El antropólogo habló sobre su nuevo libro, Imperios Liberales. Estados Unidos y Francia, repasando las raíces religiosas de ambos proyectos, el mito de la "democracia ejemplar" estadounidense, la polémica Françafrique, y otras aristas de estas potencias.
Gino Stock
Estados Unidos y Francia son considerados por muchas personas como los mayores parámetros de la democracia, y se suele citar como procesos fundacionales de la misma a la independencia del país norteamericano y a la Revolución gala de 1789. Pero, a la luz de los últimos dos siglos y fracción, lo que hemos visto es el desarrollo de dos imperios, en el más clásico de los sentidos, al alero de los ideales liberales. Una aparente paradoja —o esquizofrenia—, que profundiza el antropólogo Andrés Monares en su nuevo libro Imperios Liberales. Estados Unidos y Francia, de acceso abierto y gratuito.
Monares —funcionario y profesor del Área de Estudios Transversales en Humanidades para las Ingenierías y Ciencias (ETHICS), de la Escuela de Ingeniería y Ciencias de la Universidad de Chile— conversó con El Desconcierto sobre las raíces religiosas del proyecto imperial de ambos países, sus mutaciones hacia el neocolonialismo actual y una alternativa cultural proveniente desde el pensamiento latinoamericano: el Buen Vivir de los pueblos originarios latinoamericanos.
El hilo conductor de dos imperios
-¿Cuál es el hilo conductor detrás de Imperios Liberales. Estados Unidos y Francia?
-El hilo conductor son los imperios. Hace tiempo quería contar esta historia y se dio la oportunidad. Los latinoamericanos tenemos mucha cercanía con Estados Unidos y creemos conocerlo bien. Hoy, con Trump, hay un fenómeno curioso: la gente cree que vino a romper una democracia perfecta e imitable, y eso no es así.
Con Francia ocurre algo distinto: al no ser africanos, tenemos poca historia en común con ese país. Recordamos la fraternidad, la libertad, la Revolución, la cocina y el cine francés. Pero Francia hace en África lo mismo que Estados Unidos ha hecho en Latinoamérica: promueve golpes de Estado, envía paracaidistas, entrena torturadores y explota económicamente a sus excolonias del continente. Era importante entender que el fenómeno imperial no es cosa del pasado: sigue vigente, y el proyecto liberal siempre se ha apoyado en el proyecto imperial de ambos países y, de hecho, lo ha impulsado. En ambos casos liberalismo e imperialismo son dos caras de una misma moneda o proyecto: el título del libro no es metafórico, es totalmente descriptivo.
Las raíces religiosas del proyecto imperial
-Ese colonialismo mutó, pero no desapareció. ¿Cuáles son las características más determinantes del imperialismo actual de Estados Unidos y Francia?
-Hay un centro del cual parto —y está latamente expuesto en Reforma e Ilustración y Oikonomía. Economía Moderna. Economías, dos de mis libros anteriores— que es la modernidad: un proyecto anglosajón reformado o calvinista que tuvo mucha repercusión en Francia. Solemos asociar la Ilustración a los filósofos franceses, pero se tiende a pasar por alto e incluso olvidar que en siglo XVIII aquellos eran grandes admiradores de los ingleses del siglo XVII. De tal modo que, desde su perspectiva, a Newton o a Locke no se les corrige ni se les busca el error: se les aplica. De la misma opinión era Kant en Prusia.
Cuando uno revisa los textos originales de Newton, lo que está haciendo, con la gravedad, es demostrar el gobierno absoluto de Dios sobre el mundo natural. Eso está escrito, no es una interpretación mía: hay que leer el "Escolio General" de los Principios Matemáticos de la Filosofía Natural. Los filósofos morales tomaron esa idea y objetivo. Locke traslada esa visión de un mundo mecánico y predeterminado al estudio de la humanidad: así como Dios establece las leyes para que los planetas no choquen, en el mundo humano establece la razón como una tendencia natural/providencial a buscar lo útil, es decir, todo aquello que procura comodidad.
Ese mecanismo predeterminado pasa a Francia, donde triunfa una mirada de fondo calvinista y, más tarde, la razón como manifestación divina que guía a los seres humanos, algo que se ve muy claro en Rousseau. Esa estructura, que termina justificando el racismo, el clasismo, el imperialismo y el colonialismo, se instala primero en Inglaterra —aunque, gracias a Hitler, el mundo ha olvidado su maldad; y, asimismo, habría que sumar a los holandeses en Indonesia, a los belgas en el Congo y a Francia en el África subsahariana—. Es una estructura imperial que busca "el progreso" y "elevar a las razas inferiores", con justificantes en la religión y en las ideas de la Ilustración y en su continuación: la modernidad.
