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Mujeres israelíes y los guerreros de Dios




Nazanín Armanian


Cerca de un tercio de las 1200 víctimas de la Operación Al Aqsa de Hamás en Israel y unas veinte de las 137 personas tomadas como rehenes por el grupo palestino, el 7 de octubre del 2023, son mujeres. Según las autoridades israelíes, varias de las mujeres asesinadas habían sido violadas. Ninguna de las escasas medidas de la ONU para prevenir los crímenes de guerra, ataque a los civiles o la violación de las mujeres, han funcionada en ninguno de los numerosos conflictos armados que azotan el planeta. Que tanto el judaísmo (Deuteronomio 20:14) como el islam (Corán: 24: al Nisa) incluyesen a las mujeres entre el «botín de guerra» de sus hombres guerreros, obliga a los organismos internacionales a realizar una investigación a fondo sobre la agresión sexual en este largo conflicto colonial-religioso.

Por su parte, Israel, que no cumple la ley judía del «Ojo por Ojo» (heredada de Hammurabi, quien hace 3.700 años quiso civilizar al ser humano prohibiendo la masacre de comunidades enteras en venganza por el daño recibido por uno de sus integrantes), ha masacrado hasta hoy a cerca de 25.000 palestinos, el 70% de ellos mujeres y niños: 16 vidas palestinas por una judía.


Las misteriosas mujeres israelíes

La primera información que aparece en internet sobre «la mujer en Israel» son infinitas imágenes de las soldados (o sea, no como mujer-víctima, sino protagonistas de la violencia como sistema), que para más inri no están haciendo de «Oficial y caballero», sino figuran en poses coquetas como si estuvieran disfrazadas de militares. El segundo grupo de fotos que sorprende es de las mujeres judías con burka -y no testimoniales, como en Beijín o en Minsk: lo llevan decenas de miles, corrigiendo a los que sitúan el origen y los motivos de esta aterradora y humillante prenda en las tribus de pastunes afganas-, y por último se aprecia la imagen de la primera ministra Golda Meier, la misma que tachaba de «locas» a las feministas. No sorprende que la jueza de la Corte Suprema de EEUU Ruth Bader Ginsburg comparase la exclusión de las mujeres en Israel con los negros en su país.

En este Estado teocrático militarista, donde la élite capitalista consolida el patriarcado en el nombre de Dios y de la Seguridad, obviamente, hay excepciones, si se busca a conciencia: la destacada líder marxista de origen lituano Esther Vilenska, que contribuyó en 1944 a restablecer el Partido Comunista de Palestina y planeaba una Palestina democrática e independiente de carácter binacional.

Varios meses antes del ataque de Hamás, las tatzpitanit – reclutas designadas para vigilar la frontera con Gaza-, habían informado a sus superiores, todos hombres, de extraños ejercicios miliares de la organización palestina. El desprecio de los mandos a las advertencias no se debió sólo al sesgo sexista instalado en el poder (pues Egipto también les había informado), sino a que, quizás a Benjamin Netanyahu, el Primer Ministro perseguido por la ley y por cientos de miles de ciudadanos que cada sábado pedían su cabeza, le interesaba que sucediera, y así poder exportar la crisis interna, algo que ha conseguido. El hashtag #BibiKnew («Benjamin lo sabía«) inunda las redes sociales.


¿"Pueblo elegido" u "hombres elegidos"?

El sueño de emancipación de las primeras mujeres judías que emigraron a Palestina, a finales del XIX, se destrozó nada más llegar: fueron confinadas en los Kibutz, por los maridos o padres fundamentalistas que les forzaron a seguir con la división de roles «biológicos»: el hombre con pantalones al mando y la mujer, la mayoría iletrada, y con su falda y el velo, como su esclava integral. Un perfil que explica, en parte, el por qué las mujeres judías no se opusieron a la Nakba, cuando sus hombres masacraron y expulsaron a cerca de 700.000 palestinos, familias enteras de sus tierras y hogares ancestrales. Los fundadores de Israel eran asquenazí, europeos convertidos al judaísmo, que no judíos étnicos, como parte de los mizrajíes, nombre de los seguidores de Moisés en Oriente Próximo, que convivían en paz con sus hermanos árabes, turcos o persas.

Hoy tampoco las mujeres israelíes, salvo pequeños grupos, se oponen al genocidio del pueblo palestino: la mayoría de las judías practicantes luchan para poder orar, cantar y leer la Biblia en voz alta en los lugares sagrados, que no por la paz, la igualdad y la justicia social, imposible en un estado «divino».


El Israel de las mujeres

Los cuatro rasgos del sistema político de Israel, -ser colonial, capitalista, teocrático y militarista-, sellan el estatus de la mujer. Las israelíes, como todas las ciudadanas de un estado capitalista, cobran menos que los hombres (un 30%), tienen que destrozar su cráneo para romper los techos de cemento, se enfrentan al acoso sexual o a los recortes (que ha excluido a la gran mayoría de medio millón de niños menores de 3 año de las guarderías públicas, bajo el pretexto de la pandemia, en 2020), o que de los cerca de 2 millones de israelíes (el 23% de la población) que viven por debajo del umbral de pobreza, el 31,7% sean niños, muchos de madres solteras.

Sin embargo, al ser un estado teocrático, en Israel los ciudadanos no son iguales ante la ley, y sus derechos dependen de la fe que profesan. En un marco de poder jerárquico, los hombres judíos gozan de amplios privilegios sobre toda la población, y las mujeres judías (salvo las ultraortodoxas, las más discriminadas entre las mujeres de esta tierra) sobre sus hermanas de otros credos. En este sistema primitivo del poder, los rabinos cuentan con el derecho al veto sobre las leyes que afectan a la familia, eufemismo de la palabra «mujer», manteniendo el estatus de infrahumano que las religiones abrahámico-semíticas (judaísmo, cristianismo e islam) establecieron para la mitad de sus poblaciones hace miles de años.

Israel cerró todas las puertas a una democratización del Estado, cuando en 2018 se declaró una república judía, como Irán o Afganistán que son un estado islámico desde 1979. De hecho, la sharia que estos dos regímenes de extremaderecha aplican son, básicamente, tradiciones judías: desde el velo y los matrimonios infantiles hasta la Ley de Talión y lapidación, pasando por normas que consideran a las mujeres seres con discapacidad intelectual severa e incurable por la venia de Dios. Las mujeres de las tres religiones no podrán gestionar su propia vida, trabajar, estudiar, casarse, viajar, etc. sin la autorización de un hombre; ni cantar, bailar, pasear o ir al cine, concierto o teatro solas, elegir a su pareja, hospedarse en un hotel, etc., mientras, los hombres judíos ortodoxos israelíes tiene derecho a dar ni un golpe al agua, ni pagar impuestos, ni cumplir el servicio militar, y encima recibir una paga de los contribuyentes. ¡Increíble cómo se lo han montado, incluso hoy en día!

La teocracia (versus espiritualidad) empapa con su mirada sexual todos los aspectos de la vida de la sociedad, hasta convertir a las mujeres en subhumanas e intocables. En algunas ciudades, las mujeres han tenido que subir al autobús por la puerta trasera y sentarse atrás, y aun así, los conductores talibanes tienen el «derecho de admisión» a las mujeres por su vestimenta: numerosas Rosa Parks han sido agredidas. Las «patrullas de la modestia» (copiadas por sus hermanos islamistas en ciertos países), cuya razón de ser no es «salvar a la religión», acosan a las mujeres en los barrios haredíes por su vestimenta, mientras los yihadistas judíos atacan a las fieles que en la plaza del Muro Occidental oran al Dios que comparten. Ellas son segregadas en los funerales, las clínicas médicas o los supermercados, donde tienen horarios especiales para acceder.

Las judías, al igual que las musulmanas, no pueden divorciarse: deben ser repudiadas por un hombre (el esposo o un juez varón), debido a que el divorcio es uno de tantos derechos exclusivos del varón. Si estos señores se niegan a liberarlas, las que se arrepienten de haber pronunciado el «sí, quiero», permanecerán como agunah (encadenadas) a su maltratador, hasta que Dios se las lleve, tras una muerte natural o violenta.

Según la Organización Internacional Sionista (WIZO), el año pasado unas 200.000 mujeres fueron víctimas de la violencia de género y 600.000 niños fueron testigos de las agresiones. Y eso que tan sólo se denuncia el 20% de los casos. La Asociación de Centros de Crisis por Violación (ARCCI) informó en 2021 que las agresiones sexuales en grupo en Israel eran un 10% más altas que el promedio de los países de la OCDE. Nada menos que el expresidente del país Moshe Katsav pasó seis años en la cárcel por violar a dos subordinadas. En tal contexto, las violaciones en grupo no paran de aumentar: el mediático caso de la agresión de unos 30 hombres a una joven de 16 años, en agosto de 2020, fue sólo la punta de Iceberg.

En las cárceles, la amenaza de la violación pende como la espada de Damocles sobre el cuello de cientos de palestinas presas políticas, como arma de guerra. La guerrillera del Frente Popular para la Liberación de Palestina, Rasmea Odeh, es de las pocas palestinas que se han atrevido a hablar de ello: fue sometida a brutales torturas (como descargas eléctricas), y violada delante de otros prisioneros. Ninguna ley podrá contener esta plaga que sufre la sociedad patriarcal israelí, debido al militarismo teocrático de su régimen de extrema derecha.

