Hannah Arendt, enviaron una carta a los editores de The New York Times el 2 de diciembre de ese año, repudiando su visita y el proyecto que representaba. Fue publicada por el diario neoyorkino dos días después:
“Uno de los fenómenos políticos más inquietantes de nuestro tiempo es la aparición en el recién creado Estado de Israel, del Tnuat Haherut (Partido de la Libertad), un partido político muy parecido en su organización, métodos, filosofía política y atractivo social a los partidos nazi y fascista. Se formó a partir de los miembros y seguidores del antiguo Irgun Zvaí Leumí, una organización terrorista, derechista y chauvinista de Palestina (…) Es inconcebible que quienes se oponen al fascismo en todo el mundo, si se les informa correctamente sobre el historial político y las perspectivas del Sr. Begin, puedan sumar sus nombres y apoyo al movimiento que representa”
En la carta, firmada también por otros intelectuales judíos, como Isidore Abramovitz, el rabino Jessurun Cardozo, Sidney Hook, Samuel Shuman, o Irma y Stefan Wolfe, denunciaban la intolerancia de Begin y los grupos terroristas que él representaba, que llegaban a aterrorizar a la propia población judía que no se unía a ellos:
“Los profesores fueron golpeados por hablar en su contra y los adultos fueron fusilados por no permitir que sus hijos se unieran a ellos. Mediante métodos de gánsteres, palizas, ruptura de ventanas y robos generalizados, los terroristas intimidaron a la población y le exigieron un fuerte tributo”
Tras otras consideraciones los intelectuales judíos terminaban así su carta:
“Por lo tanto, los abajo firmantes utilizamos este medio para presentar públicamente algunos hechos destacados sobre Begin y su partido, y para instar a todos los interesados a no apoyar esta última manifestación del fascismo”
Begin crearía en 1973 el partido Tnuat Haherut, liderando el proceso de fusión de este con otras formaciones de la derecha israelí que daría lugar al nacimiento del Likud, el partido que hoy lidera Benjamin Netanyahu y el Gobierno ultraderechista israelí. En 1979 Begin recibía el Premio Nobel de la Paz.


Freud, crítico con el fanatismo sionista

El caso de Sigmund Fred fue distinto al de Einstein o Arendt. El padre del psicoanálisis, austriaco de origen judío pero declaradamente ateo, abordó en Moisés y el monoteísmo en los años 30 el proyecto de crear un ‘hogar judío’ en Palestina preguntándose:
“Qué lleva a los judíos a considerarse como ‘el pueblo elegido’? ¿Cuáles son las consecuencias de mantener tal narcisismo?
El 26 de febrero de 1930 Freud escribía una carta al doctor Chaim Koffer, quien, en nombre de la Fundación para la Reinstalación de los Judíos en Palestina le pedía un pronunciamiento a favor del sionismo y de la migración hacia Palestina:
“No puedo hacer lo que usted desea. Mi reticencia a interesar al público en mi persona es insalvable y creo que las circunstancias críticas actuales no me incitan para nada a hacerlo (…) Pero, por otro lado, no creo que Palestina pueda algún día ser un Estado judío ni que tanto el mundo cristiano como el mundo islámico puedan un día estar dispuestos a confiar sus lugares santos al cuidado de los judíos”
Freud mencionaba también en esa carta su rechazo a considerar al Muro de las Lamentaciones como el lugar sagrado más importante para el judaísmo:
“No puedo experimentar la menor simpatía por una piedad sionista mal interpretada, que hace de un trozo del muro de Herodes una reliquia nacional y a causa de ella, ofende los sentimientos de los nativos”
El padre del psicoanálisis, que en muchas ocasiones criticó el nacionalismo y la xenofobia mencionaba también en esa carta su recelo sobre el apoyo interesado de magnates judíos a la idea de crear el ‘hogar judío’ en Palestina:
“Me hubiera parecido más prudente una patria judía en un suelo históricamente no cargado; en efecto, sé que, para un propósito tan racional, nunca se hubiera podido suscitar la exaltación de las masas ni la cooperación de los ricos. Concedo también, con pesar que el fanatismo poco realista de nuestros compatriotas tiene su parte de responsabilidad en el despertar del recelo de los árabes”
En 1939, cuando las organizaciones terroristas sionistas atacaban diariamente las aldeas palestinas advirtió: “La mayor calamidad sería un enfrentamiento permanente con el pueblo árabe”, recordando que:
“...en tiempos pasados ningún pueblo mostró mayor amistad con los judíos que los antepasados de estos árabes”



* Publicado en El Salto,  20.08.25.

