Cómo los israelíes convirtieron la negación de las atrocidades en un arte


Israelíes protestan contra la guerra y la crisis humanitaria en Gaza, en un puente de carretera cerca de Jerusalén, el 15 de agosto de 2025. (Jamal Awad/Flash90)


Mientras los habitantes de Gaza documentan matanzas masivas y hambrunas en tiempo real, la respuesta de gran parte de la sociedad israelí es: “Todo es falso y se lo merecen”.


Ron Dudai


Hace una década, en los últimos días de las protestas semanales conjuntas palestino-judías contra la construcción israelí del muro de separación en la aldea cisjordana de Al-Ma'asara, uno de nuestros rituales previos a la manifestación era un discurso de Mahmoud, un líder comunitario local. Teléfono en mano, declaraba: «No tendremos otra Nakba, porque ahora tenemos esto. Tenemos un teléfono inteligente. Tenemos Facebook. Intentarán expulsarnos de nuevo, pero todos lo verán y lo detendrán. En el 48 no teníamos teléfonos inteligentes ni Facebook. Ahora no ocurrirá».

Repetía este mantra todos los viernes: a los activistas a su lado, a los soldados que nos enfrentábamos y a sí mismo. En aquel momento, le tranquilizó. Pero se equivocó.

La actual campaña genocida de Israel en Gaza podría ser la atrocidad mejor documentada de la historia reciente, tanto por la gran cantidad de pruebas como por la velocidad de su difusión. Los teléfonos inteligentes y las redes sociales —que aún estaban a años luz durante los genocidios de Bosnia y Ruanda— permiten capturar los acontecimientos al instante, desde innumerables ángulos, y compartirlos globalmente en tiempo real, mientras que los medios tradicionales siguen desempeñando un papel secundario nada desdeñable.

Y, sin embargo, ante la interminable avalancha de fotos y vídeos de civiles muertos, niños hambrientos y barrios enteros reducidos a escombros, gran parte de la opinión pública israelí —y una parte significativa de quienes apoyan a Israel en el extranjero— reacciona de dos maneras: o todo es falso, o los gazatíes se lo merecían. A menudo, paradójicamente, ambas cosas a la vez: «No hay niños muertos en Gaza, y menos mal que los matamos».


Una nueva era de negación

La negación de las atrocidades es un fenómeno global, pero la sociedad israelí lo ha convertido en una especie de arte. No es casualidad que una de las obras académicas más importantes sobre el tema, Estados de negación (2001), del sociólogo Stanley Cohen, se inspirara en sus experiencias como activista de derechos humanos en Israel durante la Primera Intifada a finales de la década de 1980.

Basándose en esas experiencias, Cohen describe un repertorio de negación empleado tanto por los Estados como por las sociedades: “no sucedió” (no torturamos a nadie); “lo que sucedió es otra cosa” (no fue tortura, sino “presión física moderada”); “no había alternativa” (la “bomba de tiempo” hizo de la tortura un mal necesario).

En Israel, esta lógica se basa en el mito de la "pureza de las armas" (la creencia de que Israel actúa solo en defensa propia) y en la ancestral mentalidad de "disparar y llorar" (la noción de que los israelíes pueden cometer actos violentos, pero conservan su moralidad porque lamentan las muertes que provocan). Pero, por aborrecible que sea esta mentalidad, se basa en dos premisas importantes: que atrocidades como la tortura, el asesinato de civiles y el desplazamiento forzado son esencialmente malas y, por lo tanto, requieren justificación u ocultación; y que documentar y exponer la verdad tiene valor, aunque solo sea como un obstáculo que debe sortearse.

A pesar de toda su repulsión, la hipocresía inherente al mito de la "pureza de las armas" tiene su utilidad: deja margen, por estrecho que sea, para la corrección. Una vez expuesta la brecha entre la retórica y la realidad, puede provocar vergüenza e incluso generar presión para el cambio. En un mundo así, las imágenes capturadas con un teléfono y compartidas al instante adquieren un peso genuino.

Pero este no es el mundo en el que vivimos hoy. En Israel, el instinto de descartar cualquier documentación de Gaza como "falsa" se ha integrado en el discurso general, desde las altas esferas del poder político hasta los comentaristas anónimos en los sitios de noticias. Este reflejo tiene sus raíces en una mentalidad conspirativa importada de la derecha estadounidense, similar a la retórica del "Estado profundo" del presidente Donald Trump, que se ha convertido en la favorita del primer ministro Benjamin Netanyahu y sus partidarios.

Uno de los principales promotores de este estilo de negacionismo es Alex Jones, figura mediática de derechas. En 2012, este veterano aliado de Trump afirmó que el tiroteo en la escuela primaria Sandy Hook, en el que murieron 20 estudiantes y seis adultos, fue un montaje. A pesar de la abrumadora evidencia, Jones insistió en que todas las imágenes de la masacre —padres afligidos, incluso los cuerpos de las víctimas— fueron falsificadas, parte de una conspiración demócrata para socavar el derecho de los estadounidenses a portar armas.

Este tipo de discurso empezó a filtrarse en la sociedad israelí incluso antes del 7 de octubre, primero en línea y luego en espacios formales. A medida que la guerra se ha prolongado, se ha convertido en una respuesta generalizada, a menudo reflexiva: ¿Un video de padres palestinos acunando el cuerpo de un bebé? «Actores sosteniendo una muñeca». ¿Fotos de civiles tomadas por soldados israelíes? «Generadas por IA, manipuladas o tomadas de otro lugar». Y así sucesivamente.

Esta retórica se ha asociado a menudo con el término "Pallywood", acrónimo de "Hollywood palestino". Importado de la derecha estadounidense a principios de la década de 2000, sugiere que las imágenes del sufrimiento palestino no son reales en absoluto, sino parte de una elaborada industria cinematográfica: una vasta conspiración en la que palestinos, organizaciones de derechos humanos y medios de comunicación internacionales colaboran para inventar atrocidades.

En una época anterior de negación de las atrocidades, las acusaciones de montaje eran, como mínimo, elaboradas. Muchos aún recuerdan el caso de Muhammad Al-Durrah, el niño de 12 años asesinado en Gaza en septiembre de 2000, cuya muerte se convirtió en un símbolo de la Segunda Intifada. Los israelíes y sus partidarios invirtieron un esfuerzo ingente para intentar desacreditar las imágenes: cientos de horas de análisis, informes e incluso documentales, analizando los ángulos de grabación, la balística y los detalles forenses para argumentar que todo el suceso había sido un montaje.

Hoy en día, la negación no requiere tanto esfuerzo. Las intrincadas teorías conspirativas del pasado han dado paso a una forma más cruda de negacionismo que los académicos llaman conspiracionismo: el rechazo reflexivo de cualquier evidencia que contradiga los propios intereses, considerándola inventada. La documentación se descarta simplemente con una sola palabra: "Falso".


Posverdad, posvergüenza

Tomemos, por ejemplo, la innegable evidencia de hambruna masiva en Gaza. La lógica es dolorosamente simple: una población sitiada, y cuyos medios de autosuficiencia han sido destruidos por completo, inevitablemente morirá de hambre. Sin embargo, en Israel, desde los comentaristas anónimos en línea hasta las más altas esferas del gobierno, la respuesta refleja sigue siendo la misma: "Todo es falso".

Netanyahu ha hablado de la “percepción de una crisis humanitaria”, supuestamente creada por “fotos manipuladas” distribuidas por Hamás. El ministro de Asuntos Exteriores, Gideon Sa'ar, desestimó las imágenes de niños demacrados, calificándolas de “realidad virtual”, citando como prueba la presencia de adultos “bien alimentados” junto a ellos. El ejército afirmó que Hamás estaba reciclando imágenes de niños yemeníes o fabricando falsificaciones generadas por inteligencia artificial. El periodista de Ynet, Itamar Eichner, por lo demás muy crítico con el gobierno, se hizo eco de la misma opinión: “Ellos [los palestinos] entienden que las fotos de niños hambrientos son un punto débil. Es probable que las fotos sean manipuladas, y los niños podrían padecer otras enfermedades”.