Muchos judíos y musulmanes han oído el nombre de Agar, la esclava egipcia de Abraham y Sarai, aunque su caso de «vientre-útero no alquilado» pasa desapercibido: fue inseminada por Abraham con el permiso de su yerma esposa. Poco tiempo después de nacer Ismael, el fruto de aquella agresión, el enviado de Dios, abandonó a ambos en el desierto, para que se murieran de sed y hambre. Los textos, obviamente, culpan a una mujer, a Sarai, por sus celos, de aquel aberrante acto, cometido por Abraham con alevosía con agravante de parentesco. ¿Sabían que las siete vueltas que dan los musulmanes alrededor de Kaaba en su peregrinación a la Meca, es en recuerdo de las vueltas que había dado aquella mujer en busca de agua para su hijo?


Además de teocracia, militarista

El ejército es la institución central del Gobierno de Dios israelí, y su cometido, además de ocupar más territorios ajenos para llevar adelante el proyecto imperialista del «Gran Israel», es la israelización, o sea, imponer los valores tribales de hace miles de años, de las nuevas generaciones y los emigrantes. Por lo que, la entrada de los ciudadanos árabes a esta entidad está prohibida.

Debe preocupar a los filósofos israelíes la normalización social de ver a chicos y chicas armados tomando café en las terrazas. A un chaval judío, hacerse hombre y defender la patria pasa por «hacer la mili», mientras las chicas de este credo serán buenas ciudadanas si tienen muchos hijos. El ejército, mientras consolida esta dicotomía, utiliza la carne de ambos para los cañones de la élite gobernante, que apuntan a los civiles de otros pueblos.

El presupuesto militar de Israel, 24.340 millones de dólares, en 2021 (un 11,57% más que 2020), al que se añade los 3.800 millones de dólares de ayuda militar anual de Estados Unidos, no ha parado de incrementarse. Bajo el pretexto de la «guerra contra Hamas», y sus pocos cohetes y piedras, Israel este año ha sumado a esta cifra otros 15.000 millones de dólares.

Es así que, el principal lema del feminismo israelí es «convertir Israel en un Estado civil»: por ahora, la guerra contra los ciudadanos palestinos le ha costado a los ciudadanos israelíes unos 51.000 millones de dólares.

Las mujeres deben estar en la mesa del alto el fuego, de intercambio de prisioneros, y de negociar los términos de paz; una paz que es imprescindible para el desarrollo de la lucha por los derechos sociales y también la igualdad.

El movimiento feminista de ambos lados debe ser antimilitarista, para ser anticolonial, anticapitalista y antipatriarcal. Es la la lógica de los vasos comunicantes.





* Publicado en Other News, 01.02.24. Nazanin Armanian es una escritora y politóloga iraní exiliada en España desde 1983.

Reino Unido: #MeToo a menos que seas palestina




La deliberada indiferencia hacia el extenso daño sexual y reproductivo infligido a las mujeres palestinas por el ataque israelí es preocupante, especialmente porque se podría suponer que se trata de una preocupación primordial del feminismo.


Maryam Aldossari


Inmediatamente después del 7 de octubre [de 2023], antes de que el polvo se hubiera asentado y hubiera comenzado la destrucción generalizada de Gaza, las feministas occidentales rápidamente difundieron en los periódicos denuncias de agresión sexual y violación.

Personalidades de alto perfil escribieron artículos sobre no creer en las mujeres judías y sobre el debilitamiento del movimiento #MeToo, con la denuncia de "violaciones sistemáticas" aceptada por gobiernos, funcionarios militares israelíes y sectores de medios de comunicación poco perspicaces por igual.

Establecer los hechos de violencia sexual durante la guerra es un desafío, especialmente porque el gobierno israelí enturbia deliberadamente las aguas modificando las narrativas, presentando testigos con vínculos no revelados con el gobierno y suspendiendo las prácticas investigativas normativas.

Pero aunque siempre debemos creer a las mujeres y permanecer indignados por las violaciones, está claro que la denuncia de "violación sistemática" fue utilizada como arma por el gobierno israelí para justificar la masacre de palestinos.

La pregunta principal es entonces por qué las agresiones sexuales a mujeres palestinas no han provocado una indignación similar.

En los últimos diez meses, la empatía selectiva de feministas y organizaciones feministas de alto perfil en el Reino Unido se ha hecho cada vez más evidente.

Si bien abundan las declaraciones rápidas en las redes sociales y los artículos de apoyo a las mujeres israelíes, hay un notable silencio respecto de las terribles condiciones de las mujeres palestinas.

La deliberada indiferencia hacia el extenso daño sexual y reproductivo infligido a las mujeres palestinas por el ataque israelí es preocupante, especialmente porque se podría suponer que se trata de una preocupación primordial del feminismo.

Desde el 7 de octubre, cientos de mujeres palestinas han sido detenidas bajo custodia israelí y sometidas a un trato inhumano, incluida tortura sexualizada, palizas desnudas, amenazas de violación y, en dos casos verificados, violación.


Las feministas occidentales hacen la vista gorda

Incluso si las dos violaciones verificadas documentadas en el informe de la ONU del 19 de febrero de 2024 se pasaran de alguna manera por alto, ¿cómo se puede ignorar la historia de décadas de violencia de género infligida a mujeres palestinas por el ejército israelí durante los últimos 76 años?

Hay numerosos informes que detallan esta violencia contra mujeres y niños palestinos, mucho antes del 7 de octubre, y que son fácilmente accesibles en línea.

Estos informes proceden de importantes grupos israelíes de derechos humanos, como el Comité Público Contra la Tortura en Israel, el Centro de Mujeres para Ayuda Legal y Asesoramiento con sede en Jerusalén , y B'Tselem (un informe de 2009 entre muchos otros), además de varios informes de la ONU.

Todos estos informes, basados ​​en protocolos utilizados en audiencias legales, denuncias legales, documentación de abogados y testimonios de detenidos, describen violencia sexual, tortura y otros tratos crueles, inhumanos y degradantes contra palestinos detenidos en Israel.

Supongamos que el discurso feminista realmente busca abordar la violencia de género en la guerra. En ese caso, las atrocidades que se cometen contra las mujeres palestinas deberían haber sido incluidas en todos esos artículos para defender la integridad del movimiento.

A pesar de la abrumadora evidencia de los últimos 10 meses —40.000 palestinos asesinados, alrededor de la mitad de ellos mujeres y niños, y más de 21.000 niños desaparecidos— el movimiento feminista no ha aprendido de su postura unilateral inicial [de respaldo irrestricto a las mujeres israelíes supuestamente violadas por Hamás], cuando las emociones estaban a flor de piel y las perspectivas eran estrechas.

La violencia que sufren las mujeres y los niños palestinos sigue siendo objeto de un descuido flagrante. Del mismo modo, el reciente informe de la ONU del 12 de junio de 2024 parece haber pasado desapercibido, sin despertar ninguna conciencia ni suscitar una respuesta sustancial.

En este informe se detalla cómo las fuerzas de seguridad israelíes atacaron sistemáticamente y sometieron a los palestinos a violencia sexual y de género, incluida la desnudez pública forzada, el desnudamiento público forzado, la tortura y el abuso sexualizados y la humillación y el acoso sexuales.

El informe también documentó que los soldados israelíes se filmaron a sí mismos saqueando casas, hurgando en cajones llenos de lencería para burlarse y humillar a las mujeres palestinas, refiriéndose a ellas como "putas", y concluyendo que esta violencia de género tenía como objetivo humillar y degradar a la población palestina en su conjunto.


Una cultura de violencia sexual

Esta violencia sexual y de género se extendió también a los hombres: el informe destacó que los soldados filmaron y fotografiaron repetidamente a hombres mientras los sometían a desnudarlos y desnudarlos públicamente, a torturas sexuales y a tratos inhumanos.

La semana pasada aparecieron unas imágenes inquietantes del centro de detención de Sde Teiman, en las que se ve cómo soldados israelíes violan en grupo a un palestino [1]. Los ministros israelíes, entre ellos Bezalel Smotrich, se apresuraron a condenar la filtración del vídeo en lugar de su contenido. Algunos, como Hanoch Milwidsky, del Likud, llegaron incluso a justificar la violación. Como era de esperar, las feministas occidentales permanecen en silencio.

Resulta inquietante, pero no inesperado, que parezca haber poca simpatía por los hombres árabes, a quienes a menudo se retrata en estereotipos racistas profundamente arraigados como inherentemente misóginos y bárbaros. El marcado contraste en la empatía, ya sea consciente o inconsciente, expone un sesgo flagrante entre las feministas de alto perfil en el Reino Unido y contribuye a normalizar las acciones de Israel contra los palestinos.

El silencio ensordecedor del resto de la comunidad feminista es igualmente condenatorio; ignorar las imágenes horrorosas de Gaza durante los últimos diez meses indica una deshumanización tan profunda que el sufrimiento ha perdido su impacto.

El silencio ante una de las peores atrocidades cometidas contra las mujeres y los niños en nuestra vida es indefendible. Cuando el 70% de los muertos son mujeres y niños; cuando las mujeres palestinas escarban entre los escombros para encontrar a sus hijos desaparecidos; cuando las madres sostienen a sus bebés sin vida; cuando las familias mueren quemadas en los campos de refugiados mientras duermen; cuando las madres ven a sus hijos morir de hambre como resultado de la campaña de hambruna de Israel; y cuando los niños lloran por comida en medio de condiciones de hambruna, el silencio no es una cuestión de ser "políticamente correcto", sino una traición a los principios feministas.

