Los mizrajíes, judíos árabes, pueden seguir negando su identidad, pero no pueden mudar su piel. Las balas del tirador de Miami les recuerdan que, después de todo, también son árabes.
Orly Noi
Parece la trama de una comedia negra particularmente absurda: un judío estadounidense sale a cazar palestinos en las calles de Miami, identifica por error a un padre y a un hijo (ambos judíos israelíes) como palestinos y de inmediato les dispara; los dos sobreviven milagrosamente y escapan. En el hospital, el hijo publica un mensaje en el que dice que él y su padre “sobrevivieron a un intento de asesinato motivado por el antisemitismo”, y firma el mensaje con el popular lema israelí: “Muerte a los árabes”. Sólo después de enterarse de que el atacante era un judío que buscaba matar árabes, borra sus comentarios y aparece en la televisión israelí para decir:
“No importa quiénes seamos, judíos, rusos, árabes… ningún ser humano tiene derecho a quitarle la vida a otro”.
No es la primera vez que judíos israelíes son atacados tras ser confundidos con árabes. Durante los tensos días de octubre de 2015, ocurrieron varios incidentes similares en Israel: los soldados dispararon y mataron a Simcha Hodadov, un inmigrante de Daguestán de 28 años que se había mudado a Israel por razones sionistas, estudió en una yeshivá, sirvió en la unidad Netzah Yehuda del ejército israelí y más tarde trabajó como guardia de seguridad. Pero los soldados sospecharon que era árabe, por lo que abrieron fuego.
Ese mismo mes, Uri Rezkan fue apuñalado en su lugar de trabajo, en un supermercado de la ciudad de Kiryat Ata, por otro judío israelí, y en Jerusalén, un hombre haredí [judío ultraortodoxo] atacó a un peatón judío con una barra de hierro, dejándolo gravemente herido. En ambos incidentes, el agresor atacó deliberadamente a las víctimas porque las confundían con árabes.
Esta es una regla israelí bien conocida: cuanto más tensa y violenta sea la situación, más peligroso es “parecer árabe”. Pero lo cierto es que, dentro de los territorios controlados por Israel, nunca es realmente un buen momento para hacerlo.
Esta idea fue destilada por el escritor palestino Sayed Kashua en uno de los episodios más divertidos y tristes de su aclamada comedia “Arab Labor”. El protagonista, Amjad Alian, decide participar en el reality show “Big Brother” para demostrar a los judíos israelíes que los árabes no dan miedo. Los otros concursantes, que saben que hay un árabe entre ellos pero desconocen su identidad, sospechan erróneamente que el mizrají es árabe y, en consecuencia, su trato hacia él cambia.
Los no judíos también han sido atacados tras ser confundidos con árabes, como el migrante eritreo Habtom Zerhom, que fue linchado por una turba de civiles y policías en la estación central de autobuses de Beer Sheva tras ser confundido con un “terrorista”. Pero entre los judíos israelíes, en una realidad en la que tener una “apariencia árabe” sirve como el principal detonante de la violencia, los mizrajíes son casi categóricamente los que corren el mayor riesgo.
Un judío mizrají puede cambiar su apellido, distanciarse de cualquier elemento árabe en su identidad y herencia y abrazar plenamente la cultura occidental, pero no puede desprenderse de su piel. En los espacios públicos –ya sea en Israel o en otros lugares, como demuestra el incidente de Miami– todavía se lo puede identificar fácilmente y, en consecuencia, tratar como “árabe”.
El tipo "equivocado" de judío y árabe
Pero la apariencia exterior es sólo una parte de la historia árabe-mizrají, y ni siquiera es la principal. En los primeros años de Israel, la clase dirigente asquenazí [judíos asentados en Europa Central y Oriental] albergaba un ardiente resentimiento y desprecio contra los mizrajíes por su identidad árabe, mucho antes de que los conocieran en persona y vieran el color de su piel o de sus ojos. “Esta es una raza distinta a cualquier otra que hayamos visto antes”, escribió el periodista israelí Aryeh Gelblum en Haaretz en abril de 1949:
“El primitivismo de esta gente es insuperable… por encima de todo hay un hecho igualmente grave, y es su total incapacidad para adaptarse a la vida en este país, y principalmente su pereza crónica y su odio por cualquier tipo de trabajo”.
En 1951, la Agencia Judía y el gobierno israelí habían adoptado una política de inmigración selectiva para los judíos de Marruecos y Túnez, en contraste con la inmigración sin restricciones concedida a los judíos de los países occidentales. En 1952 Abba Eban, entonces embajador de Israel ante los Estados Unidos y la ONU, escribió:
“Una de las mayores preocupaciones que pesan sobre nosotros al evaluar nuestro estado cultural es que la afluencia de inmigrantes de los países orientales rebajará el nivel cultural de Israel al de sus países vecinos”
Unos años más tarde, el levantamiento de los mizrajíes en el barrio Wadi Salib de Haifa desataría todos estos temores reprimidos. “No sé a quién traen de Persia ahora, pero estamos condenados a aceptarlos. Veremos qué tipo de jungla estamos creando para nosotros mismos”, se quejó el primer ministro Levi Eshkol.
El entonces ministro de Educación, Zalman Aran, llegó al extremo de acusar a “los judíos de las comunidades orientales” de “simpatía pasiva por la violencia”. Décadas después, el asesor cercano de Benjamin Netanyahu, Nathan Eshel, se haría eco de estos sentimientos, afirmando que los mizrajíes “responden bien a la violencia”.
Esta breve descripción —apenas la punta del iceberg en un océano de racismo— pretende recordarnos lo que muchos mizrajíes en Israel insisten en negar: el núcleo árabe incrustado en su identidad mizrají y el precio que ello exige.
Durante el último año y medio, en medio del clima tóxico de odio y venganza que reina en la guerra, las declaraciones sobre la “barbarie árabe” se han generalizado en Israel, lamentablemente, incluso por parte de hombres y mujeres mizrajíes que en su día fueron aliados en la lucha por la igualdad. Quienes durante años analizaron críticamente las raíces de la opresión mizrají en Israel de repente han adoptado la terminología más racista y antiárabe para hablar de los palestinos.
El tiroteo de Miami podría servirles de recordatorio: cuando el tirador salió de su casa con la intención de matar palestinos, no estaba pensando en los palestinos en un sentido político. Incluso si sus víctimas hubieran sido palestinas, no tenía forma de saber si eran palestinos sionistas, como Yoseph Haddad. Su objetivo era la propia arabidad.
* Publicado en +972 Magazine, 19.02.25. Orly Noy es editora de Local Call, activista política y traductora de poesía y prosa en farsi. Es presidenta de la junta ejecutiva de B'Tselem y activista del partido político Balad.
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