Este patrón de negación surge incluso en el discurso académico. Un informe reciente del Centro Begin-Sadat de Estudios Estratégicos de la Universidad Bar-Ilan, «Desmintiendo las acusaciones de genocidio: Una reexaminación de la guerra entre Israel y Hamás (2023-2025)», incluyó una sección titulada «Fuentes falsas y otras generadas por IA».

Aunque las pruebas documentadas de atrocidades siempre han sido recibidas con evasivas y negaciones, la situación actual es completamente diferente. En la era de la "posverdad", la combinación de una mayor sospecha de manipulación de la IA, la erosión de la confianza en los medios institucionales y el colapso de los guardianes de la democracia ha hecho que el instinto de denunciar cualquier cosa indeseable sea mucho más extendido y poderoso que nunca.

Mientras tanto, la reprensible negativa de la gran mayoría de los medios israelíes a mostrar lo que realmente sucede en Gaza implica que, cuando las imágenes logran filtrarse, la respuesta pública suele ser poco más que un encogimiento de hombros colectivo de desdén. Sin embargo, casi siempre, ese encogimiento de hombros va acompañado de un «se lo merecían», ya que la negación y la justificación se entrelazan en lo que puede parecer una paradoja, pero que en realidad refleja dos caras de la misma moneda.

Como declaró recientemente el ministro de Patrimonio, Amichai Eliyahu: «No hay hambruna en Gaza, y cuando les muestren fotos de niños hambrientos, fíjense bien: siempre verán a uno gordo junto a ellos, comiendo de maravilla. Es una campaña orquestada». En la misma entrevista, añadió: «No hay nación que alimente a sus enemigos. ¿Hemos perdido la cabeza? El día que devuelvan a los rehenes, no habrá hambre allí. El día que maten a los terroristas de Hamás, no habrá hambre».

Tras dos décadas de asedio, durante las cuales los israelíes intentamos expulsar de la vista y la mente a Gaza y a sus dos millones de residentes palestinos, la masacre del 7 de octubre nos devolvió brutalmente a la vista lo que habíamos intentado olvidar. Quizás fue entonces cuando las dos respuestas —"falso" y "se lo merecían"— convergieron plenamente. La primera sirve a la imagen nacional ("nuestros hijos no cometen atrocidades") y a las exigencias de la hasbará, ganando tiempo en el escenario internacional. La segunda es una reacción cruda y visceral al dolor y la humillación de ser golpeados por aquellos que durante mucho tiempo han sido considerados inferiores. Juntas, se fusionan en una reacción que anula cualquier apelación a la moral, no requiere pausa ni exige disculpas.

Y aquí radica el segundo desafío a la creencia de que los teléfonos inteligentes y las redes sociales pueden detener las atrocidades. La lucha por los derechos humanos ha asumido durante mucho tiempo que documentar los abusos avergonzaría a los perpetradores y los obligaría a cambiar su comportamiento. Pero ¿qué sucede cuando los perpetradores ya no sienten vergüenza y desestiman abiertamente la censura moral e incluso la idea misma de la verdad? En ese caso, la documentación y la distribución, por rápidas o generalizadas que sean, pierden su poder.

De hecho, como lo han demostrado los informes sobre derechos humanos y las peticiones a tribunales internacionales durante los últimos dos años, los dirigentes militares, políticos y culturales israelíes ahora admiten abiertamente —y por propia voluntad— lo que en otras circunstancias los grupos de derechos humanos se habrían esforzado por demostrar.

Tras décadas de negar la Nakba, llegando incluso a prohibir el término, los legisladores israelíes ahora declaran con orgullo que Israel está llevando a cabo una segunda Nakba en Gaza . Si antes los voluntarios de B'Tselem [ONG de derechos humanos] tenían que filmar minuciosamente las atrocidades en Cisjordania, solo para encontrar excusas, como que los incidentes fueron "sacados de contexto", hoy los propios soldados israelíes graban violaciones de derechos humanos y las suben a las redes sociales sin dudarlo.

Lo que estamos presenciando es el colapso del ciclo tradicional de exposición, negación y confirmación. Ante esta realidad, ¿de qué sirven los teléfonos inteligentes y las redes sociales?


Grietas en la pared

Aunque el beneficio de documentar atrocidades es mucho menor de lo que esperábamos, sigue siendo significativo. Mientras escribo esto, parece que las respuestas reflexivas de "falso" y "se lo merecían" finalmente están chocando con barreras sólidas.

Ante la vasta e implacable evidencia de hambruna en Gaza, los gritos de "¡falso!" se vuelven cada vez más frenéticos y desesperados. La vil acusación, repetida sin cesar en el discurso israelí, de que un niño gazatí que padece una enfermedad preexistente absuelve de algún modo a Israel de la responsabilidad de matarlo de hambre, aparentemente no ha logrado detener el creciente reconocimiento en Israel del sufrimiento palestino y de su injusticia fundamental.

Los giros y vueltas que ahora son comunes en los argumentos israelíes —que efectivamente hay hambruna en Gaza, pero que Hamás es el culpable; que es una consecuencia imprevista de la guerra; o que el mundo es hipócrita al no tratar la hambruna en Yemen de la misma manera— nos devuelven al repertorio de negaciones que describió Stanley Cohen. Sin embargo, también sugieren algo más: el vacilante resurgimiento de la vergüenza, y quizás incluso de la vergüenza, entre al menos algunos segmentos de la población israelí.

Lo que parece haber contribuido a este cambio son, por un lado, las reacciones de la comunidad internacional ante la hambruna y, por otro, la posibilidad de reconocer el hambre sin implicar directamente a los soldados y pilotos (nuestros "mejores hijos"). Sin embargo, la enorme acumulación de fotos y documentación irrefutable de Gaza también ha influido. La persistencia de individuos y organizaciones en documentar e informar —desde Gaza y más allá— y en validar y difundir este material en Israel y en todo el mundo, ha tenido un impacto.

Pero los planes de Israel de ocupar la ciudad de Gaza y desplazar por la fuerza a sus residentes a lo que podría equivaler a un campo de concentración antes de su posible expulsión permanente de la Franja amenazan con convertir algo ya desastroso en algo aún peor. ¿Se refugiará la opinión pública israelí en una mayor negación o se verá obligada finalmente a afrontar la realidad?



* Publicado en +972 Magazine, 22.08.25.

Al basurero de la historia: sobre los 50 años del golpe




Todo el potencial educativo que debiese conllevar una conmemoración histórica como los 50 años del golpe de Estado ha estado ausente de nuestros medios por décadas, y resulta sintomático de la poca importancia que le damos a las humanidades y ciencias sociales en una sociedad que deifica lo económico por sobre todo lo demás.


Cristián Castro


Resulta tragicómico leer en medios de comunicación cómo distintos actores políticos se refieren al negacionismo histórico. Tragicómico, porque si hay algo que tienen en común los distintos grupos que han ocupado La Moneda y el Congreso en las últimas tres décadas, es haber conformado una concertación de partidos anti-historia, una de cuyas políticas más explícitas ha sido la baja sistemática de las horas de esta disciplina en el currículo escolar.

Tener el tupé de usar el concepto de negacionismo histórico por esa misma clase dirigente resulta, a lo menos, insultante y pone en evidencia que a nuestra actual crisis social le falta una reflexión intelectual seria. Es a propósito de este problema estructural, que me parece necesario hacer un par de comentarios sobre nuestra historia, los cuales espero puedan gatillar una mejor y saludable discusión.

En primer lugar, el bajísimo nivel del debate en torno a los 50 años del golpe de Estado no es, sino, reflejo de que estamos cosechando lo que se sembró. No fue un accidente, fue --y eso hay que asumirlo-- la clase política que tenemos la que lo buscó. Dicho esto, siempre es bueno aclarar que Pinochet fue un traidor, asesino y ladrón, como lo demuestran las diversas investigaciones judiciales realizadas en nuestro país, y que fue producto de ese régimen dictatorial, con múltiples violaciones a los derechos humanos, que pudo implementar las transformaciones sociales que aún persisten en el funcionamiento de nuestra sociedad.