¿El filantrocapitalismo hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres?




Linsey McGoey


La primera vez que Bill Gates conoció a Puff Daddy, el rapero y empresario de la moda, el encuentro fue tenso. La reunión tuvo lugar en Nueva York, donde Gates había estado en la parte trasera de un bar con Bono y otros amigos. Puff Daddy se acercó a Gates y su camarilla. Se paró ante Gates y asintió diciéndole: "Eres un hijo de puta". Los ojos de Gates se lanzaron hacia el hombre. Es dudoso que el filántropo más generoso del mundo escuche comentarios como este con demasiada frecuencia. Daddy continuó su línea de argumentación: "Eres un hijo de puta. ¿Qué está haciendo sobre inmunización en Botswana? Hijo de puta.".Gates se reclinó en su silla y se relaja, dándose cuenta de que Puff Daddy le estaba ofreciendo un gran cumplido... Este encuentro es informado por Matthew Bishop y Michael Green en su libro Philanthrocapitalism: How the Rich Can Save the World.

Publicado por primera vez en 2008, este libro se ha convertido en una especie de Biblia para una nueva generación de filántropos que prometen remodelar el mundo dirigiendo fundaciones filantrópicas más como negocios con fines de lucro. En este mundo, Gates es aclamado como el "MacDaddy" de la nueva filantropía. Bishop y Green ofrecen una cita de Bono sobre el atractivo del trabajo caritativo de Gates: "Jay-Z, todos los chicos del hip-hop, lo adoran. Porque no es visto como una figura romántica, bueno, quizás romántico en el sentido de que Neil Armstrong es romántico, un científico pero no un poeta. Hace una mierda [es algo muy bueno]."

Haciendo la mierda. Es posible que escuche otras frases para ello. Los nuevos filantrocapitalistas afirman estar más orientados a los resultados y ser más eficientes que los donantes filantrópicos anteriores. Quieren revolucionar el último ámbito que no ha sido tocado por el mundo hipercompetitivo y orientado a las ganancias del capitalismo financiero: el mundo de las donaciones caritativas. En lugar de atolladeros burocráticos, planean hacer la mierda.

Los defensores del filantrocapitalismo a menudo afirman que un enfoque empresarial de la filantropía es algo completamente nuevo. Inspirados en frases como "valor compartido", acuñadas por los teóricos de la administración Mark Kramer y Michael Porter, los nuevos filántropos argumentan que lo que establece su enfoque a partir de modelos más antiguos es un énfasis novedoso en la medición de los resultados de las donaciones caritativas para asegurarse de que la filantropía genera la mayor cantidad de beneficios sociales posibles de la manera más eficiente: lo que importa es hacer el cálculo correcto de costo-beneficio.

En 1999, por ejemplo, Kramer y Porter publicaron un artículo en Harvard Business Review afirmando que muy pocas fundaciones filantrópicas "piensan estratégicamente sobre cómo pueden crear el mayor valor para la sociedad con los recursos que tienen a su disposición. Se dedica poco esfuerzo a medir los resultados. Por el contrario, las fundaciones a menudo consideran que la medición del desempeño no está relacionada con su misión caritativa".

