Mostrando las entradas con la etiqueta Sionismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Sionismo. Mostrar todas las entradas

ONU: Israel comete genocidio al atacar deliberadamente a niños palestinos




Las autoridades y fuerzas de seguridad israelíes han cometido crímenes de guerra y de lesa humanidad contra niños palestinos, concluyó una comisión especializada de la ONU. Su informe documenta muertes, heridas, hambre, tortura y la destrucción de escuelas, hospitales y otras estructuras esenciales para la infancia, y aporta nuevos elementos a su conclusión previa de que se ha cometido un genocidio en Gaza.


Noticias ONU


La Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU [1] sobre el Territorio Palestino Ocupado presentó este martes un informe de casi 100 páginas sobre las violaciones y crímenes cometidos contra niños palestinos desde el 7 de octubre de 2023 hasta el 31 de marzo de 2026.

La investigación abarca Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este, y es el primer informe de un órgano investigador de la ONU dedicado específicamente a los crímenes y violaciones contra niños palestinos.

Según la Comisión, las autoridades y fuerzas de seguridad israelíes son responsables de crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, incluida la persecución, en Gaza. En Cisjordania, incluida Jerusalén Este, determinó que se han cometido crímenes de guerra.

La Comisión ya había concluido en una investigación anterior, centrada específicamente en Gaza, que se había cometido genocidio en ese territorio.

“Sobre la base de todas las pruebas reunidas, el informe formula conclusiones jurídicas y determina que las autoridades y las fuerzas de seguridad israelíes atacaron y mataron deliberadamente a niños palestinos y destruyeron su infancia", Srinivasan Muralidhar. "El informe publicado hoy aporta nuevos elementos que sustentan la conclusión de genocidio”, agregó.


Miles de niños muertos y heridos

Más de 20.000 niños palestinos murieron y más de 44.000 resultaron heridos entre octubre de 2023 y octubre de 2025, según los datos citados por la Comisión. Los menores representan cerca del 30% de todas las personas fallecidas en el territorio palestino ocupado.

La investigación sostiene que muchos de ellos murieron en ataques aéreos con explosivos de gran potencia y amplio radio de impacto. También documenta casos de niños alcanzados por disparos de drones, francotiradores y otras armas en la cabeza o la parte superior del cuerpo.

Los expertos afirmaron que las pruebas reunidas revelan un patrón de conducta destinado a destruir la continuidad biológica y el futuro de la población palestina en Gaza.

A su juicio, el ataque deliberado contra niños constituye uno de los elementos que demuestra la intención específica de destruir, total o parcialmente, al grupo palestino en ese territorio.

“La protección, el cuidado y la supervivencia de los niños palestinos y de las mujeres embarazadas están estrechamente vinculados al derecho fundamental del pueblo palestino a la autodeterminación”, dijo Muralidhar. “Al atacar a los niños, Israel está erosionando la estructura fundamental de la sociedad palestina”.

La Comisión indicó que su investigación se basó en entrevistas y grupos de discusión con víctimas y testigos, incluidos niños; informes médicos; análisis forenses; fotografías y videos; y material de fuentes abiertas sometido a procesos de verificación digital.


Una infancia sin escuela, hospitales ni alimentos

El informe también documenta la destrucción de instalaciones fundamentales para la supervivencia y el desarrollo de los niños, entre ellas escuelas, universidades, hospitales y orfanatos.

Según la Comisión, el 97% de las escuelas de Gaza han sido destruidas y el 95% de las universidades han resultado afectadas. De las 38 universidades del territorio, 22 habrían quedado completamente destruidas.

Los investigadores consideran que la destrucción de las instituciones educativas no solo priva a los niños de su derecho a la enseñanza, sino que socava las bases sociales e intelectuales de la sociedad palestina.

La Comisión sostuvo que Israel ataca a los niños para debilitar la vitalidad demográfica de la población palestina y negar su derecho a la autodeterminación.

El informe también denuncia la imposición de condiciones de vida que obstaculizan la supervivencia de los menores, incluida la privación de alimentos y atención médica.

Hasta el 1 de octubre de 2025, se habían registrado 151 muertes de niños por desnutrición, según los datos citados por la Comisión. Los expertos también documentaron más de mil casos de menores que sufrieron amputaciones entre octubre y diciembre de 2023.

Chris Sidoti, miembro de la Comisión, relató el caso de una niña de 12 años con enfermedad celíaca que murió de desnutrición aguda. Según explicó, durante el asedio no pudo acceder a los alimentos sin gluten que necesitaba ni recibir el tratamiento adecuado. La solicitud para evacuarla de Gaza con fines médicos fue aprobada dos semanas después de su muerte.

“No murió de enfermedad celíaca”, subrayó. “Murió de hambre”.


Violaciones que continúan

La Comisión afirmó que las violaciones contra niños palestinos continuaron después del alto el fuego anunciado en octubre de 2025.

Entre los hechos documentados figuran tortura, tratos inhumanos y degradantes, violencia sexual y de género, así como ataques contra instalaciones sanitarias y educativas.

Los expertos también se refirieron a la situación en Cisjordania. En uno de los casos investigados, un adolescente de 14 años herido de bala murió después de permanecer unos 45 minutos sin recibir asistencia médica.

La Comisión sostuvo que soldados israelíes impidieron que la madre del menor y una ambulancia se acercaran a ayudarlo, e identificó a la unidad militar que, según dijo, operaba en la zona en el momento de los hechos.

Sidoti afirmó que el niño murió desangrado mientras los soldados no le prestaban ayuda e impedían que otros lo hicieran. “Sabemos quiénes son”, dijo al referirse a la unidad señalada por la investigación.


Llamado a la rendición de cuentas

La Comisión pidió a los Estados adoptar medidas para garantizar la rendición de cuentas por las violaciones cometidas contra niños palestinos.

Entre sus recomendaciones, solicitó investigar a individuos y organizaciones sospechosos de participar en actos de violencia ilegal mediante tribunales nacionales o el principio de jurisdicción universal.

También instó a los Estados a cumplir las órdenes de arresto emitidas por la Corte Penal Internacional, emplear todos los medios razonablemente disponibles para prevenir genocidio, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, y suspender las transferencias de armas, equipos o materiales que puedan utilizarse para violar el derecho internacional.

Los expertos indicaron que la Comisión ha compartido información con la Corte Penal Internacional, la Corte Internacional de Justicia y algunos Estados, y que seguirá colaborando con las autoridades judiciales que investiguen posibles responsabilidades.

Al cerrar la presentación, Sidoti pidió que las decenas de miles de niños afectados no queden reducidos a estadísticas.