Sin embargo, el que tuvieran que pasar 50 años para que un periodista mainstream [Daniel Matamala] use esos adjetivos en relación con la figura del dictador, más que sorprendernos o entrar en debates sin sentido, nos debería llevar a reflexionar sobre el tipo de esfera pública que hemos construido y hasta qué punto la prensa en Chile cumple con ese mítico rol de quinto poder.

En segundo lugar, e íntimamente ligado a la propiedad de los medios de comunicación, cuando nos enfrentamos a la obliteración histórica a la que hemos sido inducidos, muchos se sorprenden del negacionismo, adjudicándolo a la ignorancia o la desinformación. Ese vacío de formación de conciencia histórica fue llenado por lo que los medios de comunicación han construido como narrativas explicativas del período

En un país con los niveles de concentración de medios que tenemos en Chile, muchas veces esas narrativas pasan a transformarse en sentido común. Por lo tanto, lamentablemente hay una parte importante de la población que todavía arguye la existencia de una suerte de refundación virtuosa de la nación desde el golpe y posterior dictadura, cuando se estructuró el modelo económico y social chileno. Esa narrativa fue divulgada por los medios sin mayor contrapeso, producto de las condiciones estructurales de la esfera pública chilena en la postdictadura.

Por esta razón, me parece importante empujar la agenda de ampliar las formas que tenemos de entender este período de nuestra historia en general, y reciente en particular. Los cambios forzados durante la dictadura generaron modificaciones profundas en la forma en que el Estado --y la sociedad-- se hicieron cargo de las áreas de salud, educación y pensiones, por nombrar ejemplos concretos. Esos cambios solo fueron posibles porque se instauraron durante una dictadura que asesinó y desapareció a compatriotas. No fueron cambios que fuesen el resultado de luchas sociales que impulsaran aquellas agendas, sino que fueron parte de la instauración del proyecto económico neoliberal post una corta fase nacional desarrollista.

En tercer lugar, me parece necesario visibilizar la tendencia a separar la historia reciente de nuestro país con lo que el historiador Fernand Braudel definió como la longue durée o la larga duración. Braudel hablaba de tres tiempos históricos: la larga duración, la coyuntura, y el acontecimiento. Estos tres niveles se yuxtaponen. Por ejemplo, un acontecimiento como el golpe de Estado de 1973 es informado por la coyuntura de la Guerra Fría, y también responde a procesos de más larga duración

Por supuesto que Pinochet es una figura que debe ser entendida en las lógicas de la Guerra Fría: el anticomunismo, el terrorismo de Estado y la persecución política, pero eso no invalida que también sea manifestación de otros pulsos históricos de más largo alcance.

En este sentido, Pinochet no es solo el personaje caricaturesco de la Guerra Fría, de anteojos oscuros, que da una conferencia de prensa post golpe de Estado. Pinochet responde también a otras lógicas históricas; ocupa un espacio arquetípico de nuestro pasado profundo. En términos simbólicos, es una figura que también forma parte del legado militar de la Capitanía General fronteriza, que buscó emular la tradición parlamentarista para relacionarse con parte del pueblo mapuche, continuando con nuestro ethos de sociedad fronteriza.

Pero también detrás de Pinochet se instaló una elite social que vio en él la oportunidad de eternizar las lógicas atávicas del Chile profundo que se ancló en nuestro imaginario como el latifundio; y que vieron en los gobiernos de Frei Montalva, y en mayor medida en Allende, un avance preocupante de las fuerzas populares en la política chilena. 

Esa tensión social informó directamente la violencia de la reacción, el golpe, y lo que vendría. Pinochet debe ser entendido entonces en su complejidad simbólica y real.

Lamentablemente, todo el potencial educativo que debiese conllevar una conmemoración histórica como los 50 años del golpe de Estado ha estado ausente de nuestros medios por décadas, y resulta sintomático de la poca importancia que le damos a las humanidades y ciencias sociales en una sociedad que deifica lo económico por sobre todo lo demás. 

Por esa misma razón, muchos están condenados a seguir sorprendiéndose con futuros reventones sociales.

Esperemos que las futuras elites dirigentes sepan entender la responsabilidad que se tiene a la hora de pensar un país a corto, mediano y largo plazo; y que la lógica electoral deje de jugar un rol tan relevante en problemáticas de fondo como el tema de la educación en Chile

Esperemos que durante los meses que se avecinan sepamos reconstruir nuestra capacidad de llegar a acuerdos en materias como esta, y que pronto, los y las que generaron tal daño a nuestra sociedad se vayan retirando, como diría Trotsky, adonde pertenecen, “al basurero de la historia”.



* Publicado en CNN Chile, 08.06.23. Cristián Castro es director de la Carrera de Historia de la Universidad Diego Portales.

Francia y los veteranos de guerra africanos




Nueve veteranos de guerra senegaleses que sirvieron en el ejército francés finalmente se han ganado el derecho a vivir permanentemente en Senegal sin perder sus beneficios de pensión.


Patrick Nelle


Esta victoria destaca la larga lucha de miles de veteranos de guerra africanos tanto por el reconocimiento como por la justicia después de su sacrificio de sangre en las guerras francesas.

A principios de este año [2023], el gobierno francés emitió una declaración que permitía a nueve de sus veteranos de guerra de origen senegalés permanecer permanentemente en su país mientras seguían recibiendo sus pensiones.

Hasta ahora, los veteranos nacidos en las antiguas colonias africanas de Francia que se alistaban en el ejército francés estaban obligados a vivir al menos seis meses al año en Francia para recibir su pensión mínima de vejez.

Los nueve veteranos, de entre 85 y 96 años, se vieron obligados a dejar a sus familias en Senegal cada seis meses para vivir en pequeñas unidades de alojamiento en Francia si querían seguir recibiendo su pensión mensual de 950 euros.

Al subir a un avión el 28 de abril para salir de Francia, N’Dongo Dieng, de 87 años, dijo a la agencia de noticias AFP que estaba feliz de finalmente regresar a Senegal para siempre.

“Fue difícil para nuestros familiares ir y venir, y también por nuestra edad”, dijo a la agencia francesa.

Los ex soldados pertenecían a una unidad militar denominada Tirailleurs Sénégalais (Fusileros senegaleses), soldados del ejército francés de origen africano reclutados [no pocas veces a la fuerza] por Francia en sus colonias. Se les conoce popularmente como fusileros senegaleses, aunque no procedían exclusivamente de Senegal, sino que fueron reclutados en África occidental y central.

Su unidad fue fundada por un decreto firmado en 1857 por el emperador francés Napoleón III y se disolvió a fines de la década de 1950 y principios de la de 1960, cuando la mayoría de los estados africanos lograron la independencia de Francia.

Inicialmente, los fusileros africanos estaban destinados a servir en las colonias, pero la Primera Guerra Mundial sería un punto de inflexión en su historia.

Tras los grandes reveses sufridos por el ejército francés contra las tropas alemanas en 1914, los fusileros africanos fueron enviados a luchar en Europa para contener a los alemanes. Según el Ministerio del Ejército francés, 200.000 combatientes fueron enviados desde África al frente europeo. 30.000 no regresaron.

“Los fusileros senegaleses desempeñaron un papel activo en la defensa y reconquista del territorio nacional durante los dos conflictos mundiales”, escribe el Ministerio de las Fuerzas Armadas de Francia en su sitio web.

Entre 1914 y 1918, de los 161.250 fusileros reclutados, 134.000 participaron en diversas operaciones, en particular en Verdún y en el Somme (1916) y en el Aisne en 1917, mientras que los demás sirvieron en ultramar como tropas soberanas.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la unidad participó en la Batalla de Francia de 1940, así como en todos los combates de la Francia Libre, en particular en Gabón (1940), en Bir-Hakeim (1942) y en el desembarco en Provenza. con el 1.er ejército (1944), según el sitio web del Ministerio de Ejércitos francés.

Durante las guerras francesas para aplastar las insurrecciones anticoloniales en todo su imperio colonial, la guerra de Indochina (1946-1954) y Argelia (1954-1962), también se desplegaron fusileros senegaleses en el teatro.