-¿Cómo se pasa del imperialismo de ocupación al neocolonialismo de presiones?
-Trump retoma el canal de Panamá y amenaza a Holanda [1]; Francia mueve hilos en Níger y en Mali, países que recientemente han tomado distancia de su exmetrópoli. Pareciera que ya no es tan respetable invadir, pero eso puede cambiar en cualquier momento: ahí tenemos a Venezuela agredida por Trump y convertida en su protectorado, y el respaldo de la Unión Europea y Estados Unidos a la invasión de Gaza y al genocidio que lleva adelante Israel desde 2023 a la fecha.
(Aunque en cuanto a que pareciera que ya no es respetable invadir naciones, lo que estamos viendo en Gaza y Líbano nos indica que no hay problema cuando el invasor es el correcto y el invadido da lo mismo o se lo merece. Se ha hecho evidente que, para la "comunidad internacional", una cosa es Israel cometiendo un genocidio en Gaza y otra muy distinta es Rusia atacando a Ucrania).
Estados Unidos, la democracia que no fue
-Mucha gente cree que Estados Unidos siempre ha sido una democracia ejemplar y que Trump estaría rompiendo ese esquema. ¿Cómo describiría lo que ha sido este país en sus más de doscientos años de historia?
-Este año se celebraron los 250 años de Estados Unidos como república. A diferencia de lo que dicen algunos historiadores —que sitúan el inicio de la fase imperialista en 1898, con la guerra contra España—, lo que expongo en el libro es que el proyecto imperial parte y tempranamente, por ejemplo, ya Jefferson, uno de los llamados "padres fundadores" de la Unión y su tercer presidente, proponía que debían ser un "imperio de la Libertad" (¡Y lo decía alguien que tenía esclavos!): se extendería desde el Atlántico al Pacífico y estaba llamado a ser el más grande y glorioso "desde la Creación hasta hoy".
Antes de 1776, Estados Unidos invadía naciones independientes —las distintas tribus nativas—, con expolio de tierras y con lo que desde el siglo XX se conoce como genocidio. Es también un proyecto religioso: los puritanos huyen de la corrupta Europa para instalar una nueva Jerusalén en el desierto, una "casa en la colina" que debía ser un gran ejemplo para el resto del mundo. Recomiendo revisar los discursos de toma de posesión de cualquier presidente —por ejemplo en este siglo el de Trump y también el de Biden [2]— para ver cómo esa retórica religiosa de los colonos puritanos sigue presente.
-¿En qué se sostiene esa idea de "democracia ejemplar"?
En varias cosas que nos afectan directamente. No tengo problema en decir que somos una colonia cultural estadounidense: por ejemplo ahora hasta se transmite el Super Bowl en Chile, y eso también tiene que ver con una cuestión racista de nuestros modelos, que siempre fueron anglosajones. Entonces, el nacionalismo patriotero estadounidense construye y difunde una idea mitológica de su sistema sociopolítico como una "democracia ideal". Luego, ellos y nosotros la asumimos como historia real; y, allá y fuera de sus fronteras, cual modelo a seguir.
Un ejemplo concreto: los estadounidenses dicen que la Guerra de Secesión se hizo para liberar a los negros, y así se ha mostrado en múltiples películas. Pero, si uno revisa las citas de Abraham Lincoln o del Congreso de dicho época, fue una guerra de Secesión —los Estados Confederados se quería separar de la Unión—, no una guerra de liberación de los esclavos. Lincoln era abolicionista, pero también segregacionista: pensaba que los negros no debían vivir en Estados Unidos.
Basta ir más atrás, a la Declaración de Independencia, donde se dice que los seres humanos fueron creados por Dios para ser libres y felices: la firman 56 varones latifundistas blancos que tenían esclavos o que no cuestionaban dicha institución. Los negros pudieron votar recién a fines de los años sesenta del siglo XX; las mujeres blancas votaron antes que las mujeres negras. Hoy vemos una cacería de latinos: nadie persigue en las calles de Estados Unidos a los suecos, persiguen a los latinos.
Además, es una democracia con un proyecto imperial de 1776 a la fecha. De los cuantiosos ejemplos que se exponen en el libro (que no es una recopilación sistemática de todos ellos), baste recordar que el presidente Woodrow Wilson abogaba, después de la Primera Guerra Mundial, por la autodeterminación de las naciones europeas, al mismo tiempo envía a los marines a Centroamérica una y otra vez a invadir países. Hay excepciones —Franklin D. Roosevelt ayudando a Lázaro Cárdenas en México, la Alianza para el Progreso de John F. Kennedy—, pero no podemos convertir las excepciones en la norma.