“Hay que ver a estos niños como individuos, con identidades, con vidas que estaban viviendo y con futuros que ahora han quedado truncados”, afirmó.


NOTA:

[1] La Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas sobre el Territorio Palestino Ocupado, incluida Jerusalén Oriental, e Israel fue establecida por el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas el 27 de mayo de 2021 para «investigar, en el Territorio Palestino Ocupado, incluida Jerusalén Oriental, y en Israel, todas las presuntas violaciones del derecho internacional humanitario y todas las presuntas violaciones y abusos del derecho internacional de los derechos humanos ocurridos hasta el 13 de abril de 2021 y desde entonces». La resolución A/HRC/RES/S-30/1 solicitó además a la comisión de investigación que «investigara todas las causas subyacentes de las tensiones recurrentes, la inestabilidad y la prolongación del conflicto, incluidas la discriminación y la represión sistemáticas basadas en la identidad nacional, étnica, racial o religiosa».





* Publicado en Noticias ONU, 23.06.26.

Racismo israelí y el peligro de "parecer árabe"


Los judíos israelíes tiroteados por un judío estadounidense en Miami.


Los mizrajíes, judíos árabes, pueden seguir negando su identidad, pero no pueden mudar su piel. Las balas del tirador de Miami les recuerdan que, después de todo, también son árabes.


Orly Noi


Parece la trama de una comedia negra particularmente absurda: un judío estadounidense sale a cazar palestinos en las calles de Miami, identifica por error a un padre y a un hijo (ambos judíos israelíes) como palestinos y de inmediato les dispara; los dos sobreviven milagrosamente y escapan. En el hospital, el hijo publica un mensaje en el que dice que él y su padre “sobrevivieron a un intento de asesinato motivado por el antisemitismo”, y firma el mensaje con el popular lema israelí: “Muerte a los árabes”. Sólo después de enterarse de que el atacante era un judío que buscaba matar árabes, borra sus comentarios y aparece en la televisión israelí para decir:
“No importa quiénes seamos, judíos, rusos, árabes… ningún ser humano tiene derecho a quitarle la vida a otro”.
No es la primera vez que judíos israelíes son atacados tras ser confundidos con árabes. Durante los tensos días de octubre de 2015, ocurrieron varios incidentes similares en Israel: los soldados dispararon y mataron a Simcha Hodadov, un inmigrante de Daguestán de 28 años que se había mudado a Israel por razones sionistas, estudió en una yeshivá, sirvió en la unidad Netzah Yehuda del ejército israelí y más tarde trabajó como guardia de seguridad. Pero los soldados sospecharon que era árabe, por lo que abrieron fuego.

Ese mismo mes, Uri Rezkan fue apuñalado en su lugar de trabajo, en un supermercado de la ciudad de Kiryat Ata, por otro judío israelí, y en Jerusalén, un hombre haredí [judío ultraortodoxo] atacó a un peatón judío con una barra de hierro, dejándolo gravemente herido. En ambos incidentes, el agresor atacó deliberadamente a las víctimas porque las confundían con árabes.

Esta es una regla israelí bien conocida: cuanto más tensa y violenta sea la situación, más peligroso es “parecer árabe”. Pero lo cierto es que, dentro de los territorios controlados por Israel, nunca es realmente un buen momento para hacerlo.

Esta idea fue destilada por el escritor palestino Sayed Kashua en uno de los episodios más divertidos y tristes de su aclamada comedia “Arab Labor”. El protagonista, Amjad Alian, decide participar en el reality show “Big Brother” para demostrar a los judíos israelíes que los árabes no dan miedo. Los otros concursantes, que saben que hay un árabe entre ellos pero desconocen su identidad, sospechan erróneamente que el mizrají es árabe y, en consecuencia, su trato hacia él cambia.

Los no judíos también han sido atacados tras ser confundidos con árabes, como el migrante eritreo Habtom Zerhom, que fue linchado por una turba de civiles y policías en la estación central de autobuses de Beer Sheva tras ser confundido con un “terrorista”. Pero entre los judíos israelíes, en una realidad en la que tener una “apariencia árabe” sirve como el principal detonante de la violencia, los mizrajíes son casi categóricamente los que corren el mayor riesgo.

Un judío mizrají puede cambiar su apellido, distanciarse de cualquier elemento árabe en su identidad y herencia y abrazar plenamente la cultura occidental, pero no puede desprenderse de su piel. En los espacios públicos –ya sea en Israel o en otros lugares, como demuestra el incidente de Miami– todavía se lo puede identificar fácilmente y, en consecuencia, tratar como “árabe”.


El tipo "equivocado" de judío y árabe

Pero la apariencia exterior es sólo una parte de la historia árabe-mizrají, y ni siquiera es la principal. En los primeros años de Israel, la clase dirigente asquenazí [judíos asentados en Europa Central y Oriental] albergaba un ardiente resentimiento y desprecio contra los mizrajíes por su identidad árabe, mucho antes de que los conocieran en persona y vieran el color de su piel o de sus ojos. “Esta es una raza distinta a cualquier otra que hayamos visto antes”, escribió el periodista israelí Aryeh Gelblum en Haaretz en abril de 1949:
“El primitivismo de esta gente es insuperable… por encima de todo hay un hecho igualmente grave, y es su total incapacidad para adaptarse a la vida en este país, y principalmente su pereza crónica y su odio por cualquier tipo de trabajo”.
En 1951, la Agencia Judía y el gobierno israelí habían adoptado una política de inmigración selectiva para los judíos de Marruecos y Túnez, en contraste con la inmigración sin restricciones concedida a los judíos de los países occidentales. En 1952 Abba Eban, entonces embajador de Israel ante los Estados Unidos y la ONU, escribió: 
“Una de las mayores preocupaciones que pesan sobre nosotros al evaluar nuestro estado cultural es que la afluencia de inmigrantes de los países orientales rebajará el nivel cultural de Israel al de sus países vecinos”
Unos años más tarde, el levantamiento de los mizrajíes en el barrio Wadi Salib de Haifa desataría todos estos temores reprimidos. “No sé a quién traen de Persia ahora, pero estamos condenados a aceptarlos. Veremos qué tipo de jungla estamos creando para nosotros mismos”, se quejó el primer ministro Levi Eshkol.

El entonces ministro de Educación, Zalman Aran, llegó al extremo de acusar a “los judíos de las comunidades orientales” de “simpatía pasiva por la violencia”. Décadas después, el asesor cercano de Benjamin Netanyahu, Nathan Eshel, se haría eco de estos sentimientos, afirmando que los mizrajíes “responden bien a la violencia”.

Esta breve descripción —apenas la punta del iceberg en un océano de racismo— pretende recordarnos lo que muchos mizrajíes en Israel insisten en negar: el núcleo árabe incrustado en su identidad mizrají y el precio que ello exige.