Después de las guerras en Europa, los fusileros africanos supervivientes se enfrentaron a una nueva batalla, esta vez por el reconocimiento y la justicia.

En 1944, el ejército alemán fue derrotado en Francia y se derrumbó en todos los frentes. Los Tirailleurs Sénégalais fueron enviados de regreso a África por el ejército francés y se reagruparon temporalmente en Thiaroye, un cuartel militar a pocos kilómetros de Dakar en Senegal, antes de ser enviados a sus respectivos países.

Los soldados estaban felices de irse a casa, pero las cosas cambiaron cuando un oficial blanco les informó que no recibirían el mismo pago que los soldados blancos, como prometieron, sino solo la mitad.

La decepción se convirtió en ira, lo que provocó una protesta vehemente para oponerse a la decisión. La respuesta del poder colonial fue sangrienta y dura. En la noche del 1 de diciembre de 1944, el cuartel de Thiaroye fue arrasado y los manifestantes fueron borrados del mapa. Más de 400 manifestantes murieron en lo que Francia denominó una revuelta.

La verdadera naturaleza de la injusticia fue enterrada por el gobierno y los medios franceses, como parte de una campaña que ha continuado hasta hace poco. Las esperanzas entre los fusileros que habían luchado, comido, dormido y muerto junto a sus camaradas blancos de que servir en el ejército era el primer paso hacia la emancipación del colonialismo, se desvanecieron.

“Pagando la misma sangre tendréis los mismos derechos”, se les prometió, dijo el historiador senegalés Mamadou Koné entrevistado por AFP. Pero la promesa nunca se cumplió, agregó.

Explicó además que a muchos de los soldados que lucharon en Francia durante la Primera Guerra Mundial nunca se les pagaron pensiones de veteranos y nunca recibieron el estatus de ciudadanía como se prometió.

Hoy, solo unas pocas docenas de veteranos de guerra siguen vivos.

Hasta principios de la década de 2000, su historia no se contaba en gran medida y no figuraba en los libros de historia de Francia.

También enfrentaron duras críticas en casa por parte de sus compatriotas, sufriendo una imagen empañada por haber servido como soldados del imperialismo francés, dijo el historiador Mamadou Koné.

Pero eso se revirtió en 2004, cuando el entonces presidente de Senegal, Abdoulaye Wade, instituyó un día en su memoria, un día que se celebra cada 1 de diciembre.

El 10 de marzo de 2023 se inauguró en París una plaza denominada Place des Tirailleurs sénégalais para rendir homenaje a los soldados africanos que lucharon en el ejército francés.


Desfile de las tropas coloniales francesas en Djibouti. 14 de julio de 1939.



* Publicado en Afroféminas, 24.09.23.

Soy un estudioso del genocidio. Cuando veo uno lo reconozco




Mi conclusión ineludible ha llegado a ser que Israel está cometiendo un genocidio contra el pueblo palestino. Llevo un cuarto de siglo dando clases sobre el genocidio. Sé reconocer uno cuando lo veo.


Omer Bartov


Un mes después del ataque de Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023, pensé que había evidencias de que el ejército israelí había cometido crímenes de guerra y potencialmente crímenes contra la humanidad en su contraataque en Gaza. Pero, contrariamente a los reclamos de los críticos más acérrimos de Israel, no me parecía que las evidencias se elevaran al crimen de genocidio.

Para mayo de 2024, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) habían ordenado a cerca de un millón de palestinos refugiados en Rafah —la ciudad más al sur y la última que quedaba relativamente indemne en la Franja de Gaza— que se trasladaran a la zona de playa de Al-Mawasi, donde apenas había refugio. El ejército procedió entonces a destruir gran parte de Rafah, y lo logró en su mayor parte en agosto.

En ese momento ya no parecía posible negar que el método de las operaciones de las FDI era coherente con las declaraciones que denotaban una intención genocida realizadas por los dirigentes israelíes en los días posteriores al ataque de Hamás. El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, había prometido que el enemigo pagaría un “precio enorme” por el ataque y que las FDI convertirían partes de Gaza, donde operaba Hamás, “en escombros”, y pidió a “los residentes de Gaza” que “se fueran ahora porque operaremos con fuerza en todas partes”.

Netanyahu había instado a sus ciudadanos a recordar “lo que Amalec hizo contigo”, una cita que muchos interpretaron como una referencia a la exigencia de un pasaje bíblico que pedía a los israelitas matar “hombres, mujeres y niños, aun los de pecho”, de su enemigo ancestral. Funcionarios gubernamentales y militares dijeron que luchaban contra “animales humanos” y, más tarde, pidieron la “aniquilación total”. Nissim Vaturi, portavoz adjunto del Parlamento, dijo en X que la tarea de Israel debía ser “borrar la Franja de Gaza de la faz de la tierra”. Las acciones de Israel solo pueden entenderse como la puesta en práctica de la intención expresa de hacer que la Franja de Gaza sea inhabitable para su población palestina. Creo que el objetivo era —y sigue siendo hoy— obligar a la población a abandonar la franja por completo o, considerando que no tiene adónde ir, debilitar el enclave mediante bombardeos y una grave privación de alimentos, agua potable, instalaciones de salud y ayuda médica hasta tal punto que sea imposible para los palestinos de Gaza mantener o reconstituir su existencia como grupo.

Mi conclusión ineludible ha llegado a ser que Israel está cometiendo un genocidio contra el pueblo palestino. Como alguien que creció en un hogar sionista, vivió la primera mitad de su vida en Israel, que sirvió en las FDI como soldado y oficial y ha pasado la mayor parte de su carrera investigando y escribiendo sobre crímenes de guerra y el Holocausto, esta fue una conclusión dolorosa a la que llegué y a la que me resistí todo lo que pude. Pero llevo un cuarto de siglo dando clases sobre el genocidio. Sé reconocer uno cuando lo veo.

No es solo una conclusión mía. Un número cada vez mayor de expertos en estudios sobre genocidio y derecho internacional ha llegado a la conclusión de que las acciones de Israel en Gaza solo pueden definirse como genocidio. También lo han hecho Francesca Albanese, relatora especial de la ONU para Cisjordania y Gaza, y Amnistía Internacional. Sudáfrica ha presentado una demanda por genocidio contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia.

La negación continua de esta designación por parte de Estados, organizaciones internacionales y expertos jurídicos y académicos causará un daño sin paliativos no solo a la población de Gaza e Israel, sino también al sistema de derecho internacional establecido a raíz de los horrores del Holocausto, concebido para impedir que vuelvan a producirse tales atrocidades. Es una amenaza para los fundamentos mismos del orden moral del que todos dependemos.

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El delito de genocidio fue definido en 1948 por las Naciones Unidas como la “intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”. Por tanto, para determinar lo que constituye genocidio, hay que establecer la intención y demostrar que se está llevando a cabo. En el caso de Israel, esa intención ha sido expresada públicamente por numerosos funcionarios y dirigentes. Pero la intención también puede deducirse de las regularidades en las operaciones sobre el terreno, y estas regularidades quedaron claras para mayo de 2024 —y desde entonces se han hecho cada vez más claras— a medida que las FDI han ido destruyendo sistemáticamente la Franja de Gaza.

La mayoría de los estudiosos del genocidio se muestran cautelosos a la hora de aplicar este término a acontecimientos contemporáneos, precisamente por la tendencia a atribuirlo a cualquier caso de masacre o inhumanidad desde que fue acuñado por el jurista judío-polaco Raphael Lemkin en 1944. De hecho, algunos sostienen que la categorización debería descartarse por completo, porque a menudo sirve más para expresar indignación que para identificar un crimen concreto.

Sin embargo, como reconoció Lemkin, y como acordaron posteriormente las Naciones Unidas, es crucial poder distinguir el intento de destruir a un grupo concreto de personas de otros crímenes del derecho internacional, como los crímenes de guerra y los crímenes contra la humanidad. Esto se debe a que, mientras que otros crímenes implican el asesinato indiscriminado o deliberado de civiles como individuos, el genocidio denota el asesinato de personas como miembros de un grupo, orientado a destruir irreparablemente al propio grupo para que nunca pueda reconstituirse como entidad política, social o cultural. Y, como señaló la comunidad internacional al adoptar la convención, incumbe a todos los Estados signatarios impedir tal intento, hacer todo lo posible para detenerlo mientras se esté produciendo y castigar posteriormente a quien haya participado en este crimen de crímenes, aunque haya ocurrido dentro de las fronteras de un Estado soberano.