Los recientes acontecimientos durante el genocidio de Gaza han puesto de relieve las deficiencias del movimiento feminista y han proyectado sobre él una sombra de vergüenza.

Durante una de las semanas más letales en Gaza desde el 7 de octubre, algunas feministas se concentraron en comentar el look "sexy" del primer ministro británico, Keir Starmer. ¿Vivimos en un universo paralelo?

Este enfoque deliberado en cuestiones superficiales, ignorando las preocupaciones más urgentes, señala una pérdida de dirección en el movimiento y muestra que quienes lo dirigen (muchos de los cuales alguna vez fueron confiables) albergan racismo antipalestino y antiárabe e islamofobia.

Esto no podría ser más obvio que cuando algunas llamadas feministas se alinearon con figuras como Tommy Robinson, un criminal convicto conocido por su ideología de extrema derecha y la promoción de narrativas falsas sobre musulmanes, solicitantes de asilo y migrantes, reflejando el inquietante resurgimiento de la retórica de extrema derecha en el Reino Unido.

Aunque estas opiniones han llevado a algunos por mal camino, lo que hace difícil imaginar su regreso, el movimiento feminista aún mantiene la esperanza si logra regresar a sus valores fundacionales.

Una lección evidente de los acontecimientos recientes es el racismo generalizado entre algunas feministas del Reino Unido, ya que incluso la expectativa mínima —reconocer las luchas de las mujeres palestinas que padecen una marginación sistémica— no se ha cumplido.

Para que el movimiento feminista pueda superar este caos, debe tener absolutamente claro que no hay lugar para el racismo. Para superar este feminismo tribal que solo sirve a intereses selectivos es necesario reconocer y abordar los prejuicios a medida que surgen, y exigir responsabilidades a todos.

Nunca se debe subestimar el poder colectivo de la comunidad feminista. Así como algunas figuras han alcanzado un estatus de alto perfil, quienes traicionan los principios básicos del feminismo deben enfrentar el riesgo de volverse irrelevantes.

Al elegir cuidadosamente a quién apoyar y elevar, tanto como individuos como organizaciones feministas, el movimiento puede mantener su integridad y garantizar que sus valores sigan siendo verdaderamente inclusivos y antirracistas. No hay lugar para el racismo en el feminismo y, como dijo sabiamente Angela Davis:
"En una sociedad racista, no basta con no ser racista, debemos ser antirracistas"


NOTA DEL BLOG:





* Publicado en The New Arab, 14.08.24. Maryam Aldossari es profesora titular en la Royal Holloway, Universidad de Londres; su investigación se centra en la desigualdad de género en Oriente Medio.

El antisexismo sexista: el caso de la guerra


Jóvenes libanesas, miembros del partido falangista Kataeb, entrenan poco antes del estallido de la guerra civil de abril de 1975.
(Erich Stering/Scanpix Sweden/AFP)


Es paradójico que, en una época que cuestiona los estereotipos de género, persista la noción de que las mujeres tenemos una inclinación hacia la paz. La insistencia en atribuirnos esa vocación puede ser un eco de las mismas construcciones culturales que históricamente marginaron a las mujeres de los espacios políticos.


María Gabriela Huidobro


El siglo XXI suele asociarse a la idea de postmodernidad, lo que nos distanciaría del pasado por una diferencia civilizatoria, al menos en un sentido aspiracional. Queremos y creemos ser más civilizados, lo que se expresaría en realidades, principios y valores que nos distinguirían respecto de la barbarie de los siglos pretéritos.

Sin embargo, la historia nunca ha sido lineal ni ascendente. No corre de peor a mejor ni de menos a más. Claude Lévi-Strauss decía que la historia, más bien, se mueve a brincos, sin avanzar en una sola dirección. De forma contemporánea, conviven en nuestro mundo diversos estadios culturales, incluso épocas que creíamos superadas. El filólogo español Juan Luis Conde, en La lengua del imperio (2008), advierte cómo hay comunidades que parecen vivir “en la edad media”, mientras otros barrios parecen vivir “en el futuro”.

Una manifestación que parece darle la razón son las guerras, que nos recuerdan que por más avances tecnológicos, científicos y políticos que logremos, persiste en nosotros un lado brutal, bárbaro, cavernario. Su realidad parece inevitable, porque es inherente a las ambiciones y dinámicas de poder. Es un fenómeno que permanece inscrito en las lógicas de quienes lideran, deciden y ejecutan. Por eso, algunos sugieren que la única manera de evitar la guerra sería alterando sus variables y cambiando a quienes las han protagonizado. Y esos, tradicional y mayoritariamente, han sido los hombres.

En 2015, el papa Francisco comentó que el mundo sería más pacífico si estuviera gobernado por mujeres y jóvenes, dada su mayor sensibilidad hacia la convivencia y la solidaridad. Su afirmación no es novedosa, pero sí renueva un topos que acompaña a la sociedad occidental desde sus inicios.

La guerra se ha planteado históricamente como un asunto viril. La cultura griega antigua diferenció a hombres y mujeres a partir de su naturaleza. Los varones serían seres racionales, capaces de dominar sus pasiones para tomar decisiones conscientes y hacerse responsables de ellas. Las mujeres, en cambio, se distinguirían por su emocionalidad y su volubilidad, lo que las marginó de los ámbitos de acción donde se requiriera “pensar con la cabeza”, como la política y la guerra. A ellas correspondió el ámbito de los cuidados y del servicio —el hogar—, donde las emociones y el amor constituyen cualidades fundamentales.

El campo militar fue, por tanto, un mundo varonil. Allí los hombres podrían probar y demostrar su excelencia. Sin ir más lejos, la raíz etimológica de la palabra griega que define al hombre —andros— es la misma que define a la virtud de la valentía —andreia—. Es decir, lo propio de los varones es ser valientes. Las mujeres, por el contrario, quedaron marginadas de ese ámbito de acción, relegadas a la condición de víctimas dolientes y pacientes. La única excepción la constituirían algunas amazonas, guerreras que, renunciando a su feminidad, adoptan actitudes varoniles en el combate.

Aunque el tiempo ha transcurrido y las categorías de lo femenino y masculino han sido ampliamente cuestionadas y redefinidas, esta idea binaria ha subsistido. Se refleja en las palabras del papa, representativas de muchas otras expresadas por diversas personalidades a lo largo de la historia, fortalecidas por las voces feministas que han llamado a incorporar a las mujeres en el quehacer político, argumentando desde los atributos y perspectivas que nosotras podríamos aportar.

Vaya paradoja. En la medida en que se ha sostenido la disolución de los estereotipos sexuales para abrirnos a la construcción cultural del género, se han defendido también las cualidades diferenciadoras de las mujeres, que contribuirían desde sus particularidades identitarias al mejoramiento social y, en este caso, a la superación de las guerras.

Gabriela Mistral fue una de las grandes defensoras de las cualidades distintivas del sexo femenino. “Yo no creo hasta hoy en la igualdad mental de los sexos”, decía en 1927. Contraria a un feminismo igualitarista, defendía la naturaleza de las mujeres y su valorización social. Su idea de la feminidad se asociaba a la capacidad de ser madres, atributo que, según ella, las dispone para el amor y la paz: “El corazón materno es por esencia el constructor de la paz. En él no cabe el odio que destruye”; “En la mujer hay una urgencia de sanar al mundo. Por eso es ella quien recoge a los hijos de la guerra, quien sutura las heridas y quien, con su paciencia, reconstruye lo perdido”.

La poeta criticó con dureza a los sistemas totalitarios y las guerras de la primera mitad del siglo XX, y cuestionó las bases estructurales y culturales de una sociedad aquejada por lo que ella consideraba una crisis de deshumanización. Lamentaba la violencia que surgía de un sistema establecido desde pulsiones masculinas, y en su opinión, las guerras y conflictos eran consecuencia de una generación educada en un ethos masculino y bárbaro, que ordenaba a la sociedad en lógicas de fuerza y poder, y que formaba a la juventud con un enfoque utilitario, individualista y materialista. La solución, creía, pasaba por promover una educación humanista y en clave femenina.

Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, Mistral decía: “La paz no es un lujo de los poderosos, sino una tarea urgente que comienza con las manos de las mujeres. Ellas enseñan a los niños que no se combate al hermano y que se ama la tierra compartida”. Su llamado invita a superar la victimización tradicional de las mujeres ante la guerra para posicionarse ante el conflicto desde nuevas lógicas de lucha y poder.

Es paradójico que, en una época como el presente, que cuestiona los estereotipos de género, persista la noción de que las mujeres tenemos una inclinación hacia la paz. Sin embargo, se trata de una idea que puede leerse también como una reivindicación y desafío. La insistencia en atribuirnos una vocación de paz puede interpretarse como un eco de las mismas construcciones culturales que históricamente marginaron a las mujeres de los espacios políticos.

Más que esencializar esta conexión, habría que reconocer que las características asociadas al cuidado y la construcción de la paz no deben ser exclusivas de un género. El desafío consiste en trasladar estos valores, atribuidos usualmente a la feminidad, al ámbito de una ética política y cultural humanista —sin distinción sexual— que supere las lógicas tradicionales de poder y confrontación, para priorizar la cooperación sobre la fuerza. Esa transformación sigue siendo un imperativo contemporáneo, no para perpetuar distinciones de género, sino para erradicar las dinámicas que hacen de la guerra una constante en la historia de la humanidad.