Françafrique: la hipocresía del faro europeo
-¿Y en el caso de Francia? ¿Cómo se explica esa doble cara: un país que habla de medioambiente, libertad e igualdad, y que a la vez sostiene una presencia colonial en África?
-Con Estados Unidos hay una propaganda muy eficaz: se consume muchísimo cine estadounidense y no siempre vemos los mensajes que conllevan. En Spider-Man 1, cuando el protagonista dice que "un gran poder conlleva una gran responsabilidad", termina con una gran bandera estadounidense de fondo. O el caso de Día de la Independencia, donde Estados Unidos "une al mundo y lo libera" un 4 de julio.
Con Francia el vínculo es distinto. En el siglo XIX, nuestra aristocracia decía —entre snob y dejando ver su complejo de inferioridad— "ver París y morir": cuando conocías el techo de la civilización podías dejar este mundo tranquilo. El lenguaje, la diplomacia, la cocina y la moda francesas eran la cúspide de la humanidad. Francia ala fecha parece un país democrático y moderno que integró a árabes y a sus excolonias africanas, y tiene un ambiente crítico más abierto y menos represivo que Estados Unidos. Pero, como no somos africanos, Francia no se nos "cayó encima" a nosotros como sí a los africanos.
El concepto de Françafrique [3] tiene que ver justamente con eso: el general Charles de Gaulle, terminada la Segunda Guerra Mundial, entiende que ya no se puede sostener el imperio francés con presencia militar, y el vínculo gira hacia lo económico. El mismo día en que se libera París hay una masacre de unos 40.000 argelinos en Sétif. Entonces, al recordar este y otros casos es cuando uno se pregunta qué se estaba liberando exactamente en 1944 y si Francia estaba recuperando su libertad y su democracia o asegurando igualmente su imperio.
Francia termina dando la independencia a sus colonias porque el imperio ya no era sostenible —pierde militarmente en Indochina, hoy Vietnam, y en Argelia—, pero a sus excolonias africanas las amarra con tratados: dependencia armamentística, financiamiento condicionado a comprar productos franceses, y una relación activa con mafias y élites colonizadas que le permite mantener dictaduras afines/corruptas. Mientras, empresas como la ELF se coluden con élites nativas afines/corruptas para exprimir a sus excolonias convertidas en satélites capturadas en una lógica clientelar. El fin del imperio de asentamiento tiene su continuidad en el neocolonialismo de la Françafrique.
El Buen Vivir, una alternativa desde los pueblos originarios
-Después de este recorrido crítico, ¿qué le gustaría que se llevaran los lectores de Imperios Liberales?
-Primero, remarcar que es un libro de acceso abierto, se puede descargar gratis en PDF y ePub: es un proyecto de ETHICS, de la Escuela de Ingeniería y Ciencias de la Universidad de Chile, donde hago clases, con una línea editorial que busca acercar la lectura a la gente (un deber como universidad pública y, al mismo tiempo, una apuesta arriesgada en un país donde un alto porcentaje de personas no comprenden lo que leen).
Segundo, entender que hay temas que parecen difíciles o lejanos, pero la información está disponible, y que la lectura no puede abandonarse: ni la televisión, ni TikTok reemplazan a un buen libro sobre el mismo tema. Y, en términos más puntuales, entender qué es una lectura crítica: ser crítico no es encontrar todo mal, sino asumir que los fenómenos sociales admiten múltiples miradas, y desconfiar de quien reduce un fenómeno sociocultural a una sola variable.
Necesitamos reconsiderar nuestros modelos: Estados Unidos y Francia no son en absoluto un ejemplo de convivencia democrática y social, ni tampoco internacional. La pregunta es si, después de todo este tiempo, vamos a seguir mirando hacia proyectos externos —construidos, además, contra el Sur Global— para buscar ahí nuestras soluciones o modelos.
-Usted habla en el libro de una alternativa latinoamericanista: el Buen Vivir de los pueblos originarios. ¿En qué consiste esa perspectiva?
-Quiero aclarar que no se trata de una xenofobia ideológica contra el mundo moderno: hay cosas que me fascinan, como la libertad de conciencia o ciertas estructuras democráticas. Tampoco quiero idealizar el mundo indígena, que hoy está de moda, casi como si ser mapuche o aimara fuera la solución a todo.
Dicho eso, la sociedad americana tiene al menos entre 25.000 y 30.000 años, desde que los primeros grupos humanos cruzan por Beringia, con formas de organización sociopolítica distintas a las occidentales. Si no hubieran llegado los invasores españoles, por así decirlo, quizás hoy en Chile seríamos incas, con un Estado en cierto sentido benefactor, relaciones socioeconómicas ligadas al parentesco y una cultura cotidiana de respeto y resguardo de la naturaleza, entre otras posibilidades que surgen de la milenaria tradición andina.