Solo hay un problema con esta sugerencia. Es demostrablemente falso. En realidad, un enfoque de la caridad similar al de los negocios y orientado al impacto ha sido dominante dentro de la filantropía a gran escala durante al menos 120 años, desde que industriales como Carnegie y Rockefeller se comprometieron a aplicar técnicas comerciales al ámbito de la filantropía. Basta con mirar al principal asesor filantrópico de Rockefeller, un ex clérigo bautista llamado Frederick T. Gates. Gates dejó el ministerio bautista a fines de la década de 1880 y pasó las siguientes décadas asesorando primero a Rockefeller padre, y luego a su hijo, John D. Rockefeller Jr., sobre la mejor manera de desembolsar sus participaciones filantrópicas. Un fanático sincero del Movimiento de la Eficiencia,

William Schambra, un reconocido experto en filantropía del Hudson Institute, me reiteró este punto durante una entrevista: "La noción de que deberíamos organizar nuestras filantropías de la forma en que organizamos nuestras corporaciones, esa fue la idea original de John D. Rockefeller. Que establezcamos una especie de estructura corporativa con burocracia y cuidadosa toma de decisiones. [Filantrocapitalismo] es solo más de eso".

Cuando los defensores del filantrocapitalismo afirman que la "nueva" filantropía está más orientada al impacto o al negocio que los enfoques del pasado, están ignorando descaradamente el legado de movimientos como la Escuela de la Eficiencia. El historiador Stanley Katz ha señalado este punto sin rodeos. "Gran parte de la actual retórica promocional de las fundaciones", ha escrito, "me parece que indica una preocupante falta de conocimiento sobre la historia de las grandes y grandes fundaciones estadounidenses".

Mirando más atrás, al siglo XVIII, los paralelos entre los filántrocapitalistas de hoy y las generaciones anteriores se vuelven aún más sorprendentes. A primera vista, el carácter contradictorio de un concepto como "filantrocapitalismo" parece bastante pronunciado. Muy pocas cosas parecen más incongruentes que la filantropía, el ámbito del altruismo, y el capitalismo, el ámbito de la búsqueda de beneficios privados. Y, sin embargo, visto históricamente, la supuesta novedad de la idea desaparece.

Una afirmación clave de la "nueva" filantropía es que los mercados y la moral no son fenómenos distintos, sino bienes proporcionales. Al aprovechar el poder del mercado, el filantrocapitalismo contribuye inevitablemente al bienestar de una comunidad más amplia. Esta es una idea poderosa, pero difícilmente es nueva. Muy por el contrario, se hace eco de supuestos arraigados sobre las ventajas sociales de la empresa privada. De hecho, se podría decir que es el núcleo fundacional de la economía política moderna, aparente al menos desde los escritos de Bernard Mandeville y Adam Smith, economistas políticos que propusieron la idea de que los individuos que trabajan para alcanzar sus propios objetivos económicos egoístas contribuyen naturalmente al bienestar común. Bien público.

El filósofo Slavoj Žižek es uno de los pocos observadores críticos que señala la extraña sensación de déjà vu que impregna la retórica de los entusiastas del filantrocapitalismo. Ha señalado que sus máximas son como una "versión posmodernizada de la mano invisible de Adam Smith: el mercado y la responsabilidad social no son opuestos, sino que pueden reunirse para beneficio mutuo ... su objetivo no es ganar dinero, sino cambiar el mundo (y como subproducto, ganar aún más dinero)".

Žižek tiene un buen punto. Pero dos cosas son nuevas acerca de la nueva filantropía. Uno es la escala. La otra es la forma franca en que los donantes celebran en lugar de ocultar la capacidad de utilizar la filantropía para el enriquecimiento privado.

Cuando se trata de escala, aunque los números sólidos son esquivos, está claro que la filantropía global se encuentra en una fase dorada. Casi la mitad de las 85.000 fundaciones privadas solo en los Estados Unidos se crearon en los últimos quince años. Cada año se crean miles de fundaciones filantrópicas más privadas.

Los expertos difieren sobre si este florecimiento de fundaciones individuales realmente representa un aumento significativo en las donaciones caritativas en general en comparación con décadas anteriores. Ray Madoff, profesor de derecho en Boston College, ha señalado que dentro de los EE.UU. las donaciones caritativas en general se han mantenido en aproximadamente el 2 por ciento del producto interno bruto desde la década de 1970, y que las contribuciones de individuos se han mantenido relativamente iguales durante 40 años que asciende a alrededor del 2 por ciento de la renta disponible.