* Publicado en Palabra Pública, 17.01.25.

Sin miedo a Butler




¿Existe un lado correcto del feminismo? ¿Es posible ser una mala feminista? Después de perder una amistad por una discusión de este tipo y luego de leer una entrevista a Judith Butler en El País, la filósofa María Isabel Peña Aguado hace una lectura crítica del libro ¿Quién teme al género?


María Isabel Peña Aguado


Hace unos días le contaba a un buen amigo la preocupación que me provocaba el contenido del último libro de Judith Butler, Who’s afraid of Gender? (¿Quién teme al género? en la traducción al castellano). Filósofo, él también, me señaló que, a diferencia de la matemática, siempre universal, la filosofía tiene patria. Me explicaba que se debe —y aquí el “debe” se puede entender en el sentido de deuda— a algo o a alguien. Y me decía que, aunque nos cueste admitirlo, la filosofía puede llegar a convertirse en ideología. No comparto esa visión entre otras cosas porque la filosofía es algo más que un compendio histórico de ideas. Filosofía es, sobre todo, una experiencia de reflexión y de pensar.

Tengo que reconocer, sin embargo, que la idea de una filosofía con patria ha sido de ayuda para comprender a esta nueva Butler y el giro de tuerca que ella misma le ha dado a un concepto de género con el que en su libro Gender Trouble (El género en disputa, 1990) puso en jaque a la teoría feminista. Ya entonces, la autora consideraba una ingenuidad seguir diferenciando entre sexo (naturaleza) y género (práctica social) y postulaba un género que más que ser el reflejo social de la identidad sexual, sería una construcción y efecto de esa misma identidad sexual, configurada gracias a prácticas lingüísticas y sociales. Detrás del género no habría nada sustancial ni natural, nada que no fuera construido por el mismo concepto de género. Butler esperaba de la teoría feminista que sacara de su centro a las mujeres —sujeto obsoleto del feminismo, en su opinión— y se dedicara a ser agente activo tanto en el análisis como en la promoción de distintas estrategias de ese “point of convergence” de distintas relaciones culturales e históricas que sería el género.

Mucha tinta ha corrido desde entonces, y poco se ha podido hacer para recomponer las brechas y desencuentros teóricos que introdujo dicho concepto. Dichas brechas han sido fecundas en estimular distintas teorías y estudios de género, trans y queer, por ejemplo, que partiendo de la teoría feminista han abandonado su ruta para abrir otras.

Esta ha sido, por cierto, una posición que he mantenido hasta que no hace mucho tiempo se me exigió tomar partido. Más que eso, se me sugirió elegir el “lado correcto”. Entonces no entendí nada. ¿El lado correcto?, pensé, ¿hay un lado correcto? ¿es más correcto ser kantiana que pragmatista? ¿leer a Butler que a Irigaray? ¿hay un feminismo bueno y otro malo, tal y como sugería Vargas Llosa?

A la estupefacción de haber perdido la amistad de una persona muy querida para mí por no estar en ese “lado correcto”, se sumó la que me causó el titular de una entrevista con Butler en el diario español El País (05.05.2024). El titular era una afirmación de la filósofa: “Las feministas que no repudian el ataque de la derecha contra el género son sus cómplices”. Me sorprendió su tono bronco y tuve la impresión de que, de nuevo, se estaba definiendo el “lugar correcto”. Decidí leer el libro inmediatamente más por la necesidad de entender el precio personal que estaba pagando que por descifrar el giro militarista del discurso butleriano.

A lo largo de algo más de trescientas páginas de su Who’s afraid of Gender?, Butler hace un análisis de la situación política y social en la que se encuentra el concepto de género y sus lugares lindantes. Sus reflexiones parten de una aterradora experiencia que vivió ella misma en una visita a Brasil en 2017. Su participación en una conferencia sobre democracia fue utilizada por grupos reaccionarios para quemar su imagen, vilipendiarla y acosarla. La pregunta que se hizo en aquel momento es la que dio pie a este libro y que sirve de hilo conductor del texto: “Why would anyone be fraid of gender?” ["¿Por qué alguien tendría miedo al género?"].

En los diez capítulos que conforman este ensayo, Butler presenta y recoge datos de distintos países, grupos e instituciones que ponen de manifiesto el nivel de rechazo y violencia que se concentran y proyectan en contra del concepto de “género” (gender) así como los distintos intentos de censura política, jurídica y educativa. A partir del capítulo sexto, Butler abandona el periodismo de investigación [sic] y aborda cuestiones concretas como la diferencia de sexo y género o el problema de sacar el concepto de género del ámbito de habla inglesa, es decir, de traducirlo. Igualmente, la relación entre el dimorfismo con el racismo y el colonialismo.

Las estrategias establecidas, así como los enemigos centrales a los que se dirige Butler quedan claros en la introducción. La primera estrategia es examinar por qué los grupos anti-género hablan de ideología de género y la segunda desmantelar la posición de quienes se declaran como “gender critical”. En lo que a la ideología de género se refiere, Butler utiliza una idea del psicoanalista francés, Laplanche, para sostener que ese concepto se ha convertido en el núcleo central de una “pahantasmatic scene” [escena fantasmal] reflejando una serie de “ansiedades” sociales, por una parte, al mismo tiempo que como resorte destructor podría terminar con la organización tradicional del mundo de lo humano (10-11). Al describir así el movimiento “anti-gender”, Butler lo psicoanaliza y presenta como un fenómeno psicosocial que, tal y como señala siguiendo a Laplanche, puede devenir fácilmente una cuestión de ideología. Con lo cual, Butler le da la vuelta a la tortilla y señala a la corriente anti-gender como la verdadera ideología.

En cuanto a los posicionamientos críticos frente a la categoría de género, los denominados “gender critical” (p. 21), Butler nos aclara que resultan estar también contagiados de la ideología anti-gender, hasta convertirse casi en la misma cosa. Expone que criticar el género es un síntoma de ignorancia y anti-intelectualismo —¡las personas que lo critican, no leen!— así como de fanatismo religioso. Butler incluye también a “some feminists” [algunas feministas] que se convertirían así en aliadas de los movimientos radicales de derechas. No nos revela todavía quiénes son esas feministas, pero sí que son feministas sin ninguna comprensión de lo que significa “critical” o “critique”. Estos “enemies” devienen a lo largo del libro en una especie de monstruo articulado y movido por los diferentes grupos que identifica Butler, a saber: grupos religiosos, particularmente cristianos, grupos políticos de ultraderecha y neofascistas, además de los grupos feministas que no se declaran directamente a favor del discurso trans o queer.

Creo que Butler tiene razón en gran parte de su análisis y en señalar los peligros que acechan a la igualdad entre los seres humanos y a la justicia. Comparto su preocupación ante la violencia racista y machista, así como ante los discursos de odio. Lo que me cuesta mucho concebir es que Butler esté decidida a participar de ese juego polarizador de amigos y enemigos en el que no hay más matiz que el ‘estar conmigo o el estar contra mí’. Me sorprende, además, que se haga eco de algunas de las posturas más radicales que califican a las feministas que mantienen otras posturas como “neofascistas”. 

Me pregunto qué ha sido de la Butler que en Sin miedo —publicado en el 2020)— defendía la “obligación” de “preservar este controvertido vínculo social” y que advertía de que “la violencia […] Es también una atmósfera, una toxicidad que invade el aire”. ¿Desde cuándo se ha decantado por respirar esos aires? ¿Desde cuándo el género ha dejado de ser “punto de convergencia” para convertirse en el punto de convergencia sin igual, en el único lugar desde el que es posible pensar y practicar la democracia, la igualdad y la justicia? ¿Se ha vuelto Butler tan temerosa, ella misma, que tiene que recurrir a prácticas totalitarias que solo dejan espacio para las diferencias ‘correctas’?

No creo que a estas alturas nadie dude de la interseccionalidad de la teoría feminista, de los caminos y espacios que ha abierto, así como de un trabajo crítico —sí, Judith, sabemos lo que es la crítica— y pionero que ha favorecido y promovido el surgimiento y la existencia de distintos discursos que, como ya he apuntado arriba comparten preocupaciones y anhelos, pero no son lo mismo. Y no ser lo mismo no significa que unos sean más legítimos que otros, sino sencillamente eso, que son diferentes. Diferentes porque las experiencias vividas lo son.

A estas alturas de mi vida feminista, y según deduzco del libro de Butler, tengo que asumir que abogar por la convivencia de dicha diversidad de discursos matizando que no son los mismos, me sitúa inmediatamente en el grupo de las ignorantes pertenecientes al “gender critical” que no han entendido que lo único que puede haber, que el único saber, la única conciencia, el único camino correcto es agrupar todo bajo la rúbrica del género. Solo aceptando completamente las premisas y la lógica del género puedo abrazar el mundo de la igualdad, la justicia y, lo que es más importante, lo correcto. De otro modo me amenaza la expulsión, el desgobierno moral y la caída en las llamas del infierno fascista.

Escribo estas líneas con ironía, aunque me parece lamentable hacerlo. Parece ser que ahora necesitamos etiquetas claras que nos posicionen en bandos. No hay más que escuchar el aire bélico y combativo que respiran no solo el texto de Butler, sino también algunos de los que cita. Por ejemplo, en TSQ: Transgender Studies Quartely, (vol. 9, August 2022), las autoras Bassi y Lafleur no tienen problema en afirmar que el 99% de las feministas críticas con el concepto de gender son “posfascistas”.