Durante el último año y medio, en medio del clima tóxico de odio y venganza que reina en la guerra, las declaraciones sobre la “barbarie árabe” se han generalizado en Israel, lamentablemente, incluso por parte de hombres y mujeres mizrajíes que en su día fueron aliados en la lucha por la igualdad. Quienes durante años analizaron críticamente las raíces de la opresión mizrají en Israel de repente han adoptado la terminología más racista y antiárabe para hablar de los palestinos.

El tiroteo de Miami podría servirles de recordatorio: cuando el tirador salió de su casa con la intención de matar palestinos, no estaba pensando en los palestinos en un sentido político. Incluso si sus víctimas hubieran sido palestinas, no tenía forma de saber si eran palestinos sionistas, como Yoseph Haddad. Su objetivo era la propia arabidad.





* Publicado en +972 Magazine, 19.02.25. Orly Noy es editora de Local Call, activista política y traductora de poesía y prosa en farsi. Es presidenta de la junta ejecutiva de B'Tselem y activista del partido político Balad.

Israel quiere que olvides el asesinato de Hind Rajab




El Estado israelí ha aplicado su estrategia habitual después de esta atrocidad: negar, desviar, engañar y esperar a que la atención se desplace a otra parte.


Owen Jones


Si alguna vez tienes dudas sobre la naturaleza de la ofensiva israelí contra Gaza, recuerda a esta niña. Hind Rajab era una palestina de cinco años con una sonrisa adorable. La mañana del 29 de enero [de 2024], se subió a un Kia Picanto junto con su tía, su tío y varios primos. Intentaban huir del barrio Tel al-Hawa de la ciudad de Gaza. 

El ejército israelí disparó contra el coche, matando a todos los que estaban dentro, excepto a Hind y a su prima de 15 años, Layan. Una aterrorizada Layan respondió a una llamada de la Sociedad de la Media Luna Roja Palestina (PRCS), informándoles de que un tanque estaba disparando contra el coche: en la grabación, se oyen sus gritos torturados mientras la matan a tiros. Cuando la PRCS volvió a llamar, Hind respondió, ahora la única superviviente, rodeada de los cadáveres ensangrentados de sus seis familiares. También se refirió a un tanque y rogó que la rescataran. En un momento dado, le dijo al operador que estaba oscureciendo y que tenía miedo.

Tras horas de espera para obtener el permiso, el Ministerio de Salud negoció con las autoridades israelíes el acceso seguro de una ambulancia. Los paramédicos llegaron alrededor de las 6 de la tarde y fueron fusilados al llegar. Dos semanas después, se recuperaron sus restos, junto con los cuerpos descompuestos de Hind y su familia.

Después de cada atrocidad que perpetra, el Estado israelí tiene un modus operandi estándar: negar, desviar la atención, engañar y esperar a que la atención se desvíe a otro lugar. La mayoría de los medios de comunicación han colaborado con esta estrategia, que ha permitido a Israel continuar su embestida genocida, porque impide a los observadores unir los puntos para comprender de qué se trata realmente. Por esta razón, cada crimen debe ser revisado hasta que se comprenda adecuadamente. En este caso, Israel afirmó que no tenía tropas en la zona.

Casi cinco meses después de los asesinatos, Forensic Architecture, un aclamado grupo de investigación multidisciplinario con sede en Goldsmiths, Universidad de Londres, publicó una investigación detallada en colaboración con Al Jazeera. Mapearon 335 agujeros de bala en el exterior del coche. El análisis de la llamada telefónica de Layan reveló que se habían disparado 64 tiros en apenas seis segundos, lo que solo se corresponde con el armamento israelí, y que el tanque se encontraba a una distancia estimada de entre 13 y 23 metros del coche. “A tal proximidad”, escriben, “no es plausible que el tirador no pudiera haber visto que el coche estaba ocupado por civiles, incluidos niños”.

Si se escuchan los testimonios de esos niños muertos y se lee la investigación detallada, no se puede dejar de concluir que esos asesinatos fueron deliberados. Era pleno día, un tanque israelí estaba cerca del coche, se dispararon al menos 335 balas durante un largo período de tiempo y luego la ambulancia, cuyo paso se había coordinado con las autoridades israelíes, fue destrozada. 

Si esta atrocidad hubiera sido cometida por militantes de Hamás el 7 de octubre, se habría destacado repetida y específicamente como prueba de la absoluta barbarie del enemigo. Eso no ha sucedido aquí.

El modus operandi de Israel se puede ver en acción una y otra vez. Cuando la periodista palestino-estadounidense de Al Jazeera Shireen Abu Akleh fue asesinada en mayo de 2022, Israel negó la responsabilidad, apuntó con el dedo a militantes palestinos y esperó meses hasta que la atención se desviara a otra parte antes de reconocer su probable responsabilidad. Cuando Israel asaltó lo que había sido la principal instalación médica de Gaza, el hospital al-Shifa, en noviembre pasado, más de un mes después, el Washington Post desacreditó sus afirmaciones clave, sugiriendo una falta de evidencia de que el hospital se usara como un "centro de comando y control" o que se pudiera acceder a los túneles desde las salas del hospital. Casi seis semanas después de que más de 100 palestinos fueran masacrados mientras esperaban ayuda en la llamada Masacre de la Harina en febrero, CNN desacreditó las negaciones israelíes de responsabilidad. Podríamos seguir.

Estas refutaciones detalladas de las afirmaciones israelíes revelan un patrón de atrocidades seguidas de encubrimiento, pero aún así los medios de comunicación tratan las afirmaciones israelíes iniciales como creíbles, mientras que con razón despreciarían afirmaciones similares del Estado ruso.

Mientras el número oficial de muertos en Gaza supera los 40.000 –incluidos unos 14.000 niños–, el periódico israelí Haaretz señala que esto representa una proporción mayor de la población de antes de la guerra asesinada en diez meses que la que murió en la guerra de Irak durante veinte años, o en las guerras yugoslavas durante diez años; y es cuatro veces la proporción de personas asesinadas en Ucrania durante dos años y medio. 

Además, es probable que se trate de una subestimación drástica: las miles de personas enterradas bajo los escombros están excluidas de las cifras oficiales, al igual que las muertes indirectas (que, según los precedentes, probablemente acaben siendo las mayores causas de muerte), mientras que el sistema de información prácticamente ha colapsado gracias a un aparato sanitario destruido. Otras estimaciones de expertos médicos oscilan entre 92.000 y 186.000.