Ampliando la mirada más allá de los EE.UU., Es más fácil hacer pronunciamientos claros sobre aumentos en la filantropía global. Los estudiosos de la filantropía David Moore y Douglas Rutzen sugieren que la filantropía global ha aumentado drásticamente en los últimos años, un crecimiento que "se ha correspondido con un aumento de la riqueza privada en Brasil, India, China y otros países".

Este aumento de la filantropía mundial tiene sus raíces en la creciente concentración de la riqueza y la creciente desigualdad económica, algo que ha enriquecido la capacidad de los ricos para regalar sumas deslumbrantes. La muy aclamada oferta de 2006 de Warren Buffett de $ 30 mil millones para la Fundación Gates es solo un ejemplo reciente.

Pero, ¿con qué fin?

Lo notable del creciente número de fundaciones filantrópicas en las últimas dos décadas es que el aumento de las donaciones no ha hecho mella en la reducción de los crecientes niveles de desigualdad económica. De hecho, parece ser el caso contrario. ¿Qué hacer con el hecho de que la creciente filantropía y la creciente desigualdad parecen ir de la mano? ¿Realmente la filantropía hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres?

Es difícil hacer afirmaciones directas de causalidad, ya que múltiples factores contribuyen a ampliar las divisiones de riqueza. Pero hay una serie de razones por las que los crecientes niveles de filantropía podrían exacerbar la creciente desigualdad en lugar de mitigarla.

Una es que las donaciones caritativas privan a las tesorerías de los ingresos fiscales que podrían gastarse en políticas de bienestar social redistributivas. La segunda es que una proporción sorprendentemente pequeña de las donaciones de fundaciones está orientada a ofrecer un alivio económico a las personas de bajos ingresos. Los informes anuales de organizaciones como el Giving Institute muestran que solo un pequeño porcentaje, generalmente menos del 10 por ciento cada año, se gasta en iniciativas etiquetadas como "beneficio de la sociedad pública" en contraste con un gasto mucho mayor en actividades religiosas o regalos a los ricos y universidades.

Otra preocupación es que la filantropía se utiliza para frustrar las demandas de impuestos más altos, protegiendo y expandiendo los activos en lugar de redistribuir la riqueza. La filantropía a menudo abre mercados para las multinacionales estadounidenses o europeas que se asocian con organizaciones como la Fundación Bill y Melinda Gates para llegar a nuevos consumidores. Dar más es una estrategia para obtener más, ayudando a concentrar la riqueza en un núcleo cada vez más reducido de agentes de poder con una influencia cada vez mayor en el establecimiento de políticas en organizaciones como la Organización Mundial de la Salud.

Los propios filántropos son a menudo los primeros en admitir que su filantropía tiene como objetivo preservar más que redistribuir la riqueza. Carlos Slim es, quizás, el más sincero sobre este hecho, resumiendo su propio enfoque de la caridad con el comentario, "La riqueza es como un huerto. Tienes que compartir la fruta, no los árboles".

El comentario de Slim repite una creencia que sustentaba la generosidad de benefactores anteriores como Andrew Carnegie, el barón del acero. En sus influyentes ensayos sobre el valor de las donaciones caritativas, publicados hasta finales de la década de 1880 y 1890, Carnegie tenía claro que los gestos filantrópicos eran cruciales para permitir que los ricos consolidaran la riqueza y garantizar que los procesos de fabricación no se vieran amenazados por una clase trabajadora cada vez más militante que exigía un cambio organizativo.

En 1889 sugirió que la filantropía permitiría "resolver el problema de los ricos y los pobres":
"Las leyes de la acumulación quedarán libres, las leyes de la distribución libres. El individualismo continuará, pero el millonario no será más que un fideicomisario de los pobres, confiado durante una temporada con una gran parte del aumento de la riqueza de la comunidad, pero administrándolo para la comunidad mucho mejor de lo que podría o hubiera hecho por sí mismo".
Carnegie estaba escribiendo en un momento de disturbios laborales masivos en suelo estadounidense. Pocos de sus trabajadores se dejaron influir por la sugerencia de que las llamadas "leyes de la acumulación" debían dejarse intactas para que él y un puñado de otros pudieran controlar la riqueza ilimitada para donar a sus causas seleccionadas.