La cuestión es si Butler misma no estará cayendo en aquel “pathos [referido al sentimiento] de la exclusión” que, en un intercambio con la filósofa y feminista de la diferencia sexual, Rosi Braidotti, le imputaba al feminismo de la diferencia sexual. Es difícil comprender por qué trabajar la diferencia sexual la convierte a una automáticamente en “trans-exclusionary feminist” (TERFs), o en esencialista. No ser una activista declarada pro género significa, pues, estar en contra. No hay lugar para matices. Es como si centrarse en la teoría general de la relatividad de Einstein significara inmediatamente estar en contra de la mecánica cuántica.

Llama la atención que Butler no dedique ni una línea al hecho de que muchas personas trans se sometan a tratamientos hormonales desafiantes para el cuerpo y la mente, porque no les es suficiente con un reconocimiento jurídico de su cambio. Que acuse al feminismo comprometido con las mujeres (tanto si son trans como si no) de estar apoyándose en una biología que no lo es tal o que le impute ser defensor del binarismo. Me resulta curioso ya que, si ha habido un camino para reintroducir la biología dentro del discurso feminista, ese ha sido el del discurso trans que maneja los códigos del “ser femenino” o “ser masculino” con mucho ahínco.

Es agotador que a la teoría feminista se le pida cuentas de todo, que se le exija renunciar a sus propias aspiraciones. Es desmoralizante no poder salir de ese papel clásico patriarcal atribuido a las mujeres: atentas a todo y a todos y siempre dispuestas a retirarse, a sacrificarse en aras de los otros. De otro modo una es una mala mujer, y ahora, además, una mala feminista.

No, Judith, las feministas no tememos al género prepotente, ni somos fascistas, solo estamos algo cansadas de que se nos pida desaparecer de la escena —igual de si es fantasmagórica o real— y que nunca termine de llegar nuestro momento.



* Publicado en Anfibia, 26.07.24. 

La desconocida hermana de Shakespeare




“¡Qué bajo hemos caído!, caído por reglas injustas, 
necias por Educación más que por Naturaleza; 
privadas de todos los progresos de la mente; 
se espera que carezcamos de interés, a ello se nos destina…”
Lady Winchilsea


Virginia Woolf


Encuentro deplorable, continué, mirando otra vez los estantes, que nada se conozca de las mujeres antes del año 1700. Carezco de algún modelo como para analizarlo. Aquí me encuentro, frente al interrogante de por qué las mujeres no escribieron poesía en la época isabelina, y no estoy siquiera segura de cómo se las educaba; si les enseñaban a escribir; si tenían salas para ellas solas; cuántas mujeres tenían hijos antes de los veintiún años; qué —en síntesis— hacían de las ocho de la mañana a las ocho de la noche.

No hay dudas de que no tenían dinero; según el Profesor Trevelyan, debían casarse, les gustara o no, aun antes de dejar a sus niñeras, probablemente a los quince o dieciséis años. Solo con esta información es posible concluir que habría sido extremadamente raro que alguna de ellas de pronto escribiera las obras de Shakespeare.

Pensé en aquel anciano, que ahora está muerto pero que era obispo, creo, que declaró que era imposible que cualquier mujer, pasada, presente o futura, tuviera el genio de Shakespeare. Envió cartas a los diarios sobre este tema. También le dijo a una dama que consultó con él, que en realidad los gatos no van al Cielo, aunque tienen —agregó— algo parecido a un alma. ¡Cuánto tiempo de reflexiones nos ahorraban esos viejos caballeros! ¡Cómo retrocedían las fronteras de la ignorancia cuando ellos se acercaban! Los gatos no van al Cielo. Las mujeres no pueden escribir las obras de Shakespeare.

Hubiera sido imposible, completa y absolutamente, que cualquier mujer de la época de Shakespeare escribiera estas obras. Permítanme imaginar, ya que los datos son escasos, lo que habría pasado si Shakespeare hubiera tenido una hermana extraordinariamente talentosa, llamada Judith, digamos. Shakespeare muy posiblemente (su madre recibió una herencia) fue a la escuela secundaria, donde le deben haber enseñado latín —Ovidio, Virgilio y Horacio— y los elementos de la gramática y la lógica. Se sabe que era un joven rebelde que cazaba conejos en zonas prohibidas y habrá matado algún ciervo, y tuvo que casarse —antes de lo que le hubiera gustado— con una vecina que le dio un hijo antes de lo previsto.

Esta aventura lo llevó a Londres en busca de fortuna. Al parecer, le gustaba el teatro; comenzó cuidando caballos en la entrada de los artistas. Pronto consiguió trabajo en el teatro, se convirtió en un actor exitoso y pasó a vivir en el centro del universo, haciendo amistades y conociendo a todo el mundo, practicando su arte en las tablas, ejerciendo su ingenio en las calles, y tuvo acceso, incluso, al palacio de la reina.

Mientras tanto, su hermana extraordinariamente talentosa, supongamos, se quedó en casa. Era tan aventurera, tan imaginativa, tenía tantas ansias de conocer el mundo como él. Pero a ella no la enviaron a la escuela. No tuvo oportunidad de aprender gramática y lógica, ni hablar de leer a Horacio y Virgilio. Ella tomaba un libro de vez en cuando, quizás uno de su hermano, y leía algunas páginas. Pero luego sus padres llegaban y le pedían que arreglara unas medias o que se ocupara del guiso, y que no perdiera tiempo con libros y papeles. Seguramente le hablaban con firmeza pero amablemente, porque eran gente acomodada que sabía de las condiciones de vida de la mujer y amaban a su hija; de hecho, es muy probable que fuese la luz de los ojos de su padre.

Tal vez garabateaba a escondidas unas notas en el altillo, pero tenía cuidado de esconderlas y quemarlas. Pronto, sin embargo, cuando aún era adolescente, estuvo prometida para casarse con el hijo del comerciante de lana del vecindario. Ella clamó que el matrimonio era algo odioso, y por ello su padre la golpeó duramente. Después dejó de regañarla. En cambio, le suplicó que no lo hiriera, que no lo avergonzara con este asunto del casamiento. Le regalaría un collar o unas enaguas finas, dijo, con lágrimas en sus ojos. ¿Cómo podía ella desobedecerle? ¿Cómo podía ella romperle el corazón? Movida por la fuerza de su talento, consiguió hacerlo. Armó un paquetito con sus pertenencias, salió a escondidas una noche de verano, y tomó la ruta a Londres. Aún no había cumplido los diecisiete. Los pájaros que cantaban en los árboles no eran más musicales que ella. Tenía una imaginación frondosa, el mismo don que su hermano para captar la musicalidad de las palabras.

Como a él, a ella le gustaba el teatro. Se paró frente a la puerta de los artistas, dijo que quería actuar. Los hombres se rieron en su cara. El director, un hombre gordo y bocón, soltó una carcajada. Rugió algo sobre caniches bailando y mujeres actuando; ninguna mujer, dijo, podía ser actriz. Insinuó… ya se lo imaginan. No podría aprender el oficio. ¿Podía acaso cenar en una taberna o vagar por las calles en la noche? A pesar de todo, su genio se inclinaba por la ficción y ansiaba nutrirse abundantemente de las vidas de hombres y mujeres, y del estudio de sus costumbres. Finalmente —porque era muy joven, curiosamente parecida a Shakespeare, el poeta, con los mismos ojos grises y las cejas redondeadas— finalmente Nick Greene el actor y director se apiadó de ella; quedó embarazada del señor y fue entonces cuando —¿quién puede medir el ardor y la violencia del corazón de un poeta atrapado en el cuerpo de una mujer?— se suicidó en una noche de invierno, y ahora yace enterrada en alguna esquina donde paran los ómnibus frente a la taberna «Elephant and Castle».

Así iría la historia, más o menos, creo, si una mujer en la época de Shakespeare hubiera tenido su genio. Esto puede ser verdadero o puede ser falso, ¿quién sabe? Pero lo que hay de verdad en ello, me parece, revisando la historia de la hermana de Shakespeare tal como la fui armando, es que cualquier mujer que hubiera nacido con un gran talento en el siglo dieciséis sin dudas se habría vuelto loca, suicidado, o habría terminado sus días en una cabaña solitaria en las afueras del pueblo, medio bruja, medio hechicera, objeto de temor y de burlas.

Aquella mujer, entonces, que nació con un talento especial para la poesía en el año 1500, era una mujer infeliz, una mujer en lucha consigo misma. Todas las condiciones de su vida, todos sus instintos eran hostiles al estado mental que se requiere para liberar cualquier pensamiento.



* Fragmento del capítulo III de Un cuarto propio, 1928.

Por un feminismo para el 99%


Cinzia Arruzza, Tithi Bhattacharya y Nancy Fraser, autoras de Feminismo para el 99%


Es posible que las mujeres trabajadoras, las personas racializadas y los hombres blancos de los cinturones industriales no se perciban espontáneamente como grupos aliados. Pero, según Nancy Fraser, es posible construir una mayoría social si reconocen en el capitalismo a su enemigo principal.