Si un Estado no aliado de Occidente fuera culpable de esto, no sólo habría consenso en que representa uno de los crímenes más graves de nuestra era, sino que se consideraría moralmente indecente no pensar así. Quienes responden desviando la atención hacia las innegables atrocidades cometidas el 7 de octubre [de 2024 por Hamás] no sólo revelan su total desprecio por la vida palestina, sino también su falta de comprensión de la dinámica normal de los genocidios, que invariablemente se justifican por las atrocidades cometidas por un enemigo. Muchos saben que el genocidio de Ruanda de 1994 implicó que extremistas hutus masacraran a los tutsis: ¿cuántos saben que los perpetradores justificaron esa matanza debido a una guerra civil iniciada por rebeldes tutsis que invadieron Uganda cuatro años antes y cometieron múltiples crímenes de guerra?

Si la conducta de Israel en su guerra contra Gaza se entendiera como lo que es –una abominación perpetrada por un régimen asesino– las figuras poderosas temerían las consecuencias. Quienes la aplaudieron temerían ser tildados permanentemente de monstruos. Quienes permanecieron en silencio, dejando a un lado las obviedades y los lamentos, temerían rendir cuentas. Hasta que eso ocurra, los horrores no terminarán. 

Así que, si alguna vez tienen dudas sobre lo que esto es realmente, recuerden los últimos momentos de terror de Hind Rajab, una niña de cinco años con una sonrisa adorable.


El auto de la familia Rajab recibió 335 balas israelíes.



* Publicado en The Guardian, 18.08.24.

No olvidemos Gaza




Nuevos datos espantosos subrayan la magnitud de esta abominación: Israel exterminó a más de 2.700 familias palestinas en Gaza. La víctima más joven fue un bebé de un día. La víctima de mayor edad fue un hombre de 101 años.


Owen Jones


Imaginemos que una familia extensa fue asesinada violentamente en Gran Bretaña, con una población de aproximadamente 69 millones de habitantes: abuelos, abuelas, padres, madres, tíos, tías, adolescentes, niños pequeños y recién nacidos.

Si esa familia extensa fuera asesinada en Gran Bretaña, se consideraría uno de los grandes crímenes de la posguerra. Aparecería en todas las portadas, encabezaría todos los noticieros. Los políticos pronunciarían discursos conmocionados. Las redes sociales estarían llenas de ciudadanos comunes compartiendo su furia y horror. Pasaría a la historia como un crimen recordado con conmoción durante generaciones.

Gaza tenía una población antes del genocidio de alrededor de 2,2 millones.

Según un nuevo estudio, Israel exterminó a más de 2.700 familias palestinas en Gaza. La víctima más joven fue un bebé de un día. La víctima de mayor edad fue un hombre de 101 años.

Cada familia: sus propios recuerdos, sus propias historias, sus propias tradiciones, sus propios secretos, sus altibajos, sus celebraciones, sus tragedias.

Todo se ha ido, borrado de la faz de la tierra. Todos esos preciosos momentos compartidos —la primera palabra de un hijo, las celebraciones familiares, los días en la playa— se han esfumado, mientras las familias son borradas del registro civil de Gaza, sin nadie que recuerde sus recuerdos compartidos, como si nunca hubieran existido.

Si, en cualquier otro lugar, especialmente en un territorio con poco más de dos millones de habitantes, 2700 familias extensas hubieran sido exterminadas violentamente en el lapso de dos años, no habría debate, discusión ni controversia sobre si eso constituyó genocidio. Se consideraría indignante incluso negarlo.

Además de la aniquilación de cada miembro de 2700 familias, hay otras 6000 familias con un solo superviviente. Imaginen ser ese único superviviente, el único que queda de su linaje. Quizás algunos sean jóvenes, capaces de formar otras familias y mantener vivo su linaje. Otros serán mayores, sabiendo que cuando se vayan, no quedará nadie. Los últimos de su clan, que caminan por la tierra sabiendo que cuando mueran —quizás cuando sean bombardeados, disparados, mueran de hambre o mueran de una enfermedad tratable— su linaje también será borrado del registro civil de Gaza.

El genocidio israelí no ha cesado. Según las cifras, al menos 477 palestinos han muerto desde que comenzó el llamado "alto el fuego" en octubre, y otros 1300 han resultado heridos. Imaginemos que Hamás hubiera asesinado a un solo civil israelí en ese periodo. Ese civil encabezaría nuestros boletines informativos y aparecería en portadas, con duras condenas de políticos y expertos; se presentaría como prueba de la maldad singular de Hamás. Se declararía el fin del alto el fuego e Israel lo usaría como excusa para intensificar la violencia, aunque, como vemos, no necesitan pretextos.

El miércoles pasado, por ejemplo, el ejército israelí mató al menos a 11 palestinos en Gaza, incluidos dos niños de 13 años, tres periodistas y una mujer.

Uno de esos jóvenes de 13 años murió junto con su padre y otro joven de 22 años. El otro joven de 13 años, llamado Mo'tasem Al-Sharafi, murió mientras recogía leña. Hay imágenes de su padre llorando junto a su cuerpo.

Imaginen, de nuevo, que un civil israelí de 13 años hubiera sido asesinado por un militante palestino. Imaginen la indignación, el clamor, la cobertura, las denuncias. Pero imagino que para la mayoría de ustedes, esta es la primera vez que oyen hablar de este niño palestino, y casi con toda seguridad será la última.

Según UNICEF, Israel ha atacado Gaza durante 92 de los 108 días del alto el fuego que entró en vigor el 10 de octubre. De los cientos de muertos, más de cien son niños palestinos. Esto triplica el número total de niños israelíes asesinados el 7 de octubre. Y, sin embargo, la decapitación ficticia, inexistente e inventada de bebés israelíes provocó más indignación que la de un solo niño palestino, o incluso las decenas de miles de niños palestinos.

Mientras continúa la matanza, es evidente que la ambición de Estados Unidos e Israel sigue siendo que no queden palestinos en Gaza, y la de Donald Trump es construir un centro vacacional para oligarcas que se bronceen sobre los esqueletos de niños palestinos.

Quienes vivimos en los países que han facilitado esta abominación histórica tenemos la responsabilidad de alzar la voz.



* Publicado en Owen Jones Battlelines, 29.01.26.

Adivina buen adivinador




Cual trágica versión del mito del eterno retorno, una columna de 2009 continúa sirviendo para graficar los crímenes y horrores del Estado Judío de Israel contra la población palestina.