La designación tiene importantes ramificaciones políticas, jurídicas y morales. Las naciones, los políticos y el personal militar sospechosos, imputados o declarados culpables de genocidio se consideran inaceptables para la humanidad y pueden arriesgar o perder su derecho a seguir siendo miembros de la comunidad internacional. La declaración de la Corte Internacional de Justicia de que un Estado concreto está implicado en un genocidio, especialmente si la aplica el Consejo de Seguridad de la ONU, puede dar lugar a sanciones severas.

Los políticos o generales imputados o declarados culpables de genocidio u otras infracciones del derecho internacional humanitario por la Corte Penal Internacional pueden ser detenidos fuera de su país. Y una sociedad que condona y es cómplice de genocidio, sea cual sea la postura de sus ciudadanos individuales, llevará esta marca de Caín mucho después de que se apaguen los fuegos del odio y la violencia.

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Israel ha negado todas las acusaciones de crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio. Las FDI afirman que investigan las denuncias de crímenes, aunque rara vez han hecho públicas sus conclusiones, y cuando se reconocen infracciones de la disciplina o del protocolo, por lo general han impuesto reprimendas ligeras a su personal. Los dirigentes militares y políticos israelíes describen repetidamente que las FDI actúan bajo la legalidad, afirman que emiten advertencias a la población civil para que evacúe los lugares que están a punto de ser atacados y culpan a Hamás de utilizar a los civiles como escudos humanos.

De hecho, la destrucción sistemática en Gaza no solo de viviendas, sino también de otras infraestructuras —edificios gubernamentales, hospitales, universidades, escuelas, mezquitas, lugares de patrimonio cultural, plantas de tratamiento de agua, zonas agrícolas y parques— refleja una política destinada a hacer muy improbable la reactivación de la vida palestina en el territorio.

Según una reciente investigación de Haaretz, se calcula que 174.000 edificios han sido destruidos o dañados, lo que representa hasta el 70 por ciento de todas las estructuras de la Franja de Gaza. Hasta ahora han muerto más de 58.000 personas, según las autoridades sanitarias gazatíes, entre ellas más de 17.000 niños, que constituyen casi un tercio del total de víctimas mortales. Más de 870 de esos niños tenían menos de un año.

Más de 2000 familias han desaparecido, dijeron las autoridades de salud. Además, 5600 familias cuentan ahora con un solo superviviente. Se cree que al menos 10.000 personas siguen sepultadas bajo las ruinas de sus casas. Más de 138.000 han resultado heridas y mutiladas.

Gaza tiene ahora la triste distinción de tener el mayor número de niños amputados per cápita del mundo. Toda una generación de niños sometidos a continuos ataques militares, a la pérdida de sus padres y a una desnutrición prolongada sufrirá graves repercusiones físicas y mentales durante el resto de su vida. Otros miles incalculables de enfermos crónicos han tenido escaso acceso a la atención hospitalaria.

El horror de lo que ha estado ocurriendo en Gaza sigue siendo descrito por la mayoría de los observadores como una guerra. Pero se trata de un término erróneo. Durante el último año, las FDI no han estado luchando contra un cuerpo militar organizado. La versión de Hamás que planeó y llevó a cabo los atentados del 7 de octubre ha sido destruida, aunque el debilitado grupo siga luchando contra las fuerzas israelíes y conserve el control sobre la población en las zonas que no están en manos del ejército israelí.

En la actualidad, las FDI se dedican principalmente a una operación de demolición y limpieza étnica. Así es como el propio ex jefe de gabinete y ministro de Defensa de Netanyahu, el defensor de la línea dura Moshe Yaalon, describió en noviembre en la televisión israelí Democrat TV y en artículos y entrevistas posteriores el intento de remover la población del norte de Gaza.

El 19 de enero, bajo la presión de Donald Trump, quien estaba a un día de reasumir la presidencia, entró en vigor un alto al fuego que facilitó el intercambio de rehenes en Gaza por prisioneros palestinos en Israel. Pero después de que Israel rompiera el alto al fuego el 18 de marzo, las FDI han estado ejecutando un plan muy publicitado para concentrar a toda la población gazatí en una cuarta parte del territorio en tres zonas: la ciudad de Gaza, los campos de refugiados centrales y la costa de Al-Mawasi, en el extremo suroccidental de la Franja de Gaza.

Utilizando un gran número de excavadoras y enormes bombas aéreas suministradas por Estados Unidos, el ejército parece estar intentando demoler todas las estructuras restantes y establecer el control sobre las otras tres cuartas partes del territorio.

Esto también está siendo facilitado por un plan que proporciona —de forma intermitente— suministros de ayuda limitados en unos pocos puntos de distribución vigilados por el ejército israelí, atrayendo a la población hacia el sur. Muchos gazatíes mueren en un intento desesperado de obtener alimentos, y la crisis de hambre se agrava. El 7 de julio, el ministro de Defensa, Israel Katz, dijo que las FDI construirían una “ciudad humanitaria” sobre las ruinas de Rafah para alojar inicialmente a 600.000 palestinos de la zona de Al-Mawasi, a quienes los abastecerían organismos internacionales y no se les permitiría salir.

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Algunos podrían describir esta campaña como un caso de limpieza étnica, no de genocidio. Pero existe una relación entre ambos crímenes. Cuando un grupo étnico no tiene adónde ir y está siendo desplazado constantemente de una llamada zona segura a otra, se le bombardea sin asedio y es privado de alimentos, la limpieza étnica puede transformarse en genocidio.

Así ocurrió en varios genocidios bien estudiados del siglo XX, como el de los herero y los nama en la África del Sudoeste alemana —ahora Namibia—, que comenzó en 1904, el de los armenios en la Primera Guerra Mundial y, de hecho, incluso en el Holocausto, que inició con el intento de Alemania de expulsar a los judíos y terminó con su matanza.

A día de hoy, solo unos pocos estudiosos del Holocausto —y ninguna institución dedicada a investigarlo y conmemorarlo— han advertido de que Israel podría ser acusado de llevar a cabo crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad, limpieza étnica o genocidio. Este silencio ha puesto en ridículo el eslogan “Nunca más”, transformando su significado de una afirmación de resistencia a la inhumanidad dondequiera que se perpetre en una excusa, una disculpa, de hecho, incluso una carta blanca para destruir a otros invocando el propio victimismo pasado.

Este es otro de los muchos costos incalculables de la catástrofe actual. Mientras Israel intenta literalmente acabar con la existencia palestina en Gaza y ejerce una violencia cada vez mayor contra los palestinos en Cisjordania, el crédito moral e histórico del que el Estado judío ha hecho uso hasta ahora se está agotando.

Israel, creado a raíz del Holocausto como respuesta al genocidio nazi de los judíos, siempre ha insistido en que cualquier amenaza a su seguridad debe considerarse como potencialmente conducente a otro Auschwitz. Esto proporciona a Israel licencia para presentar como nazis a quienes percibe como sus enemigos, término utilizado repetidamente por figuras de los medios de comunicación israelíes para describir a Hamás y, por extensión, a todos los gazatíes, basándose en la afirmación popular de que ninguno de ellos es “ajeno”, ni siquiera los niños, que crecerían para convertirse en militantes.

No se trata de un fenómeno nuevo. Ya durante la invasión israelí del Líbano en 1982, el primer ministro Menachem Begin comparó a Yasir Arafat, entonces escondido en Beirut, con Adolf Hitler en su búnker de Berlín. Esta vez, la analogía se utiliza en relación con una política destinada a desarraigar y eliminar a toda la población de Gaza.