Olimpia Malatesta


No todos los feminismos son equivalentes cuando se trata de luchar por la igualdad. De la misma forma en que las huelgas por el cambio climático organizadas por jóvenes de todo el mundo tienen un espíritu completamente diferente al del greenwashing empresarial, las huelgas anuales del Día Internacional de la Mujer han mostrado que el liberalismo característico de figuras como Hillary Clinton no es en absoluto el único tipo de política feminista posible.

Pocas intelectuales han sido tan claras al respecto como Nancy Fraser, una crítica aguda de los feminismos que solo apuntan a posicionar a más mujeres en los directorios de las empresas y en los parlamentos. En cambio, su libro Feminismo para el 99%, escrito junto con Cinzia Arruzza y Tithi Bhattacharya, argumenta a favor de un feminismo enfocado en las necesidades de la mayoría de la sociedad.

No se trata en ningún sentido de limitar el feminismo a una concepción estrecha del lugar de trabajo. El feminismo para el 99% se trata de cómo organizar a una mayoría social detrás de una agenda común, reuniendo los intereses materiales de la gente trabajadora con frentes de batalla tales como el antirracismo, la liberación LGTB y la lucha contra la violencia machista.

En esta entrevista, Fraser conversó con Olimpia Malatesta acerca de cómo el feminismo puede ayudarnos a ir más allá de las reivindicaciones tradicionales del movimiento obrero, cómo la política anticapitalista puede reunir una mayoría social y qué tanto puede hacer el compromiso con los partidos y con el Estado para que avance el feminismo para el 99%.

-Un mérito clave de Feminismo para el 99% es que remarca la importancia del “trabajo reproductivo”, aun hoy concentrado abrumadoramente en las mujeres. Esto es diferente de lo que sucede con muchos análisis anticapitalistas que solo consideran las luchas desplegadas en el marco del “trabajo productivo” (salarios, horas, etc.). Usted argumenta a favor de ampliar la lucha de clases a la esfera reproductiva, luchando por servicios como el sistema de salud, la educación y el transporte públicos y la vivienda social.

Pero esto plantea otro problema. Si el bienestar fue garantizado normalmente por el Estado, pero a su vez es el Estado el que actualmente atenta contra estos servicios, ¿cómo debería relacionarse el feminismo con el Estado en sí mismo? Los movimientos feministas, ¿deberían comprometerse en la construcción de partidos progresistas (o en la radicalización de los que ya existen, como lo hacen, por ejemplo, Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez, etc.)?

-Una cosa que debemos hacer las feministas, como deben hacerlo también todas las fuerzas progresistas, es defender los servicios públicos contra la austeridad que los Estados imponen en nombre del sector financiero. Debemos oponernos a la reducción y a la mercantilización de los servicios públicos. Pero esto no es suficiente.

El sistema financiero es una fuerza mundial que enfrenta a unos países con otros. Por lo tanto, no puede ser derrotado país por país. Muchas personas ni siquiera tienen un Estado que funcione realmente. Viven en Estados fallidos, en campos de refugiados o en cleptocracias. Pero también sucede que muchas personas que sí cuentan con un Estado están siendo arrastradas al precipicio por los inversores y por los bancos.

Por lo tanto, los enfoques que se basan exclusivamente en el Estado no bastan para dar una respuesta. Al contrario, lo que necesitamos es un contrapoder mundial. La lucha contra la austeridad solo puede triunfar si unimos todas las luchas que se desarrollan a nivel estatal con luchas más amplias que se despliegan a nivel transnacional y que apuntan a transformar el orden financiero mundial. Debemos construir alianzas transfronterizas que luchen por los derechos sociales no solo a nivel nacional, sino también a nivel global.

Pero quiero contestar también a la segunda parte de tu pregunta, acerca de cómo las feministas debemos relacionarnos con los partidos anticapitalistas y con las corrientes políticas de izquierda. Se trata en parte de una cuestión táctica, que tiene que decidirse caso por caso atendiendo a las particularidades locales. Pero estas decisiones deben estar orientadas por dos consideraciones generales.

En primer lugar, cualquier feminismo que apunte a liberar a todas las mujeres debe ser un feminismo anticapitalista. Los feminismos liberales y procapitalistas pueden, como mucho, empoderar a un estrato pequeño y privilegiado de mujeres profesionales que cumplen roles de dirección en las empresas, mientras dejan a la gran mayoría de las mujeres expuestas a abusos de todo tipo.

En segundo lugar, las feministas, por más numerosas y radicales que seamos, no podemos transformar la sociedad solas. La transformación estructural profunda que necesitamos solo puede ser alcanzada por medio de una alianza anticapitalista con bases amplias, que también debe incluir a los movimientos radicales y a los partidos políticos que hasta este momento no han priorizado las cuestiones de género. Tendremos que presionarlos para que lo hagan, a medida que nos unimos al ecologismo radical, al antirracismo, a los movimientos por los derechos de inmigrantes, a los sindicatos y otras organizaciones similares. Esa es la única vía hacia una transformación social a gran escala.

Es también la única vía hacia un feminismo realmente emancipador. Ciertamente, nuestras preocupaciones principales son el género y la sexualidad. Pero estos asuntos no existen en el vacío y no pueden ser abstraídos de la matriz social más amplia en la cual están inmersos, que se define también por grandes fracturas producidas por otras injusticias sociales. Por lo tanto, las feministas debemos ampliar nuestra agenda más allá de lo que generalmente se entiende como “la cuestión de la mujer”. Por eso insistimos justamente en que los movimientos obreros amplíen su agenda para incluir al trabajo reproductivo, tal como decías. Pero nosotras también necesitamos ampliar nuestra agenda para incluir todo el espectro de cuestiones que ciertamente afecta a las mujeres, pero que también afecta a todo el mundo.

-¿Existe ya alguna relación entre los movimientos feministas y los partidos en los Estados Unidos? ¿Cómo actúa el Partido Demócrata en relación con este punto?

-El feminismo de la segunda ola en los Estados Unidos surgió como un movimiento radical antisistema; como parte de la nueva izquierda que era, no tuvo vínculos directos con ningún partido político. Pero en las décadas que siguieron, mientras su radicalismo se extinguía, las corrientes dominantes del movimiento abrazaron el liberalismo y se transformaron en un grupo con intereses específicos dentro del Partido Demócrata. Esto fue problemático porque sucedió en el mismo momento en que este partido estaba transformándose en una fuerza que se alineaba detrás del neoliberalismo y la financiarización.

El resultado fue que el “feminismo oficial” quedó atado, entre los demócratas, a políticas que dañaron profundamente a las clases trabajadoras. Esto hizo que la supervivencia de todas las feministas norteamericanas, incluyendo a las de izquierda, sea algo bastante difícil. El problema se agravó por las particularidades de nuestro sistema electoral, que arroja efectivamente una organización política bipartidista, haciendo prácticamente imposible que un tercer partido (o un cuarto, o un quinto) gane fuerza. Esto hace que el Partido Demócrata sea la única alternativa. Sin otro lugar a donde ir, los movimientos radicales solo pueden ejercer algo de influencia política luchando en su interior para cambiar su orientación.

Esto es exactamente lo que sucede hoy. Los demócratas están divididos entre el ala Clinton/Obama (“neoliberales progresistas”, tal como los he denominado) y el ala Sanders/Warren/AOC (“socialistas democráticos” o populistas progresistas anti corporaciones). Estas dos fuerzas luchan a muerte por el control del partido. Desde mi punto de vista, no hay ninguna duda acerca de que las feministas deberíamos alinearnos a la izquierda en esta lucha, incluso mientras insistimos en que el partido debería poner las ideas feministas en el centro de su agenda.

-En su libro habla acerca de las “cadenas mundiales de cuidados” y de la “crisis de los cuidados”, que permite que mujeres ricas contraten a mujeres pobres (generalmente migrantes o racializadas) para que se hagan cargo de sus hogares, hijos y padres, mientras aquellas pueden concentrarse en sus carreras. Tal como argumenta, a estas mujeres mal remuneradas no les queda tiempo para atender a sus responsabilidades domésticas ni familiares y deben transferírselas a otras mujeres que son todavía más pobres que ellas atravesando fronteras nacionales, y así sucesivamente ¿Podrías explicar este concepto de “cadenas mundiales de cuidados”? Y si consideramos que los intereses de las mujeres que se encuentran en la cima de la cadena son radicalmente diferentes de los de las del fondo, ¿cómo pueden reunirse en una misma lucha feminista? ¿Hay un campo de batalla común?

-Es una pregunta muy buena. No está claro quién acuñó la frase exacta “cadenas mundiales de cuidados”, pero mucha gente le da crédito por ello a la socióloga norteamericana Arlie Hochschild. Ella escribió un artículo muy citado (“Amor y oro”), que sugiere que el amor es el nuevo oro, el nuevo “recurso natural” que el norte global extrae del sur global. De la misma manera en la que se extraían metales preciosos en el pasado, se extrae el cuidado en la actualidad, en tanto las mujeres privilegiadas del norte asumen trabajos demandantes, llegando a trabajar de sesenta a setenta horas por semana para alcanzar cargos directivos en las empresas o incluso volverse socias en prestigiosos estudios jurídicos.