§§§


Am

Por estos días un conocido —algo excéntrico por decirlo de un modo suave— anda por ahí proponiéndole a quien lo quiera escuchar una especie de jueguito. Bastante macabro por lo demás. Te propone adivinar los protagonistas de un genocidio… “por goteo”, agrega con una especie de picardía bastante tétrica. El objetivo es identificar a qué victimario y víctima se refiere. Te mira desafiante, como para que no quede duda de que si te niegas eres un cretino  un cobardeo, y te cuenta el siguiente relato:
“Un Estado X invadió y ocupó el territorio de una Nación Z. Como parte de su estrategia de ocupación, el Estado X termina por encerrar en un gueto a la población étnicamente diferente de la Nación Z. En esta especie de cárcel gigante, lleva a cabo una política de hostigamiento y discriminación contra ellos. Confisca propiedades, destruye otras, corta arbitrariamente el abastecimiento de los servicios básicos, prohíbe la libre circulación, etc. Además, emprende una campaña de feroz represión que incluye asesinatos, secuestros, tortura, encarcelamiento y todo tipo de atropellos a la dignidad y los derechos de hombres no combatientes, ancianos, mujeres y niños”
Una vez que termina su narración, te mira sonriendo socarronamente a los ojos y te pregunta con un gozo que se nota hace lo posible porque sea manifiesto: “¿Y?... Ya poh... ¿Quiénes son los protagonistas?”. Y mientras te pregunta, sube y baja las cejas rápida y repetidamente.

Cualquier persona que haya visto algún noticiero de televisión o leído un diario en los últimos días, se extrañará de tanta alharaca y misterio para un asunto tan evidente[1]. Responderá con toda seguridad que el Estado X es Israel y la Nación Z es Palestina. Yo lo hice... Después supe que el 100% de quienes sometió a su singular encuesta habían respondido lo mismo.

Sin embargo, apenas terminé de pronunciar la última sílaba de mi contestación, el singular narrador lanzó una gran y sonora carcajada... Después supe que en el 100% de los casos había hecho lo mismo. Me miró sonriendo aún más socarronamente a los ojos que antes y me dijo con un gozo todavía más notorio que el de hace unos pocos segundos atrás: “No poh. Te equivocaste. El Estado X es la Alemania nazi y la Nación Z son los judíos del gueto de Varsovia”... Y volvió a subir y bajar las cejas rápida y repetidamente. Gesto que sin lugar a dudas significaba “¡Ahí quedaste!”.

Esbocé un rictus indefinible. De esos que en realidad no dicen nada o tal vez puedan servir para aceptar lo más implícitamente posible que uno salió pillado o quedó como leso... Acto seguido, por única reacción atiné a decir algo poco inteligente y que, por ende, mal podía hacerme salir del paso: “Aaaaah sip, de verah... los nazis y los judíos en Varsovia...”. 

Con una tonta sensación de haber sido derrotado en el juego —en uno bastante trascendente si hablamos de derrota— me alejé del extraño encuestador. Me despedí sólo con una levantada de cejas y un ligero cabeceo.

Mientras caminaba le fui dando vueltas al jueguito. Y después de un rato no lo encontré tan jueguito, o sea, para nada una cuestión vana y superficial. De hecho, para empezar me di cuenta que se lo podría estar jugando desde hace muchos años. 

Salvo por detalles que delatan que estamos en los últimos días del año 2008, las imágenes televisivas y las fotografías de Gaza podían tener varias décadas. Es más, podían ser de cualquier lugar de Palestina en donde se resiste. Porque, siempre es necesario recordar, no estamos ante una "guerra" como otras. Es una ocupación y una resistencia (aceptada, de hecho, como un derecho por los países miembros de la ONU). Que a veces no se compartan los métodos de los combatientes que luchan contra el conquistador, no cambia el fondo del asunto: es una ocupación y una reacción a ella que se llama resistencia.

La tonta sensación de haber sido derrotado por un tonto jueguito, se tornó en una sensación de derrota profunda. De una insondable derrota de mi persona en sí. Pero que en realidad era como una parte de una amarga derrota de la humanidad toda. Una derrota, finalmente, de lo humano. Fue cuando recordé las palabras de Gilad Atzmon, músico y escritor israelí:
“Israel funciona como un megalómano y violento gueto judío, motivado por un fanatismo homicida que utiliza como herramientas la letal tecnología yanqui”
No me deja de enternecer las décadas de sufrimiento del pueblo palestino. No dejo de admirar la valentía del pueblo palestino. Menos cuando su sufrimiento y su valentía ha sido una especie de compañía desde que tengo conciencia y recuerdos.

Algo muy parecido me ocurre con los horrores nazis y en particular con el sufrimiento del gueto de Varsovia. A pesar de que no los viví contemporáneamente, tampoco me ha dejado nunca de enternecer la valentía de esos judíos y tampoco he dejado nunca de admirarlos.



NOTA:

(1) Originalmente esta columna fue escrita a raíz del ataque del Estado Judío de Israel contra la franja de Gaza (operación "Plomo Fundido") entre diciembre de 2008 y enero de 2009. El balance de los 25 días de ataque fue de "1.300 palestinos muertos, de los que un tercio son niños; 13 soldados israelíes muertos, cinco de ellos por fuego amigo; y 4 civiles de Israel muertos por los 778 cohetes lanzados por Hamás" (El Mundo, 21.01.09).



* Publicado en PiensaChile, 20.01.09.

Sí, el sionismo ha llegado a ser parte del judaísmo "oficial"




Dado que la comunidad judía estadounidense [lo mismo que cualquier comunidad judía sionista de cualquier país] no ha demostrado la mínima capacidad moral para denunciar el genocidio, no puedo tomar en serio la preocupación por el supuesto antisemitismo pro palestino, ya que parece ser simplemente una estrategia para ayudar e instigar los crímenes de Israel.


Joseph Levine


Existe un cliché estándar que se ha repetido durante años, incluso décadas, pero que se ha acentuado mucho desde el ataque del 7 de octubre de 2023 por parte de Hamás y el consiguiente ataque genocida contra el pueblo de Gaza, junto con la intensificación de la limpieza étnica y la expansión territorial en Cisjordania, Líbano y ahora Siria. Este cliché comienza con una protesta o comentario que acusa a Israel de diversos crímenes contra los palestinos, quizás incluso un ataque directo a la ideología sionista. La respuesta consiste en tachar la protesta, el comentario o el recurso de "antisemita"

La respuesta pro-palestina a esto consiste en cuestionar la asimilación del judaísmo y el sionismo, insistiendo en la importante diferencia entre los ataques verbales racistas contra los judíos y las críticas políticas legítimas a Israel. Es más, según la respuesta pro-palestina, el antisemitismo es un problema real en el mundo, y explotar su amenaza para exonerar a Israel solo sirve para socavar la importante lucha contra él.