Ahí está el Buen Vivir andino: la idea de mantener una existencia comunitaria armónica, donde esa comunidad incluye a los antepasados, los espíritus, la naturaleza y los seres humanos. En todo caso, esa idea de convivencia buena se puede encontrar también en otros pueblos indígenas de Sudamérica: entre los mapuches, guaraníes, pueblos amazónicos, etc.
Yo no creo en la Pachamama ni en que mis antepasados siguen presentes social y espiritualmente, pero me parece que esos pueblos lograron construir, en sus culturas, en la vida cotidiana, una forma de convivencia armónica. Más allá de los conflictos internos y con otros grupos, era una idea deseable y que se intentaba recrear en la vida cotidiana institucionalmente (no era un deseo de individuos aislados o marginales).
Eso sí, hay que decirlo con cuidado: a la fecha el Buen Vivir ha sido, sobre todo, una discusión de intelectuales blancos o mestizos, más que de las propias comunidades indígenas. No estoy desmereciendo ese esfuerzo, pero también hay que aclararlo.
-¿Qué lugar le da a esa alternativa frente al proyecto liberal occidental?
-Como mestizo, ideológicamente al menos, creo que el siglo XX nos enseñó que ni el totalitarismo estatal ni el libre mercado bastan como soluciones. Tenemos que buscar otro camino y convencernos de que no existen recetas únicas, sino proyectos que pueden construirse desde distintos lugares y con la efectiva participación de las personas.
Insisto en que no quiero satanizar la modernidad, que tiene cosas muy interesantes, ni idealizar el mundo indígena. Pero creo que el Buen Vivir andino, mapuche y amazónico sí tuvo logros sociales tangibles, mucho más concretos que la promesa de "libertad, igualdad y fraternidad" francesa o la idea estadounidense de hombres creados libres por su dios para ser felices.
"No hay nada de heroico en los imperios"
-Para cerrar, ¿cómo resumiría la idea central del libro?
-Que no hay nada de heroico en los imperios. Todas esas películas de héroes blancos que luchan contra "salvajes" o gente malvada que los atacan son, en realidad, películas de invasores enfrentando a combatientes que quieren liberar su nación, su pueblo, su patria. Ahí no hay nada heroico: detrás de la historia contada desde la civilizada perspectiva occidental se esconden crímenes terribles: expolios descarados, desplazamientos forzados, campos de concentración, torturas y asesinatos masivos, eliminación de culturas.
Eso es el imperialismo, y el liberalismo que lo acompaña lo reproduce y lo necesita. No tiene nada de liberador para los pueblos sometidos. Y todo eso sigue vivo, ahora a través del neocolonialismo: en África o en Asia Occidental (cuyo nombre imperial perdura y domina: Medio Oriente) no hay ningún problema en bombardear —ya no llevan tropas, porque sale muy caro—, pero ahí están Afganistán e Irak: Estados Unidos no aprende y lo sigue haciendo. Lo mismo Francia, pero a menor escala.
NOTAS DEL BLOG:
[1] Debiera decir Groenlandia, a pesar de que, como se expone en el libro, una ley estadounidense contiene un artículo que señala la posibilidad de invadir La Haya si se detiene y juzga a algún nacional o aliado [léase israelíes]: se trata de "'Ley de Protección de los Militares Estadounidenses' presentada por George Bush hijo, en 2002, la cual contiene una 'cláusula de invasión de La Haya', por la cual, como señala Human Rights Watch, se 'autoriza el uso de la fuerza militar para liberar a cualquier estadounidense o ciudadano de un país aliado de Estados Unidos que se encuentre detenido por la Corte, que tiene su sede en La Haya'" (p. 83).
[2] Dejamos una selección de los discursos de Barak Obama (segundo periodo), Donald Trump (primer periodo) y Joe Biden; y el del segundo período de Trump.
[3] Como se señala en el libro, el concepto Françafrique hace referencia a una "actitud francesa, si no cuestionable, a lo menos sospechosa o derechamente mafiosa, para mantener su dominio y la dependencia africana (...). Se trata de la conjunción de una estrategia geopolítica y de negociados (...). Se explica, entonces, el término Françafrique por su guiño fonético a 'fric', que en francés significa dinero en efectivo, el cual se extrae de África para dirigirlo a la metrópoli" (p.: 237).
* Publicado en El Desconcierto, 25.07.26. El presente texto fue revisado para agregar algunos pocos tópicos o énfasis que Gino Stock dejó fuera de la redacción final publicada.
⇨ También puedes acceder al podcast "Andrés Monares comenta su libro Imperios Liberales. Estados Unidos y Francia", una conversación publicada por Radio Nuevo Mundo (17.06.26) entre la periodista Bárbara Figueroa y el autor.