Para hacer esto, necesitan descargar sus responsabilidades domésticas y de cuidados sobre otras personas. Los compañeros varones no ayudan y los servicios públicos son recortados. Entonces, ¿a quién recurrir? La respuesta: a las mujeres inmigrantes, a menudo racializadas, que vienen del otro lado del mundo, dejando a sus propias familias bajo el cuidado de otras personas, mujeres más pobres, que deben apoyarse a su vez sobre otras que son todavía más pobres que ellas. De aquí la imagen de una red de cadenas de cuidado mundiales, en analogía con las cadenas mundiales de mercancías. Pero, por supuesto, esto no es una solución. En lugar de solucionar los déficits de cuidado, esto simplemente desplaza el problema en la cadena hacia mujeres que son cada vez menos privilegiadas. Es como el juego de la silla: cuando la música se detiene, alguien se queda sin lugar para sentarse. En efecto, la liberación de las mujeres privilegiadas en las ciudades centrales está construida sobre la extracción de “oro” de la periferia.

¿Dónde queda –me preguntas– la idea de sororidad mundial? Yo creo que esta no es la mejor forma de pensar las políticas feministas. Prefiero decir que existen muchos feminismos diferentes que compiten entre sí, con concepciones diferentes acerca de la igualdad de género, de las causas del sexismo y de qué debe ser transformado y cómo esto debe hacerse. Estas concepciones difieren mucho en su orientación de clase y racial/étnica/nacional. Visto de esta forma, el feminismo no es una especie de sororidad mundial, sino que es un campo de batalla político-ideológico. Y eso es algo bueno porque tenemos que luchar realmente por estas cuestiones.

Preguntas si todas las mujeres comparten los mismos intereses. Ciertamente no, si asumimos que la gente define sus intereses en relación con las estructuras y las instituciones existentes. En ese caso, los intereses de las trabajadoras domésticas migrantes entran en conflicto directo con los de las mujeres privilegiadas que las contratan por largas horas, pagándoles salarios bajos y sin garantizarles derechos laborales. Por otro lado, no debemos considerar la forma en que se expresan los intereses en un momento determinado como si fuese una verdad sacrosanta. En los períodos de crisis, mucha gente se radicaliza y comienza a comprender sus intereses de forma diferente. Cuando las personas son atraídas por proyectos de transformación social, redefinen estos intereses bajo una nueva luz. Posiblemente, algunas mujeres de la clase profesional que ocupan roles ejecutivos, y que ahora se ven atraídas por las formas neoliberales del feminismo, se “convertirán” –por así decirlo– al feminismo del 99%. Pero esto solo sucederá si nuestro movimiento se vuelve lo suficientemente amplio, fuerte y convincente en su afán de ofrecer una vida mejor para todo el mundo.

¿Qué significa esto en relación con la crisis de los cuidados? Las feministas del 99% apuntamos a transformar completamente las relaciones entre “producción” y “reproducción”. Decimos que nadie debería verse obligado a trabajar sesenta o setenta horas a la semana para tener una vida respetable. Cada quien debería poder disponer de una semana de trabajo más corta y de mucho más tiempo para la vida familiar, la participación política y otros tipos de disfrute. Nadie debería verse encerrado en juegos de suma cero que nos fuerzan a quitar de una actividad fundamental de la vida lo que ponemos en otra. Todas y todos deberíamos tener acceso a una asistencia amplia y generosa para efectuar trabajos de cuidado (lo cual implica a Estados, amistades, vecinas y vecinos y asociaciones civiles). Los hombres deberían ser tan responsables y estar tan comprometidos con estas actividades como las mujeres. Solo este enfoque puede resolver verdaderamente la crisis actual del cuidado y hacer que la vida sea mejor para el conjunto.

-El manifiesto aboga por un feminismo capaz de involucrar a la gran mayoría de las mujeres sin dejar de apuntar a una transformación social radical. De esta manera, devela la hipocresía del feminismo corporativo progresista y neoliberal, con su ideología de “romper el techo de cristal” (lo cual deja a otras mujeres, que tienen menos posibilidades y menos capital humano, directamente “en el sótano”).

Pero, ¿a quiénes apunta su manifiesto? ¿A activistas feministas que ya están militando o a posibles activistas futuras? Aun si tu diagnóstico es correcto, esta idea individualista de “integrarse”, que borra cualquier otra consideración de clase y raza, es todavía muy poderosa para muchas mujeres, especialmente para aquellas que no están muy politizadas. Y a pesar de que la ideología neoliberal se está debilitando lentamente, todavía hay una antropología neoliberal que influye, no solo en lo alto del 1%, sino también entre mujeres de clase media e incluso entre mujeres pobres. ¿Debemos rechazar completamente este tipo de feminismo? ¿O hay otra forma de utilizarlo con fines sociales o progresistas?

-Es posible que tengas razón acerca de que el sentido común de muchas personas de las clases medias y altas sigue siendo liberal o neoliberal. Pero creo que este sentido común ha perdido mucha credibilidad en otros estratos. Ahora que la neoliberalización se dio contra la pared, la gente de las clases trabajadoras y pobres insiste en que la cosa no está funcionando, como también lo hace la parte más baja de las clases medias. Esto es lo que hace que la idea del feminismo para el 99% sea más que un sueño imposible: la realidad social ya nos ha situado a medio camino.

A medida que las personas pierden la fe en los partidos y en los políticos tradicionales, se encuentran con la necesidad de pensar las cosas por fuera de los marcos prestablecidos. Este es ciertamente el caso de quienes apoyan a Donald Trump, Jair Bolsonaro, Narendra Modi y Matteo Salvini. Pero también es el caso de quienes se ven atraídos por formaciones más ambiguas como el Movimiento Cinco Estrellas y por figuras populistas de izquierda como Sanders, Jean-Luc Mélenchon y Jeremy Corbyn.

En esta situación de incertidumbre, de fluidez y experimentación, es absolutamente crucial que las feministas de izquierda (como también las personas de izquierda en general) aprovechen la oportunidad y ofrezcan una alternativa, no solo al populismo de derecha, sino también al “neoliberalismo progresista”. Es un momento en el cual las opiniones de la gente cambian rápidamente, y necesitamos aportar nuestras mejores ideas a esta amalgama.

Me preguntas: ¿para quién escribimos el manifiesto? Bueno, para un rango amplio de lectores. Lo escribimos en parte para quienes ya están cerca de alguna forma de feminismo de izquierda, un grupo que incluye a grandes cantidades de mujeres jóvenes (y, por cierto, ¡también hombres jóvenes!) que se han radicalizado, que quieren militar. Muchas de ellas no saben todavía gran cosa acerca de lo que son el capitalismo, el feminismo o el socialismo. Se han politizado recientemente y están sedientas de una perspectiva que pueda guiarlas.

-Y no rechazan la palabra “socialismo”… al menos en Estados Unidos.

-Bueno, es verdad que Estados Unidos es diferente a Europa en este punto. Históricamente, Europa tuvo grandes partidos socialistas, muchos de los cuales están colapsando en este momento porque apoyaron la neoliberalización. Por el contrario, Estados Unidos no ha tenido ningún partido importante que se haya denominado a sí mismo “socialista” casi por un siglo. Por lo tanto, puede ser más fácil para nosotras reclamar esta palabra; aunque ustedes [en Europa] tal vez necesiten encontrar otras nuevas. Pero en ambos continentes (¡y también en otros!), muchas personas están gravitando hacia la izquierda, lo que incluye tanto a gente que ya era feminista como a gente se está volviendo feminista en este momento.

Todas estas personas se cuentan entre quienes leen el manifiesto en diferentes países. Algunas agrupaciones en partidos políticos y sindicatos lo están utilizando en grupos de lectura para educar a sus integrantes. El manifiesto también se lee en las universidades, tanto en los programas de estudios de género como en otros departamentos y programas. También hay lectoras y lectores que no han mostrado particular interés en el feminismo, pero que activan en la izquierda de otros movimientos, tales como el movimiento obrero, movimientos antirracistas o ecologistas.

Esto es importante porque el manifiesto puede servir como un modelo para otros movimientos. El activismo verde puede adaptar nuestra estrategia desarrollando un ecologismo para el 99%; las y los antirracistas pueden formular su antirracismo para el 99% (y así podría continuarse la lista). Finalmente, recuerda que nuestro manifiesto fue publicado simultáneamente en veinte idiomas, y muchas traducciones nuevas están en proceso. Esto muestra que hay un interés generalizado en este tipo de pensamiento, que apela a una variedad de lectoras y lectores que antes se encontraba diseminada pero que podría estar convergiendo en este momento.

-Muchas personas reducen todo a la “clase trabajadora blanca” argumentando que el feminismo y el antirracismo crearán inevitablemente conflictos inútiles al interior de la “clase” (como si la clase estuviese compuesta exclusivamente por hombres trabajadores blancos). ¿Cómo responderías a esto? Si muchos hombres blancos de clase trabajadora en el Rust Belt votaron a Trump, ¿cómo puede una fuerza política de izquierda convencerlos de que el feminismo y el antirracismo no son simplemente agendas de reconocimiento identitario que compiten entre sí, sino que apuntan sobre todo a la distribución de la riqueza? ¿Cómo puede la izquierda crear un bloque hegemónico capaz de aliar a la clase trabajadora de la manufactura, la minería y la construcción, con sectores que dependen de sus salarios pero que desempeñan sus actividades en trabajos de servicio, en el trabajo doméstico y en el sector público, grupo que incluye especialmente a mujeres, inmigrantes y personas de color?