Por supuesto, todo lo afirmado en esa respuesta pro-Palestina a la acusación de antisemitismo es correcto. En particular, el antisemitismo es obviamente moralmente incorrecto, una forma de racismo, y su auge general durante este período de populismo de derecha es preocupante, similar a la forma en que lo es la animadversión hacia los inmigrantes, los musulmanes, las personas de color, las personas queer y otros blancos predilectos del odio [1]. 

Sin embargo, independientemente de cuán moral y factualmente correcto sea (aunque matizaré esto un poco más adelante), defenderse constantemente de la acusación de antisemitismo es estar constantemente a la defensiva. Sitúa a la comunidad judía estadounidense [y a cualquier comunidad judía sionista de cualquier país][2] únicamente en el papel de víctima y centra sus preocupaciones y temores, marginando así las preocupaciones y temores exponencialmente mayores de los palestinos y los árabes en general.

Es hora de que el movimiento pro-Palestina deje de “jugar a la defensiva” en la cuestión del antisemitismo.

¿Cómo sería "jugar a la ofensiva"? Básicamente, en lugar de ver a la comunidad judía estadounidense [y a cualquier comunidad judía sionista de cualquier país] principalmente como víctimas del odio como consecuencia de las acciones de Israel, se la puede ver como cómplices del Estado de Israel, como agentes activos del genocidio y la limpieza étnica.

Por supuesto, al hablar de "la comunidad judía" en este contexto, no me refiero a todos los judíos individuales ni siquiera a todas las organizaciones judías. Me refiero más bien a las organizaciones e instituciones que representan la corriente principal de la vida judía organizada en Estados Unidos, junto con sus miembros y seguidores, aquellos individuos que ven su identidad judía expresada a través de estas organizaciones. Me refiero a organizaciones como las Federaciones Judías, las principales afiliaciones religiosas, el Comité Judío Americano, la Liga Antidifamación, los Hillels universitarios, los Centros Comunitarios Judíos, los diversos Consejos de Relaciones con la Comunidad Judía, etc. Para abreviar, permítanme llamar a la comunidad objetivo la "Comunidad Judía Establecida [Establishment en el original" o EJC [3].

Cuando oigo voces en el EJC expresando sus temores de antisemitismo, sobre todo en el contexto de las protestas contra el genocidio israelí, mi impulso no es defender de inmediato cada cántico o lema de la acusación, sino más bien contraatacar:
"¿Cómo es posible que centren sus temores y preocupaciones en la 'seguridad judía', cuando su gente en Israel, con la que se identifican tan fuertemente que un ataque contra ellos se percibe como un ataque contra ustedes mismos, está cometiendo crímenes tan moralmente depravados, incluso 'nazis'? ¿No les da vergüenza?"
Incluso si se admitiera que algunas reacciones al comportamiento de Israel están teñidas de antisemitismo, o incluso son abiertamente antisemitas, yo, por mi parte, estoy dispuesto a abordar ese tema solo después de escuchar una expresión de indignación por los crímenes israelíes y cómo se llevan a cabo en nombre del pueblo judío

Después de que nos unamos para detener el horror, tendremos tiempo para abordar cualquier manifestación de antisemitismo dentro del movimiento, si es que la ha habido.

Es típico que quienes protestan contra el genocidio israelí se enfrenten a un "Pero antes de continuar, ¿condenan a Hamás?". Es hora de que cambiemos esa situación y exijamos a quienes expresan preocupación por el antisemitismo en el movimiento pro-Palestina: "Antes de decir una palabra más, ¿condenan a Israel?".

A menos que muestres la mínima capacidad moral para denunciar el genocidio cometido por tu propio pueblo, ¿cómo puedes ser tomado en serio respecto a los supuestos pecados morales cometidos contra ti y tu pueblo? Es más, a menos que enfatices tu oposición e indignación por los horrores cometidos en tu nombre, tus quejas sobre el antisemitismo de quienes sí se oponen al genocidio solo sirven para incitarlo, convirtiéndote no solo en moralmente obtuso por ignorar este crimen monstruoso, sino también en cómplice activo de él.


El sionismo y la identidad judía

Esta idea de tomar la ofensiva conecta con otra fuente de incomodidad que he tenido durante algún tiempo con las respuestas estándar del movimiento pro-Palestina a las acusaciones de antisemitismo. Ahora es un argumento estándar en el otro lado equiparar el antisionismo con el antisemitismo, con el argumento de que el sionismo es una parte integral del judaísmo o la identidad judía. Entonces, si acusas al sionismo de ser racista, entonces estás siendo acusado de decir que el judaísmo, o los judíos colectivamente, son inherentemente racistas. 

La respuesta pro-Palestina, con la que me siento cada vez más incómodo, se resiste a la incorporación del sionismo al judaísmo, insistiendo en que el judaísmo en sí mismo, como religión e identidad, es independiente de la doctrina política del sionismo. Por lo tanto, criticar al sionismo como racista, o colonialista, o algo similar, no implica ninguna crítica al judaísmo ni al pueblo judío.

Por supuesto, hay mucho que decir a favor de esta reivindicación independentista. Yo mismo, criado en un hogar estrictamente ortodoxo y asistido a una yeshivá [escuela religiosas judía] durante muchos años, puedo dar fe de que el sionismo nunca se consideró parte integral de nuestra fe ni de nuestra identidad. De hecho, si bien nuestra lealtad siempre estuvo con «los judíos» cuando se producía un conflicto militar entre Israel y «los árabes», el sionismo en sí mismo se consideraba una ideología herética

De igual manera, dentro de las tendencias más modernas del judaísmo, existe una sólida historia de oposición al sionismo durante su desarrollo, desde finales del siglo XIX hasta buena parte del XX. (Véase El umbral de la disidencia: una historia de los críticos judíos estadounidenses del sionismo de Marjorie Feld y Nuestra cuestión palestina: Israel y la disidencia judía estadounidense, 1948-1978 de Geoffrey Levin).

Pero no quiero insistir en la reivindicación de la independencia como principal respuesta a la acusación de que el antisionismo es antisemitismo, por dos razones: primero, no creo que nadie esté realmente en posición de decir qué es y qué no es esencial para el judaísmo y la identidad judía, como tampoco lo es para otras religiones e identidades. Segundo, y más importante aún, aunque fuera cierto que el sionismo es esencial para el judaísmo, eso no convierte los ataques contra el sionismo en antisemitas.

Respecto al primer punto, a menos que uno insista en que su propia visión de la religión/identidad está sancionada por Dios y es eterna, debe reconocer que las religiones cambian y se desarrollan con el tiempo, respondiendo a las nuevas circunstancias que se desarrollan a lo largo de la historia. Así pues, si bien los activistas del JVP [Voces Judías por la Paz] tienen razón al insistir en que su judaísmo no solo es independiente del sionismo, sino que se opone rotundamente a él, no entiendo cómo pueden afirmar que el judaísmo de otros no está íntimamente ligado al sionismo

Las religiones y los pueblos no tienen esencias ocultas independientes de las creencias y prácticas de quienes los componen. Si un grupo de judíos tiene creencias y adopta prácticas que incorporan el sionismo a su judaísmo, ¿quién puede decir que se equivocan?