Las escenas diarias de horror en Gaza, de las que el público israelí está protegido por la autocensura de sus propios medios de comunicación, ponen al descubierto las mentiras de la propaganda israelí de que se trata de una guerra de defensa contra un enemigo de tipo nazi. Uno se estremece cuando los portavoces israelíes pronuncian descaradamente el eslogan hueco de que las FDI son el “ejército más moral del mundo”.

Algunas naciones europeas, como Francia, Reino Unido y Alemania, así como Canadá, han protestado discretamente por las acciones israelíes, especialmente desde que violó el alto al fuego en marzo. Pero no han suspendido los envíos de armas ni han tomado muchas medidas económicas o políticas concretas y significativas que pudieran disuadir al gobierno de Netanyahu.

Durante un tiempo, el gobierno de Estados Unidos pareció haber perdido interés en Gaza, ya que el presidente Trump anunció inicialmente en febrero que Estados Unidos se haría cargo de Gaza, prometiendo convertirla en la “Riviera de Medio Oriente”, y luego dejó que Israel continuara con la destrucción de la Franja de Gaza y centró su atención en Irán. Por el momento, solo cabe esperar que Trump vuelva a presionar a un reticente Netanyahu para que, al menos, concrete un nuevo alto al fuego y ponga fin a la incesante matanza.

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¿Cómo afectará al futuro de Israel la demolición inevitable de su moralidad incontestable, derivada de su nacimiento de las cenizas del Holocausto?

Los dirigentes políticos de Israel y su ciudadanía tendrán que decidirlo. Parece haber poca presión interna para el cambio de paradigma que se necesita urgentemente: el reconocimiento de que no hay más solución a este conflicto que un acuerdo palestino-israelí para compartir la tierra bajo los parámetros que acuerden ambas partes, ya sean dos Estados, un Estado o una confederación. También parece improbable una fuerte presión externa de los aliados del país. Me preocupa profundamente que Israel persista en su rumbo desastroso y se convierta, tal vez de forma irreversible, en un Estado autoritario de apartheid en toda regla. Tales Estados, como nos ha enseñado la historia, no duran.

Surge otra pregunta: ¿qué consecuencias tendrá el retroceso moral de Israel para la cultura de la conmemoración del Holocausto y la política de la memoria, la educación y la academia, cuando tantos de sus líderes intelectuales y administrativos se han negado hasta ahora a asumir su responsabilidad de denunciar la inhumanidad y el genocidio dondequiera que se produzcan?

Quienes participan en la cultura mundial de conmemoración y recuerdo construida en torno al Holocausto tendrán que enfrentarse a un ajuste de cuentas moral. La comunidad más extensa de estudiosos del genocidio —los que se dedican al estudio del genocidio comparado o de cualquiera de los muchos otros genocidios que han empañado la historia de la humanidad— se acerca cada vez más a un consenso sobre la calificación de los acontecimientos de Gaza como genocidio.

En noviembre, cuando había transcurrido poco más de un año desde el inicio de la guerra, el académico israelí especializado en genocidios Shmuel Lederman se unió al coro de opinión cada vez mayor que afirma que Israel participó en acciones genocidas. El abogado internacional canadiense William Schabas llegó a la misma conclusión el año pasado y hace poco describió la campaña militar de Israel en Gaza como “absolutamente” un genocidio.

Otros expertos en genocidio, como Melanie O’Brien, presidenta de la Asociación Internacional de Estudiosos del Genocidio, y el especialista británico Martin Shaw (quien también ha dicho que el ataque de Hamás fue genocida), han llegado a la misma conclusión, mientras que el académico australiano A. Dirk Moses, de la Universidad Municipal de Nueva York, describió estos hechos en la publicación neerlandesa NRC como una “mezcla de lógica genocida y militar”. En el mismo artículo, Uğur Ümit Üngör, profesor del Instituto NIOD de Estudios sobre la Guerra, el Holocausto y el Genocidio, con sede en Ámsterdam, dijo que probablemente existan estudiosos que sigan sin pensar que se trata de un genocidio, pero “no los conozco”.

La mayoría de los estudiosos del Holocausto que conozco no sostienen, o al menos no expresan públicamente, esta opinión. Con algunas excepciones notables, como el israelí Raz Segal, director del Programa de Estudios sobre el Holocausto y el Genocidio de la Universidad de Stockton, en Nueva Jersey, y los historiadores de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Amos Goldberg y Daniel Blatman, la mayoría de los académicos dedicados a la historia del genocidio nazi de los judíos han guardado un silencio sorprendente, mientras que algunos han negado abiertamente los crímenes de Israel en Gaza, o han acusado a sus colegas más críticos de usar retórica incendiaria, exageración salvaje, de envenenar el pozo y de antisemitismo.

En diciembre, el estudioso del Holocausto Norman JW Goda opinó que “acusaciones de genocidio como esta se han utilizado por mucho tiempo como algo que oculta impugnaciones más generales sobre la legitimidad de Israel”, y expresó su preocupación de que “hayan degradado la gravedad de la palabra genocidio”. Este “libelo de genocidio”, como lo denominó Goda en un ensayo, “despliega toda una serie de tropos antisemitas”, incluido “el acoplamiento de la acusación de genocidio con el asesinato deliberado de niños, cuyas imágenes son omnipresentes en organizaciones no gubernamentales, redes sociales y otras plataformas que acusan a Israel de genocidio”.

En otras palabras, mostrar imágenes de niños palestinos despedazados por bombas de fabricación estadounidense lanzadas por pilotos israelíes es, desde este punto de vista, un acto antisemita.

Más recientemente, Goda y un respetado historiador de Europa, Jeffrey Herf, escribieron en The Washington Post que “la acusación de genocidio lanzada contra Israel se nutre de profundos pozos de miedo y odio” que se encuentran en “interpretaciones radicales tanto del cristianismo como del islam”. Ha “desplazado el oprobio de los judíos como grupo religioso/étnico al Estado de Israel, al que describe como intrínsecamente malvado”.

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¿Cuáles son las ramificaciones de esta brecha entre los estudiosos del genocidio y los historiadores del Holocausto? No se trata simplemente de una disputa en el mundo académico. La cultura de la memoria creada en las últimas décadas en torno al Holocausto abarca mucho más que el genocidio a los judíos. Ha llegado a desempeñar un papel crucial en la política, la educación y la identidad.

Los museos dedicados al Holocausto han servido de modelo para las representaciones de otros genocidios en todo el mundo. La insistencia en que las lecciones del Holocausto exigen la promoción de la tolerancia, la diversidad, el antirracismo y el apoyo a los migrantes y refugiados, por no hablar de los derechos humanos y el derecho internacional humanitario, tiene sus raíces en la comprensión de las implicaciones universales de este crimen en el epicentro de la civilización occidental en el apogeo de la modernidad.

Desacreditar a los estudiosos del genocidio que señalan el genocidio de Israel en Gaza al presentarlos como antisemitas amenaza con erosionar el fundamento de los estudios sobre el genocidio: la necesidad permanente de definir, prevenir, castigar y reconstruir la historia del genocidio. Sugerir que este esfuerzo está motivado por intereses y sentimientos malignos —que está impulsado por el odio y los prejuicios que estuvieron en la raíz del Holocausto— no solo es moralmente escandaloso, sino que también da pie a una política de negacionismo y a la impunidad.

Del mismo modo, cuando quienes han dedicado sus carreras a enseñar y conmemorar el Holocausto insisten en ignorar o negar las acciones genocidas de Israel en Gaza, amenazan con debilitar todo lo que el conocimiento acumulado y la conmemoración del Holocausto han defendido en las últimas décadas. Es decir, la dignidad de todo ser humano, el respeto del Estado de derecho y la urgente necesidad de no permitir nunca que la inhumanidad se apodere de los corazones de las personas y dirija las acciones de las naciones en nombre de la seguridad, el interés nacional y la pura venganza.

Lo que temo es que, tras el genocidio en Gaza, ya no sea posible seguir enseñando e investigando el Holocausto de la misma manera que antes. Dado que el Estado de Israel y sus defensores han invocado el Holocausto de forma tan implacable para encubrir los crímenes de las FDI, el estudio y la memoria del Holocausto podrían perder su pretensión de preocuparse por la justicia universal y retroceder al mismo gueto étnico en el que comenzó su vida al final de la Segunda Guerra Mundial: como una preocupación marginada de los restos de un pueblo marginado, un acontecimiento étnicamente específico, antes de que consiguiera, décadas más tarde, encontrar el lugar que le corresponde como lección y advertencia para la humanidad en su conjunto.

