Reagan, Thatcher y la creación de un mito




El gobierno de José Kast, desde su ortodoxia económica, ha planteado la necesidad de un duro ajuste fiscal. Ha anunciado que pretende bajarle impuestos a las grandes empresas al tiempo que proponen recortar diversos programas sociales y transferirle todo el costo de la subida del precio de los combustibles (que implica la subida del precio de todos productos que dependen de la cadena de distribución que utiliza dichos combustibles) a la población.

Mientras tales anuncios han despertado entusiasmo entre el gran empresariado, a su vez, han sido criticados por un amplio abanico de economistas libremercadistas. La causa es simple y es técnica; no política ni ética: la literatura especializada no da cuenta de experiencias en que la baja de impuestos a los más ricos se refleje en un aumento de la inversión y de puestos de trabajo.

El equipo económico de Kast no tiene problema para reemplazar el mundo real y sus complejidades por el irreal y ramplón "enfoque económico" ortodoxo. Para ellos y sus codiciosos fans del gran empresariado, la fantasía del ajuste automático se cumple como inexorable consecuencia del predeterminismo mecanicista al que creen que está sometida la especie humana.

Por si no fuera suficiente, a ese craso error se le suma que los ortodoxos asumen su voluntarismo como "ciencia" sin siquiera darse cuenta de lo ideologizados que son... Y ni hablar de pensar en las consecuencias sociales de sus políticas.


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Chile hoy no es la economía que algunos siguen imaginando. Es más concentrada, más financiera y más incierta. Pretender que una rebaja tributaria producirá el mismo efecto que en otro contexto no es análisis económico.


Jessica Cuadros


Hay ideas que sobreviven no porque funcionen, sino porque sirven. La más resistente en la política económica chilena es esta: bajar impuestos a las empresas genera crecimiento.

No es una hipótesis. Es un reflejo.

Y, sin embargo, los dos ejemplos que se invocan para sostenerla —Ronald Reagan y Margaret Thatcher— dicen otra cosa cuando se los mira sin devoción.

En Estados Unidos, las rebajas tributarias de Reagan no se autofinanciaron. Los ingresos cayeron en el corto plazo, el déficit se expandió y la deuda creció. El repunte económico que siguió tuvo tanto que ver con el ciclo monetario posterior a la recesión como con la política tributaria. Dicho sin rodeos: no fue la prueba de que bajar impuestos genera crecimiento, sino de que puede transferir recursos al sector privado mientras el Estado se endeuda.

En el Reino Unido la historia fue distinta, pero la conclusión no. Thatcher no bajó impuestos en bloque: cambió quién los paga. Redujo tasas directas, subió el IVA y otras contribuciones. El resultado no fue un Estado más pequeño, sino un sistema menos progresivo. El crecimiento no despegó de forma excepcional; la desigualdad, sí.

Entonces, ¿qué quedó de ese experimento? El mito.

Un mito útil porque simplifica. Porque convierte una discusión sobre poder económico en una ecuación de incentivos. Porque permite afirmar que basta mover una tasa para que el sistema responda.

El problema es que el sistema no responde así.

Desde Karl Marx hasta Hyman Minsky, la idea es consistente: el capital no invierte porque tenga más dinero, invierte cuando tiene motivos para hacerlo. Y esos motivos no son tributarios; son estructurales: competencia, demanda, expectativas.

Cuando esas condiciones no están —y en Chile muchas veces no están— la rebaja tributaria no activa inversión. Activa otra cosa: el excedente.

Ese es el punto que el debate evita. Toda rebaja de impuestos produce un efecto inmediato —aumenta el excedente— y uno eventual —podría aumentar la inversión—. Entre ambos hay un salto que la política presenta como automático, pero que en la práctica depende de factores que no controla.

Y en el capitalismo actual ese salto rara vez ocurre como se promete.

Porque no estamos en economías ideales. Estamos en economías concentradas, donde no hay urgencia por expandir capacidad, y financiarizadas, donde el excedente puede rentar sin pasar por la producción. Margen, dividendos, activos: el menú es amplio.

Nada de esto es una anomalía. Es la regla.

Por eso, cuando Chile repite el libreto de Reagan y Thatcher, no está replicando un modelo exitoso. Está repitiendo una lectura parcial que omite lo esencial: que Reagan expandió el déficit, que Thatcher redistribuyó la carga y que ninguno demostró que bajar impuestos genera crecimiento sostenido.

Lo que sí demostraron —y esto casi no se dice— es otra cosa: que bajar impuestos redistribuye poder económico de inmediato.

Aquí entra un factor que la discusión técnica suele ignorar: el comportamiento. La economía conductual muestra que las decisiones no responden solo a incentivos, sino a percepciones y confianza. Cuando el sistema se percibe como desigual, la disposición a contribuir cae. Menos legitimidad, más evasión, menos Estado para financiar lo que sí empuja el crecimiento.

Es decir, la política tributaria no solo mueve recursos. Moldea el terreno en que la economía funciona.

Y, en ese terreno, los economistas no son espectadores. Son quienes definen el lenguaje en que se decide. Si el problema se reduce a incentivos, la respuesta será bajar tasas. Si se reconoce la estructura de poder, la discusión cambia.

Chile hoy no es la economía que algunos siguen imaginando. Es más concentrada, más financiera y más incierta. Pretender que una rebaja tributaria producirá el mismo efecto que en otro contexto no es análisis económico.

Es persistencia ideológica.

Por eso, la pregunta relevante no es si bajar impuestos genera crecimiento. La pregunta es más incómoda: ¿qué pasa con el excedente cuando se bajan los impuestos?

Porque hay algo que no admite interpretación. La inversión es incierta. El excedente, no.

Y seguir confundiendo ambos no es un error técnico. Es una elección.



* Publicado en El Mostrador, 03.05.26.

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