De hecho, si bien los libros citados anteriormente dejan claro cuánta oposición judía al sionismo existió hasta mediados del siglo XX, también demuestran hasta qué punto el sionismo "colonizó" con éxito todas las organizaciones judías tradicionales en Estados Unidos (y también en Europa, como se mencionó anteriormente) desde entonces. 

Por ejemplo, a principios de la década de 1950, el Comité Judío Americano (AJC), una de las instituciones judías estadounidenses más importantes, financió un proyecto del politólogo Don Peretz para investigar el destino de los refugiados palestinos a partir de 1948, expresando preocupación por su bienestar. Operativos políticos israelíes, como se documenta en el libro de Geoffrey Levin, frustraron ese esfuerzo, asegurándose de que su informe nunca viera la luz. Pero no fue hasta después de la guerra de 1967 que el AJC abandonó su designación oficial de "no sionista" y abrazó plenamente el sionismo.

La historia de la transformación del AJC, desde su distanciamiento crítico del sionismo hasta su plena adhesión, es la historia de la comunidad judía estadounidense en general. Desde las principales instituciones nacionales hasta casi todas las sinagogas [4], el sionismo está íntima e intrincadamente entrelazado con los demás principios y prácticas de su fe. Una de las manifestaciones más evidentes de este fenómeno es el hecho de que la bandera israelí ostenta un lugar destacado junto a la bandera estadounidense en la fachada de la mayoría de las sinagogas y templos.

He aquí una forma en que suelo pensar en la relación entre la comunidad judía (de nuevo, con las salvedades mencionadas anteriormente sobre a quiénes incluyo en esta categoría) e Israel, el Estado judío. Es común pensar en la noción de pueblo como una extensión, o una ampliación, de la noción de familia. Así como existen principios morales universales que rigen los derechos y obligaciones de cada ser humano, existen derechos y obligaciones especiales reservados para las amistades cercanas y las relaciones familiares. Uno puede, entonces, extender estas relaciones morales especiales, o similares, a los miembros del mismo pueblo, a sus compatriotas. Así, aunque la mayoría de los miembros de la comunidad judía estadounidense se indignaron con razón por el asesinato de personas negras en la iglesia de Charleston hace unos años, sintieron un horror y una empatía especiales por el ataque terrorista contra la sinagoga del Árbol de la Vida en Pittsburgh. La sensación es que, en este último caso, no fue solo un crimen contra las personas, sino un crimen contra nuestro pueblo.

Entiendo este sentimiento (aunque no lo comparto, soy más bien cosmopolita en este tema) y no me opongo. Pero para ser moralmente coherente, si uno extiende la preocupación que siente por sus familiares a los miembros de su pueblo, también debe extender su sentido de responsabilidad por las acciones de sus familiares a las de su pueblo.

Desde esta perspectiva, se podría considerar a Israel, en cierto sentido, como el proyecto familiar judío, compartido entre la comunidad judía en Israel y la comunidad judía en la diáspora. Así pues, cuando los judíos estadounidenses se sienten atacados por la estridente retórica política contra Israel mientras este continúa su genocidio contra los palestinos, ¿por qué no se sienten también responsables de hacer todo lo posible para detenerlo? Si un ataque contra Israel es automáticamente un ataque contra ti, entonces ¿por qué un ataque de Israel no es automáticamente un ataque tuyo?

Aun así, podría existir una preocupación persistente de que si de hecho el sionismo es parte integral del judaísmo practicado por el EJC, los ataques al sionismo contarían como antisemitas, y esto me lleva al segundo punto mencionado anteriormente. Permítanme dejar esa preocupación a un lado. 

Como he argumentado en otra parte, la apelación a la identidad como base para la inmunidad a la crítica es una perversión del estatus moral de la identidad. Los ataques a alguien simplemente por su identidad son ciertamente incorrectos y racistas (en el sentido más amplio del término). Pero los ataques a ciertas creencias y prácticas basadas en principios morales universales no solo están permitidos, sino que son obligatorios, y no es una defensa decir que estas creencias y prácticas son esenciales para la propia identidad. 

Son incorrectos, pura y simplemente, y no se pueden evadir las demandas de la justicia, que, como dice Rawls, es la "primera virtud de las instituciones sociales", apelando a las reivindicaciones de la identidad. En pocas palabras, en el ámbito moral la justicia triunfa sobre la identidad.

Concluyo reiterando y ampliando un punto planteado al principio. No se trata solo de que los miembros del EJC exhiban una brújula moral perversa al desafiar las protestas contra Israel, calificándolas de antisemitas. Más bien, como mencioné anteriormente, esto los convierte en agentes activos, colaboradores del gobierno israelí, en la implementación del genocidio, la limpieza étnica y la represión general de los derechos humanos y nacionales palestinos por parte de Israel

Israel no puede cometer atrocidades a la escala que hemos visto sin un apoyo estadounidense verdaderamente masivo. Ese apoyo se mantiene y protege celosamente gracias a la también verdaderamente masiva intervención del EJC en el panorama político estadounidense. (Vea aquí cómo incluso los miembros de alto rango del mundo Trump no están exentos de su disciplina).

Imaginen si fuera al revés. Imaginen si las sinagogas y templos tradicionales, el AJC y la ADL, mientras mantenían su vigilancia contra el antisemitismo, gritaran a viva voz que este horror desatado por Israel contra un pueblo indefenso debe cesar, que no debe llevarse a cabo en su nombre y que se niegan a brindarle su apoyo político y financiero. Si eso hubiera sucedido una vez que el alcance de las atrocidades israelíes fue evidente después del 7 de octubre (desde muy temprano), se habrían detenido hace mucho tiempo. 

Solo después de ver ese tipo de respuesta estaré dispuesto, por mi parte, a preocuparme por el antisemitismo en la izquierda. Hasta entonces, ¡cállense!