Igual de preocupante es la perspectiva de que el estudio del genocidio en su conjunto no sobreviva a las acusaciones de antisemitismo, dejándonos sin la comunidad crucial de académicos y juristas internacionales que se mantengan al pie del cañón en un momento en el que el auge de la intolerancia, el odio racial, el populismo y el autoritarismo amenaza los valores que constituían el núcleo de estos esfuerzos intelectuales, culturales y políticos del siglo XX.

Quizá la única luz al final de este túnel tan oscuro sea la posibilidad de que una nueva generación de israelíes afronte su futuro sin refugiarse en la sombra del Holocausto, aunque tengan que soportar la mancha del genocidio en Gaza perpetrado en su nombre. Israel tendrá que aprender a vivir sin recurrir al Holocausto como justificación de la inhumanidad. Eso, a pesar de todo el terrible sufrimiento que estamos presenciando ahora, es algo valioso, y puede que, a largo plazo, ayude a Israel a afrontar el futuro de un modo más sano, más racional y menos temeroso y violento.

Esto no compensará en nada la enorme cantidad de muerte y sufrimiento de los palestinos. Pero un Israel liberado de la abrumadora carga del Holocausto podrá aceptar por fin la necesidad ineludible de que sus siete millones de ciudadanos judíos compartan el territorio con los siete millones de palestinos que viven en Israel, Gaza y Cisjordania en paz, igualdad y dignidad. Ese será el único ajuste de cuentas justo.



* Publicado en The New York Times, 15.07.25. El Dr. Bartov es profesor de estudios sobre el Holocausto y el genocidio en la Universidad de Brown.

Qué es la “Economía rosquilla” y por qué la necesitamos




La economista Kate Raworth se ha centrado en promover un cambio de mentalidad para hacer frente a los retos sociales y ecológicos del siglo XXI.


Triodos Bank


Según la economista británica Kate Raworth, hace falta una mentalidad radicalmente nueva para afrontar los retos sociales y económicos del siglo XXI. En esta entrevista, comparte los mensajes claves de su teoría de la “Economía rosquilla”, que también recoge ahora la edición en castellano de su libro Economía rosquilla: 7 maneras de pensar la economía del siglo XXI.

Raworth argumenta que nuestra actividad económica debería desarrollarse en el espacio situado entre una base social y un techo ecológico. En la práctica, esto significa que todo el mundo debe tener acceso a los bienes básicos —comida, vivienda y salud— pero dentro de los medios y recursos disponibles en el planeta.

La rosquilla de su analogía es una divertida metáfora para un reto muy serio y urgente ante el que nos encontramos.

-Su modelo económico tiene ya 6 años. ¿Hemos progresado en algo durante ese periodo de tiempo?

-Sí, ha habido progresos. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de Naciones Unidas son un paso esencial. Estos objetivos incluyen los ecosistemas que sustentan la vida en nuestro planeta. Y están concebidos para todos los países, no solo para el Sur. Sin embargo, creo que deberíamos ser capaces de superar los límites de nuestra imaginación. La cuestión es si podemos diseñar un sistema que nos permita mejorar las cosas. Creo que esa debería ser nuestra ambición: desarrollar actividades que sean distributivas y generativas desde su origen.

-¿Qué quiere decir con “distributivas desde su origen”?

-Normalmente hablamos de redistribución de riqueza que ya se encuentra en manos de un grupo pequeño de personas. Esa es la esencia del modelo económico del siglo XX: redistribución de ingresos a posteriori por medio de impuestos progresivos y otros mecanismos. El concepto distributivo del siglo XXI consiste en diseñar nuestras actividades de tal forma que el valor se comparta desde el principio, en vez de redistribuir después.

Y no hablo solo de dinero, sino también de tierras, empresas y medios para generar ingresos. ¿Qué va a ocurrir con la propiedad de la tecnología, quiénes serán los propietarios de nuestros robots? ¿Qué hacemos con nuestros conocimientos? ¿No tendría sentido que las ideas innovadoras procedentes de investigación financiada con fondos públicos fueran accesibles para todo el mundo?

La esencia del reto, por tanto, consiste en reinventar la forma en que creamos valor en nuestra economía para compartirlo desde el principio. Para ello se pueden pensar formas alternativas de propiedad de las empresas, como las cooperativas. Otra forma de integrar la idea de valor compartido en el diseño es renunciar a congelar el valor en patentes y, en vez de ello, permitir que circule libremente como bien común. De este modo, las ideas circulan socialmente y los investigadores pueden usarlas y ampliarlas. Otra manera más sería trabajar con monedas locales que conectan y empoderan nuevas iniciativas.

-¿Qué es una economía generativa?

-Ha llegado a parecernos normal que una empresa concentre sus esfuerzos en generar un único tipo de valor: beneficio financiero con el que, además, se quedan la propia empresa y sus accionistas. Esa es en gran medida la mentalidad del siglo XX: ¿cuánto dinero puedo sacar de mi aventura empresarial? Este modelo se podría describir como una economía extractiva, una sobreexplotación que extrae recursos valiosos de la comunidad.

El modelo generativo del siglo XXI parte de una idea diferente. La cuestión ahora es: ¿cuántos tipos de valor puedo integrar en el diseño de mi empresa para asegurar la devolución de valor a la sociedad y el medio ambiente?

Como empresa, ¿por qué trabajar únicamente para reducir tu impacto negativo en el medio ambiente, si con el mismo esfuerzo puedes generar un impacto positivo? En vez de limitarte a reducir la emisión de gases de efecto invernadero, genera energía renovable y compártela con tu entorno. Lo mismo se puede aplicar al ámbito social, donde las empresas podrían contribuir activamente al bienestar de sus barrios o comunidades.

-¿Qué papel debe tener el mundo financiero?

-Esa es la pregunta del millón de dólares. En primer lugar debemos investigar cómo captar dinero de una forma adecuada para el siglo XXI, lo cual nos lleva a los bancos éticos, al dinero con paciencia, y en un primer momento incluso a la filantropía, para que las cosas echen a rodar. Este tipo de bancos son fuentes importantes de dinero por un cambio, porque sus valores están en línea con las empresas a las que apoyan.

En la industria financiera del siglo XX podíamos contribuir a través de nuestros fondos de pensiones. ¿No podríamos reestructurar los fondos para que estén más orientados al valor? ¿No podríamos facilitar a la gente el cambio a fondos de pensiones éticos? Además de esto, obviamente, hace falta una legislación más clara. Pero yo me centro principalmente en encontrar nuevas formas de financiación adecuadas para las empresas del siglo XXI.

Y ahí es donde aparece Triodos Bank [del cual Raworth es cliente]. El banco presta atención a estas nuevas formas de iniciativa empresarial, que son esenciales para el futuro. Triodos Bank utiliza el dinero de forma consciente como herramienta para generar cambios positivos en el ámbito de la sociedad, la ecología y la cultura. Me parece un excelente ejemplo de empresa con un objetivo dinámico orientado a empresas distributivas y generativas, cuyos valores van más allá del beneficio financiero que permanece en la compañía.


La base de la “Economía rosquilla” son las necesidades sociales y su techo los límites ambientales.



* Publicado en La Revista Triodos, 2018. Kate Raworth es investigadora sénior en el Instituto de Cambio Medioambiental de la Universidad de Oxford, donde imparte el Máster de Cambio y Gestión Medioambiental. También es asociada sénior del Instituto Cambridge para el Liderazgo en Sostenibilidad.

Declaración de San Francisco sobre la evaluación de la investigación (DORA)




La Declaración de San Francisco tiene ya más de 20 años y nunca está de más preguntar sobre el impacto que ha tenido en las universidades y centros de estudios sobre la "serie de deficiencias bien documentadas" que el "factor de impacto" presenta "como herramienta para la evaluación de la investigación".