Varios novelistas victorianos y de principios del siglo XX escribieron sátiras de esta mentalidad de Carnegie y sus compañeros benefactores. The Ragged Trousered Philanthropists de Robert Tressell, una novela ambientada entre un grupo de pintores de casas, extendió satíricamente la etiqueta de "filántropos" a un grupo de trabajadores que acceden dócilmente a las demandas de sus jefes. Con ingenio astuto, Tressel sugirió que su disposición a regalar su trabajo a bajo precio era el acto filantrópico definitivo.

Hoy en día, la filantropía ha saneado en gran medida las asociaciones satíricas anteriores. Desde conciertos como Live Aid, hasta la popularidad de programas como The Secret Millionaire, un exitoso programa de televisión británico donde los benefactores se esconden encubiertos en las comunidades pobres para encontrar destinatarios dignos de su caridad, la filantropía ha alcanzado una prominencia popular que hace que los actos de donación sean difíciles de criticar o cuestionar.

La aclamación pública, incluso la reverencia, para los filántropos de hoy en día se enciende en los medios de comunicación en gran medida deferentes, propensos a abrazar y perpetuar la afirmación de que hay algo sin precedentes en la nueva filantropía "estratégica" en organizaciones como la Fundación Gates.

Ciertas técnicas de medición pueden ser nuevas, como los ensayos controlados aleatorios que datan de la década de 1920, pero que han ganado preeminencia en los círculos del desarrollo durante los últimos 20 años. Pero el esfuerzo por evaluar el impacto no lo es.

Y, sin embargo, una y otra vez, los filantrocapitalistas de hoy tienden a ignorar a sus precursores históricos. Un buen ejemplo es un artículo reciente del cofundador de Napster, Sean Parker, en el Wall Street Journal. Parker sugiere que eso es lo inusual de la nueva élite global es su mentalidad de "hacker". En sus palabras, "la élite de hackers recién creada es una aberración en esta historia de creación de riqueza". Como evidencia, cita la juventud de la élite actual: el hecho de que muchos multimillonarios de la tecnología lograron el éxito antes de cumplir los 40. Luego, contrasta las nuevas élites "hackers" con las fundaciones filantrópicas tradicionales "anticuadas" que, según él, no están interesadas en medir su efectividad.

Ambos puntos son falsos. Carnegie y Rockefeller acumularon cada uno una riqueza considerable a los treinta y cada uno habría sido el "pirata informático" de su época, desesperado por distanciar sus propias donaciones de las limosnas, que veían la caridad como virtuosa en sí misma, independientemente del efecto práctico. Contrariamente a la sugerencia de Parker en el artículo, su argumento de que "la juventud y la filantropía no se han mezclado históricamente", Rockefeller y Carnegie dieron generosamente a lo largo de sus vidas y no simplemente en su edad. Rockefeller comenzó a entregar sistemáticamente una parte significativa de sus ingresos cuando aún era un adolescente.

Muy poco del reciente artículo de Parker en el Wall Street Journal es históricamente exacto, algo que señalan los sitios web especializados como HistPhil, un sitio dedicado a la historia de las donaciones a gran escala. Y, sin embargo, Parker fue alabado en la prensa principal, incluida una reseña entusiasta en Intercept, un foro en línea financiado por Pierre Omidyar, como si el enfoque de Parker fuera realmente tan innovador o sin precedentes como sugiere.

Omidyar, el fundador de eBay, es inusual entre los filantrocapitalistas al reconocer la relevancia de los primeros economistas políticos para su propio enfoque de la filantropía y los negocios; a menudo elogia a Smith por encender su creencia de que la empresa privada, bajo las condiciones adecuadas de laissez-faire, conducirá a beneficios colectivos.

Pero esta es una imagen parcial del trabajo de Smith. En las raras ocasiones en que los nuevos filántropos hablan de sus predecesores históricos, tienden a seleccionar convenientes fragmentos de escritura que propagan convenientes caricaturas de los primeros economistas políticos.