NOTAS

[1] Sin embargo, hay una diferencia importante: los demás grupos mencionados son marginados y relativamente débiles dentro de la sociedad estadounidense, pero es absurdo decir lo mismo de la comunidad judía estadounidense. Me estremezco cada vez que algún progresista menciona la frase «judíos y otros grupos marginados», una frase que escucho mucho últimamente. ↩︎

[2] Seguiré hablando aquí de la comunidad judía estadounidense, aunque mucho de lo que tengo que decir se aplica también a las comunidades judías de Europa occidental. ↩︎

[3] Excluyo específicamente a las personas de origen judío que no participan activamente en ninguna de estas organizaciones, no pertenecen a una sinagoga y, en general, no consideran su identidad judía un parámetro crucial de su identidad y estilo de vida. También excluyo, por razones obvias, a quienes se identifican activamente como judíos, pero que protestan activamente contra la negación de los derechos palestinos por parte de Israel y el apoyo occidental a la misma, como los miembros de Jewish Voice for Peace, If Not Now y otros grupos similares. ↩︎

[4] Excluyendo a los de la comunidad haredí, a quienes no eximo de responsabilidad como colaboradores del genocidio, pero su caso tiene un carácter muy diferente al del resto de la comunidad judía estadounidense. ↩︎



* Publicado en Mondoweiss, 05-04-25. Joseph Levine es un filósofo judío estadounidense.

Nadie está "obsesionado" con Israel; simplemente es un país horrible




Israel nos concierne, y siempre ha sido así. Tenemos razón al denunciar su criminalidad y la complicidad de nuestros propios gobiernos occidentales en esos crímenes.


Caitlin Johnstone


El ministro de Asuntos Exteriores israelí, Gideon Sa'ar, ha acusado a España de una "obsesión antiisraelí" por sus críticas a la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y por su negativa a permitir que su espacio aéreo se utilice en la ofensiva, una ofensa percibida a la que Israel ha respondido prohibiendo a Madrid participar en un centro de coordinación para la supervisión del llamado "alto el fuego" en la Franja de Gaza.

Últimamente hemos oído mucho este argumento de la "obsesión" por parte de Israel y sus apologistas. Un artículo reciente del Jewish News Syndicate lleva el titular "¿Por qué los medios están obsesionados con los israelíes violentos?", intentando argumentar extrañamente que a la prensa occidental le gusta "difamar a los israelíes" para "desviar la atención del terror palestino". El otro día, la comentarista de derecha Meghan Murphy tuvo una extraña conversación con el editor de Tablet Magazine, Jacob Siegel, sobre la "reciente y descabellada obsesión de nuestra sociedad con Israel", hablando como si todo el mundo hubiera empezado a obsesionarse con este estado genocida y de apartheid de la nada hace poco tiempo, sin ninguna razón válida.

El argumento, según lo entiendo, es que Israel es simplemente un país pequeño normal como cualquier otro país pequeño, y cualquier atención especial hacia él sugiere un deseo siniestro de señalar a los judíos para discriminarlos.

Pero, ¿se han dado cuenta alguna vez de cómo las mismas personas que acusan a los críticos de Israel de estar "obsesionados" con un país pequeño e insignificante, también se desviven por decir que Israel es un aliado indispensable cuyos intereses están inextricablemente ligados a los intereses de la civilización occidental?

Cuando se critica a Israel, intentan presentarlo como indigno de atención especial; cuando se critican las alianzas y la ayuda militar a Israel, lo presentan como merecedor de todos nuestros recursos y energía. Cuando las acciones malvadas de Israel acaparan los titulares, sus apologistas intentan presentarlo como un país diminuto, del tamaño de Nueva Jersey, que intenta ocuparse de sus propios asuntos mientras es víctima de un odio obsesivo del mundo entero simplemente porque sus habitantes son judíos. Cuando la gente se pregunta por qué sus impuestos y recursos militares deben apoyar a esa pequeña nación en Asia occidental, de repente el argumento da un giro radical: Israel es de suma importancia y absolutamente fundamental para el bienestar de Occidente.

Puedes afirmar que Israel es un aliado crucial en Oriente Medio, o puedes afirmar que es discriminatorio centrarse más en los crímenes de Israel que en los abusos de otros países. No puedes afirmar que ambas cosas sean ciertas, porque son contradictorias. Israel no puede ser (A) inmensamente importante e íntimamente involucrado en el destino de nuestra propia sociedad, y a la vez (B) insignificante e indigno de atención especial. Es A o B. No puede ser simultáneamente merecedor e indigno de un trato especial.

En realidad, todo el mundo tiene derecho a centrar su atención en Israel, especialmente ahora que sus intentos de sabotear el alto el fuego con Irán amenazan con provocar una crisis mundial de combustible. No puedes provocar una crisis mundial de combustible y luego comportarte como si fueras un don nadie al que se señala por su religión.

Pero, en realidad, Israel siempre ha merecido la atención crítica de Occidente, precisamente por su estrecha relación con las estructuras de poder occidentales. Su genocidio en Gaza es nuestro genocidio. Sus abusos son nuestros abusos. Sus guerras nos afectan directamente. La agresiva presión de sus grupos de presión para sofocar la libertad de expresión en toda nuestra sociedad nos está arrebatando nuestros derechos.

Israel nos concierne, y siempre ha sido así. Tenemos razón al denunciar su criminalidad y la complicidad de nuestros propios gobiernos occidentales en esos crímenes.

Los partidarios de Israel me dirán: «Ah, sí, ¿y por qué no criticas los abusos humanitarios de Egipto? ¿Por qué no tuiteas todos los días sobre las violaciones de derechos humanos en Irán? ¿Hay algo en particular de ese país de Oriente Medio que te llame la atención? ¿Quizás simplemente ODIAS A LOS JUDÍOS?».

Pero la razón por la que critico más a Israel que a Egipto o Irán no tiene nada que ver con la religión. Las agresiones egipcias no están provocando guerras de enormes consecuencias que me afecten directamente. Nadie intenta ilegalizar la crítica a Irán en mi país. Mi gobierno está brindando cobertura material y diplomática a las guerras y genocidios de este país en particular, y erosionando mi libertad de expresión para proteger sus intereses informativos. Esto sería cierto independientemente de la religión o etnia que se favorezca en esta nación.

No estoy "obsesionado" con Israel. ¿Acaso parece que me lo paso en grande hablando de este horrible estado de apartheid todos los días? ¿Acaso parece divertido que me llamen nazi en mis respuestas constantemente?

Ojalá pudiera ignorar a Israel por completo. Si por mí fuera, lo haría. Pero como mi propia sociedad es tan cómplice de sus abusos, y como estos afectan directamente a mi sociedad, tengo la obligación de denunciar sus injusticias. Y lo mismo le ocurre a cualquier otro occidental.



* Publicado en Caitlin’s Newsletter, 12.04.26.

Venta libros "Oikonomía" y "Reforma e Ilustración"

Oikonomía. Economía Moderna. Economías Oferta  sólo venta directa : $ 12.000.- (IVA incluido) 2da. edición - Ediciones ONG Werquehue - 2020 ...