-La izquierda debería tratar de convencer a todos estos grupos de personas, que generalmente no se conciben como aliados, de que deben hacer justamente eso: unirse. Debemos intentar mostrar a estos dos grupos que, más allá de lo diferentes que parezcan ser sus problemas en la superficie, están anclados en un único sistema social, que es el capitalismo financiarizado. Esto implica ofrecerles un mapa con el cual cada grupo pueda ubicarse en relación al otro, identificar a su enemigo común y encontrar la posibilidad de unir fuerzas contra este enemigo. Esta es mi idea general acerca de qué debería hacer la izquierda en este momento.

El manifiesto es un ejemplo de este tipo de estrategia. Por supuesto, no habla directamente a las capas del Rust Belt que votaron por Trump en los Estados Unidos, ni a quienes podrían ser sus análogos en otras partes del mundo. Habla a un amplio grupo de lectoras y lectores feministas y de izquierda que confían en nosotras. Y, como dije, bosqueja una suerte de mapa que puede ser adaptado en sectores entre los cuales son ellas y ellos quienes gozan de credibilidad.

Incidentalmente, he propuesto en otro lugar (en “Lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer”) que una estrategia populista de izquierda podría unir al menos a una parte de quienes votan a Trump en el Rust Belt con otras fracciones de la clase trabajadora estadounidense (mujeres, gente de color, inmigrantes) que en el pasado han apoyado a sus opositores neoliberales progresistas (Obama, los Clinton y ahora Joe Biden). Veo al feminismo para el 99% como una tendencia importante en esta potencial alianza contrahegemónica, que debe acoplarse a muchas otras tendencias distintas.

-¿Qué debería hacer un populismo de izquierda para ganarse a la clase trabajadora del Rust Belt? Después de todo, la mayoría probablemente no sea racista, ni homofóbica, ni misógina, ni nada de esto (aun si existe una parte que realmente lo es). Debe haber una forma de dirigirse a ellos nuevamente.

-Sí, exactamente. Es crucial que nos dirijamos a ellos. Si no lo hacemos, simplemente se los estamos cediendo a la derecha. Lo primero que hay que hacer es reconocer que tienen reivindicaciones legítimas. Esto también implica reconocer que tienen motivos para rechazar a los partidos neoliberales principales, que destruyeron la economía política que les había dado algo de dignidad y un motivo para pensar que sus hijas e hijos podían tener mejores vidas. Todas estas expectativas se han desvanecido completamente en la actualidad.

El problema es que muchas y muchos–al menos por ahora– están siendo arrastrados hacia perspectivas que les brindan una interpretación errada de a quién hay que culpar por todo esto. Debemos decir “tienes razón en tu enojo, pero estás apuntando al sospechoso equivocado: no son los colectivos inmigrantes, ni la gente de color, ni los mejicanos, musulmanes, africanos, o judíos. Los verdaderos culpables son el neoliberalismo y las finanzas mundiales”.

Esto también da una pauta de cómo podemos distinguir al populismo de izquierda del populismo de derecha. Ambos movilizan a las masas contra un estrato elitista que se supone que oprime al “pueblo” desde arriba. Pero los populistas de derecha simultáneamente se movilizan en contra de un estrato más bajo que frustra al “pueblo” desde abajo, ya sea que se trate de comunidades negras, latinas, de inmigrantes, musulmanas, árabes o judías.

De esta manera, el populismo de derecha posiciona al “pueblo” amenazado en el medio, atrapado entre sus enemigos “superiores” e “inferiores”; combina el resentimiento contra las élites ricas con el chivo expiatorio de las minorías desfavorecidas. Esa es la diferencia clave con el populismo de izquierda. Lejos de apelar a estos chivos expiatorios, [el populismo de izquierda] invoca una comprensión más amplia del “pueblo”, uniendo a los estratos medios y a los estratos más bajos (o al menos a eso apunta) en contra de una pequeña clase alta o élite. El movimiento Occupy entendió esto perfectamente cuando apuntó al 1% en nombre del 99%.

Esta es otra diferencia clave. El populismo de derecha tiende a caracterizar a las élites odiadas en términos identitarios, mientras el populismo de izquierda las define por su rol funcional o por su posición estructural en la sociedad. Por lo tanto, mientras los populistas de derecha se movilizan contra el “liberalismo secular”, contra los “banqueros judíos” o contra los “homosexuales”, sus contrapartes en la izquierda apuntan a “Wall Street”, las “Big Tech” o a las “finanzas mundiales”.

-En un artículo de otoño de 2017 argumentó que tanto el neoliberalismo progresista (la alianza entre el multiculturalismo, el feminismo, la comunidad LGTBQ y el ecologismo y lo que tú has llamado la “Goldman Sachsificación de la economía estadounidense”) como el neoliberalismo reaccionario (políticas neoliberales de distribución acopladas con políticas de reconocimiento reaccionarias) han ido perdiendo lentamente su hegemonía en los Estados Unidos luego de la crisis económica.

Esto ha producido una “brecha hegemónica” que ha sido colmada por el ascenso del populismo (sea progresista o reaccionario). Trump ganó en un primer momento esta lucha por la hegemonía gracias a sus promesas acerca de una política de distribución más fuerte.

Su punto es que a pesar de que durante su campaña de 2016 se presentó a sí mismo como un “populista reaccionario”, sus políticas reales lo han desenmascarado como un “neoliberal híper-reaccionario”. Esto significa que ha abandonado las políticas de distribución y solo ha implementado las políticas de reconocimiento reaccionarias. ¿Es esta intensificación de las políticas identitarias más reaccionarias (patriarcales, misóginas, homofóbicas, racistas), sin ninguna agenda redistributiva que la acompañe, suficiente para mantener un consenso duradero?

-Es fascinante ver cómo se desenvuelve este drama trumpiano: cada día nos sorprende con algo más impactante que el día anterior. Pero aun así, Trump no ha favorecido la creación de trabajos bien remunerados en el sector de las manufacturas ni ha instituido proyectos de obras públicas que apunten a reparar nuestra decadente infraestructura. En los Estados Unidos también tenemos puentes que colapsan y matan gente.

A pesar de que Trump hizo campaña prometiendo invertir en tales proyectos de obras públicas, no ha hecho nada en ese sentido. Prefiere el plano de la fantasía, argumentando falsamente que está construyendo un “muro hermoso” en la frontera mexicana. Su guerra de aranceles con China es igualmente fantasiosa y deshonesta. Ni toda la retórica nacional-populista del mundo puede ocultar el hecho de que el sector de la clase trabajadora más empobrecida que se cuenta entre sus bases no saca ningún beneficio de estas políticas incoherentes. Aunque Trump esté causando estragos en las cadenas mundiales de suministro, en una economía mundial integrada y organizada para beneficio de la clase capitalista esto no beneficia automáticamente a las clases trabajadoras.

Por lo tanto, sí, Trump está gobernando como un neoliberal híper-reaccionario ¿Cuánto tiempo puede seguir así? Nadie lo sabe. Es obvio que, hasta cierto punto, sus acciones como presidente han traicionado a aquellos votantes que se habían visto atraídos por las promesas populistas. Pero, ¿cuántos de ellos lo abandonarán en 2020? Eso depende de qué otra cosa haya para ofrecer.

Parte del electorado de Trump está formado por miembros de sindicatos que antes votaban al Partido Demócrata. Lejos de tener credenciales racistas, mucha de esta gente votó por Obama, tanto en 2008 como en 2012, cuando éste empalmó con la retórica de Occupy para hacer campaña en la izquierda. Es igualmente importante notar que algunos votaron por Sanders en las primarias de 2016. ¿Pueden los demócratas recuperar a aquellos votantes? Creo que su mejor jugada sería nominar a un izquierdista incorregible, como Bernie Sanders o Elizabeth Warren, quienes están haciendo campaña como populistas de izquierda. Pueden darle voz a las reivindicaciones genuinas de esta capa trabajadora, reemplazando los chivos expiatorios de Trump con un diagnóstico estructural válido acerca de qué es lo que está mal y qué es lo que debe ser cambiado. Por el contrario, un neoliberal progresista y centrista como Joe Biden llevará al electorado blanco de la clase trabajadora de nuevo hacia Trump.

-¿Por qué piensas que la categoría de “fascismo” es inadecuada para describir la situación actual?

-Creo que la situación actual está caracterizada por una apertura genuina y por una gran fluidez. Un interregno, si quieres, en el cual “lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer”. A medida que el sentido común tradicional se resquebraja, la gente empieza a desplazarse por todo el terreno. Un día votan por Mélenchon, al día siguiente por Marine Le Pen.

En este contexto es contraproducente invocar el espectro del fascismo. Puedo conceder que las políticas y la retórica de Trump son odiosas y excluyentes, y que han servido para incitar a la violencia racista. Pero decir que los fascistas están a la vuelta de la esquina, que tenemos que cerrar filas con los liberales en contra de ellos, es desde mi punto de vista un error. Todavía hay posibilidades abiertas, y es tiempo de ir detrás de ellas.

Si fracasamos, entonces tal vez sí vengan tiempos en los que los fascistas estarán en el centro de la escena. Cuando ese tiempo llegue, pelearé codo a codo con los liberales antifascistas. Pero no hemos llegado a ese punto. Por el contrario, son los liberales quienes nos han traído este dañino populismo de derecha. Fue su proyecto “neoliberal progresista” el que permitió el ascenso de Trump. Y si volvemos a darles poder, crearán las condiciones para populismos de derecha todavía más dañinos, para gente que puede ser aún peor que Trump.



* Publicado en Jacobin, 29.12.20.

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