Existe una necesidad apremiante de mejorar la forma en que las agencias de financiación, las instituciones académicas y otros grupos evalúan la investigación científica. Para abordar este tema, un grupo de editores de revistas académicas se reunió durante la Reunión anual de la American Society for Cell Biology (ASCB) en San Francisco, California, el 16 de diciembre de 2012. Este grupo desarrolló una serie de recomendaciones, conocidas como la Declaración de San Francisco sobre la Evaluación de la Investigación. Invitamos a los grupos interesados de todas las disciplinas científicas a mostrar su apoyo añadiendo sus nombres a esta declaración.

Los productos de la investigación científica son muchos y variados, e incluyen: artículos de investigación que informan sobre nuevos conocimientos, datos, reactivos y software; propiedad intelectual y jóvenes científicos capacitados. Las agencias financiadoras, las instituciones que emplean científicos y los propios científicos, tienen el deseo y la necesidad de evaluar la calidad y el impacto de los resultados científicos. Por lo tanto, es imperativo que la producción científica se mida con precisión y se evalúe con prudencia.

El factor de impacto se utiliza con frecuencia como parámetro principal con el que comparar la producción científica de individuos e instituciones. El factor de impacto, calculado por Thomson Reuters*, se creó originalmente como una herramienta para ayudar a los bibliotecarios a identificar revistas para comprar, no como una medida de la calidad científica de la investigación en un artículo. Teniendo esto en cuenta, es fundamental comprender que el factor de impacto tiene una serie de deficiencias bien documentadas como herramienta para la evaluación de la investigación.

Estas limitaciones incluyen:

A. las distribuciones de citas dentro de las revistas son muy sesgadas [1-3], 
B. las propiedades del factor de impacto son específicas de cada campo: es un compuesto de múltiples tipos de artículos altamente diversos, incluyendo trabajos de investigación primaria y revisiones [1, 4], 
C. los factores de impacto pueden ser manipulados (o evaluados) por la política editorial [5], y
D. los datos utilizados para calcular el factor de impacto no son transparentes ni están abiertamente disponibles para el público [4, 6, 7].

A continuación, hacemos una serie de recomendaciones para mejorar la forma en que se evalúa la calidad de la producción científica. Los productos que no sean artículos de investigación crecerán en importancia a la hora de evaluar la eficacia de la investigación en el futuro, pero el documento de investigación revisado por pares seguirá siendo primordial para la evaluación de la investigación. Por lo tanto, nuestras recomendaciones se centran en las prácticas relacionadas con los artículos de investigación publicados en revistas revisadas por pares, pero pueden y deben ampliarse reconociendo productos adicionales, como los conjuntos de datos, ya que son productos de investigación importantes. Estas recomendaciones están dirigidas a agencias financiadoras, instituciones académicas, revistas, organizaciones que proporcionan métricas e investigadores individuales.

Estas recomendaciones cubren una serie de temas:

- La necesidad de eliminar el uso de métricas basadas en revistas, tales como el factor de impacto, en consideraciones de financiamiento, nombramiento y promoción, 
- la necesidad de evaluar la investigación por sus propios méritos en lugar de basarse en la revista en la que se publica la investigación, y
- la necesidad de capitalizar las oportunidades que ofrece la publicación en línea (como flexibilizar los límites innecesarios en el número de palabras, figuras y referencias en los artículos, y explorar nuevos indicadores de importancia e impacto).

Reconocemos que múltiples agencias financiadoras, instituciones, editores e investigadores ya están fomentando mejores prácticas en la evaluación de la investigación. Dichos pasos están comenzando a aumentar el impulso hacia enfoques más sofisticados y significativos para la evaluación de la investigación que ahora pueden ser desarrollados y adoptados por todas las partes clave involucradas.

Los signatarios de la Declaración de San Francisco sobre la Evaluación de la Investigación apoyan la adopción de las siguientes prácticas en la evaluación de la investigación.

Recomendación generales

1. No utilice métricas basadas en revistas, como el factor de impacto, como una medida sustituta de la calidad de los artículos de investigación individuales, para evaluar las contribuciones de un científico individual, o en las decisiones de contratación, promoción o financiación.

Para las agencias de financiación

2. Sea explícito sobre los criterios utilizados para evaluar la productividad científica de los solicitantes de fondos de investigación, especialmente para los investigadores que están iniciando su carrera investigadora, que el contenido científico de un artículo es mucho más importante que las métricas de publicación o la identidad de la revista en la que fue publicado.

3. Con el fin de evaluar la investigación, considere el valor y el impacto de todos los resultados de la investigación (incluidos los conjuntos de datos y el software) además de las publicaciones de investigación, y considere una amplia gama de medidas de impacto que incluyan indicadores cualitativos, como la influencia sobre la política y prácticas científicas.

Para las instituciones

4. Sea explícito sobre los criterios utilizados para realizar decisiones de contratación, permanencia y promoción, destacando, especialmente para los investigadores que están iniciando su carrera investigadora, que el contenido científico de un trabajo es mucho más importante que las métricas de publicación o la identidad de la revista en la que fue publicado.

5. Con el fin de evaluar la investigación, considere el valor y el impacto de todos resultados de la investigación (incluidos los conjuntos de datos y el software) además de las publicaciones de investigación, y considere una amplia gama de medidas de impacto, incluidos los indicadores cualitativos del impacto de la investigación, como la influencia sobre la política y prácticas científicas.

Para las editoriales

6. Reduzca profundamente el énfasis en el factor de impacto como herramienta promocional, idealmente dejando de promover su uso o presentando la métrica en el contexto de una variedad de métricas basadas en revistas (por ejemplo, factor de impacto de 5 años, EigenFactor [8], SCImago [9], h-index, tiempo editorial y de publicación, etc.) que proporcionan una visión más amplia del rendimiento de la revista.

7. Ponga a disposición una variedad de métricas a nivel de artículo para alentar un cambio hacia la evaluación basada en el contenido científico de un artículo en lugar de las métricas de publicación de la revista en la que se publicó.

8. Fomente las prácticas de la autoría responsable y la provisión de información sobre las contribuciones específicas de cada autor.

9. Independientemente de que una revista sea de acceso abierto o basada en suscripciones, elimine todas las limitaciones de reutilización de las listas de referencias en los artículos de investigación y haga que estén disponibles bajo la dedicación de dominio público de Creative Commons [10].

10. Elimine o reduzca las restricciones sobre el número de referencias en los artículos de investigación y, cuando corresponda, ordene la citación de la literatura primaria a favor de las revisiones para dar crédito al grupo o los grupos que primero informaron de un hallazgo.

Para las organizaciones que proporcionan métricas

11. Sea abierto y transparente al proporcionar datos y métodos utilizados para calcular las métricas.

12. Proporcione los datos bajo una licencia que permita la reutilización sin restricciones y proporcione acceso computacional a los datos, cuando sea posible.

13. Especifique que no se tolerará la manipulación inapropiada de las métricas; sea explícito sobre lo que constituye una manipulación inapropiada y qué medidas se tomarán para combatirla.

14. Tenga en cuenta la variación en los tipos de artículos (por ejemplo, revisiones frente a artículos de investigación) y en las diferentes áreas temáticas al utilizar, agregar o comparar métricas.

Para los investigadores

15. Cuando participe en comités que toman decisiones sobre financiación, contratación, permanencia o promoción, realice evaluaciones basadas en el contenido científico en lugar de en métricas de publicación.

16. Cuando sea apropiado, cite literatura primaria en que las observaciones son referidas primero, en lugar de revisiones para dar crédito donde debe darse.

17. Utilice una gama de métricas e indicadores basadas en declaraciones personales y de apoyo, como evidencia del impacto de artículos individuales publicados y otros resultados de investigación [11].

18. Impugne las prácticas de evaluación que dependen indebidamente del factor de impacto y promueva y enseñe prácticas que se centren en el valor y la influencia de los resultados de investigación específicos.


Referencias












* El Journal Impact Factor actualmente es publicado por Clarivate Analytics.



* Publicado en DORA, 16.05.13. Ud. puede firmar la Declaración aquí.

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