Tomemos los escritos de Mandeville, un filósofo holandés nacido en 1670 que pasó la mayor parte de su carrera en Inglaterra. Mucha gente le da crédito a Adam Smith por haber originado la idea de que los individuos, trabajando para satisfacer sus propias necesidades y deseos económicos, impulsarán los beneficios públicos colectivos. Pero una génesis anterior de esa idea se encuentra realmente en Mandeville. Está resumido en su influyente ensayo La fábula de las abejas.

En este ensayo, Mandeville adopta la metáfora de una colmena de abejas. Dentro de la colmena, escribe, prospera una masa de abejas industriosas e ingeniosas, muchas de las cuales parecían inmorales --eran engañosas, vanidosas, inconstantes-- y, sin embargo, sus necesidades ayudaron a hacer de "toda la masa un paraíso". Su ingeniosa intriga, aunque arraigada en el vicio, ayudó a impulsar una industria dinámica, creando tales comodidades que "los pobres vivían mejor que los ricos antes".

En otras palabras, el progreso se basaba en la codicia económica más que en la abstinencia. En el deseo de conseguir; en lugar de limitarse a tomar. La idea de que el interés propio cumple una función económica y moral importante es visible en un linaje directo que se deriva de Mandeville y Smith, pasando por industriales del siglo XIX como Carnegie y Rockefeller, hasta los defensores del filantrocapitalismo actual.

Tomemos el ejemplo de hombres y mujeres descritos por la antropóloga estadounidense Karen Ho en sus estudios sobre los jóvenes banqueros de inversión de Wall Street. Los banqueros con los que se encuentra muestran un desconcierto genuino y profundamente sentido por el hecho de que tantas personas ajenas a su campo perciban una ausencia de moral en sus acciones. Lejos de eso, confían en que están realizando un servicio público esencial. Consideran que la adopción de las formas schumpeterianas de "destrucción creativa" es esencial para garantizar que las empresas más pequeñas puedan prosperar y competir. Como Mandeville, insisten en que las ganancias privadas generan recompensas públicas.

Pero hay un aspecto importante del argumento de Mandeville que a menudo se descuida. En La fábula de las abejas, escribe el siguiente verso:

Entonces el vicio es beneficioso encontrado

Cuando es por la Justicia, atado y atado.

En otra sección, insiste en que "el vicio privado mediante la hábil dirección de un político hábil puede convertirse en beneficios públicos". El homenaje de Mandeville al interés económico propio, en otras palabras, hizo hincapié en la necesidad de la gestión gubernamental y las restricciones legales para garantizar que la especulación pública conduzca, de hecho, a recompensas públicas.

Lo que falta en el entusiasmo lleno de vida de los filantrocapitalistas de hoy es un reconocimiento suficiente de las luchas históricas por las ganancias privadas y públicas que han dado forma a las relaciones laborales al menos desde la época de Mandeville. Cuando reconocen la historia, lo cual no es frecuente, los filantrocapitalistas de hoy elogian una versión bastarda de la economía política temprana, una que ignora el énfasis que Mandeville y más tarde Adam Smith pusieron en la necesidad de una regulación gubernamental.

La empresa privada puede obtener beneficios públicos. Pero solo si los actores estatales, a través de una 'gestión hábil', pueden administrar la riqueza de una manera que garantice que se sirven tanto los intereses públicos como los privados. Mandeville, el héroe original y anónimo del filantrocapitalismo, fue en realidad un campeón de gobiernos intervencionistas poderosos. No es de extrañar que los filántrocapitalistas de hoy tiendan a ignorarlo.



* Este artículo fue publicado en Evonomics. The next evolution of economics, 23.03.16. Linsey McGoey es profesora de sociología y directora del Centro de Investigación en Sociología e Innovación Económicas (CRESI) de la Universidad de Essex.

Arquitectura de la expansión de colonias israelíes en Cisjordania

Soldados israelíes montan guardia mientras los partidarios de los asentamientos israelíes en Cisjordania se reúnen después de una marcha dur...